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Origen de la Institución Libre de Enseñanza (3)

La primera “cuestión universitaria” consistió en el enfrentamiento entre un grupo de profesores de la Universidad Central y las autoridades ministeriales. Acabó con la expulsión del grupo de Julián Sanz del Río, el introductor del krausismo en nuestro país, de la Universidad de Madrid. (Antes se había producido otro choque entre Castelar y el Ministerio de Fomento.) Fue uno de los episodios que precedieron al levantamiento que acabó con el reinado de Isabel II y dio paso a la Gloriosa Revolución de 1868. Convirtió a los krausistas, en particular al joven Francisco Giner de los Ríos, en el ideólogo del Sexenio y la Primera República. En 1875 se produjo la “segunda cuestión universitaria”. La expresión resume los hechos que culminaron con una nueva expulsión de Giner y algunos seguidores suyos de la Universidad. Esta vez, y habiendo hecho el experimento revolucionario, no hubo ningún levantamiento. Ahora bien, en torno a todo aquello se fue tejiendo la leyenda que haría de los miembros grupo krausista, luego fundador de la Institución Libre de Enseñanza, los mártires de la resistencia contra la Restauración, un régimen que aquellos mártires consiguieron teñir de reaccionarismo. Las cosas fueron bien distintas…

Del capítulo 5 de Francisco Giner de los Ríos. Estética, pedagogía y poder, Biblioteca Online, 2012.

Origen de la ILE (1)

Origen de la ILE (2)

 

Depuraciones

El confinamiento de Giner causó sensación en la prensa madrileña. Los periódicos conservadores apoyaron al Gobierno, los de izquierdas lo criticaron y los de centro, como El Imparcial, se callaron. El momento era demasiado grave como para atacar de frente a un Gobierno en equilibrio precario. Lo mismo pasó en los claustros universitarios. Durante un momento, justo en torno a la fecha del confinamiento de Giner, pareció que en las Universidades iba a arrancar un movimiento a favor de los castigados. El día 4 de abril se supo que también habían protestado Salmerón y Azcárate, además de dos catedráticos del Instituto de San Isidro, Urbano González Serrano, discípulo de Salmerón, y Eugenio Méndez Caballero.

Hubo otros intentos de mediación. El mismo día 1, Francisco Silvela y Víctor Arnau –subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia- visitaron a Salmerón para aplacar los ánimos. Fue inútil. El día 2, Moreno Nieto y otros dos catedráticos visitaron a Cánovas. Cánovas contestó a través de Luis Silvela, catedrático de Derecho penal y mercantil en la Universidad de Madrid y, como ya se ha dicho, amigo de Giner. Silvela escribió a Azcárate y a Salmerón con una propuesta. El Gobierno se comprometía a sustituir el decreto y la circular causante de la polémica por otro decreto. Este nuevo decreto restablecería la legislación anterior a 1868 en cuanto a libros de textos y programas. Era la misma legislación por la que Salmerón y Giner habían accedido a sus cátedras, y que entonces no les causó ningún problema. También recogería, pero de forma “templada” y con la “moderación y la dignidad consiguientes”, el fondo de la circular: que no se consentiría en los establecimientos públicos de enseñanza ningún ataque al Rey, a los principios de la monarquía constitucional ni a la religión católica. A cambio, Salmerón y Azcárate retirarían sus protestas e intervendrían ante Giner para que reconsiderara su posición.[1]

Salmerón y Azcárate contestaron inmediatamente, en tono airado. Cualquier componenda era una indignidad que atentaba contra la severidad de la Ciencia. Al día siguiente, día 5, el Consejo de ministros trató lo que estaba a punto de convertirse en la “segunda cuestión universitaria”. Como consecuencia de aquella reunión, Salmerón fue enviado a Lugo. Como había sido presidente del Poder ejecutivo, se le permitió viajar en primera, pero Salmerón no aceptó. Azcárate fue enviado a Badajoz y González Linares y Calderón, encerrados en el Castillo de San Antón, en La Coruña.

Es entonces cuando empieza de verdad la ola de protestas, que va a durar quince días, hasta el día 20 de abril. El rector de la Universidad de Madrid, Francisco de la Pisa Pajares, presentó su dimisión por motivos de salud. No había podido evitar el choque violento entre sus compañeros y el Gobierno, y dio por fracasada su gestión. Fue sustituido por Vicente de la Fuente, un hombre típico de la situación. La extrema izquierda le reprochaba haber colaborado en periódicos carlistas, mientras que en el Partido Moderado no le perdonaba haber jurado la Constitución de 1869. Al principio las protestas fueron bastante templadas. Hubo escritos firmados por Miguel Morayta, republicano, masón y catedrático de la Universidad de Madrid, por Eduardo Pérez Pujol y Eduardo Soler, catedráticos de Valencia y amigos de Giner. También Luis Silvela firmó el suyo. Canalejas envió sus libros al ministro de Fomento, desafiándole a encontrar en ellos alguna incompatibilidad con las nuevas disposiciones.

