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España. Utopía libertaria

Una encuesta de la institución norteamericana Pew Research Center sugirió hace poco tiempo que España es el país más abierto, más tolerante del mundo. Sólo el 2% de los encuestados considera inaceptable el uso de los contraceptivos. Tan sólo el 4% considera inaceptable el divorcio, el 6 % la homosexualidad, el 8 % el sexo antes del matrimonio. Y sólo el 26 % considera inaceptable el aborto (frente a un 35% que lo considera aceptable).

 

Subsisten, como es natural, algunos elementos de hipocresía. Son de una ingenuidad infantil, que dice mucho de la mentalidad de bastantes de nuestros compatriotas y, tal vez, de una mentalidad colectiva. Sólo el 17% de los encuestados considera aceptable el juego. (¿Qué dirán en Doña Manolita?) En cambio, el 64% considera inaceptable las relaciones extramatrimoniales y el 27 % el uso del alcohol. No sabíamos que en nuestro país reinara tal sobriedad y tanto amor conyugal, aunque esto último resulta verosímil.

Un dato más misterioso viene dado por la cantidad de personas que afirma pensar (¿pensar?) que cuestiones como el aborto (28%), el divorcio (37%) o el juego (51%) no son “cuestiones morales”.

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Se dibuja así una utopía libertaria, que corresponde bastante bien a la sociedad en la que vivimos los españoles. Antes se decía que en España, donde todo estaba prohibido, cada cual hacía lo que le venía en gana. Ahora hemos ajustado la realidad al deseo y la prohibición ha pasado a mejor vida. ¿Sabemos de algo que esté prohibido en nuestro país?

No hay por qué criticar este estado de cosas, que permite una vida estupenda, centrada en la intensidad misma del vivir. Por mucho que les pese al selecto partido de los dinamarqueses transversales, en ningún sitio se vive como en España.

Este libertarianismo no deja de tener consecuencias. Lleva, por pura lógica, porque todos somos buenos, a la suspensión de la política. Es lo que ha empezado a ocurrir con este paréntesis sin gobierno y con los políticos enfrascados en enredos irrelevantes de deseo y desamor.

Y si nada está prohibido y cunde la bondad entre los españoles, lo natural es tengamos derecho a todo. El libertarianismo genera derechos, derechos que la sociedad, es decir los demás, me deben a mí, que todo lo valgo y todo lo merezco: conciliación, paro y empleo –al mismo tiempo-, sanidad, cuidados, educación, ocio, transporte, vivienda, deporte… Así hasta el infinito.

Como ya no es cuestión de justificar esto en virtud del paraíso socialista, se suele recurrir a otra clase da argumentación, sentimental, estética: cursi, en una palabra. Las cosas son “bonitas”. Se multiplican los diminutivos, los adjetivos, los adverbios, los géneros. Las buenas intenciones bastan para arreglar el mundo y nos lo devuelven envuelto en colores naturales, suaves y diversos como la piel bien tatuada de un hípster treintañero. Cada día va dedicado a una buena causa. Vivimos un momento de felicidad total.

No se te habrá venido a la cabeza, querido lector, la idea de que no tienes el menor interés en ser feliz. Mira que utilizo mis poderes empáticos para arreglar eso…

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JOSÉ MARÍA MARCO

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