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Matrimonio gay. Un debate social en la arena partidista

En nuestro país, el matrimonio entre personas del mismo sexo ha pasado de ser una reivindicación minoritaria, e incluso un poco excéntrica, a formar parte del programa de gobierno de uno de los dos grandes partidos nacionales, el Partido Socialista. El actual presidente del Gobierno anunció su puesta en marcha durante el debate de investidura en las Cortes. En vista de que no hubo respuesta por parte del partido de la oposición, un observador ajeno a la realidad social española podría tal vez deducir que está a punto de alcanzarse un consenso acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo y que la sociedad española, y en general las sociedades occidentales, se disponen a dar por resuelto el asunto.

No es así. Es cierto que el matrimonio entre personas del mismo sexo es una posibilidad cada vez más aceptada, en particular entre los más jóvenes. Pero ni la posición favorable de la izquierda ni el silencio del centro derecha indican un respaldo social ampliamente mayoritario. Por parte del centro izquierda y de la izquierda hay una aceptación acrítica, tal vez interesada, de una reivindicación en apariencia progresista. El silencio del centro derecha es más que nada incapacidad o falta de voluntad de articular una argumentación consistente ante un asunto que le desconcierta. La Iglesia se ha mostrado muy locuaz en este asunto, al que concede sin duda una alta prioridad. Se ha manifestado reiteradamente en contra, aunque voces individuales representativas han adelantado una posición favorable a alguna clase de regulación no del matrimonio, sino de las parejas del mismo sexo.

La posición de la Iglesia tiene la virtud de enfurecer a los militantes del movimiento gay que reivindican el matrimonio entre personas del mismo sexo. No debería ser así, porque la posición de la Iglesia sólo atañe a los fieles. Los problemas morales que plantea afectan a los homosexuales católicos, no al conjunto de los homosexuales. Sus argumentos son de orden moral y teológico, no político, y como tal deberían ser discutidos. Pero tal vez la misma virulencia de las reacciones que suscita la posición de la Iglesia indique hasta qué punto existe cierta inseguridad a la hora de defender el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Hay indicios suficientes para pensar que el consenso previo sobre el matrimonio está en trance de romperse, si no es que se ha roto ya. En 2003, el Tribunal Supremo norteamericano declaró inconstitucionales las leyes estatales condenatorias de las prácticas sexuales libres entre adultos del mismo sexo. Así cobró un nuevo impulso el movimiento a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. También se suscitó una fuerte respuesta. Ya se había iniciado bajo la Presidencia de Clinton, con la Ley de Defensa del Matrimonio (1996). Después el presidente George W. Bush ha planteado el proyecto de introducir una enmienda constitucional que especificará que el matrimonio sólo lo puede ser entre hombre y mujer.

Una desigualdad básica

Supuesta la libertad de un individuo adulto para mantener relaciones sexuales consentidas con otro adulto, no parece haber argumentos serios para mantener que el Estado tenga autoridad para coartar esa libertad. Y supuesta la neutralidad ideológica y moral del Estado, tampoco parecen quedar argumentos sólidos para mantener que los individuos del mismo sexo no tengan el mismo derecho al matrimonio que los individuos de distinto sexo. Éste es, de hecho, el núcleo de la argumentación a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo: la igualdad de los individuos ante la ley y la neutralidad del Estado en cuestiones de índole moral.

Cabe preguntarse, sin embargo, si existe realmente igualdad completa entre los individuos homosexuales y los individuos heterosexuales. La hay en cuanto a la libertad en las relaciones sexuales. Y la hay además en un sentido más profundo. Ni la homosexualidad ni la heterosexualidad son opciones voluntarias. La expresión “opción sexual” que se escucha con frecuencia en los últimos años para referirse a la “orientación sexual” de las personas induce a confusión.

Ni la homosexualidad ni la heterosexualidad se eligen. Por razones que todavía permanecen inexplicadas, una minoría relevante de seres humanos es homosexual. La condición homosexual, como la heterosexual, es sobrevenida e involuntaria. También es irremediable. Una vez instalado en la homosexualidad o en la heterosexualidad -un hecho que sucede muy temprano en la vida-, el individuo no tiene capacidad alguna de cambiar esa condición. La condición homosexual no debe tener una consideración distinta de la heterosexual si respeta en su práctica la ley y las libertades individuales.

