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Viaje de California

Viaje de California, Valencia, Pre-Textos, 1991

6 de agosto

6 de agosto

El avión aterriza en L. A. X., aeropuerto internacional de Los Ángeles, a las tres y media de la tarde. Hemos salido de Madrid a las once de la mañana. Larga cola para el control de aduanas. Rutina: ¿comida?, ¿regalos? Paso un buen rato en el vestíbulo, esperando a S. Cansancio, irritación. Por fin alguien me abraza por detrás. S. se había echado la siesta y se ha quedado dormido. Hace más de cuatro años que no nos vemos pero apenas ha cambiado. Tiene, eso sí, el cuerpo más hecho, más opaco. Subimos al coche, un Chevrolet rojo. Primera impresión: envueltas en una atmósfera transparente, una fila de palmeras, muy altas, milagrosamente verticales, recortadas sobre el azul del cielo. S. me dice lo excepcional de este tiempo: el smog suele cubrir la ciudad, cerrar las perspectivas, borrar los colores. Atravesamos un descampado de lomas peladas, cubiertas de tuberías que parten de unas cruces chatas cuyo brazo horizontal se inclina con regularidad hacia el suelo. Es un campo de extracción de petróleo. Detrás aparecen los rascacielos de downtown. Geometría vertical, destellos metálicos, reflejos azulados. Unas montañas, al fondo. Rebasamos por la izquierda el conjunto monumental. Fluidez del tráfico, en esta tarde cálida de verano. Velocidad suave, interior, como si, nada más llegar, le acogiera a uno una línea que se desplazara sin fin. Uno se instala en ese movimiento y se deja llevar. Seducción inmediata de L. A. ¿Cómo resistir a la tentación de intentar dominar ese movimiento que parece haberse colado en el cuerpo, que se ha acompasado al ritmo de la respiración, al correr de la sangre? Pasamos por largas avenidas rectas: edificios bajos, zonas residenciales, un cine (Guys and Dolls), gasolineras, cruces de autopistas cubiertos de hiedra. En el recuerdo, falso sin duda, no nos hemos detenido ni una vez.

La casa de S. tiene dos plantas. Un porche sirve de garaje. Subimos al apartamento por una escalera exterior. Profusión de ventanas: en el salón, con muebles antiguos de madera, en la cocina, en el baño. En el dormitorio hay dos, en una esquina. Apoyados en las paredes, grandes cuadros en blanco y negro, parte de la obra de S. en estos años: uno, circular, representa a un hombre mayor, visto de cerca y desde atrás, que sostiene un sombrero con la mano izquierda; otro a un chico en calzoncillos blancos, de frente, con la cabeza cortada por el borde superior de la tela; en un tercero un hombre joven, pantalón y corbata oscuros, camisa blanca, tiene la cara, que parece sonriente, medio tapada por una rejilla de plástico beige. Diseminadas por la superficie de todos ellos hay pequeñas viñetas de colores vivos: aparatos, órganos del cuerpo, paisajes.

Ya de noche, seguimos Sunset Blvd. y nos internamos en Beverly Hills. Se adivinan las mansiones, los jardines ahora en penumbra. Llegamos a la cumbre de la barrera montañosa que veíamos al llegar desde el aeropuerto. Al norte, el valle de San Fernando, cubierto de una malla de luces blancas y amarillas hasta una mancha oscura: las colinas de San Gabriel. Al sur, la red se extiende hasta donde alcanza la vista. Al principio la trama es confusa, luego se organiza en líneas rectas que se cruzan en perpendicular, a intervalos regulares. En el horizonte las estrellas rozan las últimas luces visibles, confundidas en un trazo centelleante.

7 de agosto

Me despierta, algo más tarde de las siete, un ruido que procede del jardín. Un oriental está segando el césped. De fondo se escucha el tráfico de las dos avenidas que se cruzan cerca. El rumor no se detiene nunca pero está sofocado por los árboles que nos rodean: acacias, un abeto, un álamo plateado. Más allá hay una colina, cubierta de chalé s y pequeños jardines. Desde el ventanal del comedor se ven dos anuncios que giran sin parar en lo alto de unos postes: una bola naranja con un 76 en blanco, un rectángulo coronado por una estrella: ASTRO. S. quiere que revisen el coche y lo dejamos en un taller de Hollywood Blvd. Paseo por Hollywood. El teatro chino es un cubo de hormigón con el tejado verde, en pico. En el suelo están marcadas las huellas de actores célebres, unas dedicatorias triviales. El pavimento de la acera se engalana con nombres en letras doradas y estrellas rosas. Las tiendas venden pósters, camisetas, postales, chapas. Repertorio de la cochambre. Ni rastro del esplendor antiguo. S. dice que el recorrido por los estudios es aún más decepcionante. Pronto uno se da cuenta de que siempre ha debido ser así, de que en eso consiste el cine. No hay realidad de la ilusión, ni siquiera una fachada, tan sólo instrumentos, fragmentos de la maquinaria encargada de producirla. Inconcebible, aquí, un punto de irradiación central originario. Principio del movimiento continuo.

