Traductores y traducción en el «Quijote» (2)

En Traducción e interpretación: Estudios, perspectivas y enseñanzas. Dedicado a los profesores Beverly Rising y Christopher Waddington. José Manuel Sáenz Rotko, coord. Madrid, UPCO, 2012.

 

Traducción en el Quijote (1)

 

Valoración de la traducción

La valoración negativa, sin paliativo alguno, que al hidalgo le merece el oficio la traducción, y en consecuencia el oficio de traductor, aparece con toda claridad en los sarcasmos que ensarta delante del “autor” de Le bagatale: “Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen” (II, 62, p. 519). El desprecio de Don Quijote responde a un lugar común de una época que desconfiaba de los traductores, como ha señalado Ruiz Casanova.[1] Como es natural, desde muy temprano esta condena tuvo respuesta entre los traductores españoles, tan abundantes en el siglo XVI y que tanto habían hecho por poner a disposición de sus compatriotas el caudal de saber escrito en otras lenguas.

 

La discusión ha ido aumentado con los años, en particular con el acceso de la traducción a los estudios superiores. No parece haber consuelo para quienes ven su profesión tan maltratada por el más prestigioso y el más generoso de los escritores. Aun así, la condena es clara y, como bien apuntó Clemencín en su momento y más tarde José Ramón Trujillo en su análisis histórico y sociológico, quien habla por boca de Don Quijote es, sin el menor rastro de duda, Cervantes.[2] Como se ha apuntado en multitud de ocasiones, el “autor” de la imprenta de Barcelona está relacionado con otro personaje de la novela, el “primo humanista” que asiste a la aventura de la cueva de Montesinos y que, como su colega traductor, se dedica a recopilar un saber trivial e inútil, sin poner de su parte el menor trabajo y con el solo objeto de ganar dinero. Aun así, el “primo humanista” tiene algo de pícaro, y por tanto de descarado y de simpático, algo que no tiene el frío “autor” de la imprenta.

Tan sólo hay una nota positiva para la valoración del oficio de traductor. Y es que Cervantes, más aún que en el oficio o el ejercicio de la traducción, está pensando en un “autor” fingido que aprovecha el trabajo original de los demás, sin tomar en consideración el esfuerzo que requiere la creación de una obra original. Todo se aclara cuando aparece la segunda parte del Quijote en la versión de Avellaneda, que andan imprimiendo allí mismo: es el autor de esta falsificación quien merece de verdad al menos una parte de los ataques de Cervantes al “autor” de Le bagatele.

Como es de esperar tras esta crítica de los “autores”, “traductores” o no, la valoración de la práctica de la traducción en sí misma no escapa tampoco a la crítica. Después de su reconvención al barbero, el cura critica la traducción de Orlando furioso por el capitán Jerónimo de Urrea, traducción muy difundida en su momento y sobre la cual ha caído –según algunos críticos injustamente- el aplastante peso de la desaprobación de Cervantes.[3] Inmediatamente, el cura declara la imposibilidad de traducir “libros de versos”. “Por mucho cuidado que (los traductores) pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento” (I, 6, p. 114). La consiguiente censura sobre la traducción del libro de Ariosto, como sobre los libros “que tratan destas cosas de Francia” (es decir de tema artúrico) les lleva al limbo de un “pozo seco” y no directamente a la hoguera (I, 6, p. 115). Todo lo cual es aceptado por el barbero, quien “lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo” (1, 6, p. 115). No hace falta más que el giro y la cadencia de la frase para comprender lo que Cervantes insinúa acerca de lo que el barbero piensa de la censura ejercida por su amigo el cura.

