Ser gay en tiempos de la LGTBQ+

Damos por bien conocidas y seguras muchas cosas que no lo son. Una de ellas es la expresión “colectivo LGTBQ” -también con alguna inicial más- o la de las personas “LGTBQ”. Esta última, la de la persona LGTBQ, debe de ser una licencia poética y no plantea por tanto grandes problemas. Sí los plantea la primera, que reúne bajo una misma denominación a personas de características muy diferentes.
Las letras de la sigla
La “L” y la “G”, como es bien sabido, están puestas por lesbianas y gays, y se refieren a personas “cisgénero” -es decir, que no tienen dudas y se identifican con su sexo- y cuya inclinación erótica y amorosa les lleva a relacionarse con personas de su mismo sexo. No es una condición elegida, ni aprendida, y sobre ella las personas no tienen el menor control, lo que desde el primer momento llevó a algunas de ellas a rechazar cualquier idea de “orgullo”. Bien es verdad que lo del “orgullo” se refirió, por lo menos en un primer momento, hace ya muchos años, a la euforia que producía haber hecho pública y visible una condición hasta entonces reprimida de forma arbitraria, estúpida y cruel. La “B”, por su parte, alude a los “bisexuales”, que no plantean un problema específico una vez dejada atrás la represión que pesaba sobre las prácticas amorosas -la intimidad, podíamos decir- entre hombres o entre mujeres.
La “T” va por trans. Es una condición bien distinta, y se refiere a personas en conflicto con su sexo biológico -no “cisgénero”, por tanto-, y que deciden transformar su cuerpo para conseguir al menos la apariencia de otro del sexo opuesto. La condición de persona transexual no responde a ninguna forma de travestismo, que es una acción pasajera y en general lúdica, sino a algo más profundo y radical, que concierne a la totalidad del ser del individuo. Hasta hace pocos años, afectaba a un muy pequeño número de personas, destinadas, si es que se decidían a dejar atrás el sufrimiento propio de su condición, a enfrentarse a un calvario social y médico. Las medidas promulgadas al calor de la tolerancia, en estos años, han venido a paliarlo, en la medida de lo posible.
La “Q”, finalmente, no se refiere a una condición objetiva, como las anteriores, sino a una actitud. Alude al término “queer”, que en inglés significa “raro”, “estrafalario” o, en otro registro, “marica”. Es una de esas palabras de significado despectivo que son adoptadas como bandera y slogan de lucha por el grupo al que se pretende despreciar y, si puede ser, aniquilar. El término español es tan crudo que se optó por importar e inglés. “Queer” es por tanto, “m…a”, pero no tanto. Conviene sin embargo tener siempre en cuenta su auténtico significado, y su alcance.
G en LGTBQ
Aclarado esto, ¿cuál es la relación que tienen un gay o una lesbiana con los demás participantes en el “colectivo”?
Empecemos con lo último, lo “queer”. Su uso reivindicativo viene de finales de los años 80, y quiere significar una fase superior de la homosexualidad. Si “homosexual” definía en su momento una condición amatoria, y “gay”, un homosexual con conciencia de su posición en la sociedad, “queer” es aquel que no se conforma con esta, sea cual sea. Ha de ser relacionado con la reflexión del francés Michel Foucault, que en 1976, en La voluntad de saber, dictaminó que el movimiento de emancipación y liberación sexual de aquellos años no era más que una nueva etapa en la represión, cada vez más totalitaria, ejercida por las sociedades liberales. Antes de que el término “homosexual” fuera inventado en 1869, no existían la homosexualidad ni los homosexuales, sino una infinita e inclasificable diversidad de comportamientos amatorios. En otras palabras, dar a conocer públicamente la propia condición de homosexual equivale a aceptar la nueva servidumbre impuesta por el liberalismo. Por eso, si se quiere acceder a una vivencia auténtica de la propia condición, hay que declararle la guerra a cualquier identidad o identificación.
Lo queer, o la Teoría Queer, es la aplicación de esta ocurrencia a la vivencia política de la homosexualidad. Su gigantesco éxito consiste en haber convertido a los homosexuales -siempre en lucha por salir de la trampa que se les ha impuesto- en victimas irrecuperables, o víctimas por esencia. A partir de ahí, constituyen el auténtico sujeto del cambio social y cultural. La gloria compensa el sacrificio. Comparten esta condición de víctimas esenciales con los palestinos, con los que la Unión Soviética hizo algo parecido en los años 70, cuando el antiguo proletariado ya no daba más de sí. Aquí está la raíz de esa llamativa identificación entre lo “queer” y Palestina… Signo del éxito de la formulación general queer fue en su momento la elevación a los altares de Foucault, del que David Halperin, gran promotor de la Teoría Queer, escribió un “ensayo de hagiografía gay” (sic) titulada Saint-Foucault.
