Aurora

De Madrid son bien conocidos los atardeceres, espectaculares e interminables. De vez en cuando, nos regala también algún amanecer apabullante, como el que inundó de rojo y de rosa (habría que decir de rosas) la ciudad la mañana del jueves pasado. Las metáforas de Homero se quedaron, por un rato, bien cortas.

Cuando el espectáculo alcanza tal despliegue, es difícil no dejarse llevar por la promesa que el amanecer encierra siempre. En el arte –cuando existía el arte- era un gran motivo para la alegría: ahí está algo nuevo, una sorpresa que se anuncia benigna y generosa, ajena al tiempo, al mal, a la desdicha. Sabemos cómo terminan estas cosas, a veces, en la vida personal. No siempre ocurre así, en cualquier caso, y la promesa de la aurora se cumple en más de una ocasión.

Otra cosa es la vida colectiva, allí donde los sueños y las ideas se proyectan a una dimensión gigantesca y pintan la realidad con una elocuencia que parece recién creada de tan limpia y pura como se revela. Aquí las cosas se complican, y no porque no haya novedades que puedan llevar a formas distintas de vivir.

También está la realidad irreversible, que todo nos empuja a pensar que no lo es. Curiosamente, lo que se da por imposible en la vida personal se transforma en algo al alcance de la mano allí donde nunca podrá cumplirse. El deseo incita a estas bromas: fingir una realidad maleable. O imaginar que lo nuevo limpia y revive lo anterior, que ahora resultará prescindible. O suponer que alguien será capaz de inventar nuevos relatos, como se dice ahora, que den un sentido distinto al mundo. (La revelación, ni que decir tiene, siempre es posible.)

Mientras tanto, el sol sigue saliendo todos los días, y casi siempre como si fuera la primera vez.

 

Ilustración: El Adelanto Bañezano