El juicio crítico del cura sobre lo que queda implícitamente descrito como el “segundo nacimiento” de una obra, es decir su traducción, se ve ampliado en los comentarios de Don Quijote en la escena de la imprenta. Don Quijote empieza con un interrogatorio al que el “autor” se somete con una paciencia que no tienen con el hidalgo otros personajes de la novela. Con el fin evidente de ponerle en ridículo, Don Quijote le interroga acerca de la traducción de términos sencillos, como “bagatele” o “piñata”, para luego añadir por su cuenta la traducción de palabras como “piace”, “più”, “su” y “giù”. Puesto el asunto en estos términos, no hay discusión posible. Don Quijote se está haciendo eco del debate acerca de la traducción de una lengua romance a otra. El hidalgo, que se precia de saber la lengua toscana, no necesita traducción alguna, pero el pleito lleva mucho tiempo zanjado, como lo ha demostrado el comentario del barbero en la escena del expurgo y lo sabe muy bien el “autor”.

El propio Don Quijote matiza sus palabras acto seguido. Si bien traducir de las “lenguas fáciles” es como quien “traslada o (…) copia un papel de otro papel”, hay otras traducciones que alcanzan una categoría superior, que son las realizadas desde las “las reinas de las lenguas”, la griega y la latina. Es de suponer, por tanto, que la traducción de estas lenguas, por la excelsitud del contenido y por la dificultad que entraña la traslación, conlleva mayor dificultad y resulta más meritorio. De las palabras de Don Quijote se deduce que la traducción del griego y del latín sí que es un trabajo digno de ser elogiado. Las cosas se complican aún más cuando Don Quijote se lanza a una nueva afirmación. Habiendo dejado claro que traducir de las “lenguas fáciles” es como copiar, por ser un ejercicio redundante, ahora dice que el resultado de la traducción de esas mismas lenguas es –según una imagen famosa- como quien mira un tapiz flamenco por el revés, Que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de a haz” (II, 62, p. 519).[4] Como no cabe mayor grado de fidelidad que la copia –que es a lo que se limita el ejercicio de la traducción entre las “lenguas fáciles”-, no se entiende muy bien a qué tipo de traducciones se está refiriendo Don Quijote.

Las inconsistencias en una materia que era de plena actualidad en la reflexión literaria de la época llevan a Don Quijote -y al propio Cervantes- a otros distingos. En el capítulo de la biblioteca de Don Quijote, el cura había dictaminado la imposibilidad de traducir poesía: “(…) por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, (los que quisiesen volver libros de versos en otra lengua) jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.” (I, 6, pp. 114-115). Aunque Don Quijote seguramente compartiría esta afirmación, también salva de su particular expurgo dos traducciones, la del Pastor Fido de Guarini por Cristóbal de Figueroa, y la de la Aminta de Tasso por Juan de Jáuregui, ambos apreciados por Cervantes y este último citado en el Prólogo a las Novelas ejemplares.

Así que a pesar del juicio negativo que la traducción parece merecer en el Quijote, basta con contemplar las cosas desde una perspectiva más amplia para llegar a conclusiones más matizadas. En primer lugar, hay personajes como el barbero que esperan la traducción de algunas obras para poder leerlas: hay por tanto un mercado para la traducción, y esta demanda da pie a una producción que aparece aludida, ya que no descrita, en la escena de la imprenta de Barcelona. En segundo lugar, sí que hay traducciones dignas de respeto y elogio, como son las traducciones de las lenguas clásicas, ya sea por su dificultad o por el interés del contenido. En tercer lugar, y por muy imposible que resulte traducir poesía hay quien ha realizado grandes traducciones de textos poéticos, hasta el punto que, según Don Quijote, en estos trabajos es imposible deducir “cuál es la traducción o cuál el original” (II, 62, p. 529).

Es difícil que en tan pocas líneas como las que Cervantes dedica al asunto quepa una valoración más variada, compleja y matizada de la práctica y el oficio de traductor.

(Continuará)

 

[1] José Francisco Ruiz Casanova (2000: p. 251).

[2] Diego Clemencín, en Cervantes, Don Quijote (1947: nota 65, p. 1884). José Ramón Trujillo (2004).

[3] Francisco José Alcántara (1988), cit. en José Ramón Trujillo (2004: p. 169, nota 37).

[4] Sobre el origen del tópico del “tapiz”, ver, por ejemplo, Valentín García Yebra (2005).