No todo el mundo ha comulgado con la ortodoxia queer. Rictor Norton, estudioso norteamericano, demostró en un estudio académico que antes de 1870 ya existían -él se centraba en la Inglaterra del siglo XVIII- personas con conciencia indudable, aunque no se llamaran “homosexuales”, de que se sentían atraídos por otras de su mismo sexo. Para dejar bien claro que estaba debatiendo las derivadas políticas de la obra del francés, tituló su trabajo “Fuck Foucault”, que -me parece- no es necesario traducir. Seguramente no es para menos, entre otras cosas porque si la homosexualidad no existe si no como dispositivo de poder político-discursivo, tampoco existe la heterosexualidad. Y por tanto -lamento informar al lector heterosexual que haya tenido la paciencia y la amabilidad de llegar hasta aquí- tampoco existes tú, seas hombre o mujer, si no es como dispositivo discursivo-político. No vayas a figurarte, querido amigo, que la condición de heterosexual te pone a salvo de la demolición de las identidades.
En principio, poco tienen que hacer aquí las personas trans, seguras como están de su sexo, aunque no sea el que la naturaleza les otorgó. Y sin embargo, la Teoría Queer encuentra aquí un terreno predilecto, al deducir de la problemática transexual la distinción entre el sexo y el llamado género, y proceder así a una liquidación aún más honda de las “aparentes” identidades naturales. Vivida como un verdadero calvario -léase el precioso Enigma, de Jane Morris, antes James-, ahora es un martirio glorioso, celebrado como la abolición definitiva, como en su momento lo fue la revolución, de la identidad. De ahí su aplicación inhumana, tan frecuente en los últimos años, a niños y adolescentes con problemas. Han hecho de ellos el objeto de una experimentación política en carne viva.
¿Qué hacer?
Puestos en tesitura leninista, ¿qué puede hacer un gay ante la voluntad de forzarle a integrarse en un colectivo al que no tiene por qué pertenecer? Una opción, muy respetable, es dar la espalda al circo y olvidarse del asunto. Otra es aprovechar, si se tiene estómago, las ocasiones de diversión, que no son pocas. Y otra es la aplicación de algo parecido a lo queer, pero esta vez a la propia Teoría Queer. En otras palabras, aplicar una forma sistemática de burla y perversión a los códigos dominantes, algo que siempre han hecho los homosexuales y los gays, mucho antes también de que existieran estos términos. Derrida copió la práctica y la bautizó con un término postestructuralista y pedante: “deconstrucción”. (Al fin y al cabo, Derrida no era gay).
A finales de los años 70, y sabiendo que Foucault, además de detestar las sociedades liberales, despreciaba a los homosexuales y se despreciaba a sí mismo por su condición de homosexual, nos preguntábamos cuándo se imbricaría -el pobre Foucault, quiero decir- en su propio “devenir heterosexual”. Alberto Cardín, en un ensayo famoso, hizo la apología de Anita Bryant, una desquiciada activista norteamericana que afirmaba que los gays eran un peligro para la sociedad. (El mayor peligro era ella; de ahí la gracia del texto). Y Lluis Fernández, en sus dos novelas La fallera mecánica y Una prudente distancia, describió cómo el ambiente gay, en este caso valenciano, se acomodó a los privilegios del poder, con toda su ignominia, al triunfar los socialistas. Lo queer al poder…
Claro que esto entraña riesgos. La Teoría Queer, como cualquier otra ideología, desconoce el sentido del humor. Y sobre todo lo queer, que predica la disconformidad radical, es hoy por hoy la raíz y el contenido de toda la cultura oficial: el de las programaciones, las subvenciones, las ayudas y los repartos de cargos y favores, sin distinción de partidos ni de organizaciones, estatales o no. La apoteosis final de una civilización empeñada con todas sus fuerzas en suicidarse y poner en escena su propio funeral. Y no hay enemigo más peligroso que el que se odia a sí mismo.
Vozpópuli, 26-06-26