El 12 de abril, por Real Orden, Calderón y González Linares fueron dados de baja en el profesorado. El día 13 renunciaron a sus cátedras Laureano Figuerola y Eugenio Montero Ríos, que se declara católico y liberal, en recuerdo de antiguas batallas. El día 15 hicieron otro tanto Segismundo Moret y Jacinto Messía, profesor auxiliar de la Facultad de Derecho. El día 20 Giner, Salmerón y Azcárate fueron suspendidos de empleo y sueldo. En total habían protestado 39 profesores. Los sancionados fueron muchos menos: el núcleo madrileño, González Linares y Laureano Calderón en La Coruña, y quienes, como Figuerola y Montero Ríos, habían presentado la renuncia. Los demás siguieron con sus clases. Los rectores universitarios, como hizo Vicente La Fuente en Madrid, se negaron a dar curso a las protestas. Probablemente muchos de los profesores y catedráticos aprovecharon la oportunidad para retirarlas. Otras debieron de quedarse en la mesa del rector. Entre los profesores que no fueron sancionados figuran muchos amigos de los krausistas, alguno de ellos krausistas de pura cepa, de los de la escuela de Sanz del Río: Canalejas, Pérez Pujol, Federico de Castro, Manuel Sales y Ferré, Urbano González Serrano, Augusto Comas y un Antonio Machado con el que pronto nos volveremos a encontrar.

Como en el año 1868, los krausistas, pasado el primer momento de revuelo, se habían quedado solos. Pero ahora no era como entonces, cuando los centristas de la antigua Unión Liberal estaban dispuestos a poner en marcha la revolución, hacer suyo el eslogan de “abajo lo existente” y entregar la Universidad a aquellos iluminados. Ahora los centristas tenían otra vez un líder, una organización y un proyecto nacional. La llamada “segunda cuestión universitaria” les demostró también que ahora, a diferencia de lo ocurrido en 1868, contaban con el respaldo de la élite universitaria. Para los extremistas, había quedado de manifiesto la debilidad del Gobierno, que no había sancionado a todos los que protestaron y mantuvo una actitud inconsistente, e incluso contradictoria. En realidad, había demostrado una formidable capacidad de integración. Sólo quedaban fuera los irreductibles, los que habían querido quedarse fuera.

Giner, como ya sabemos, prefirió tomárselo como una victoria. No le faltaba razón. Cánovas le había dado la ocasión de seguir depurando su grupo a una escala que él nunca había soñado antes. Ahora ya estaba claro quiénes eran los fieles de verdad. Ahora se sabía quién mantenía viva la auténtica llama de la auténtica revolución, el radicalismo que inspiró un cambio que la sociedad española no supo entender. En cambio para Cánovas, como para el conjunto de la opinión pública española, que tenían por delante la tarea de construir un sistema político liberal y pacífico tras el estrepitoso fracaso de la revolución, aquellos radicales se habían refugiado en la marginalidad.

El éxito del sectario no impide la ansiedad por la situación en la que él mismo se ha colocado. En términos vulgares, ese estado de ánimo se llama rabia. Giner está rabioso desde el fracaso de la exposición colectiva del claustro de profesores a principios de marzo. Por entonces, Luis Silvela le había dicho en una carta que había vuelto a notar en él los síntomas de “una enfermedad de la que le creía ya muy mejorado”, la “manía dimisionaria”.[2] Giner, que le llama “bonachón”, contesta que ha asistido a la reunión de la Facultad en la que se dio a conocer el decreto. No tira todavía “la casa por la ventana” porque piensa que todavía puede haber un acuerdo. “Si el profesorado constara todo de hombres dignos, no sería menester hacer el más leve sacrificio. Su triunfo sería seguro.”[3] El mismo día en que Castelar renuncia, Luis Silvela le volvió a aconsejar “energía” y “prudencia”.[4]

Después de pasar dos días en la cárcel y una semana en el hospital, a Giner le dejan escoger casa. El Gobierno le autoriza incluso para que vaya a Vélez Málaga, donde tiene familia. No irá, por supuesto. Giner, frente a la arbitrariedad del Gobierno, se empeña en cumplir minuciosamente el espíritu y la letra de la ley. Siempre sostendrá que si no cumple el decreto y la circular de Orovio, es porque contradicen la Constitución de 1869, todavía vigente. Es una actitud muy krausista, un poco a lo Sanz del Río, que busca paliar la inseguridad propia, disimulada de intransigencia, en la letra de la ley. El 12 de abril, escribe un recurso destinado a Cánovas. Es un nuevo desafío. Giner se erige en mártir de los “derechos de la patria, la inmunidad del cuerpo universitario [sic] y el honor de la Nación española”. Amenaza con dar a conocer el caso fuera de “nuestras fronteras”, e insiste en que no aceptará más gestiones oficiosas para amortiguar una crisis que demuestra el estado de “nuestra desquiciada sociedad”. Espera, dice al final, que esta “tormentosa crisis por que hoy pasa el magisterio público” coopere “a la redención moral de nuestro degenerado carácter”.[5]