En un restaurante, la camarera me recita las clases de pan, las salsas (THOUSAND ISLANDS), las guarniciones con las que puedo acompañar el plato que he pedido. Me quedo mudo. Parece sorprendida cuando S. las escoge por mí. Volvemos al taller. El coche no estará listo hasta mañana. Decidimos ir a casa andando por Sunset Blvd., Los Feliz, las colinas del Silver Lake. El paseo, en una tarde diáfana, inacabable, durará más de cuatro horas. Apenas nos cruzamos con algún que otro transeúnte. Claro está que L. A. sería inconcebible sin el automóvil, pero más que la velocidad, importa el fluir, constante. El andar no lo quiebra. Tan es así, que cuando llegamos ante una valla metálica que circunda una propiedad privada en la que hemos entrado sin haberlo advertido, la saltamos en vez de volver atrás y dar un rodeo. Lo mismo ocurre con los obstáculos naturales. El movimiento se ciñe a ellos, los envuelve, los incorpora. S. preveía una caminata aburrida porque, según dice, sólo el automóvil logra templar la monotonía de la ciudad. Pero rara vez un paisaje natural ofrece grandes cambios al paseante. Cuando nos internamos en una hondonada cerca de Hyperion Ave., cae la noche sobre los jardines descuidados, un solar cubierto de antenas parabólicas, una fila de palmeras.Aquí el movimiento se remansa, pero no se detiene: zumbido de fondo, vehículos que cruzan de vez en cuando un puente próximo, variación perpetua de la luz que se apaga. Antes de llegar a casa alquilamos un vídeo, Mixed Blood, una película de la que hemos venido hablando. Cuenta, con desgana aparente, sin rastro de compasión, las peripecias de un gang de dealers menores de edad, capitaneados por una mujer brasileña. Habla de la lealtad debida al grupo, de los ritos de iniciación, del sacrificio del deseo individual. A modo de leitmotiv, una canción triste: “Vamos a bailar, hasta el amanecer.”

8 de agosto

Vamos andando hasta la oficina de S., una escuela de idiomas en Wilshire Blvd. Tras bordear Silver Lake, atravesamos un distrito en el que los edificios de apartamentos han sustituido a las casas unifamiliares. En medio de un parking, aislado, se eleva un inmueble blancuzco de aspecto fantasmal, con la fachada recorrida por adornos platerescos. Es un almacén donde la gente deposita sus pertenencias cuando se muda de casa o de ciudad. Más tarde, volvemos a recoger el coche. Paseo por Wilshire, con el sol de frente. Dejamos atrás el edificio Bullocks, con sus remates antiguos de cobre verde, una iglesia católica, el hotel donde asesinaron a Robert Kennedy. Lo han cerrado y seguramente piensan tirarlo, dice S. Desfila luego un templo masónico que tiene algo de faraónico, otro shintoísta, una sinagoga con reminiscencias bizantinas.

Hace demasiado calor para seguir a pie. Cogemos un autobús. Es cómodo y circula con fluidez. La gente habla, se ríe fácilmente. En el taller nos atiende la misma encargada de ayer, una chica baja, algo gruesa, melena de color castaño, largas uñas, curvadas hacia adentro en la punta. En el trayecto hasta la casa de M. nos quedamos sin gasolina. En pleno cruce de dos avenidas, tenemos que empujar el coche hasta una calle próxima. Un hombre se apresura a ayudamos y nos acompaña luego en su automóvil hasta la gasolinera más cercana. Es salvadoreño; se entretiene contándonos que hace pocos días su mujer caminó más de una hora con un bidón de combustible a cuestas.Llegamos a casa de M. con retraso. Vive en San Marino, en un chalet amplio, con porche y galería de madera en el primer piso. Yo creía que estaba en Roma, donde trabaja, pero ha venido a California a pasar una temporada con su hija. M. dio seropositivo en la prueba del sida y ha hablado alguna vez de suicidarse. Ahora parece encontrarse mejor. Durante varios meses S. ha vivido con el temor de estar contagiado. No se resolvía a hacerse la prueba para esquivar la confirmación de lo que creía un hecho. Cuando se decidió a dar el paso, hace poco tiempo, supo que no había nada. Salimos hacia un bar en el que, dice S., actúan unos travestís hispanos. Los discos suelen estar deteriorados y los actores, en plena función, tienen que salir del escenario, mover la aguja y continuar luego con el play-back. En el camino me duermo: echo de menos el café de verdad. Es lunes y el local está casi vacío. El encargado tiene sida y se ha marchado de L. A.

