Arte y propaganda: el cuadro del «Hambre»

Hasta el 13 de septiembre, tenemos la ocasión de contemplar en el Museo del Prado uno de los cuadros más famosos de la historia de la pintura española. Evoca un episodio hoy casi olvidado, como fue la hambruna que sufrió Madrid entre 1811 y 1812, durante la ocupación napoleónica. Las malas cosechas, las dificultades de circulación y el acaparamiento por parte de los franceses llevaron a la muerte a unos 25.000 españoles. El pintor José Aparicio recreó el trágico episodio poniendo en escena a unos madrileños que rechazan, por dignidad y lealtad, el pan que les ofrecen unos oficiales invasores. Madrid quedaba convertido en una nueva Numancia, y los madrileños, en la personificación heroica del patriotismo.
Para su cuadro, Aparicio recurrió al lenguaje neoclásico vigente por entonces en toda Europa: gestos nobles, dignidad en las actitudes, equilibrio compositivo… todo ello tendente a subrayar la universalidad de los afectos y las virtudes retratados. Y es que antes de sumergirse en el subjetivismo historicista, los europeos hicieron un último esfuerzo por intentar descifrar y expresar la esencia misma de las cosas. Aun así, el pintor comprendió que si quería tener el éxito que andaba buscando habría de recurrir a otras fórmulas. Por eso plantó la escena en un escenario conocido -cerca de la Plaza Mayor- y la representó con personajes del momento: un majo que hace ademán de abalanzarse contra los invasores, unos mendigos y los retratos de unos militares franceses, bien reconocibles por sus uniformes. Y lo más importante: los protagonistas son un grupo de personajes anónimos: la viva representación del pueblo, como hizo Goya en sus dos famosos cuadros sobre los días 2 y 3 de mayo de 1808.
Fernando VII
Todo esto, sumado al recuerdo de unos hechos todavía recientes cuando se expuso la obra en el Prado, en 1818, influyó en el enorme éxito conseguido. Atraía a multitudes que lo veían como parte de su propia historia, y se emocionaban, lloraban e incluso se desmayaban al verlo, como corresponde a un tiempo, hoy inconcebible, en el que las realidades sociales no solían ser traducidas en imágenes, y menos aún en obras artísticas. Con el tiempo, el cuadro perdió atractivo y las elites que definen el gusto empezaron a despreciarlo: sólo era bueno para los provincianos que acudían a la capital. Además, el pintor cometió un fallo imperdonable. Había dejado constancia inequívoca, en una inscripción imposible de ignorar, de que la “constancia española” allí representada estaba inspirada por el rey Fernando VII: “Nada sin Fernando”, dice la inscripción en letras doradas, en alusión al pan rechazado por los madrileños. Y en la construcción retrospectiva de la nación liberal, un tal elogio del absolutista Fernando VII resultaba difícil de asimilar.
Habiendo quedado descolgado del canon de la pintura española, el “Cuadro del hambre” desapareció del Prado, como se perdieron, esta vez del todo, otras grandes obras de Aparicio, entre ellas una titulada Las glorias de España. Se sigue exhibiendo en el gran Museo de Historia de Madrid, pero estos meses ha vuelto a su emplazamiento primero. Restaurado, además, por lo que los espectadores la contemplarán en todo su esplendor original.
Lo acompaña un excelente aparato crítico, incluido un libro con unos cuantos ensayos variados, algunos más eruditos y otros más especulativos, menos divulgativos de lo que tal vez habría sido conveniente, dado el desconocimiento que rodea a José Aparicio hoy en día. Independientemente de esto último, es aquí donde se empiezan a percibir los problemas que plantea el “Cuadro del hambre”. Ya no estamos, como en la segunda mitad del siglo XIX, en un proceso de definición de la nación y, por tanto, en el proceso de fijar los contenidos de la lealtad patriótica, ya sea el rey, en particular Fernando VII, o la nación. Ahora lo que está en duda es la validez misma del patriotismo. Uno de los autores del libro llega hasta permitirse en su ensayo un sarcasmo muy poco académico, según el cual “los patriotas suelen estar bien pagados”.
Objeto de propaganda
El autor finge desconocer que si ha habido una palabra cancelada y ninguneada desde los años 70, es justamente la de “patria” y sus derivados, como “patriotismo” y “patriota”. Toda la democracia española del 78 se ha fundado sobre esa negación. Hoy se está recuperando, pero este cambio, reciente, está teniendo lugar entre sectores sociales muy alejados de las elites intelectuales, académicas y políticas, como demuestra el tratamiento crítico del “Cuadro del hambre”. Claro que la cuestión va más allá de la obra de Aparicio y se refiere también a la consideración de todo el arte, y en particular y ya que estamos en el Prado, de la pintura española del siglo XIX.
La moderna teoría del arte tiende a disociar el arte y la expresión artística de la conmemoración, no digamos ya de la celebración política. Cualquier obra de arte relacionada con un intento de ese tipo queda por tanto desacreditada, como si fuera un puro objeto de propaganda: sólo vale, en cualquier caso, el arte que reflexiona críticamente sobre esa relación. La actitud afecta de lleno al arte del siglo XIX, íntimamente ligado a la construcción de la nación moderna, desde Goya -y Aparicio- hasta los grandes cuadros de historia que tanta popularidad alcanzaron en la segunda mitad del siglo XIX, como los de Rosales (El testamento de Isabel la Católica), Pradilla (Doña Juana la Loca) o Gisbert (El fusilamiento de Torrijos). Intentar comprender y apreciar estos apartando su contenido patriótico resulta muy difícil, por no decir imposible. Quizás esté aquí el origen de la muy forzada ubicación de la pintura española del XIX en las colecciones del Museo del Prado, hoy en salas demasiado pequeñas y saturadas. Son obras maestras que, sin embargo, no acaban de desprenderse de la circunstancia política en la que y para la que nacieron. Y es bien conocida la pésima reputación que sigue rodeando al siglo XIX, el siglo del liberalismo, desde principios del XX, el siglo antiliberal.
El Guernica y la singular colección del Reina Sofía
Queda, claro está, la consideración estética de estas obras. En lo que se refiere al “Cuadro del hambre”, no resiste la comparación con las de Goya, cerca de las cuales se exhibe. Sí que resiste, en cambio, la comparación con otras pinturas conmemorativas, como el Guernica, pura imagen propagandística, pero rodeada esta vez de la parafernalia ideológica desplegada en la actual colección “permanente” del Reina Sofía. Y es que la masiva propaganda neocomunista y republicana exhibida en el Museo Reina Sofía sí que parece validar la calidad estética de una pintura… Unas veces, sí que vale la pintura de conmemoración política. Y otras, no. Y el canon de la pintura española desde hace dos siglos depende de eso.
Por supuesto que el gusto varía con el tiempo, aunque es probable que fuera de los círculos de entendidos y connoisseurs, mucha gente, lo que antes se llamaba el pueblo, seguirá prefiriendo el “Cuadro del hambre” al horrendo Guernica. (Es el caso de quien firma esto). Puestos a hacer crítica estético-política, no estaría mal que los académicos convocados por el Prado para exponer el significado de estas obras invitaran al público a reflexionar sobre ellas de esta forma. Y tampoco estaría mal que los futuros, casi inminentes de creer a los protagonistas, responsables de una nueva política cultural dedicaran algún rato a pensar estos asuntos, espinosos como pocos y cruciales como ningún otro. Está en juego la forma en la que los españoles se ven a sí mismos y, en consecuencia, la propia España.
Vozpópuli, 04-09-26
Imagen: José Aparicio, El año del hambre en Madrid (1815)
