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La imaginación moral. Gertrude Himmelfarb (1922-2020)

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A los españoles nos gusta figurarnos que somos el único país dividido en dos. No es así, claro está, y ha habido, y hay, dos Italias, dos Francias, dos Inglaterras. Disraeli teorizó esta última división en Sybil, una de sus novelas de juventud, donde habló de las “dos naciones entre las cuales no hay relación ni simpatía”, ignorantes la una de la otra en cuanto a hábitos, ideas y sentimientos: la Inglaterra de los pobres y la de los ricos –los aristócratas y los beneficiados por la revolución industrial.

A Gertrude Himmelfarb (1922-2019), historiadora y ensayista norteamericana recién fallecida, le gustaba esa cita. Procedía de un hombre que llegó a ejemplificar como pocos las virtudes de la era victoriana, y sugería una manera de trabajar que aplicó en múltiples ocasiones. Himmelfarb, nacida en una familia humilde de Brooklyn, estudiante de Filosofía, Historia y Economía, trotskista en su juventud y reconciliada luego, tras la revolución cultural de los años 60, con el pensamiento y la actitud conservadora, aplicó el esquema de Disraeli en varias ocasiones. En The Roads to Modernity (2004) contrapuso la vía francesa hacia la modernidad (la Ilustración racional, ideológica, elitista y despótica) a la emprendida por ingleses y norteamericanos, una Ilustración tan pragmática como racional, democrática, imbuida de sentido común.

Aplicó el mismo modelo a dos grupos que acabaron simbolizando dos actitudes ante la vida y, claro está, ante el desafío planteado por las últimas décadas del siglo XX. El grupo de Bloomsbury, por un lado, tan reverenciado todavía hoy, compuesto de un puñado de artistas e intelectuales de principios del siglo XX que adoraban el arte como una religión e hicieron profesión de rebeldía personal frente al orden moral establecido: mundo cursi, vulgar y adocenado, propio de la burguesía que despreciaban. Este mismo orden moral, en cambio, lo representa la llamada Secta de Clapham, un grupo de evangélicos ingleses que consiguieron abolir la esclavitud y lucharon durante muchos años por la reforma de las cárceles. Personas trabajadoras, sin aspiraciones a la popularidad, impregnadas de las virtudes de la clase media: laboriosidad, respeto por la tradición, abstinencia… prosaísmo.

La Secta de Clapham es uno de los grupos que mejor representan las virtudes victorianas que Gertrude Himmelfarb reivindicó muy pronto, después de dedicar sus trabajos académicos a Rousseau, Lord Acton y Darwin. Lo hizo en el estudio que tituló Victorian Minds (“Mentes victorianas”), publicado nada menos que en 1968 y que significó un No rotundo a todo lo que aquellos años proponían. (Volvió al asunto en uno de sus pocos libros traducidos al castellano, Matrimonio y moral en la época victoriana, 1986.) Como apuntó Gregorio Luri en su excelente El neoconservadorisme americà, Himmelfarb había estudiado con Leo Strauss y hablaba de virtudes, no de valores. Son virtudes como el amor a la familia, la fidelidad, el esfuerzo, el ahorro las que constituyen la base de una sociedad moralmente responsable. También está, muy fundamentalmente, el patriotismo, virtud moral antes que política, como todas las anteriores. Y es que Himmelfarb, en la línea de su maestro Lionel Trilling, autor de La imaginación liberal, se interesó más por los presupuestos morales de la vida política que por la propia acción política.

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Trilling puso en circulación la expresión “imaginación moral” habiéndola tomado de Burke (“Trilling: The Moral Imagination, Properly Understood”, en Past and Present -2017- el último libro de Himmelfarb). La literatura, que encarna, o encarnaba, la imaginación de una sociedad, está entre las mejores vías para conocer esta. Himmelfarb se decanta por la reflexión cultural y social, y analiza la forma, fruto de la “imaginación moral”, con la que los victorianos se enfrentaron a la pobreza: no mediante la emoción –hoy hablaríamos de “empatía”- ni el cultivo de la ideología, sino mediante propuestas prácticas, basadas en análisis científicos: una imaginación técnica, podría decirse, que no rehúye, bien al contrario, la discusión, ni la crítica, ni el contraste con la realidad.

Al aplicar el esquema de análisis que tanto le gustaba a su propio país, Gertrude Himmelfarb encontró lo que llegaría a ser el título de uno de sus libros más importantes: “Una nación, dos culturas” (One Nation, Two Cultures -1999-). Una división que, bajo la realidad política de la unidad nacional, se manifiesta en el antagonismo entre los promotores y herederos de la revolución cultural de los años 60 y aquellos que se esfuerzan por defender el legado de la constitución moral norteamericana. Las simpatías de Himmelfarb eran inequívocas, pero no se manifestaron del todo en una simple toma de partido ni en la búsqueda de un “centro” ecléctico y pragmático, sino más bien en el empeño por elaborar un nuevo “paradigma” que aspiraba a dotar la derecha republicana conservadora de una doctrina moral consistente. Es algo característico del grupo de neoconservadores al que pertenecía (Daniel Bell, Charles Krauthammer, Nathan Glazer), entre ellos su marido, Irving Kristol, judío como ella, y como ella neoyorquino y luego washingtoniano.

Patriota, firme defensora de la democracia liberal, con una claridad moral que se transparenta en su prosa llana, elegante y erudita, Gertrude Himmelfarb fue uno de sus mejores representantes, y de los más influyentes.

Libertad Digital, 09-01-20

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JOSÉ MARÍA MARCO

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