9 de agosto

Vamos a San Fernando, donde S. debe entrevistarse con un empresario. Entretanto, doy un paseo por la zona, un suburbio industrial. En un National Enquirer olvidado en el coche leo que la princesa Diana de Gales no ha sabido lo que es el amor hasta que ha conocido a Don Juan Carlos de España. Cuando vuelve S., cuenta su conversación: el empresario quiere que los trabajadores hispanos que más lo necesitan aprendan inglés.

Paseamos en coche por el sur de downtown. S. me enseña el lugar donde estaba su estudio. Han arrasado el edificio y el solar sirve ahora de parking. Un poco más lejos han empezado las obras de construcción del metro, paralizadas hace décadas por la industria automovilística. Las colas de gente se alargan ante las instituciones de caridad; unos negros están tumbados en la acera, las piernas cubiertas de mantas y periódicos. Hay grupos parados en las esquinas, una aglomeración en la entrada de la estación de autobuses. Al cruzar un semáforo, un hombre joven, negro, levanta los brazos y la cabeza al cielo, se inclina hacia adelante, se vuelve hacia los coches que esperan. Dejamos el nuestro muy cerca, con la intención de visitar el Museo de Arte Contemporáneo. A su lado está una de las cárceles de L. A. El edificio, recién inaugurado, tiene forma de estrella, recorrida entre cada una de las alas por galerías acristaladas. Las paredes de las casas, desvencijadas, están cubiertas de carteles en blanco y negro: bajo el retrato de George Bush, una palabra: SEX. Entramos en Little Tokyo: bancos, placas conmemorativas de la amistad norteamericano-japonesa. En un restaurante, hojeo unos cómics a disposición de los clientes. Cuentan unas historias esquemáticas por medio de imágenes idílicas, o feroces, sanguinarias. En el museo exponen algunos artistas de los últimos años. Hay cosas muy hermosas; los autorretratos de Cindy Sherman; los improperios multicolores de Jenny Holzer; los cuadros en blanco y negro de Robert Longo, cuerpos jóvenes bien vestidos, suspendidos en el aire, como si estuvieran a punto de reventar. El recinto está sembrado de monitores de televisión que transmiten, sin voz, un programa cualquiera. En el centro de la pantalla, una inscripción interrumpe la mirada: PEOPLE WITH AIDS.

Ya tarde, de noche, vamos a un bar de cueros. Nos instalamos en la parte trasera del local, un patio al aire libre. Al fondo una tienda minúscula vende prendas de cuero, instrumentos de tortura, máscaras de color carne, lívidas, atroces. S. cuenta una anécdota. Entró con un amigo en un local de productos para ADULTS -pornografía. De pronto se entreabre una cortina que ocultaba a un hombre acostado en el suelo, con la cabeza cubierta con un capuchón, las manos, a la espalda, atadas a la pared con una correa. Es él quien ha movido la tela. Cuando el encargado se da cuenta de que S. y su acompañante han visto al hombre, los despide aduciendo que ha llegado la hora de cerrar. En el local en el que ahora nos encontramos hay muchos vestidos con prendas de cuero: cazadoras, gorras de plato, pantalones con un agujero en el culo. Han debido de celebrar algo porque uno de ellos -cincuenta años, grueso, pelo y barba grises- se sube en unas mesas colocadas a modo de escenario y llama por turno a cuatro o cinco individuos que, tras decir unas palabras, responden a algunas preguntas: ¿de los aquí presentes quién te gusta más?, ¿cuál es tu palabra favorita? “Solidaridad”, contesta uno, joven, el torso y el vientre desnudos, cubiertos de vello, y tan tímido que apenas acierta a pronunciar una frase. Tengo la impresión de estar presenciando un espectáculo folklórico, algo patético, como de costumbre en estos casos. Cuando se lo digo a S. no oculta su sorpresa. Atribuye mi reacción al estrago causado por el sida. Antes, dice, esto no tenía tintes tan sombríos. La SM venía a ser, antes del sida, una de las líneas radicales de la experimentación no ya en lo sexual sino en el intento de crear nuevos modelos de relaciones afectivas. Me resulta difícil aceptar esto. Pienso que lo nuevo consistía, antes y después del sida, en crear espacios donde el deseo sea humano y no se aferre a signos que permiten acotarlo. La SM, en cambio, repite muy pronto el modelo de la compartimentación, de la tribu.

