Ceuta. Entre La Mareta y Marivent

Cada vez que escucha hablar de “crisis migratoria” en referencia a lo ocurrido en Ceuta el 30 y el 31 de julio, un amigo mío se pregunta si no se estará pensando en los dos eminentes migrantes que aquellos días estuvieron, el uno en la isla de Mallorca y el otro en la de Lanzarote. En Madrid, nadie. (El de Lanzarote sí que estaba aquí, pero pendiente ya de su migración estival). Como si el puesto de mando estuviera vacío.
Mallorca
Como no podía ser menos, se habló y se sigue hablando mucho del Rey, de su responsabilidad, de la necesidad de que hubiera hecho algún gesto que lo acercara a la ciudad invadida. Es evidente que por motivos constitucionales y de práctica política (estas últimas reversibles, pero ese es otro asunto), el Rey tenía y tiene un margen de maniobra reducido. Aun así, mi amigo el de los migrantes indica que, por ejemplo, nada impedía al Rey solicitara al presidente del Gobierno, públicamente, la convocatoria de la Junta Nacional de Defensa para una posible declaración del estado de excepción en Ceuta y en Melilla.
Sea lo que sea, lo que este debate y la crisis de fondo han dejado claro es la ausencia de una institución que represente a la nación en un momento en el que se produce una crisis nacional como la de Ceuta, con la ciudad invadida por decenas de miles de hombres jóvenes extranjeros y luego la permanencia en sus calles, durante varias semanas, de unos cuantos miles sin control. Ha dado la impresión de que el Estado valoraba ante todo la sensación de normalidad. Ocurre que la democracia española lleva décadas proclamando la normalidad de situaciones que no tienen nada de normal: la pervivencia de la violencia política etarra durante décadas, el 11 y el 14-M, la victoria del nacionalismo vasco con el “cese de la violencia” en 2011, la construcción de la “nación” catalana, la llegada al poder de un gobierno apoyado por separatistas y por representantes políticos del terrorismo nacionalista… Todos estos hechos tienen en común la erosión cada vez mayor de la nación española. Y si todo esto es “normal” y continúan los episodios de “normalidad”, a nadie le extrañará que cada vez sean más los españoles que se pregunten para qué sirven las instituciones del Estado. ¿Para normalizar la culminación del proceso de desnacionalización?
Ciudades autónomas
A medio camino entre Mallorca y Lanzarote o, mejor dicho, en el punto exacto en el que el Estado español tiene la obligación de mantener libre la comunicación entre las dos islas -y por tanto entre nuestros migrantes estivales- se encuentra Ceuta, justo enfrente de la plaza fuerte de Gibraltar. Ceuta, que también fue plaza fuerte en su momento, hasta mediado el siglo XX, fue evolucionando desde entonces y recuperando su muy antigua condición de ciudad. En estas últimas décadas llegó a conformar una sociedad de gran diversidad cultural y religiosa, reviviscencia del antiguo Mediterráneo de antes de la reislamización. Un experimento fascinante, sostenido y estructurado, eso sí, por la presencia del Ejército.
En los últimos años, esta presencia se ha visto diluida. Defensa ha cedido a la ciudad terrenos y antiguos cuarteles: unos 140.000 metros cuadrados, según el Ministerio de Defensa, que se destinarán a jardines, escuelas, viviendas asequibles y otros equipamientos de este tipo. Con un presupuesto de 72,1 millones de euros, la presencia militar se concentrará a partir de este año en la llamada Base Única, que aspira a centralizar la presencia militar en un solo recinto, mejor preparado y más operativo. Veremos si esos equipamientos y esa inversión disuaden a Marruecos de una nueva invasión civil, la única concebible, y mejoran la capacidad de supervisión de las aguas del Estrecho, en buena parte aguas territoriales españolas.
En cualquier caso, se está muy lejos de la capacidad militar de Gibraltar, que tiene muy poco de ciudad y sí, en cambio, de base militar, y eso por mucho que la desaparición de la “verja” haya asentado definitivamente al Campo de Gibraltar como un protectorado británico, una zona de “hinterland” de la que carecen tanto Ceuta como Melilla. En otras palabras, el Reino Unido mantiene la base militar de Gibraltar con su zona de protectorado, aunque sea informal, en el Campo de Gibraltar, mientras el Estado español aspira a mantener un cuartel defensivo (no una base) y una ciudad completa… sin zona de protección alrededor. Añádase a eso la consideración de ciudad “autónoma” -también en el caso de Melilla- para unos enclaves que necesitan la presencia constante y masiva del Estado central, es decir de Madrid. La democracia española gusta de mecerse en dulces ilusiones. Esta no es la menos delirante de todas ellas.