Le contestó el nuevo rector, Vicente de la Fuente. Giner lo desprecia, y se lo hace saber. Pero La Fuente no es tan estúpido como Giner parece pensar. La Fuente hace todo un juicio sobre la revolución de septiembre, que “para mí, sólo fue un acto de rebelión inicua que constituyó un Gobierno de hecho, pero no de derecho. El entrar a discutir sobre esto sería impertinente; ni Vd. aceptaría mis razones, ni yo las de Vd.; pero una sedición militar que nos ha traído en seis años tres guerras: una colonial, otra social, y otra religiosa y dinástica está ya juzgada por los hombres y por la historia. Para evitar la ruina del país y hacer la paz, aun a costa de grandes sacrificios, el Gobierno tuvo que dar la circular de 26 de febrero a fin de calmar pasiones sobreexcitadas. Así lo comprendió todo el Profesorado; el Profesorado español que no ha creído se lastimase su decoro volviendo a la legalidad de 1869, siendo escasamente unos cuarenta los que han visto la cuestión de otro modo que los restantes mil cuatrocientos que descansamos en la tranquilidad de nuestra conciencia.”[6]

La Fuente sabe el trasfondo político del gesto de Giner, que es acogerse a la legalidad instaurada con la Constitución de 1869, y no elude discutir el significado que Giner quiere darle.[7] Luego le reprocha el compromiso en que Giner ha puesto a los profesores, lo que saca de quicio aún más al mártir de la libertad de la Ciencia. Inmediatamente antes, La Fuente le pone negro sobre blanco lo que piensa de la cuestión: “La conducta de los funcionarios públicos en sus desacuerdos con el Gobierno es bien sencilla: renuncian a sus puestos y esperan el triunfo de sus ideas o de su partido.”[8] ¡Giner, un funcionario público! Su indignación y su desprecio alcanzan cotas olímpicas y da por terminada la correspondencia: “Perdemos a más en esto un tiempo precioso, del que ambos hemos menester: Vd. para instruir y reformar sus expedientes; yo, para continuar mis estudios.”[9] Estudios, por cierto, de los que no se ha tenido nunca más noticia que esta del propio Giner.

La indignación había subido de tono en los primeros días, cuando pareció que ningún profesor, ni siquiera los más amigos, le iban a apoyar. Luego se calmó, aunque el recuento de las fidelidades será minucioso y poco benevolente: “Moret”, le escribe Azárate, “dejó presentada su dimisión. Canalejas la mandó con una larga carta a Cánovas, el cual decía que no sabía si quería que se la admitieran o no, y Figuerola deja un portillo para poder volver”.[10] La herida, nunca cerrada del todo, volvió a abrirse al saber los nombres de quienes habían votado a favor de la separación de González Linares y Calderón. Entre ellos hay más de un conocido suyo: Juan Valera, Moreno Nieto y Víctor Arnau.[11]

La depuración es necesaria, pero no deja de ser un sacrificio doloroso. Bien es verdad que si no doliera, no sería tal y no valdría nada. Luis Silvela se da cuenta de cómo Giner anda hurgando en la herida para reafirmarse en su radicalismo. Intenta aplicar una terapia de choque: “No se haga usted ilusiones: la conducta de los catedráticos de Santiago, por notables que fueran y por cargados de razón que estuvieran, como la de usted, Salmerón y Azcárate, no ha sido generalmente aplaudida.”[12] No sirve de nada. En una carta a Azcárate, Giner se reafirma en su línea de conducta: no aceptar pena alguna, por no ser legal, y no dimitir, que es “lo que esperan de este pastel jesuítico”.[13] Algún tiempo después, a finales de julio, Giner le dirá a Silvela lo del “éxito” que ha obtenido con su gesto y su actitud.[14]

(Continuará)

Ilustración: Emilio Castelar

 

[1] Cacho Viu, V. (1962), pp. 299-300.

[2] Carta a Giner, 9 marzo 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 113.

[3] Carta a Luis Silvela, 14 marzo 1875, Giner de los Ríos, F. (1965), p. 77.

[4] Carta de Silvela a Giner, Azcárate, P. de (1967), p. 114.

[5] Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, pp. 312-313. Lo de “nuestro degenerado carácter” se refiere a España y al conjunto de los españoles.

[6] Carta a Giner, 10 mayo 1875, Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, pp. 505-506.

[7] Orovio se refirió más explícitamente aún a esta cuestión en un discurso en las Cortes, cuando se preguntó retóricamente: “¿Podría, pues, detenernos en nuestro camino, cuando la opinión pública exigía cierta regularidad en la cuestión de la enseñanza, la existencia de una Constitución enterrada en el fondo del abismo?”, Cacho Viu, V (1962), p. 313, nota 61.

[8] Carta a Giner, 10 mayo 1875, Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 506.

[9] Carta de Giner a Vicente la Fuente, 23 mayo 1975, Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 509.

[10] Carta de Azcárate a Giner, 20 abril 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 53.

[11] Cacho Viu, V. (1962), p. 315.

[12] Carta de Silvela a Giner, Giner de los Ríos, F. (1965), pp. 85-86.

[13] Carta de Giner a Azcárate, 25 de junio 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 43.

[14] Giner de los Ríos, F. (1965), p. 89.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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