Nuevo escenario cultural

En un mes saturado de acontecimientos vertiginosos como lo ha sido el de enero, en nuestro país, y más en concreto en Madrid, ha ocurrido algo en apariencia sin trascendencia, pero que revela la velocidad a la que está cambiando la situación. El 21 de enero, los empresarios dueños de una librería llamada Tipos Infames anunciaron el cierre de su negocio por incapacidad para hacer frente a la subida anual del alquiler. Hasta ahí nada nuevo, aunque siempre resulte lamentable el cierre de un pequeño negocio, y más en particular de una librería, excelente, por otra parte, a pesar de su nombre, podríamos añadir. Lo nuevo es que en unas declaraciones hechas por las mismas fechas, los empresarios achacaron el cierre de su negocio a la gentrificación del barrio -el de Malasaña- y, por si eso fuera poco, al capitalismo, exactamente al “puto capitalismo”.
La reacción en las redes sociales fue instantánea. En vez de mensajes de solidaridad y de ánimo -algunos hubo, claro está-, los dos empresarios recibieron un aluvión de críticas. El tono subió cuando se publicó la información de que el negocio había obtenido subvenciones del Estado, la Comunidad Autónoma y el Ayuntamiento por valor de más de 51.000 euros desde 2022. Lo de la gentrificación había llamado la atención, al quedar identificada la librería Tipos Infames como una pieza más de otra gentrificación anterior, la que en su momento expulsó de Malasaña al pequeño comercio, los talleres y los vecinos que poblaban un barrio céntrico y popular. También había resultado llamativo lo del capitalismo por parte de dos empresarios. Las subvenciones colmaron la medida, y la pequeña y triste historia del cierre de la librería empezó entonces a cobrar un sentido inesperado.
Lo nuevo del asunto no reside en la contradicción entre la realidad social de los empresarios y sus declaraciones. Es esta una forma de hipocresía sistemática y normalizada, aunque no sin consecuencias, como se empieza a ver: la buena conciencia de la izquierda progresista no ha conocido límites, ni brechas… hasta ahora. Más nueva es la cuestión de la gentrificación, al situar la hipocresía anterior en un terreno de actualidad. La monumental crisis de vivienda que atraviesa nuestro país ha afilado la memoria histórica y hechos que parecían sepultados en el pretérito han cobrado una actualidad nueva, y dolorosa.
Por si todo esto fuera poco, los dos empresarios trabajaban en un sector económico muy particular, como es de la cultura. Aquí la actividad tiene sus propias leyes, que no se rigen por las de la realidad económica, sino por las de la voluntad y la decisión políticas. En el caso de los dos empresarios libreros, ocurre que el mercado ha irrumpido en su actividad. La política -en forma de subvenciones y ayudas- no ha sido capaz de compensar la realidad. Y con su queja, los empresarios libreros pusieron de relieve hasta qué punto dependían, como el resto del sector, del Estado.
Quedan así conectados tres elementos hasta ahora independientes. El primero es la exposición del doble discurso, por no decir del cinismo, de la izquierda. Entre una parte creciente de la ciudadanía española, la izquierda y cualquiera de sus manifestaciones resultan hoy por hoy sinónimo, sólo por serlo y de forma automática, de propaganda política y apropiación de los recursos del Estado. El segundo, el de la gentrificación y la vivienda, atañe a la situación del Estado de bienestar: un Estado que no es capaz de facilitar las condiciones para que el conjunto de la población tenga acceso a la vivienda no se puede llamar de bienestar. Lo será para unos privilegiados, pero no para la mayoría, y sobre todo no lo es para los jóvenes y los que empiezan su vida adulta. De paso, se recordará que sin Estado de bienestar, en los países europeos como el nuestro, no hay democracia que valga.
El tercer elemento es el de la cultura, que en los países europeos, y muy en particular aquí, con la refundación política vivida tras la dictadura, ha sido un elemento primordial de legitimación del Estado democrático. No se habla de “Estado cultural” simplemente porque el Estado se ocupe de las realidades que atañen a la cultura. El “Estado cultural”, como lo es el nuestro, deriva una parte crucial de su legitimidad de su apoyo a la Cultura, con mayúscula. Lo que ya ha quedado definitivamente aclarado es que, en términos ideológicos, esa legitimidad se nutre única y exclusivamente de argumentos y actitudes de izquierdas, con lo que el Estado democrático en su conjunto queda anclado en la izquierda del espectro político.
Unidos estos tres elementos -la crisis de credibilidad de la izquierda; la crisis de la vivienda como crisis del Estado de bienestar, y la crisis de la legitimación cultural del Estado- nos encontramos con un nuevo panorama que no atañe ya a unas posiciones políticas particulares, sino a la raíz y al fundamento de la convivencia, lo que algunos pensadores llaman “lo político”. “Lo político” aparece ahora tan desacreditado como ineficaz. Buena parte de la izquierda, acostumbrada a moverse en la histeria ideológica permanente, ha tomado buena nota de lo ocurrido y optó hace ya tiempo por la sobreactuación: es la deriva del socialismo de Pedro Sánchez, consecuencia del agotamiento del modelo previo. Otros -quizás los dos libreros madrileños- acaban de enterarse. Y algunos agentes políticos y otros institucionales siguen representando su antiguo papel en una función nueva, con un escenario distinto y ante un público que ya no los entiende.
La Razón, 11-02-26

