¿Jerusalén?

El pasado mes de abril el gobierno español respaldó una resolución de la UNESCO según la cual el Muro de las Lamentaciones no tiene vinculación con el judaísmo. Ahora llega una nueva  resolución en el mismo sentido y nuestro Gobierno ha decidido abstenerse: declararse “no alineado”, antigua tradición de la política exterior española. Vamos progresando, qué duda cabe, y quizá con suerte, dentro de algunos años, el Gobierno, el Ministerio de Asuntos Exteriores y la delegación española ante la UNESCO se percaten de que Jerusalén tiene alguna relación con los judíos. ¿Qué podremos alegar entonces? ¿Que lo anterior fue una equivocación pasajera? ¿Un despiste?

El despiste, vamos a llamarlo así, no es casual. Estamos asistiendo a un esfuerzo global, manifestado por ejemplo en una exposición que estos días celebra el Metropolitan Museum de Nueva York, por convertir a Jerusalén una ciudad cosmopolita, tricultural, muy en la línea de lo que se viene queriendo hacer con España. A su identidad habrían contribuido por igual cristianos, musulmanes y judíos. Es como una vuelta a la Edad Media, bajo el manto protector de la postmodernidad. El nuevo relato sobre la no identidad de Jerusalén permite orillar lo esencialmente conflictivo de la realidad política y cultural de la ciudad santa. Y permite negar, de paso, el fondo mismo de la realidad histórica, que es la relación fundamental entre Israel y su capital.

No es imprescindible preguntarse cuál será la posición de nuestro Gobierno ante la próxima reivindicación islamista de los territorios de al-Ándalus –esperemos que no llegue a la UNESCO- para darse cuenta que esta posición, además de un disparate intelectual, es una pobre contribución a cualquier posible pacificación de Oriente Medio. En muchos países de la zona se finge que no existe Israel. No aparece en los directorios telefónicos ni en los mapas. Se alimenta así la herida narcisista que permite explicar los males propios gracias al gran Satán encarnado por el judaísmo, Israel, el pueblo judío.

Participar en este juego contribuirá a alimentar el recelo del común de los israelíes hacia España. Servirá también para prolongar una situación que está en la base del enfrentamiento actual y, en buena medida, de los males que aquejan a muchos de los países de mayoría musulmana. Israel existe, los judíos también y el Muro de las Lamentaciones seguirá siendo parte del antiguo Templo. Y si Dios quiere, España seguirá siendo católica.

La Razón, 17-10-16