Ahora bien, la igualdad de naturaleza ni significa la igualdad absoluta de la condición heterosexual con la condición homosexual. A diferencia de lo que ocurre en la condición heterosexual, la práctica del sexo entre personas del mismo sexo no permite la procreación. Desliga por tanto el deseo sexual de la reproducción y convierte lo que parece derivarse del instinto de conservación de la especie humana en una acción autónoma, sin más fin que el placer o la expresión del amor. Esta diferencia ha estado en la raíz de las limitaciones a las prácticas homosexuales a lo largo de la historia. Se vio reducida al ámbito pedagógico en la antigüedad clásica. Ha venido siendo condenada como un pecado por la Iglesia, que siguió la condena del judaísmo. En las sociedades liberales occidentales, desde el siglo XVIII hasta el XX, fue semitolerada como un lujo siempre que se mantuviera en la discreción. Fue condenada como la más acabada expresión de la esterilidad y la decadencia de la sociedad burguesa por la izquierda socialista hasta los años 80 del siglo pasado.

Afortunadamente, todo eso se ha acabado en los países occidentales, aunque no en los regímenes comunistas que han sobrevivido al derrumbamiento del Muro de Berlín ni en las sociedades que no respetan los derechos humanos, como los países musulmanes y China. Y al extenderse el respeto a la condición homosexual, se ha llegado al punto en el que hoy nos encontramos. Al menos en apariencia, el Estado español está dispuesto a reconocer como válido el matrimonio de gays y heterosexuales, sin consideración a la diferencia esencial que los distingue a unos de otros en el asunto de la reproducción.

Igualdad, felicidad, orden

Los argumentos a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo son muy variados, aunque hay tres de particular relevancia en el debate público desarrollado en estos últimos años. Ya he mencionado el primero: es el de la igualdad entre los individuos ante la ley y la necesaria neutralidad del Estado ante las decisiones individuales, siempre que respeten los derechos humanos. Así como dos personas adultas tienen derecho a ejercer su libertad en materia de sexo, también las personas del mismo sexo tienen derecho a contraer matrimonio. No hay ninguna razón para privarles del reconocimiento público de su situación de pareja ni de los beneficios sociales que se derivan del matrimonio, como seguridad social, pensiones, seguros, planes de jubilación, visitas hospitalarias, herencia, etc.

Este argumento es particularmente sensible allí donde la vida de los individuos está masivamente intervenida por el Estado, como ocurre en muchos países europeos. Hay dos vías –no incompatibles- para conseguir la igualdad. La primera es la extensión de los derechos. La segunda es el desmantelamiento de la intervención del Estado en aspectos de la vida privada que sólo deberían atañer a la voluntad de los individuos. Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo descartan casi siempre esta última posibilidad. También son partidarios de la legislación y las políticas antidiscriminatorias en cuestiones como el trabajo o la vivienda. Suelen pensar que el Estado sirve para forzar determinados cambios que la sociedad es demasiado lenta en realizar. Pero esta mentalidad, muy característica, no invalida el argumento primero a favor de la igualdad primera de todos los individuos.

Un segundo argumento a favor del matrimonio es el de la universalidad del derecho a la búsqueda de la felicidad. Andrew Sullivan, escritor y comentarista político conservador norteamericano, lo ha desarrollado con elocuencia y sensibilidad. El matrimonio no es sólo un contrato ni un reconocimiento público de los lazos afectivos que unen a dos personas, hasta ahora de distinto sexo. El matrimonio es la forma más alta del amor, la más exigente en cuanto a la entrega, la generosidad y el compromiso de una persona con otra. Encarna un ideal ético universal por naturaleza. Dos personas del mismo sexo tienen derecho a vivir su amor con el mismo grado de compromiso que dos personas de distinto sexo. Su exclusión no sólo es injusta. Es también vejatoria, porque sobreentiende que dos personas del mismo sexo no pueden alcanzar el mismo grado de exigencia en su vida personal que otras dos personas del sexo contrario. Descalifica el afecto entre personas del mismo sexo y los condena a vivir un amor devaluado, de segunda clase.

