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El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda moderna española (2)

Esta es la segunda entrega (de tres) en las que estamos repasando el desafío que planteó el terrorismo anarquista en la España de principios del siglo XX, la Semana Trágica, la formación del Bloque de Izquierdas y la estrategia del ¡Maura no! Lo que vino luego la caída de Antonio Maura y el final del proyecto democratizador del régimen constitucional español. Fue el nacimiento de la izquierda moderna de nuestro país. De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.

El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (1)

 

El Bloque de izquierdas

Tras la muerte de Sagasta, el liderazgo del Partido Liberal había estado en liza entre diversas figuras, algunas de ellas de la etapa anterior, como Montero Ríos y Moret, y otras nuevas, de la generación de Maura, como Santiago Alba y Canalejas. En 1909, ninguna había conseguido todavía volver a fusionar el grupo. Canalejas, que era quien tenía una personalidad más acusada, mayor capacidad de liderazgo y un proyecto consistente de renovación, había creado su propia formación, el Partido Liberal Demócrata. Los grandes asuntos del momento tampoco habían servido para unir a los liberales. Más bien eran utilizados para que las diversas facciones ganaran influencia interna. Así pasó con el anticlericalismo a principios de siglo. Los dividía también la dificultad para dejar atrás el liberalismo ortodoxo y enfrentarse de una vez a los nuevos requerimientos sociales que los conservadores habían asumido ya a finales del siglo XIX. Les unía, en cambio, la querencia centralista. Se traducía en un discurso antinacionalista que no acababa de encontrar una articulación política clara porque los notables liberales se atenían, al mismo tiempo, a un funcionamiento interno propio de un partido de elites, sin dar el paso para construir un partido de masas, como estaba haciendo Lerroux y como parecía haber hecho Maura.

 

Les resultaba particularmente difícil, además, porque tenían que satisfacer al mismo tiempo a los caciques rurales, de los que dependía para formar mayorías, y a las clases medias y populares urbanas, que les estaban disputando los republicanos.[1] En esas condiciones, y ante la amenaza que suponía un Partido Conservador unido, con un líder indiscutible y unos instrumentos políticos nuevos –como la ley de Administración Local, se impuso el giro hacia la izquierda no dinástica. De por sí, este giro era consistente con la historia de la Monarquía constitucional. Cánovas y Sagasta (fundador del Partido Fusionista) se habían esforzado por integrar a la mayoría de los elementos ajenos a la Constitución, y en buena medida lo habían conseguido. Maura había hecho otro tanto con los integristas católicos y estaba ensayando la misma operación con los nacionalistas catalanes conservadores. El propio Maura recomendó a los liberales, aunque con el tono arrogante que sacaba de quicio a sus interlocutores, que se esforzaran por integrar a los elementos menos asilvestrados del republicanismo. Hicieron lo contrario. En vez de hacer confluir estas fuerzas hacia el centro del sistema y contribuir ellos mismos a consolidarlo mediante la organización de un partido moderno, un liderazgo fuerte y un programa consistente, prefirieron apoyarse en una izquierda ajena al sistema, que ni dejó de serlo ni abandonó su programa antimonárquico y anticonstitucional.

Lo que les había empezado a unir era, en realidad, la voluntad de imponer un veto a quien no perteneciera a sus propias filas. El ¡Maura, no! lo expresaba a la perfección. A finales de septiembre de 1908, liberales, demócratas (Canalejas) y republicanos marcharon reunidos por Recoletos y la Castellana madrileña, desde el Obelisco de la Plaza de la Lealtad hasta el monumento a Castelar, el republicano que se consideraba más conservador que la Monarquía constitucional de Cánovas y Sagasta. Todo fue paradójico aquel día, aunque estaban por llegar paradojas aún mayores. El 18 de noviembre, Moret consolidó el Bloque de izquierdas con un discurso en Zaragoza en el que apeló a los liberales, a los republicanos (“nuestros afines”), a los “elementos sociales (…) que trabajan”, a los jóvenes (“que nos creen a los partidos políticos autores de todos los males”) en un frente común contra “el peligro”.[2] La campaña contra Maura estaba en marcha. Estaba naciendo la izquierda española moderna. Era la antítesis de la izquierda de Sagasta, la que había permitido fundar la Monarquía constitucional en el consenso y el respeto a las instituciones.

