Estados Unidos: 250 años de democracia liberal

Hace 250 años y unos cuantos días los colonos que poblaban la costa este de lo que hoy es Estados Unidos pusieron en marcha un experimento político inédito. Dio la salida la Declaración de Independencia, escrita por uno de ellos, Thomas Jefferson, ratificada por el llamado Congreso Continental y publicada y difundida de inmediato por las Trece Colonias y, muy pronto, por todo el mundo. Los habitantes de un territorio pequeño, marginal a pesar de su nivel de vida, se adelantaban de pronto a la primera línea de la historia. Lo hacían rompiendo con el imperio británico por motivos de interés propio, en vista de la relación desigual que la metrópoli se empeñaba en mantener con ellos. Y lo hacían también invocando cuatro motivos de filosofía política, centrales a partir de entonces en el mundo occidental. El primero, como es bien sabido, es la igualdad entre los seres humanos. El segundo, los derechos que estos poseen, indiscutibles por preceder de su Creador. Otro es el gobierno representativo, es decir la democracia. Y el último, un gobierno limitado.

Una revolución

Aunque basados en principios cristianos, y bien asentados ya en la Ilustración, la combinación de estas ideas, aplicada a la política, constituía un programa de ruptura radical, como expuso el historiador Gordon. S. Wood en un estudio célebre. Una auténtica revolución, en el sentido plenamente moderno, que cambiaba el significado de la lealtad política y la forma en la que el ser humano se concebía a sí mismo como ente social.

Hasta entonces, era inconcebible un programa político basado en la igualdad de todos los seres humanos, con independencia de su condición social, de su linaje, de su pertenencia a un grupo determinado. La noción de los derechos, en particular el derecho a la libertad no pertenecía al idioma de la política, como no fuera a modo de un privilegio aristocrático. Y la democracia había quedado desacreditada desde el fallido experimento ateniense de hacía más de dos mil años.

La combinación de estos tres motivos revela una actitud optimista, de confianza en la capacidad del ser humano para gobernarse a sí mismo y encontrar su propio camino hacia la “felicidad”, de la que también hablaba Jefferson aunque el borrador había escrito “propiedad”: un paso de gigante hacia el autogobierno político.

Este espíritu está en la base misma de la sociedad norteamericana: sin miedo, segura de sí misma y de la capacidad de invención y creación del ser humano, dispuesta a aceptar los retos y hacer del fracaso un aliciente para la superación. Sigue siendo lo propio de la mentalidad norteamericana y lo que la distingue de otras maneras de vivir la civilización occidental. La nueva nación, efectivamente -y la nueva ciudadanía- se construiría a partir de esa declaración de principios.

Conservadurismo

El cuarto punto introduce una tonalidad distinta. Los fundadores de Estados Unidos conocían a Montesquieu y habían leído a fondo a Maquiavelo. Desconfiaban por tanto de la capacidad del ser humano para autolimitarse en el ejercicio del poder. Así es como se afirma la necesidad de un poder fuerte, pero limitado y dividido, que dará pie, en la Constitución de 1787 y en su desarrollo posterior, a la configuración de la vida pública norteamericana: equilibrio inestable entre la institución presidencial y el Parlamento; más juegos de contrapoderes, y aún más inestables, entre los Estados federados y el poder federal o central, y un tribunal político como es el Tribunal Supremo, que dirime las diferencias en función del espíritu plasmado en el texto de la Constitución. Fue por tanto una revolución conservadora, hecha por terratenientes, comerciantes y propietarios que desconfiaban del gobierno y no querían depender de él. Y que se negaron a hacer de este un Estado, al modo europeo. Por eso Dios respalda la nueva nación, pero no habla ni se manifiesta en sus órganos de gobierno.

Apostar por el éxito de tal propuesta política hace 250 años era una temeridad. Desde el primer momento, hubo una voluntad imperial continental que podría fácilmente, como ocurrió en Roma, hacer descarrilar la república democrática. El exterminio de los nativos americanos y la pervivencia de la esclavitud, la segregación y el racismo tampoco auguraban nada bueno. Además, el proyecto era esencialmente frágil. A diferencia de las sociedades europeas, con una larga historia a sus espaldas, la nación norteamericana nacía como una idea. Una noción inconcebible sin la tradición anglosajona de autogobierno, pero que seguía siendo una abstracción. No se es norteamericano por adhesión al “credo” formulado en la Declaración de Independencia, pero este mismo “credo” está en la base de la ciudanía. Como tal, requerirá siempre el esfuerzo voluntario y consciente de los ciudadanos, su compromiso activo y, basado en este nuevo patriotismo, una disposición al pluralismo y al pacto para salvaguardar el consenso de base  plasmado en la Declaración de 1776.

Hoy estamos en condiciones de medir el éxito de la empresa. Ningún otro país ha sido capaz de generar tanta prosperidad y tanta abundancia, y ningún otro ha logrado sortear como Estados Unidos los riesgos de la democracia. El país que entonces fue el más joven del mundo, es también el más veterano en cuanto a usos democráticos, ininterrumpidos desde entonces. Si quieren seguir siendo democráticas y liberales, las sociedades del resto de Occidente todavía tienen mucho que aprender en cuanto a apertura al debate, capacidad de integración y asimilación, respeto a la propia tradición y patriotismo, que es la base del pluralismo y  la democracia liberal.

El experimento en dificultades

Hoy el experimento se enfrenta a graves dificultades. Muchos norteamericanos han perdido la confianza en la capacidad de su país para cumplir la promesa formulada hace 250 años. La enseñanza y la cultura oficial se dedican a demoler la base del espíritu cívico y patriótico. Las elites celebran la pulsión autodestructiva como si fuera su misión definitiva, la más exquisita. Y el gobierno limitado no pasa por su mejor momento. Fuera, Estados Unidos se enfrenta a una redefinición del alcance de su poder.

Y sin embargo, la situación no es nueva, al contrario. La cultura norteamericana requiere al mismo tiempo movimiento y voluntad de consenso. Para los europeos, lo más asombroso ha sido siempre la capacidad de una sociedad tan dinámica y tan tumultuosa, tan cambiante e irreverente como la norteamericana, para sostener un sistema tan sofisticado y frágil como es, en apariencia, la democracia liberal.

Claro que aquí interviene la naturaleza del experimento puesto en marcha en 1776. Tiene tanto de antropológico y de filosófico como de político. El presidente Calvin Coolidge, siempre parco en palabras, lo expresó bien hace cien años, al celebrar el 150 aniversario de la Declaración de Independencia. La igualdad es final -vino a decir-, como lo son los derechos y como lo es el autogobierno. Y si son finales, cualquier intento de superarlos es un retroceso. En este punto, cualquier progreso es regresión, por no decir reacción. La Historia no termina en los Estados Unidos, pero una forma de ser occidental alcanzó ahí su plenitud.

Vozpópuli, 10-07-26

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