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La mezquita catedral de Moscú

El pasado 23 de septiembre se inauguró la nueva Mezquita Catedral de Moscú. Es un gran edificio, capaz para 10.000 personas, situado en el centro de Moscú. Su construcción no ha estado exenta de controversias y debates. Sustituye a la Mezquita Catedral histórica, un edificio más modesto, capaz sólo para mil fieles, levantado en 1904. Aunque frágil, también era elegante y atractivo, muy ruso, y había sobrevivido a la era soviética. Fue demolido el 11 de septiembre de 2011.

El alcalde de la ciudad no quería construir un nuevo lugar de culto musulmán, y contaba con el respaldo de parte del vecindario y de los habitantes de la ciudad (también de activistas ortodoxos, según algunos musulmanes). El hecho es que se calcula que en Moscú viven unos 1.700.000 musulmanes (un 16% de la población). Sólo hay otras tres mezquitas oficiales, aunque se supone que hay bastantes más no declaradas. Durante las fiestas religiosas, ha sido frecuente ver a los musulmanes rezar en la calle. Se requería por tanto la construcción de un centro de referencia para la oración y el encuentro de los musulmanes. Lo sorprendente es que se haya convertido en un proyecto nacional, en el que el Kremlin ha tomado la iniciativa, como se comprobó el día de la inauguración, con la asistencia de Putin, que tomó la palabra, y la presencia de Erdogan y Mahmud Abbas.

La anterior mezquita catedral era de un estilo inequívocamente ruso. Este, además de más moderno, resulta más ecléctico. Uno de los minaretes recuerda el estilo ruso de las torres coronadas con bulbos. Los pináculos y la cúpulas van dorados, como muchas iglesias moscovitas. Y la combinación remite a un eclecticismo con una fuerte componente islámica, que a los ojos de un profano puede recordar algunos edificios de Asia Central.

El estilo refleja la voluntad del Kremlin, es decir de Putin, por afianzar una idea de Rusia distinta de la gran Rusia imperial. Allí donde esta promocionó, mediante una política muchas veces trágica e incluso brutal, la cristianización de los territorios y las poblaciones musulmanas, la nueva Rusia aspira a una consistencia cultural propia –propiamente rusa-, en la que lo cristiano ortodoxo debe convivir con otras confesiones y estas están llamadas a participar activamente en la vida del país. No es multiculturalismo: es más bien invitación a una integración activa… con el recuerdo muy vivo de cuál puede ser el destino de quienes emprenden una deriva fundamentalista antirrusa. El recuerdo de las guerras de Chechenia y las respuestas a los ataques terroristas no anda lejos. En su intervención, Putin habló de cómo la enseñanza estatal se propone contribuir a evitar la radicalización de las poblaciones creyentes. A mediados de septiembre, Putin acudió a la reinauguración de la sinagoga de Kazan, capital del Estado mayoritariamente musulmán de Tartaristán. Era una ocasión perfecta para que el presidente ruso expusiera uno de los ejes argumentales de su política: la defensa de las minorías. Lo mismo que le sirvió para intervenir en Ucrania). La política le ha valido el respaldo de una parte relevante de los representantes de las comunidades judías rusas, aunque se discute los efectos de esta política en la comunidad judía mundial.

La inauguración de la nueva Mezquita Catedral ha tenido lugar casi en el preciso momento en el que la estrategia rusa en Oriente Medio ha cristalizado con la intervención en Siria contra de los terroristas del EI y en favor de la continuación de Bashar al-Asad en la Presidencia del país. Frente a las dudas existenciales y las complejidades intelectuales y de alianzas propias de las democracias liberales, en particular de Estados Unidos, Putin ha jugado –con perfil relativamente bajo, como corresponde a los medios de que dispone- una carta que obliga a estos a fijar una posición. De nuevo Putin actúa con cálculo y sangre fría. Padece, claro está, el martirizado pueblo sirio, porque la intervención acaba con cualquier rescoldo que todavía pudiera quedar de la “primavera árabe” en Siria. La mezquita de Moscú, guiño evidente para los países árabes, queda así convertida en un monumento al realismo político. Habrá quien hable de cinismo y otros de inteligencia.

El Medio, 21-10-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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