De aquí se deduce una discriminación injustificable hacia los homosexuales. Esta discriminación atañe a la consideración del afecto del que son capaces y se extiende a partir de ahí al conjunto de la vida. El matrimonio consagra y valora la capacidad de compromiso de la que es capaz una persona en su vida afectiva. Presentar a una persona como “mi marido” o “mi mujer” no es lo mismo que presentar a esa misma persona como “mi amigo” o “mi pareja”. Con sólo una expresión, reconocemos y calificamos un estatus social y la capacidad, o al menos la disposición de la persona para mantener un alto grado de exigencia en su vida personal. El derecho al matrimonio para las parejas del mismo sexo es un reconocimiento de su derecho a la felicidad o, si se prefiere, de su derecho a la virtud.

Hay un tercer argumento importante a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Imaginemos por un momento, dicen sus partidarios, un mundo sin matrimonio. Viviríamos en pleno desorden sexual, afectivo y social. Las relaciones amorosas estarían condenadas a la inestabilidad, el afecto difícilmente encontraría un cauce mediante el cual expresarse, el sexo y el capricho dominarían una vida amorosa donde no existiría el compromiso ni la responsabilidad. Pues bien, ese es el mundo homosexual que hoy conocemos. Existen muy pocas parejas estables, mucho menos duraderas, y las personas que han establecido su vida en pareja, en particular los hombres, no suelen respetar el principio de fidelidad. La promiscuidad es muy alta. Dada la facilidad con la que se puede practicar el sexo, tampoco hay formas de relación social que contribuyan a asegurar la estabilidad emocional de los individuos. En el mejor de los casos las redes de amistad, más sólidas que las parejas, permiten paliar las carencias afectivas.

El matrimonio contribuirá a poner un poco de orden en esta realidad caótica y a medio plazo dolorosa. Establecerá pautas y modelos de conducta y las personas tendrán acceso a una estabilidad emocional que hasta ahí se les negaba. No se llegará a un orden perfecto, como no se ha llegado en el mundo heterosexual, pero el compromiso público y las obligaciones contraídas mediante el matrimonio establecerán los cauces por los que el deseo sexual dejará de ser el terreno de la irresponsabilidad para reforzar el afán de perfeccionamiento moral de las personas.

Los límites de una argumentación

Este argumento a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo apareció a finales de los años ochenta. Puso las bases de la primera propuesta seria de “matrimonio gay”. Está relacionado con la mortandad causada por el sida entre los homosexuales. La necesidad de romper con unas prácticas amorosas y sexuales que habían contribuido a diseminar una enfermedad entonces era mortal en muy breve plazo, llevó a adelantar esta propuesta conservadora que exige un cambio muy profundo en la mentalidad de muchos homosexuales.

Efectivamente, la reivindicación del derecho al matrimonio excluye la de reivindicación de la libertad sexual absoluta, de la “emancipación” y de la promiscuidad como forma de realización personal. El matrimonio ofrece al individuo la oportunidad de romper con la atmósfera de animalidad que reina en muchos círculos homosexuales desde los años de la “liberación sexual”. Hasta finales de los años sesenta, la práctica de la homosexualidad había sido un lujo, una esfera de libertad total, aunque casi clandestina. Desde entonces, fue presentada como una subversión de los valores morales y un paso hacia la emancipación del individuo de cualquier regla y cualquier responsabilidad sobre su propia conducta. La propuesta del “matrimonio gay” se deduce de lo ocurrido a raíz de este cambio.

Por eso, quienes sostienen que el matrimonio entre personas del mismo sexo contribuirá a ordenar, estabilizar y por tanto mejorar la vida de los homosexuales deberían condenar ese otro mundo inmoral de relaciones precarias e irresponsables. Sin eso, el argumento pierde eficacia. No se puede reivindicar al mismo tiempo una cosa y la contraria, la responsabilidad y la irresponsabilidad.

