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El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (3)

Esta es la tercera (y última) entrega del capítulo de la biografía de Antonio Maura que repasa el desafío del terrorismo anarquista en la España de principios del siglo XX, la Semana Trágica, la formación del Bloque de Izquierdas y la estrategia del ¡Maura no! Lo que vino luego la caída de Antonio Maura y el final del proyecto democratizador del régimen constitucional español. Fue el nacimiento de la izquierda moderna de nuestro país. De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.

El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (1)

El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (2)

 

El final de la democratización

Las tropas españolas sofocaron los movimientos de los rifeños con una victoria que puso fin a lo que se llamó la Guerra de Melilla. Lo ocurrido después en Marruecos responde a otra política, la que llevó a establecer un Protectorado español en la zona. Maura nunca estuvo del todo de acuerdo con ella.[1] En cuanto a las “ejemplaridades necesarias”, se procedió a detener a los sospechosos de participar en los acontecimientos de Barcelona. Fueron procesadas dos mil personas, de las que cuatro fueron condenadas a muerte. Más de doscientas fueron desterradas y hubo cerca de sesenta condenas a perpetuidad. No era un castigo cruel para lo que había ocurrido, pero entre los cuatro condenados y ejecutados estaba Francisco Ferrer Guardia, el mismo que, según se sospechaba y luego se ha sabido, participó en la preparación del atentado de Mateo Morral contra la comitiva real en Madrid, en 1906.[2]

 

Ferrer había vivido mucho tiempo en Francia y tenía excelentes contactos con la red de anarquistas europeos. Su habilidad para vivir de las mujeres le había llevado a hacerse con una fortuna respetable. Eso le convirtió en un caso raro, un anarquista con dinero propio. Cuando volvió a España y se instaló cerca de Barcelona, se convirtió en uno de los ideólogos del anarquismo local. Su doctrina, como ya hemos visto, no era particularmente sofisticada. Ferrer estaba obsesionado con la revolución, que se justificaba por sí misma. Había que hacer la revolución por la revolución. Imaginó un plan según el cual unos cuantos terroristas suicidas debían provocar con explosivos el mayor daño posible a la población. Aquel acto de sacrificio les llevaría a ellos, a la honra eterna, y a las masas, a la revolución, que para Ferrer pasaba obligadamente por la proclamación de la República. Una vez hecho eso, ya se vería.[3]

Con su dinero, Ferrer financió algunos atentados, y también la red de centros de enseñanza que él mismo fundó. El nombre de la Escuela Moderna intentaba disimular en lo posible, todo ante los padres que llevaban allí a sus hijos, el auténtico objetivo del establecimiento. No era otro que formar terroristas anarquistas que llevaran a cabo los planes del fundador. (Como es natural, el gobierno cerró las sucursales de la Escuela Moderna después de lo ocurrido en 1909.) Ferrer había sido visto en Barcelona durante los primeros momentos de la sublevación. Luego se escondió en su masía, y fue detenida en las proximidades al poco tiempo. Sobre él pesaba la condena general de la opinión española. Poca gente rechistó cuando Ferrer fue condenado a muerte y fusilado en Montjuic el 13 de octubre de 1909.

No pasó lo mismo con la opinión extranjera, que no tenía tan claros los antecedentes de Ferrer. En realidad, Ferrer había sido condenado sin pruebas concluyentes. Sin duda había sido instigador de lo ocurrido, pero su participación en la sublevación fue mínima, por no decir inexistente. Ferrer había sido indultado cuando era culpable y ahora que no lo era, se le fusilaba.[4] Los contactos internacionales de Ferrer se movilizaron. Empezaron una gigantesca campaña de propaganda para conseguir el indulto. Maura no había querido intervenir en el proceso ni en sus resultados y no hizo caso. La campaña no iba a bajar tras la ejecución. Maura lo supo de primera mano cuando se presentó en Madrid su propio hijo Gabriel. Gabriel había llegado de París de urgencia, despachado por el embajador español León y Castillo para avisar a su padre de la gravedad de lo que se le venía encima.[5] Con la seguridad, tan propiamente suya, de que la adversidad hace crecerse a quien se enfrenta a ella con la justicia y la razón de su parte (algo dudoso en este caso), dejó pasar la ocasión de proponer al Rey el indulto. Consultó el caso con Moret, el jefe del Partido Liberal, y este no puso ninguna objeción.[6]