La Mareta en la política internacional
Desde Mallorca, nos trasladaremos ahora por los aires -cosa bien fácil, una vez asegurada la españolidad de Ceuta y de Melilla, un poco como Cuba en 1898- hasta la residencia estival del segundo de los migrantes de mi amigo. Desde aquí divisamos un horizonte más amplio y global, el de la política internacional de nuestro país. Evidentemente, las dos ciudades hispano-africanas (hay una España africana, aunque no se quiera ver) deberían ser elemento fundamental de esta política. Y España, a su vez, como también es evidente, tiene en Marruecos uno de sus puntos clave, uno de sus “anclajes”. Bien es verdad que si juzgamos la política exterior del Estado español por su política marroquí, nos inclinaremos a pensar que anda algo desanclada.
En un momento muy grave de la vida política española, después del “Desastre” de Annual en 1921, Azaña publicó una “fantasía”, tan espléndida como cruel, en la que ponía en escena a los mandamases del Magreb reunidos para decidir si había llegado la hora de la Reconquista: la suya, la de la península ibérica por el alarbe. Ceuta y Melilla son las reliquias de una gran política destinada a impedir que volviera a suceder aquello, como había ocurrido en el año 711, en 1086 (con la invasión almorávide) y en 1147 (invasión almohade). Mucho más tarde, Ceuta y Melilla se convirtieron en elementos estratégicos para el Protectorado español, estabilizado después de la victoria de Alhucemas en 1925 en contra de los deseos de Azaña, representante en esto de una corriente profunda y duradera de la vida española: desde el legendario conde Don Julián a los lobbistas de elite que acudieron a rendir pleitesía a la embajada de Marruecos en Madrid el mismo día de la invasión.
Tras la desaparición del Protectorado en 1956, uno de los “anclajes” de la política internacional del Reino de Marruecos pasó a ser, como era de esperar, la incorporación a su territorio de las dos plazas o ciudades españolas. Y sin embargo, la política exterior (e interior, en cuanto a su situación defensiva) de nuestro país ha preferido hacer como que eso no existía. Parece haberse jugado con las dos ciudades para conseguir otros objetivos relativos a intereses sin duda importantes, pero que no afectan a la integridad nacional española y con ella a la pervivencia de la Monarquía parlamentaria.
Esto no tenía por qué haber impedido una mayor concentración de medios en la defensa de los intereses españoles de Ceuta y Melilla. La inconcebible falta de previsión antes del 30 de julio, el estado de la frontera -por decir algo- del espigón, la decisión de ignorar la sentencia del Tribunal Supremo del 29 de junio de 2026, la solución grotesca que se le ha puesto y la permanencia en las calles de miles de hombres jóvenes durante semanas dan cuenta de hasta qué punto han fallado y siguen fallando todos los resortes, incluso los más elementales. Lo que no ha fallado, en cambio, es el empeño del gobierno español por ganarse la animadversión de Estados Unidos, que es de quien depende, en última instancia, la situación del Estrecho de Gibraltar y todo lo que le afecta, incluidas Ceuta y Melilla.
Ya es tarde para pensar en una gran política exterior, realista y ambiciosa, que hubiera aprovechado el Brexit para negociar un nuevo estatuto de soberanía para Gibraltar y para Ceuta y Melilla, sin descartar la incorporación de Marruecos a la OTAN, como ocurre en la otra punta del Mediterráneo con Turquía. Aun así, y como exponía Ángel Mas en estas mismas páginas de Vozpópuli, el ensayo que hizo Marruecos los días 30 y 31 de julio no parece haber conseguido el respaldo de Estados Unidos. Todavía queda algo de tiempo, por tanto, para imaginar y empezar a poner en práctica una política nacional en el Estrecho y en África. Claro que eso depende de las condiciones de la política interior española y aquí, por el momento, no se vislumbran grandes señales de vida inteligente. Mansamente, seguimos sumergiéndonos en la normalidad.
Vozpópuli, 21-08-26
Foto: Vozpópuli
