Matices del Orgullo

La incorporación de la homosexualidad a la normalidad cultural iba a traer un cambio profundo a las sociedades occidentales. Acostumbradas a reprimir o a pasar por alto las conductas homosexuales, la salida a plena luz de la incontable nación de los sodomitas, por recordar a Proust, o los millones de perversos, por hablar como en los años 70, estaba destinada a trastornar a fondo sus costumbres, así como la noción misma de virtud. Pues bien, en apenas 40 años nuestras sociedades han aceptado la realidad de formas distintas de vivir los afectos, y la misma sexualidad. Y no sólo han aceptado todo eso, también han asimilado la homosexualidad a las más acendradas costumbres, pilares tradicionales de la sociedad. Hoy en día, uno de los modelos de la felicidad homosexual es la conyugalidad entre dos hombres, con bebé, baño vespertino y biberón a medianoche incluidos. De la explosiva emancipación sexual de antes del sida a este panorama hay todo un universo.

En cierto sentido, las antiguas virtudes, en vez de degradarse y desaparecer, han resultado más firmes y duraderas de lo que se suponía. También la democracia, se dice, es capaz de asimilar a muchos de sus enemigos. Con una salvedad importante, claro está, y es que esa incorporación ha creado irremediablemente, y sin vuelta atrás, una sociedad pluralista. Y no sólo porque la virtud se declina ahora de muy diversas maneras, pero también porque las personas crean y consolidan nuevas identidades que requieren formas cada vez más sofisticadas y complejas de relacionarse con los demás en todos los campos de la vida. Hace ya mucho tiempo que no existen consensos morales unánimes ni establecidos por defecto. Cualquier posición ética requiere una elaboración consciente en la que la tradición sólo es legítima si va asumida como un proyecto propio.

La puesta en marcha de una sociedad como esta lleva aparejada riesgos importantes, que han aparecido desde el primer momento. Uno de ellos es el desconcierto que provoca en muchas personas una autonomía casi total, sin que esa exigencia vaya acompañada de instrumentos intelectuales y morales que les permitan vivir de forma relativamente equilibrada esa situación. Antes eran la anorexia y la bulimia, entre otros, los síntomas de este malestar profundo. Hoy lo son los trastornos generalizados relacionados con la identidad de género, por utilizar la expresión convencional.

No es de gran ayuda, más bien al contrario, que uno de los salvavidas que se les ofrece a toda estas personas enfrentadas a un problema radical, de orden ontológico, sea la victimización, por un lado, y, por otro, la construcción de identidades de grupo férreamente establecidas y protegidas. Las dos están relacionadas. Salvo excepciones contadas, los tiempos de la represión de la homosexualidad han pasado, felizmente, a mejor vida. Aun así, la victimización perpetua ofrece la ventaja de explicar las dificultades de la situación presente sin enfrentar a la persona a la responsabilidad que por otro lado se le adjudica y se le exige. A su vez, la identidad de grupo permite a la persona salir de la soledad y el aislamiento a la que muchas veces se siente condenada. Recuerda un poco la forma en la que nacieron los nacionalismos modernos, a principios del siglo XX, como una tabla de salvación para los náufragos del liberalismo, perdidos en el nihilismo. Y como el nacionalismo, son un remedio potente pero provisional, y tan peligroso como adictivo. La nueva sociedad queda convertida en un campo de batalla político y los primeros perdedores serán los soldados de a pie del nuevo diseño social y moral.

Por eso las festejos del Día del Orgullo, que tienen una dimensión de celebración más que comprensible, presentan otros matices. También ponen en escena la profunda crisis de la persona enfrentada a los nuevos retos morales y, además, los dictados ideológicos y partidistas a cuyo son se les está haciendo bailar. De las pocas cosas que se echan de menos de la antigua situación a la que estaban condenados los homosexuales está el sentido del humor que les permitía -a casi todos, igual que a muchas mujeres- entender que no todo es lo que parece.

La Lectura / El Mundo, 30-06-23

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