Las Cortes habían permanecido cerradas el verano a causa de la suspensión de garantías. No había ninguna obligación de abrirlas en un momento tan crítico, pero Maura se empeñó en que se abrieran para informar él mismo de lo ocurrido. Así se hizo el día 14 de octubre, un día después de la ejecución de Ferrer. Como había previsto el embajador en París, la campaña contra la ejecución había alcanzado proporciones gigantescas en Italia, en Francia y en Bélgica, en Gran Bretaña. Desempolvó todos los lugares comunes, tan melodramáticos y seductores, de la España inquisitorial. En España habían informado de ella, con gran despliegue de medios, los periódicos del Trust. El 6 de octubre Galdós, en la primera plana de El Imparcial, habló de “la mayor barbarie política que hemos sufrido desde el aborrecido Fernando VII”[7] y el día anterior a la apertura de las Cortes un conocido médico republicano, el doctor Luis Simarro, dio una conferencia en el Ateneo en la que responsabilizó a Maura de la campaña contra España que se estaba desarrollando en el resto de Europa…[8]

Una vez elegido Eduardo Dato para la Presidencia del Congreso, se abrió el debate el día 18. Empezó a las cuatro de la tarde y terminó cerca de las siete y media. A nadie se le ocultaba que iba a ser un debate trascendental, aunque nadie, probablemente, se figuró su auténtico alcance. Con elegancia y dignidad en la forma, Moret manifestó su nostalgia de la concordia que una vez rigió las relaciones entre los conservadores y los liberales y que, efectivamente, se había ido rompiendo desde principios de siglo. Lo ocurrido en el verano y en particular la Semana Trágica –Moret siempre trataba con delicadeza a los militares- había roto lo que hoy llamaríamos consenso. El gobierno conservador, como demostraba la campaña de agitación, se había convertido en un peligro para el país.[9] En esas circunstancias, el Partido Liberal no podía otorgar su confianza a los conservadores y solicitaba que Maura dimitiera y se formara un gobierno conservador sin Maura ni La Cierva.[10]

Maura contestó con un largo relato de la gestión del gobierno en el frente de Melilla y en los sucesos de Barcelona. Se centró luego en la acusación central de Moret, que retomaba los temas de fondo de la campaña contra Maura desarrollada por el Bloque de Izquierdas. Maura insistió en que la mayoría parlamentaria le sostenía, a él y a su gobierno. Defendió el carácter democrático de su política conservadora y contraatacó acusando a la oposición de continuar la tradición de pronunciamiento y revolución que había obstaculizado y falsificado la gran obra del liberalismo español durante un siglo. “(Es) una obra conservadora –dijo- la integración de las fuerzas sociales en la realidad de las leyes políticas que habían votado los liberales. A eso se ha contestado desde la izquierda con la tradición de los movimientos revolucionarios y la apelación a la fuerza, con toda la ponzoña histórica, que deshonra las crónicas del siglo XIX.”[11]

Los términos del debate quedaron aclarados en la tarde del día siguiente, 19 de octubre, cuando Moret y Maura volvieron a enfrentarse en sus réplicas. Moret, entonces, se reafirmó en la crítica al gobierno por su política militar en Marruecos y por la represión de los hechos de Barcelona. Ahora bien, este ataque no desembocaba en la petición de elecciones. Lo que Moret quería no era eso. Su verdadero interlocutor ya no era Maura, sino el Rey, al que Moret apelaba allí mismo para que interviniera y retirara la confianza a Maura. Maura replicó que estaban en vísperas de unas elecciones municipales, donde se podrían dirimir el apoyo del gobierno ante el electorado. Y en vista de la argumentación de Moret, que recurría a las mismas afirmaciones que hacía la campaña contra él y a favor de Ferrer, concluyó que quedaba claro que en pleno ataque de las fuerzas ajenas al sistema, el Partido Liberal abandonaba al gobierno conservador. “Eso añadió- queda registrado para el porvenir.”[12]

La última intervención de Moret dejó bien claro que descartaba el recurso a las elecciones. Argumentaba su posición insistiendo en que el voto no traducía fielmente el estado de la opinión pública. (Ya Maura había contestado a esto, diciendo que, aunque las elecciones no fueran totalmente limpias, aquel era un proceso en marcha: nadie podía discutir la autoridad de unas elecciones.) “Dejemos, pues, tranquilos los derechos electorales –dijo Moret-; nosotros en las condiciones actuales no podemos aceptar más que lo que resulta de nuestros razonamientos y de nuestras discusiones.”[13]