 

Revolución en Barcelona. La Semana Trágica

 

Una vez cerradas las Cortes, y después de adelantar en todo lo posible la aprobación de la Ley de Administración Local, Maura se fue de veraneo al norte. Estuvo en Bilbao y luego en Santander. Las cartas de esos días, a primeros de agosto, no atestiguan una especial preocupación ni por la situación en Marruecos ni por la de Barcelona. En cuanto a Marruecos, Maura escribió al Rey que había puesto en conocimiento de Moret todo lo que el gobierno estaba haciendo allí y que este había manifestado su acuerdo.[3] Más tarde, Moret ratificó estas afirmaciones. Maura, por su parte, no tenía la menor intención de volver a Madrid, e incluso encargó al ministro de Estado el inicio de una negociación con una delegación enviada por el sultán de Marruecos.

Las cosas empezaron a cambiar por esos mismos días. Desde Marruecos, los mandos militares pidieron refuerzos y el día 11, en Barcelona, empezó a embarcar una brigada de reservistas que el 19 ya estaba en Marruecos. El 23, Maura decidió volver a Madrid. Habrá que tomarlo con paciencia, le dijo a un amigo.[4]

La movilización de reservistas se había producido después de que varios grupos de habitantes del Rif, en la zona próxima a Melilla, atacaran por su cuenta un ferrocarril minero español. Hubo cuatro muertos, todos ellos trabajadores del ferrocarril y pareció estar en peligro la ciudad de Melilla. Maura pensaba que el interés estratégico de España consistía en salvaguardar las ciudades españolas, controlar el territorio que le había sido entregado en custodia en los acuerdos diplomáticos de Cartagena y contribuir a estabilizar la posición –no muy sólida- del Sultán. España estaba en Marruecos porque así lo requería su posición geográfica: el control de esa franja del norte de Marruecos era la clave de la integridad territorial de España. No había más. Maura sentía aversión por cualquier aventura marroquí. Sabía que el ejército español no tenía medios para hacer una política imperialista ni de defensa de intereses económicos particulares, en el norte de África. Las recomendaciones del gobierno al general Juan Marina, un militar veterano y experimentado, fueron terminantes: no había que iniciar ninguna operación de represalia. El envío de tropas estaba encaminado a garantizar la seguridad de las posiciones españolas, en particular la defensa de Melilla.

Esta posición no le iba a ahorrar problemas. El gobierno dio la orden de que prosiguieran los trabajos mineros interrumpidos por los ataques, por lo que las tropas tendrían más motivos para intervenir ante un ataque probable. Un destacamento cayó en una emboscada en el Barranco del Lobo. Se intentó una retirada sin apoyo artillero, que degeneró en una matanza, y por fin el general Marina, con el apoyo de la artillería, consiguió sacar los españoles de la encerrona. Fue el preludio del “desastre” del Barranco el Lobo, donde murieron centenares de soldados españoles en los mismos días en que estallaban los disturbios en Barcelona.[5]

