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Madrid. Una de las «Diez razones para amar a España»

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De Diez razones para amar a España

Vídeo: Séptimo Sello. MecaMadrid

 

Debió de ser entre 1976 y 1977. Yo estaba viviendo en París y asistía, sin la menor regularidad, a los cursos que impartían en la universidad de Vincennes algunas de las estrellas filosóficas de entonces. Me gustaba sobre todo la clase de Gilles Deleuze, tan literaria. Una mañana, sentado en una mesa de la cafetería, vi llegar a un amigo, de nombre Oswaldo, Oswaldo Muñoz. Se acercaba, como casi siempre, con los ojos vivos y la risa reventándole en la cara. Nada más sentarse, y sin dejar de moverse, Oswaldo me anunció triunfante que había descubierto la que iba a ser nuestra música. Era un grupo neoyorquino que acababa de sacar un disco, un LP de los de entonces: los Ramones.

Yo andaba demasiado despistado en el ambiente post 68, intentando aclararme a mí mismo lo que quería ser, como para dar mucha importancia al anuncio de Oswaldo. No recuerdo si llegamos a escuchar alguna vez a los Ramones. Me figuro que sí y me imagino cómo, con qué carcajadas, lo debimos de hacer.

Viviendo en París, yo no había conocido mucho el Madrid de mediados de los setenta, pero siempre que estaba allí acababa relacionándome con amigos que habían hecho suya una forma de vida más o menos hippy, desorganizada y sin rumbo, o bien con otros que se habían inclinado por algún grado de compromiso político, más intelectual que auténticamente militante.

Al volver aquella vez, en cambio, lo que descubrí fue una nueva forma de vivir. Mis amigos madrileños habían dejado atrás la obsesión izquierdista, pero también la querencia hippy. Ya no regían las trencas ni las gafas rectangulares de pasta gruesa, esas que parecían indicar que quien las llevaba estaba perpetuamente dedicado a intentar leer, infructuosamente, a Althusser. También habían dejado de estar vigentes las greñas y el desaliño, signo de rebeldía, y, más aún, la experimentación vital tomada muy en serio, con derroche de un tiempo precioso y consumo nada moderado de sustancias, químicas y naturales, que facilitaban la evasión perpetua. De pronto, todo eso parecía haberse acabado.

Lo que primaba ahora era una actitud nueva, hecha de ganas de diversión y de frivolidad como virtud principal. Con los años, aquello acabó llamándose «movida», la «movida madrileña». Fue descrita como el fruto de la Transición política, que tendría en ella su reflejo vital, después de los interminables años de plomo de la dictadura. Será verdad, pero yo no lo viví de ese modo, ni mis amigos parecen haber pensado que lo que estaban haciendo estaba relacionado con algo tan serio y tan grave como la Transición. Si nos emancipábamos de algo, era de lo que había venido justo antes y que parecía imponerse a nosotros como una fatalidad. Fuimos rebeldes, si se quiere, pero contra la rebeldía vital y política de los años previos. Queríamos divertirnos, no cambiar el mundo. Y vaya si nos divertimos…

Tal vez fuimos posmodernos sin saberlo, aunque, de conocerla, no nos habría gustado la nueva etiqueta. Si habíamos dejado atrás el mundo progre y el hipismo, no era cuestión de dejarnos clasificar de nuevo. Desde otro punto de vista, en cambio, aquello sí tenía que ver con la Transición. Pero más que con el hecho político en sí, con todo lo ocurrido en la sociedad española bastantes años antes y que acabó cuajando en la formación de una democracia liberal. Los Ramones, los Clash, Blondie, los Sex Pistols, también Alaska y los Pegamoides, Los Secretos, Radio Futura, los Zombies o Aviador Dro y sus Obreros Especializados nos llevaban a apreciar de otro modo formas de cultura popular que las generaciones anteriores habían descartado, cuando no despreciado. La distancia irónica, propia de jóvenes bien educados y elitistas por naturaleza, no nos la quitaba nadie, pero entre Ovidi Montllor y Salomé, o entre Massiel y Paco Ibáñez, no había ninguna duda, como entre Carlos Saura y las películas de Marisol optábamos a ciegas, como una cuestión de principio, por las de la última. Si había algo prohibido, era el aburrimiento.

Todo aquello ocurrió en Madrid, capital política del país y sede de un Estado hasta hacía muy pocos años autoritario. Valencia y Barcelona habían visto surgir tendencias similares, aunque allí tuvieron más peso intelectual que en Madrid, donde todo se resumía en una fiesta perpetua o, como mucho, en algunas experimentaciones en pintura. Por eso la movida acabó siendo madrileña. La insustancialidad se correspondía con el estatuto de la ciudad, en trance de redefinición entonces. La Constitución de 1978 dio a la villa de Madrid el rango de capital de España, pero no siempre estuvo claro su papel en lo que estaba entonces naciendo, que era la España de las Autonomías.

Integrarla en alguna de las dos Castillas, rediseñadas entonces, resultaba difícil porque ya a mediados de los años setenta Madrid había alcanzado rango y dimensión de gran ciudad, con 3,5 millones de habitantes (de 1940 a 1970 casi triplicó su población) y un fuerte componente industrial. Estaba claro que absorbería las energías y la riqueza de la Comunidad Autónoma en la que se incluyera. Se habló de una solución como la que rige para Washington D. C. y México D. F. Un distrito federal madrileño, que sacase a Madrid del entramado de las Autonomías y lo situara bajo la gestión directa del Estado, algo que parecía coherente con la historia de la ciudad, siempre relacionada con este.

La marca D. F. halagaba la vanidad madrileña. Requería, en cambio, un Estado federal. Por prudencia ante las pulsiones secesionistas, quedó descartada en favor del Estado de las Autonomías. Así que Madrid, la capital y la provincia, fueron declaradas Comunidad Autónoma, una de las 17, a las que se sumaron las ciudades de Ceuta y Melilla, que acabaron conformando el mapa político de la España democrática.

Y al final, a mediados de los ochenta, Madrid consiguió un himno —no oficial, claro está—. Lo compuso el grupo Séptimo Sello, antes llamado YHVH, nombre impronunciable a propósito, como el espíritu de Madrid. Todos los paletos fuera de Madrid —título de la canción— fue el gran propósito al que Séptimo Sello, que conocía muy bien la naturaleza de la ciudad, convocaba a todos sus habitantes: de Vallecas, Orcasitas, Carabanchel, Pan Bendito, Parla, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Getafe, Latina, Cascorro, Barrio de Salamanca, Barrio Lucero, Oporto, Marqués de Vadillo, Algete, Escorial, Villalba… La nación madrileña.

La reivindicación del espíritu de la capital (Séptimo Sello no perdonaba el «olor a campo») llevaba implícita algo que quedaba sin decir. Y es que muchos de los habitantes de Madrid guardan un recuerdo muy vivo del pueblo del que proceden, ellos o sus padres. Muchas veces lo madrileño consiste en ese equilibrio precario entre el espíritu puramente urbano y lo que queda de una España que nunca se deja atrás del todo. (…)

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JOSÉ MARÍA MARCO

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