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Políticas de agravios

Estados Unidos quiere ser una sociedad basada en un pacto firmado entre los individuos para fundar un orden civil destinado a preservar sus derechos. Hoy en día el individuo ha sido sustituido en parte por los grupos –las “minorías”- que también aspiran a ver respetados lo que consideran derechos inalienables. Esto explica la facilidad con la que la que las políticas de identidad han triunfado allí, en particular en las zonas más “liberales” de la sociedad, que no distinguen entre derechos y reivindicaciones identitarias. Así se alcanza la paradoja de defender al tiempo, como si fueran dos caras de la misma moneda, el cosmopolitismo que se deduce de la idea de la sociedad como pacto y una identidad absolutista que encierra al individuo en las pautas propias de un grupo o minoría. El cosmopolitismo identitario responde a la tentación segregacionista siempre presente en la sociedad norteamericana.

 

A los europeos, para los que la sociedad viene antes del individuo, y en particular a los españoles que a ese fondo aristotélico añaden una dosis masiva de catolicismo, con su presupuesto innegociable de universalidad y dignidad del ser humano, les resulta muy difícil entender esa realidad. Para los norteamericanos, en cambio, resulta difícil entender lo nuestro. Obama, por ejemplo, quiso hacer de Estados Unidos un país “normal”, es decir europeo. Y para eso, no supo hacer otra cosa –sólo un progresista europeo adaptando las políticas de identidad norteamericanas resulta más pintoresco que un progresista norteamericano imaginando lo que es Europa- que no fuera sacar adelante toda una batería de políticas identitarias… con el resultado de todos conocido. Además de enconar aún más el siempre latente enfrentamiento racial, ha provocado la respuesta que se sintetiza en un nombre: Trump, una realidad política inconcebible aquí.

En este terreno, el experimento Trump consiste en restituir la identidad norteamericana. Lo ideal sería que eso no suscitara una respuesta en la que esta identidad se identifique con otras minorías agraviadas… El caso es que ahora todo el mundo se siente agraviado en Estados Unidos: por ser hombre y por ser mujer, por ser gay y por no serlo, por hablar inglés y por hablar español, por ser blanco, negro o hispano, o por ser católico, evangélico, musulmán o agnóstico… La respuesta a esta deriva, contraria a la idea fundacional, no debería seguir con las políticas de agravios. Debería ser una política nacional basada en el civismo y el respeto a los derechos humanos que la cultura norteamericana también supo crear en su momento.

La Razón, 16-02-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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