Estaba próximo el recuerdo de la Guerra de Cuba, y toda la izquierda ajena al sistema, desde los anarquistas a los republicanos pasando por los socialistas, se apoyó en él para acusar a Maura de sacrificar vidas españolas a un plan imperialista, destinado a satisfacer las ansias económicas de una oligarquía con intereses en la explotación minera del norte de África. Pablo Iglesias, el líder del Partido Socialista, llegó a decir que “los moros tienen razón en cuanto hacen. (…) Eso que (Maura) ha dicho de que bombardeamos a los moros para defender a cuatro obreros asesinados es una ofensa que se nos hace, porque jamás se ha ocupado Maura de defender a los obreros. Se han violado las leyes de la guerra lanzando una lluvia de granadas sobre poblados en que había mujeres, niños y enfermos. Este proceder es bárbaro e infame. ¿Se extrañará alguien de que cualquier ciudadano, al tener que dejar en su casa mujer e hijos para ir a la guerra, en vez de hacer eso, clavase un puñal en alguno de nuestros representantes políticos? Si hubiera alguien que hiciera lo que he dicho, yo lo aplaudiría (…) (…) y si vienen los atropellos y hubiese que usar las armas, no se tire abajo: tírese arriba.”[6]

Maura, por su parte, pensó que su posición contraria a cualquier aventura bélica en Marruecos era suficientemente conocida y que no requería más explicaciones ante la opinión pública.[7] A pesar de conocer el peligro, su gobierno había autorizado las explotaciones mineras cerca de Melilla, y pidió el crédito para reforzar la guarnición de Melilla una vez cerradas las Cortes.[8] El gobierno no tenía el respaldo de ninguno de los grupos políticos que contaban en la vida barcelonesa, ni siquiera el de sus amigos en la tramitación de la Ley de Administración Local, los nacionalistas de derechas. Cambó, que era el más próximo al gobierno, se marchó de excursión a los países bálticos.[9] El ministro de Defensa, el general Linares, fue a elegir precisamente Barcelona como lugar de embarque de las tropas. No eran soldados profesionales. Eran tropas de reemplazo, reservistas del año 1903, con poca experiencia, bastantes de ellos casados y con hijos pequeños. Había otras opciones, pero se descartaron.[10] El gobierno quería promulgar el servicio militar obligatorio para acabar con la injusticia de la redención a metálico. Sin embargo, mandaba a aquellos hombres a una carnicería, de juzgarse por las noticias que llegaban de Marruecos.

El embarque de los reservistas provocó la movilización del Partido Socialista contra la guerra y la convocatoria de los delegados de las asociaciones obreras por el sindicato anarquista Solidaridad Obrera, germen de la futura CNT, el 23 de julio. Socialistas y sindicalistas aspiraban a paralizar la salida de las tropas, con lo que el ejército español en Marruecos habría quedado abandonado a su suerte. Quedó formado un comité de huelga en el que participaban un miembro de la propia Solidaridad, otro del Partido Socialista y otro por los anarquistas. Los republicanos radicales prestaron su apoyo desde fuera, sin comprometerse demasiado. El lunes 26 estalló el movimiento, que en muy poco tiempo paralizó Barcelona.[11] Ossorio y Gallardo, el gobernador civil, mantenía un prolongado contencioso con el ministro de la Gobernación Juan de la Cierva a cuenta del orden público y la organización de la policía. Dimitió en desacuerdo con la declaración de estado de sitio en la ciudad. Se hizo cargo de la situación el capitán general, Luis de Santiago, que se comunicaba con Madrid por el único medio que los sublevados habían olvidado de cortar: el cable telegráfico submarino que unía Barcelona con Palma de Mallorca. El gobierno suspendió las garantías constitucionales en el resto de España y sofocó los intentos de movimiento fuera de Barcelona y algunas ciudades de su cinturón. Barcelona quedó aislada. Las autoridades fueron incapaces de hacer frente al movimiento y la revuelta fue dueña de la ciudad durante cuatro días.

