Ucrania. Las naciones y el mapa europeo

Salvo los rusos y los habitantes de Crimea que quieren volver a formar parte de Rusia, nadie duda que el referéndum de secesión (y reanexión) es ilegal. Como afecta a la integridad territorial de Ucrania, el Parlamento de la República Autónoma de Crimea no tiene capacidad para convocarlo, ni tiene capacidad para declarar la independencia del territorio. La convocatoria del referéndum contradice el ordenamiento legal de Ucrania, según el cual una decisión que atañe a la integridad territorial del país requiere un referéndum nacional, no regional. Además, ha sido prohibido por el presidente, que tiene capacidad para hacerlo, y la Fiscalía General ha ordenado que no se realice. Si a todo esto se añade la presión que está ejerciendo Rusia mediante la movilización de su ejército en las fronteras de Crimea y el despliegue de tropas en la propia República Autónoma, está claro que se están violando la legalidad de la propia Ucrania y el derecho internacional.

 

Dicho esto, el referéndum se está celebrando hoy. El resultado resulta bastante previsible, pero no lo es, en cambio, lo que ocurrirá después. Los rusos pueden optar por dar la bienvenida a Crimea de inmediato, o pueden prolongar una situación de espera a la espera del resultado de las negociaciones con Estados Unidos y los países de la UE.

Ni Herodoto ni Tucídides dieron nombre a la musa de la Geoestrategia, que ha inspirado buena parte de los ríos de tinta que han corrido acerca de este asunto en las últimas semanas. Así que ha habido toda clase de interpretaciones: la vuelta de la Guerra Fría y el neoimperialismo ruso, sin que falte el retorno de la Historia ni la decadencia de Occidente, que siempre resulta socorrida. En este mundo “post todo” en el que vivimos, según se nos dice, resulta que todo vuelve y que siempre estamos dándole vueltas a lo mismo.

Uno de los hechos que no han abandonado nunca la escena es la vigencia del hecho nacional. Con permiso de nuestra innominada musa, hay que recordar que Rusia es una nación, que por tanto tiene intereses nacionales y que entre ellos está, y de forma muy básica –basta con mirar un mapa- la península de Crimea. Ucrania, la “Pequeña Rusia”, tiene su propia trayectoria, pero el Principado (Rus) de Kiev fue en tiempos la cuna de la nacionalidad rusa. Resulta sorprendente que los responsables de la política exterior de la UE y de Estados Unidos no hayan pensado en todo esto antes de lanzarse a incorporar a Ucrania, y por tanto a Crimea, a su esfera de influencia.

El resultado es que ahora están apoyando la integridad territorial de un país en contra de lo que otra nación, Rusia, considera –no sin razones – que es su interés nacional. En otras palabras, nuestros Metternich post modernos, dispuestos a rediseñar el mapa de Europa, se han encontrado con que los rusos están decididos a defender lo que consideran la integridad de su propio territorio. Sería bueno no causar más prejuicios ni a los ucranianos, a los que se ha prometido cosas imposibles de cumplir, ni a los propios ciudadanos de la Unión, que no tienen por qué verse perjudicados por decisiones arriesgadas. Por eso, una vez celebrado el referéndum, los líderes europeos deberían actuar con determinación, a fin de hacer respetar la legalidad nacional e internacional, pero también con realismo y con respeto. No hay por qué estar de acuerdo con todas y cada una de las decisiones de Putin para saber que, como ha insinuado Kissinger, no se puede tratar a los rusos como unos niños malcriados ni a Rusia como a un país de segunda.

La Razón, 16-03-14