Por otra parte, es dudoso que el matrimonio sea sólo un instrumento para ordenar la vida sexual y sentimental de las personas. El matrimonio tiene otra vertiente, aún más importante, que está relacionada con la reproducción de la especie humana y por tanto con la institución de la familia. El matrimonio es el instrumento jurídico que permite la realización de la familia, siendo ésta la institución que permite asegurar la continuidad de la especie humana, junto con la transmisión de valores que constituyen la base misma de nuestra civilización.

Desde esta perspectiva, el matrimonio no tiene por finalidad primera asegurar la felicidad de las personas. Está destinado a estabilizar un marco adecuado para la reproducción, la crianza y educación de los hijos. No siempre esta finalidad es compatible con la felicidad de los progenitores, aunque la primacía del derecho a la búsqueda de la felicidad es tan avasalladora hoy en día que incluso se llega a poner en duda que se puedan criar y educar hijos en una familia cuyos padres no sean “felices”. No es esa, sin embargo, la experiencia común de muchos matrimonios.

En este punto las parejas del mismo sexo y las de distinto sexo se encuentran en una situación parecida. La ética actual requiere compatibilizar la felicidad personal con la estabilidad del matrimonio. Solapa dos objetivos: el de la realización personal con del mantenimiento de la relación de la pareja. Pero es evidente que las personas del mismo sexo que quieran seguir esta pauta de realización están en desventaja con respecto a las personas de distinto sexo. Estas cuentan con el reconocimiento social que lleva aparejado el matrimonio. Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo argumentan que sin el reconocimiento público que supone el matrimonio, sin el respaldo social que el matrimonio proporciona y el estatuto y el prestigio que ofrece a la persona, es difícil pedir a nadie que cumpla las pautas de la vida matrimonial. El argumento es imposible de rebatir.

Efectivamente, si las exigencias de la vida matrimonial son elevadas de por sí, lo son mucho más cuando esa vida matrimonial no es reconocida como tal por la sociedad. La dignidad que comporta la vida matrimonial no está al alcance de las parejas del mismo sexo. Tendrán que atenerse a una alta exigencia ética sin contrapartida alguna excepto de la derivada de la propia satisfacción personal o el reconocimiento de un pequeño círculo de personas. Pero pedir la instauración de un comportamiento tan exigente en un mundo como el homosexual de hoy en día, regido en buena medida por la negativa a asumir cualquier tipo de responsabilidad en cuanto a los sentimientos y la vida sexual, es un sueño utópico. Equivale a preconizar un ideal de vida ascético en un mundo en el que la satisfacción del deseo está casi siempre al alcance de la mano. Por eso es este uno de los argumentos más fuertes a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Reconocimiento legal

Queda en pie, sin embargo, la objeción fundamental en contra de la igualdad de derechos de homosexuales y heterosexuales al matrimonio. Efectivamente, en cuanto se hace del matrimonio la plasmación jurídica de la familia, las personas del mismo sexo quedan por naturaleza excluidas del matrimonio. La desigualdad por naturaleza repugna a la mentalidad actual pero la objeción es de principio, sin discusión posible. Se fundamenta en un hecho evidente: la relación sexual entre dos personas del mismo sexo no conduce a la reproducción.

Ahora bien, que este sea un hecho irrebatible no quiere decir que todo el mundo deduzca de él las mismas consecuencias. La descalificación de las personas del mismo sexo para el matrimonio basada en el argumento de que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo no conducen a la reproducción no implica de por sí ninguna valoración acerca de la homosexualidad. Los homosexuales tienen el mismo derecho a la felicidad o a la virtud que los heterosexuales. Y es de justicia que las personas del mismo sexo que vivan en pareja, ya que no en matrimonio, no sufran por ello discriminación alguna. Más aún, si se quiere paliar de algún modo la falta de reconocimiento y dar respuesta a la demanda de estabilidad que subyace en la reivindicación del matrimonio, se deben articular medidas legales que permitan acceder a las parejas del mismo sexo a la formalización y al reconocimiento social y legal de su relación.