El martes 27 se levantaron las primeras barricadas y ese mismo día empezaron los incendios de edificios religiosos. Los revolucionarios incendiaron unas 80 iglesias y edificios religiosos: conventos, hospitales, asilos y sobre todo establecimientos de enseñanza. Hubo pocos ataques a edificios de otra índole, ni gubernamentales, ni fabriles, ni residenciales. De una forma espontánea y sin una dirección precisa, los revolucionarios cumplieron al mismo tiempo el programa anarquista que llevaba a exaltar la acción revolucionaria sin más perspectiva que la destrucción en sí misma, y el modelo anticlerical predicado por los republicanos radicales de Lerroux (quien, por su parte, se encontraba en de gira en Argentina). Lo primero llevaba a la violencia, lo segundo a ejercerla contra los símbolos y los edificios religiosos, equiparados a la materia ideológica y emocional de la que se alimentaba un sistema basado en la explotación de los obreros, las mujeres, los niños, los pequeños empresarios.[12]

La fiebre emancipadora causó algo más de 70 muertos. Terminó en cuanto las autoridades recibieron refuerzos. El jueves 29 empezó la retirada y el domingo todo se había acabado. Ese día se publicaron los periódicos y el lunes 2 de agosto los barceloneses volvieron al trabajo. Para Maura, las responsabilidades estaban claras, como dejó escrito en una carta a Eduardo Dato del mismo día 29 de julio: “republicanos (…), socialistas con plena intervención y dirección declarada de P. Iglesias, el de la legalidad, anarquistas”. No atribuía, como hacía Juan de la Cierva, ninguna responsabilidad a los nacionalistas, pero en otra carta un poco posterior (19 de agosto, también a Dato), precisaba el caldo de cultivo que había hecho posible la erupción y lo relacionaba con el ambiente nacionalista: “En Gerona y en gran parte de Barcelona, donde viene de tan antiguo la honda y total perturbación que formó piña de ácratas, canónigos, bandidos, fabricantes, nobles, carreteros, literatos y oradores, mientras se trató de protestar contra la Guerra, contra el Gobierno, contra Madrid, contra l’Estat, contra todo ese amasijo de cosas que, no siendo catalanas, sólo execración podían merecer… ¡Era la costumbre!”

De ahí Maura deducía una conclusión muy distinta de la habitual. Lo ocurrido en Barcelona en julio no era un movimiento de futuro, ni siquiera algo revolucionario. Era “un residuo purulento del pasado (…), vestigios de la tradicional política española,”[13] algo parecido a lo que en 1901 había llamado “la tupida y revieja maraña de la oligarquía”.[14] Había ocurrido lo que él había querido evitar con su política de integración de las fuerzas políticas catalanes en la nación española. Si seguían “organizadas en partidos locales”, el daño no se iba a remediar. Ni siquiera –dijo luego en las Cortes- “se iniciará la curación de esos males”.[15] Maura apuntaba a la necesidad de tener en cuenta el ensimismamiento nacionalista como una de las explicaciones de la radicalización de la política catalana, que había acabado desatando la violencia. También confiaba –volviendo a la carta a Dato- en que su propuesta de modernización y democratización había sido correctamente entendida, y esperaba en que la Nación (“casi entera”) estuviera “resuelta y declaradamente en contra” de todo aquello. Lo más importante, a partir de ahí, sería acabar con el conflicto militar en África con una “cumplida victoria” y terminar con la “acometida revolucionaria” mediante las “ejemplaridades necesarias”.[16]

 

De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.

 

Notas

[1] Romero Maura, J. (2000): 60.

[2] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 112.

[3] Tusell, J. (1994): 111.

[4] Tusell, J. (1994): 112.

[5] Seco Serrano, C. (1995): I-270.

[6] Sevilla Andrés, D. (1954): 354.

[7] Romero Maura, J. (1989): 502.

[8] González, M. J. (1997): 311.

[9] Romero Maura, J. (1989): 504.

[10] Seco Serrano, C. (1995): I-144.

[11] Para un relato de la “Semana Trágica”, Connelly Ullmann, J. (1972): 343-505.

[12] Para un análisis del significado de la “Semana Trágica”, Romero Maura, J. (1989): 461-543.

[13] “La costumbre” y los “residuos”, en Seco Serrano, C. (1995): I-149.

[14] Costa. J. (1982): 12.

[15] Arranz Notario, L. (1996), 16.

[16] La nación “en contra” y las “ejemplaridades”, en Seco Serrano, C. (1995): I-149 y 148.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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