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Un país europeo

De Diez razones para amar a España, Libris, 2019

España dejó de ser un país europeo el 12 de marzo de 1910. Aquel día un joven Ortega y Gasset, filósofo en ciernes que despuntaba ya como un gran líder cultural, acuñó un eslogan memorable: «España es el problema y Europa es la solución». Pocos años antes Joaquín Costa, el gran aragonés doliente, ya había preconizado la reconstrucción y europeización de España. La gloria, sin embargo, se la llevó Ortega. Causó tal deslumbramiento que, desde entonces, el diagnóstico y el tratamiento, en su aparente sencillez, han estado en la base de la forma en que los españoles se comprenden a sí mismos.

Ortega continuaba lo que otro escritor de la época, Miguel Santos Oliver, llamó la «literatura del desastre». La componen los muchos escritores que después de la ola de exaltación patriótica previa a la derrota de 1898 habían llegado a una conclusión dramática. El 98 no era una simple derrota militar, era un desastre que ponía en claro el atraso abismal del país y amenazaba la propia existencia de España. Estábamos más cerca de África que de Europa.

La idea era escandalosa y contradecía el optimismo liberal del siglo xix español. (Unamuno comprendió lo que estaba ocurriendo y rechazó la retórica europeísta. Al proyecto de europeización, opuso el de españolizar Europa, y a la promesa de felicidad que el eslogan de Ortega sugería, la dignidad de la cultura española, que llevaba en su núcleo más vivo la presencia de la muerte.) Fue necesario el enorme aparato propagandístico de los literatos del Desastre —regeneracionistas, noventayochistas, institucionistas y luego la misma generación de Ortega— para que cobrara verosimilitud y fuera aceptada como un hecho indiscutible.

A finales del siglo xix y principios del xx España estaba, en algunos aspectos, más atrasada que lo más avanzado de los países europeos. Aun así, era un régimen constitucional como el que tenían muchos de los demás, y se enfrentaba a los mismos problemas que cualquier otro. El liberalismo había sido un éxito y ahora, en torno a 1900, se trataba de instaurar un régimen democrático. Eso era lo que se propusieron líderes como Antonio Maura y José Canalejas. Al primero lo neutralizaron las izquierdas y el rey, al segundo lo asesinó un anarquista. Luego llegaría el régimen autoritario y regeneracionista del general Primo de Rivera. El fracaso del intento de democratización entre 1902 y 1936 no fue exclusivamente español. Muchos otros países europeos tampoco consiguieron hacer aquella transición.

La atmósfera ideológica y cultural de la época no era favorable a los cambios pacíficos. En todo el continente, de hecho, reinaba una atmósfera venenosa. Ya no se confiaba en el progreso, ni en la razón, ni en la capacidad de los electores —transformados en masas— para tomar decisiones fundadas. También estaba en duda la supervivencia de las naciones. Este último estaba lejos de ser un debate exclusivamente español. En Francia, en Alemania, en Austria, en Italia cundía la misma impresión catastrófica que arrasó la vida española.

De esa crisis surgió el nacionalismo, un movimiento al mismo tiempo reaccionario y modernizador, ultraconservador y revolucionario, nihilista y mesiánico. Los regeneracionistas —es decir, los nacionalistas— españoles hablaban de la agonía de su país, la España real, y afirmaban que estaba a punto de desaparecer bajo el régimen constitucional —esa España oficial que parasitaba la primera y llevaba a su degeneración—. Decían exactamente lo mismo que andaban proclamando los nacionalistas de otros países europeos. Por todas partes se escuchaban proclamas apocalípticas contra los regímenes liberales. Eran una falsificación del sentir y de la voluntad del pueblo. El Parlamento francés no merecía mejor suerte que las Cortes de la monarquía constitucional española, la nefanda Restauración. (…)

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JOSÉ MARÍA MARCO

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