Los registros de parejas civiles o el establecimiento de un contrato civil reconocido por el Estado son pasos importantes en esta dirección. Se debe evitar cualquier asimilación con el matrimonio, para respetar la naturaleza de vínculo matrimonial y su relación con la familia. Quienes se acojan a esta modalidad no serían por tanto esposos, pero sí que constituirían una categoría específica, que merece un nombre más digno que el de “parejas de hecho”. Además, el Estado debe reconocer la naturaleza específicamente afectiva y sexual de una relación de esta índole. No debe incluir en la misma consideración a cualquier pareja de personas que vivan juntos sin vínculos sexuales, como una madre con su hija, dos hermanos, dos amigos o un anciano con su cuidador. Hacerlo así resulta humillante para las parejas de personas del mismo sexo, que aspiran a fundar una relación más profunda, más íntima y de fuerte exigencia moral. Además, abre la puerta a la regularización legal de una multitud de situaciones, con consecuencias jurídicas y económicas impredecibles, especialmente gravosas en los Estados europeos, tan intervencionistas.

Por su parte, el Estado no tiene por qué solicitar ningún requisito previo a las parejas que quieran formalizar de esta forma su relación, como no sea los que solicita de quienes aspiran a contraer matrimonio. Además las parejas del mismo sexo que quisieran formalizar de esta forma su relación deben poder hacerlo con un cierto ceremonial de reconocimiento público, aunque el vínculo no sea llamado matrimonio.

De esta forma se daría respuesta a una de las principales objeciones a la formalización no matrimonial de las relaciones entre personas del mismo sexo. No alcanzarían, efectivamente, el estatus matrimonial, pero se distinguirían de otra clase de parejas, no unidas por un compromiso derivado del afecto. Hay que reconocer, en cambio, que no se palía del todo la desigualdad entre homosexuales y heterosexuales. Las parejas de distinto sexo tienen acceso a cualquiera de las dos modalidades de unión, mientras que las del mismo sexo lo tienen sólo a una de ellas, de menor consideración social. Es un hecho irremediable. También puede ser considerado un reto a las parejas de personas del mismo sexo.

El matrimonio y la familia

Los partidarios del matrimonio entre parejas del mismo sexo no aceptan esta desigualdad básica. Niegan la relación entre el matrimonio y la familia, por un lado, y la heterosexualidad, por otro. Ni el matrimonio ni la familia deben estar cerrados a las personas del mismo sexo porque para ellos el objeto del matrimonio es la unión afectiva –o cualquier otra en la que el Estado no tiene por qué entrar siempre que respete la libertad de los contrayentes-, y no sólo la reproducción. Así lo prueba que muchas parejas de distinto sexo contraigan matrimonio sabiendo que no pueden tener hijos. En otros casos, el descubrimiento tardío de que un matrimonio no puede tener descendencia no anula el vínculo matrimonial previo.

Por otra parte, el matrimonio no es una fórmula cerrada y definitiva. Ha conocido numerosas variantes a lo largo de la historia. La propia familia, aun estando ligada siempre a la reproducción, tampoco tiene por qué considerarse definitivamente clausurada en su forma actual. Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo se apoyan en la rápida evolución del matrimonio y en la aparición de nuevas formas de relación que llaman “nuevas familias”. No sólo es que dos personas sin esperanza de tener hijos puedan contraer matrimonio. Es que el divorcio ha abierto la puerta a la disolución del vínculo matrimonial y a la formación de familias muy distintas de las tradicionales, con hijos que proceden de distintos matrimonios. También es cada vez más frecuente la adopción, como lo son las llamadas “familias monoparentales”. Se han extendido las técnicas de reproducción asistida.

Por un lado, se ha roto el lazo que existía entre reproducción y sexualidad. Por otro, se va imponiendo la idea de que el matrimonio está más relacionado con la felicidad y la realización personal por medio del amor. En esta situación, no hay por qué cerrar la puerta al matrimonio entre personas del mismo sexo. Más aún, cabría llegar a una nueva consideración de la familia, que permitiría la adopción y la crianza de hijos por parte de las parejas del mismo sexo. Estas parejas reproducirían así la estructura clásica familiar, pero con independencia del lazo natural de la reproducción, porque en el mejor de los casos, uno por lo menos de los miembros de la pareja no tendría ninguna relación biológica con el niño y, en todos, faltaría una de las dos figuras básicas de la familia, como son el padre (en caso de parejas femeninas) o el padre (en caso de parejas masculinas).