La conversación continúa de camino a casa. Deriva a otros asuntos, implícitos en el anterior: el sida, claro, y lo que el sida ha venido a alterar. S. relaciona el sida con la crisis de una ilusión y con el repliegue de toda una sociedad en posiciones cada vez más rígidas. Le digo mi descreimiento, un poco cansado, ante este asunto. Pienso que el sida ha arruinado muy pocas cosas que no estuvieran ya, previamente, bastante apolilladas. La gente tiende a imaginarse que su situación es eterna o que debe serlo. Lo único que demuestra el sida, y me parece que no era necesaria demostración alguna, es que las cosas no son así. Aparte de eso, no representa nada. Es una enfermedad y como tal hay que pensarla y tratarla. Claro que se está utilizando el sida para suscitar el miedo, pero la réplica con ribetes terroristas no hace más que caer en el juego. No creo que ese sea un buen camino, como no lo es el dedicarse a hacer arte… político con el sufrimiento y la muerte de tanta gente. Comentamos la exposición de la tarde. Algunos artistas parecen conceder al sida una trascendencia que le niegan al arte. ¿A qué viene eso?

Antes de dormir, hojeo la guía de páginas amarillas de la comunidad gay de L. A. Es un volumen de unas doscientas páginas, compendio de cualquier otro de esta índole. En la portada, un lema: KEEP IT IN THE FAMILY. Lo matiza uno nuevo, en el interior: BUY GAY!

10 de agosto

Con el día nublado, gris, salimos hacia Las Vegas. De camino hacia San Bernardino, apenas se ven las montañas que flanquean el valle en su lado norte. S. comenta que los huertos que lo cubren han crecido gracias a la irrigación intensiva, por lo que la tierra contiene cada vez más sal y el desierto recupera poco a pote este paraíso que le fue arrebatado hace algunos años. El tiempo va aclarando. Estamos en un largo secarral punteado por alguna ciudad nueva. Aquí, y luego en el desierto de Mojave, encontramos indicaciones que señalan la salida a un bulevar, una avenida o una calle: ZZYXZ ROAD. S. ya me ha explicado la teoría, con la que él conviene, según la cual en California no hay diferencia de fondo entre el desierto y la ciudad. Varía la densidad de la población, nada más. La autopista se aproxima a Calico, una GHOST TOWN minera situada en la falda de unas montañas. Cuando los yacimientos de plata se agotaron el pueblo quedó abandonado. Hay centenares como éste, pero Calico ha cobrado carácter de atracción turística. La sierra parda, veteada de verde y rojo, parece haber sido torturada por los movimientos sísmicos y el trabajo en las minas: zanjas, terraplenes, taludes enteros vaciados. En este escenario han reproducido la apariencia que el pueblo debía tener antes de la desbandada. No falta nada, ni la taberna, ni el hotel, ni los abrevaderos. Incluso hay un trenecito que recorre el paraje. En la calle principal, asfaltada de rosa, unas placas doradas recuerdan los nombres de los habitantes, la historia mínima del lugar. El calor es asfixiante. Comemos en Jenny Rose, una cafetería en el cruce de la desviación con la autopista. Aire acondicionado, ni una mota de polvo. Un hombre, hispano, pasa una bayeta encerada por el suelo. Nos atiende una señora gruesa, morena. Antes de servirle una cerveza, le pide a S., sonrojado ante el halago, el carnet de conducir. Más tarde el hombre de la bayeta la llamará Lupe. Hablan español. Nosotros seguimos dirigiéndonos a ella en inglés. S. dice que interpretarían mal que uno les hablase en ¿su lengua?

Mojave. Paramos en una zona de descanso. Un cartel advierte de la presencia de serpientes de cascabel. No son peligrosas, afirma, si no se las molesta. Más tarde unas colinas suaves interrumpen la planicie desértica. Las cubre un matorral bajo, que forma láminas de amarillo y verde ceniza, recorridas por sombras violetas que se desvanecen en cuanto uno intenta fijar su contorno. De pronto el aire se llena de aroma a tomillo. Tras una curva se abre un valle inmenso. El cielo aparece cubierto de nubes bajas, oscuras. Un relámpago se estrella en las montañas índigo del fondo. Entre ellas y la autopista se extiende un lago de sal por el que corren nubes de arena dorada. A nuestra izquierda, las colinas que acabamos de rebasar están cubiertas en su base por un fino cendal de niebla. Nada más entrar en Nevada, sale al paso un presidio blanco, como recién construido. Delante han levantado varios casinos en fila, un palacio árabe, un saloon, un castillo medieval, pintados todos de colores puros. Primera indicación de que estamos llegando: los aviones que se elevan y descienden sin parar en un cielo de ópalo.

