Elogio del patriotismo

De En defensa de la democracia, F. Sánchez Costa, M. Tey y M. Gurría coord., Almuzara, 2019.

En defensa de la democracia recoge las intervenciones de los participantes en la primera Escuela de verano de Societat Civil Catalana celebrada en Barcelona, 2018. Este texto recoge la ponencia de J.M. Marco

 

El patriotismo, sobre todo así, a secas, no tiene muy buena prensa. Lo identificamos con actitudes estrechas o demasiado cómodas, miedo o desconfianza ante un mundo sin barreras, fórmulas que nos impiden apreciar lo que nos resulta ajeno. Se diría que el patriotismo nos vuelve algo provincianos, en contraste con la vocación cosmopolita que nos lleva a querer ser ciudadanos del mundo y hermanos de todos los seres humanos que pueblan la tierra.

A los reparos clásicos sobre el patriotismo, en España se añade la herencia, todavía viva cuarenta años después, de la larga manipulación del patriotismo realizada por la dictadura. Nacionalista en algunos momentos, conservadora en otros, la dictadura anegó el patriotismo en fórmulas ideológicas que lo neutralizaron como elemento vital de la ciudadanía. (La crisis venía de antes, de cuando se hundió el crédito del liberalismo y de los regímenes constitucionales para los que el patriotismo no planeaba ningún problema, pero esa es otra historia.) Así que durante cuarenta años de dictadura y otros tanto de democracia, los españoles han vivido su condición de españoles sin plantearse la cuestión de aclarar el significado y los efectos de la lealtad y del amor al país del que forman parte. En términos personales, ha estado muy extendida, entre las elites, una cierta vergüenza de ser españoles y la casi imposibilidad de expresarlo. En términos políticos, construimos una democracia liberal sin nación que la sustentara: sin reflexión sobre su realidad política y evitando, cuando no reprimiendo, nuestra relación con ella. Hemos sido españoles por accidente, y no se establecía relación alguna entre la vida, en la que la presencia de lo español es abrumadora –como es natural-, con una esfera política en la que las realidades tienen validez porque son universales.

Patriotismo y nacionalismo

Las consecuencias políticas de esta ficción, porque eso es lo que era, se fueron viendo a lo largo de todo el primer período democrático que cubre el reinado de Don Juan Carlos, muy en particular en cuanto al nacionalismo. Ante el terrorismo nacionalista vasco, la condena de la violencia era firme en el conjunto de la población, pero resultaba imposible engarzar esa actitud de repudio con la esfera política porque se había neutralizado la realidad nacional que el terrorismo nacionalista atacaba con tanta dureza. En cierto sentido –no en el de la respuesta policial, claro está-, los españoles habían quedado sin capacidad de respuesta ante el terrorismo. Después de 2012 se empezó a evaluar otra de las consecuencias de aquella ficción, como ha sido el intento de secesión de Cataluña, cuando los nacionalistas decidieron dar por terminado el proceso de construcción nacional que se venía llevando a cabo por la Generalidad desde su restauración, sin respuesta seria por parte de los sucesivos gobiernos centrales, fuera cual fuera el color político de estos. (En el País Vasco se ha llevado a cabo otro proceso de similares características, también sin respuesta.)

Así que el resultado paradójico del olvido, o la censura, de la lealtad nacional como afecto y virtud política llevó a la perpetuación del nacionalismo, algo que durante décadas constituyó la máxima excepcionalidad política española en el conjunto de los países europeos, donde era el nacionalismo el que estaba desterrado después de lo ocurrido en los treinta primeros años del siglo XX. Aquí ha ocurrido al revés. Se apartaba el patriotismo, y se aceptaba, cuando no se elogiaba y se promovía, el nacionalismo.

Una de las lecciones que se pueden sacar de lo ocurrido en España es precisamente que la ausencia de patriotismo ha conducido al auge del nacionalismo. Los nacionalistas no han conseguido inculcar sui ideología al conjunto de la sociedad, ni siquiera en una parte mayoritaria, pero sí lo ha hecho en un porcentaje importante de la población, hasta crear el problema enquistado, y sin aparente solución, del que somos testigos hoy en día en Cataluña. La contrapartida es la asombrosa –cualquier adjetivo se queda corto- incapacidad de los partidos nacionales para llegar a un acuerdo acerca de la forma de gestionar democráticamente una crisis que atañe a la existencia misma del país. El patriotismo sigue siendo piedra de escándalo para las elites españolas. (…)

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