Quienes rechazan esta posibilidad y por tanto se muestran contrarios al matrimonio entre dos personas del mismo sexo, y mucho más de la posibilidad de que dos personas del mismo sexo puedan adoptar hijos como si fueran una auténtica familia, argumentan que estos cambios degradarán la institución familiar. La familia es el eslabón esencial que articula la naturaleza del ser humano con una civilización basada en las virtudes de la cooperación y la responsabilidad personal. Gracias a la familia, la reproducción de la especie humana va unida a la continuidad de esa misma civilización. Romper la unidad básica entre naturaleza y moral en que consiste la familia pondrá en peligro los fundamentos de nuestra civilización. Hay quien afirma incluso que ese, y no otro, es el objetivo de quienes están proponiendo nuevas formas para la institución familiar: lo que no consiguieron los totalitarismos en el siglo XX, que es destruir la posibilidad de la libertad, se conseguirá ahora mediante la voladura de la institución de la familia.

Un segundo argumento de los defensores de la familia es que la apertura del matrimonio (y mucho más de la familia) a las parejas del mismo sexo permitirá toda suerte de combinaciones afectivas entre las cuales no hay que descartar la vuelta a la poligamia o lo que se ha empezado a llamar “polyamory”, que es la legalización por parte del Estado de cualquier forma de relación afectiva y sexual, con indiferencia del número y el sexo de personas que implique.

Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo plantean una objeción de principio a estos argumentos. No aducen sólo, como ya he dicho más arriba, que el matrimonio no está vetado a las personas que no puedan tener hijos. Argumentan también que la propia familia ha evolucionado de por sí, con independencia de las aspiraciones y los deseos de los homosexuales. El divorcio abrió la puerta a estas nuevas situaciones. No sólo son un hecho las familias con hijos de distintos matrimonios y las llamadas “familias monoparentales”. Es que ya existen parejas de personas del mismo sexo con hijos –biológicos o no- a su cargo. De alguna forma habrá que reconocer esta realidad y evitar el sufrimiento creado por las discriminaciones que se derivarán inevitablemente de la ausencia de un marco legal para todas estas situaciones, demasiado frecuentes como para seguir siendo consideradas irregulares.

Los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo niegan que esta forma de matrimonio dé paso a nuevas fórmulas familiares, y, en los casos en que se plantea una argumentación consistentemente conservadora, que el matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso la posibilidad de fundar familias con “padres” del mismo sexo supongan peligro alguno para nuestra civilización. Al contrario: encauzarán lo que sin eso quedará inevitablemente condenado a posiciones excéntricas, marginales y al cabo peligrosas para la estabilidad de los individuos y de una sociedad que no habrá sabido responder a las nuevas demandas.

Es posible rebatir estos argumentos. No cabe dudar de la buena fe de quienes afirman que el matrimonio entre personas del mismo sexo no abre la posibilidad de formas familiares como la poligamia porque las personas del mismo sexo que se quieren casar no quieren hacerlo con cualquiera, ni de cualquier modo, sino con una persona determinada, para hallar una forma de estabilidad sentimental y cumplir con una exigencia moral que los hará mejores. Sin embargo, esto requiere para su realización la estricta neutralidad del Estado en cuanto a las relaciones afectivas y sentimentales de las personas, y también en cuanto a la forma legal que debe dársele a estas relaciones. La primera posición es consistente. La segunda no lo es tanto. Si el Estado no tiene nada que decir en cuanto a la regulación de la familia, no está claro en función de qué argumento podría negarse al reconocimiento legal de fórmulas de convivencia que ahora consideramos arcaicas y aberrantes, como puede ser la poligamia. En tal caso la familia y el matrimonio pierden cualquier valor de ejemplaridad social. La institución quedaría degradada automáticamente.

