Identidad y cultura madrileñas

Con la creación del Estado de las Autonomías, parecía que Madrid iba a entrar en una etapa de decadencia sin remedio. Al descentralizarse el poder y transferirse competencias de toda índole, la ciudad de la que se decía que vivía sólo del Estado central, sin cultura propia y que parasitaba las energías de la nación, estaba destinada a pasar al segundo rango. Su papel se reduciría a capital política: sin representación orgánica ni vital, sin raíces y -también, porque ese era el objetivo del Estado de las Autonomías para los nacionalistas- sin capacidad para articular una respuesta a los nacionalismos vasco y catalán. Capital puramente político-administrativa, por tanto, y menguante.

Lo ocurrido ha sido exactamente lo contrario. Aparte de sus efectos positivos, el Estado de las Autonomías trajo como consecuencia un cierto ensimismamiento de las nuevas Comunidades Autónomas, fruto de su recién estrenada búsqueda identitaria. Perdieron, sobre todo en las de marcado acento nacionalista, su irradiación exterior. El fenómeno ha sido más lento de lo que algunos habíamos previsto, por la fuerza de una larga tradición, y por los apoyos que Barcelona (y no Madrid) recibió del gobierno central durante décadas: apoyo que los gobiernos nacionalistas aprovecharon para nacionalizar Cataluña, algo que no se quiso ver en el resto de España, en particular en Madrid.

Por eso mismo, Madrid, lejos de reducirse a su dimensión puramente política, ha ido cobrando una importancia creciente, que las cifras corroboran: PIB, población, demografía, turismo, inversión, atracción de talento… La tendencia, que arrancó temprano, se ha consolidado en los últimos meses con la animadversión demostrada por el Gobierno central social-podemita ante las innovadoras estrategias de prevención y tratamiento del covid-19, y también de apertura y sostenibilidad económica puestas en marcha por el Gobierno de la Comunidad con el apoyo de VOX. Madrid -la ciudad y la región, que en este aspecto resultan ya indistinguibles, recuperan su naturaleza: capital de España y ciudad global.

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Al tachar a Madrid de “ciudad política”, lo que casi siempre se ha querido decir es que era una ciudad artificial, ajena a la realidad española -parasitaria, ya lo sabemos-. El tópico -universal, por otro lado, y aplicada a casi todas las capitales importantes- responde a la animosidad antiliberal, nacionalista a veces, otras simplemente conservadora, de fuerte matiz regeneracionista. Pero Madrid no era sólo eso. Cuando Felipe II decide instalar en Madrid la capital de España y hacer de ella una de las capitales de la Monarquía española, lo hace porque, sin representar ningún reino en particular, los representa a todos. Esa es la vocación primera de Madrid, y de su contraparte, que tan bien contribuye a explicarlo, como es el Real Monasterio de El Escorial.

Lo que recupera Madrid con la democracia, y en parte gracias a la evolución del Estado de las Autonomías (lo habría recuperado de todos modos, muy probablemente), es su auténtica dimensión de capital de España, de ciudad española -española (casi) íntegramente. Una ciudad en la que lo español se manifiesta con tal de forma natural, más allá de cualquiera de las muchas formas en la que lo español se ha manifestado en todo el territorio -con la misma relevancia, dicho sea para aclarar cualquier malentendido, la misma riqueza y el mismo esplendor que en Madrid. Madrid no niega el pluralismo español. Lo sostiene, lo apoya y multiplica sus efectos sin necesidad de interferir en ellos ni falsificarlos.

Esta evolución que devuelve a Madrid su rango explica, en parte, por qué Madrid es hoy en día una de las pocas capitales occidentales en las que gobierna la derecha. Y es que representa una realidad española que los Gobiernos centrales han ignorado y en muchas ocasiones han hecho todo lo posible por desmantelar. Dada la naturaleza hispanófoba de la izquierda española, Madrid tiende a refugiarse en la derecha, por mucho que la derecha clásica, salvo contadas y honrosas excepciones, no haya manifestado gran entusiasmo hacia lo español. Al menos no milita en la hispanofobia. (…)

Seguir leyendo en Fundación Disenso, 05-05-21