Las posiciones estaban por tanto bien claras: la izquierda apelaba al poder real, mientras que Maura y los conservadores apelaban a las elecciones y al ejercicio de la democracia. El día 20, Maura acudió al Palacio Real para despachar con Alfonso XIII. Expuso al Rey la gravedad de la situación y le dio cuenta, como había hecho en las Cortes, del desgaste sufrido. En unas semanas quedarían aprobadas las leyes fiscales y de presupuestos, así como las de interés nacional. Maura desaconsejaba un cambio de gobierno en circunstancias tan tempestuosas. El Rey mostró su acuerdo y Maura pudo decir a los periodistas reunidos a la salida que no había “vacante”.[14]

El debate parlamentario continuó, sin embargo, y esa misma tarde enfrentó a Moret con La Cierva. La Cierva se dejó llevar por su carácter irritable y puntilloso. Para responder a Moret se remontó al atentado de Morral, y llegó a sugerir una supuesta complicidad de los liberales.[15] El escándalo fue mayúsculo. Los liberales acusaron a La Cierva (y a Maura) de empujarlos al republicanismo y la sesión acabó con gran función de abucheos y griterío. Todo lo presenció un enviado especial del Rey, desde la tribuna de la Presidencia.

Al día siguiente, Maura convocó el Consejo de ministros en su casa. Tenía por costumbre hacerlo así siempre que no los presidiera el Rey. Aunque no todos los ministros estuvieron de acuerdo, se decidió presentar al monarca la cuestión de confianza. Después de la dureza del debate y de que quedara aclarado que los liberales pasaban a la oposición total, no era adecuado dar la sensación de que se tenía secuestrada la confianza del monarca. Con este documento en la cartera, Maura llegó al Palacio, donde fue recibido por el Rey en su despacho. Sin dar tiempo a hablar al presidente, el Rey le dijo: “¿Viene usted solo? Ya sabía yo que iba a prestar un gran servicio a la Patria y a la Monarquía. ¿Qué le parece a usted Moret como sucesor?” Así que Maura entregó la nota y “sin glosarla poco ni mucho”, según contó él mismo, se dirigió a la salida. Anunció la crisis total a los periodistas y al llegar a su casa, en brazos de su hijo mayor Gabriel rompió a llorar.[16] Según cuenta su hijo, nadie había visto nunca llorar a quien todos en aquella casa –salvo su esposa- llamaban don Antonio, la única persona a la que el Rey nunca se atrevió a tutear.

El esfuerzo por crear un partido conservador democrático dentro del sistema liberal terminaba allí mismo. Para Maura, en aquel momento crucial, la Corona prescindía de los pactos que regían el funcionamiento del sistema liberal, cedía a la presión de una izquierda que prefería aliarse con los radicales a profundizar en el consenso con los conservadores. Así recibía un golpe casi definitivo el gran objetivo de democratización de la Monarquía constitucional. A cambio, triunfaba la táctica del Bloque de izquierdas. Después de la etapa civilizada de Sagasta, se consolidaba una cierta forma de ser y de entender la obra de la izquierda. El mito de la derecha autoritaria, que había servido como táctica contra Maura, se convertía en el relato fundador de la izquierda española del siglo XX. El veto a Maura estaría en la base de una situación que había jugado con la revolución como si fuera capaz de dominarla.

Ilustración: Semana Trágica, Barcelona, 1909,

 

 

[1] Ver, p. e., carta a Canalejas de 13-09-1911, en Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 165.

[2] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 159.

[3] Avilés Farré, J. (2006): 54-57.

[4] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 169-161.

[5] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 128.

[6] Arranz Notario, L. (1996), 13.

[7] Los periódicos del Trust y Galdós, en Gómez Aparicio, P. (1974): 264-265 y 268.

[8] Seco Serrano, C. (1995): I-157.

[9] Arranz Notario, L. (1996), 14.

[10] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 131.

[11] Arranz Notario, L. (1996), 15.

[12] Arranz Notario, L. (1996), 17.

[13] Arranz Notario, L. (1996), 18.

[14] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 133.

[15] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 134.

[16] Las citas y el llanto, en Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 136.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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