En cuanto al argumento ideológico, que acusa a los partidarios del matrimonio del mismo sexo de querer destruir la familia y con ella el orden de la libertad, es un argumento absolutamente rechazado por quienes argumentan que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un instrumento conservador, de estabilización e integración social. En Holanda, donde se ha institucionalizado la relación matrimonial entre personas del mismo sexo, la tasa de divorcios entre estos matrimonios es muy inferior a la tasa de divorcios que existe en los matrimonios entre personas del mismo sexo. El hecho parece corroborar la idea, sugestiva, de que siendo estas personas pioneros de una nueva forma de vivir, se comprometerán más intensamente con el ideal ético que preconizan y su compromiso servirá de ejemplo a los demás, incluidos a los matrimonios formados de personas de distinto sexo.

Ahora bien, también es verdad que ha habido un salto muy brusco desde la intransigencia dogmática de la izquierda tradicional a la actual tolerancia característica del progresismo posmoderno. Los mismos que consideraban la homosexualidad como una degradación moral y a los homosexuales como seres inferiores, dignos de desprecio y de castigo, celebran ahora la homosexualidad como un ejemplo moral. Es difícil aceptar que este salto se haya dado de buena fe. Se entiende la posición de quienes sospechan que los tradicionales enemigos de la libertad, habiendo fracasado en el ataque de frente llevado a cabo en el siglo XX, están presentando ahora la batalla en el terreno mucho más suave y aceptable de las costumbres y la moral individual.

Por otra parte, aunque esta desconfianza sea comprensible, habría que evitar una defensa de la familia y del matrimonio en términos ideológicos. Si el matrimonio está reservado a las personas de distinto sexo, es porque sólo la relación sexual entre personas de distinto sexo permite la reproducción. Resulta muy significativo que muchos partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo hayan pasado rápidamente de la reivindicación del matrimonio a la de la adopción de hijos por parte de estas mismas parejas. En el fondo, se diría que sólo la existencia de los hijos permite hablar de auténtico matrimonio y de auténtica familia, sin que haya que descartar tampoco el reconocimiento de la importancia de los hijos en la estabilidad de los matrimonios. La insistencia en la adopción parece dar la razón a quienes argumentan que los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo y de la adopción utilizan a los niños para dar legitimidad a una situación que sin ellos no la tiene, ni siquiera para los propios miembros de la pareja.

Por último, no hay por qué aceptar que se traslade el debate desde la legalización de formas aceptables de vida en común a la naturaleza misma de la familia y al vínculo de esta con el matrimonio. Tampoco hay que deducir de esto discriminación alguna para las parejas del mismo sexo, que deben tener la posibilidad de encontrar un estatuto legal y un reconocimiento social a su relación. Y no hay por qué ver desprecio hacia las nuevas realidades sociales. Quien opte por tener hijos en situación no regulada debe ser consciente de que lo hace bajo su responsabilidad, en el ejercicio de su libertad individual, sin que tenga por qué pedir al conjunto de la sociedad que se acomode a lo que es de su estricta responsabilidad.

No es esta una posición popular. Resulta más fácil dejarse llevar por la supuesta liberalidad progresista, o hacer como que no existen parejas de personas del mismo sexo que aspiran a llevar dignamente una vida en común. Así que entre el oportunismo de unos y la abstención de otros, es probable que dentro de poco nos encontremos en España con la figura legal del matrimonio entre personas del mismo sexo, e incluso con la posibilidad de que dos personas del mismo sexo funden una familia. Es una medida por lo menos prematura, sobre la que ha habido un escaso debate público. De puro voluntarista, puede ser incluso peligrosa para los partidarios del matrimonio entre personas del mismo sexo. Quizás el consenso sobre la naturaleza del matrimonio haya empezado a romperse en algunos círculos. Es dudoso, en cambio, que se haya roto en el conjunto de la sociedad. Lo que parece seguro es que está muy lejos de haberse elaborado un consenso nuevo acerca del matrimonio y la familia.

(Nota: Como es obvio, este último párrafo indica que yo estaba equivocado con respecto a la inexistencia de un consenso acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo.) 

El Noticiero de las ideas, nº 19, julio-septiembre 2004

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JOSÉ MARÍA MARCO

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