Atasco en el strip de Las Vegas. Los músicos están en huelga y los automovilistas, en señal de solidaridad, tocan el klaxon cada vez que pasan cerca de un grupo de manifestantes. Entramos en el Aladdin. Las puertas del hotel dan paso a las salas de juego: filas de máquinas tragaperras, moqueta púrpura con dibujos negros, techos bajos, aire acondicionado. Se escucha de continuo el tintinear de las monedas y las fichas metálicas. Las luces crean espacios abstractos en un ámbito cavernoso, ilimitado. De inmediato, se pierde el contacto con el exterior. Ya en la habitación, contemplamos el letrero del Dunes: las luces trepan en la noche hasta estallar en una cúpula oriental. Para llegar al Caesar’s Palace subimos a un templete circular por una escalinata que arranca de la acera. En el centro, rodeada de columnas de mármol, se eleva una estatua de Apolo. Le han colocado un sexo de tamaño considerable y contornos realistas. Entusiasmo de S. Entramos luego en una estancia oscura ilustrada con unas escenas de la antigua Roma: unas plantas artificiales encuadran una perspectiva; un pórtico, a lo lejos, alberga a unas figuras diminutas que se iluminan y repiten cada cierto tiempo unos pasos de baile. Salimos a una rampa mecánica que nos lleva, por una pasarela colgante sobre el parking, hasta el interior del casino. Es idéntico a los que ya hemos visitado. Varía la decoración, que consiste aquí en motivos geométricos, camareras ataviadas con túnicas, figurantes disfrazados de Cleopatra o de Nerón. Sobre el puente de una galera, en un estanque, han instalado una discoteca. Las paredes de uno de los salones están forradas de pantallas de vídeo que transmiten, ante centenares de sillas vacías, acontecimientos deportivos de todo el país. No nos resulta fácil hallar la salida. Otra vez con el coche, recorremos una avenida apagada, flanqueada por capillas nupciales y moteles que anuncian espectáculos pomo. Desembocamos en Fremont St. Un tapiz de bombillas cubre las fachadas. El resplandor se refleja en el asfalto, recién regado. Noche americana. Un cow-boy de neón, descomunal, sonríe con una mueca inalterable y hace señas con el brazo. Respondemos a su invitación. Delante de la barra donde nos acomodamos hay varias mesas de bacará. Una mujer oriental, joven, adelanta las fichas sin apenas mirar las cartas. Un chico con aire de lunático se detiene largo rato, se sienta, apuesta fuerte, gana y se retira. El croupier, grueso, muy pálido, el pelo rubio engominado, le mira con ojos acuosos. Jugamos en las tragaperras. La suya le vomita a S. una interminable catarata de monedas. Risas, euforia. De vuelta al Aladdin, nos sentamos ante una ruleta. No nos dejan jugar juntos. S. se empeña en un número, pero carecemos de fe y sale cuando lo ha abandonado.

11 de agosto

En la recepción nos atiende una mujer con un micrófono diminuto ante la boca. Tiene el esmalte de las uñas desconchado y los dedos, artríticos, cubiertos de diminutas tiritas de plástico. Son las ocho y media, y ya hay gente ante las máquinas, la mirada fija en las viñetas de colores. En la cafetería, unos orientales juegan al bingo mientras desayunan. (Ayer, en uno de los casinos: en una mesa reservada están instalados unos coreanos; un travestí, apoyado en la pared, apunta algo en una libreta; los blancos -en Las Vegas no parece haber negros- contemplamos la escena desde este lado de una barandilla baja.)

Después de cruzar una presa que señala la frontera entre Nevada y Arizona, la carretera emprende la subida de un puerto y sale por fin a un valle por el que corre recta. Es imposible calcular la distancia que nos separa de las montañas que se levantan al fondo. El cielo, despejado, parece no guardar relación alguna con el suelo. Se diría que no hay horizonte, como si la mirada alcanzara el confín de la tierra. Seguimos hacia el este: ondulaciones suaves, praderas, bosques de enebros. Ahora hace fresco, empieza a lloviznar. Al coger la carretera hacia el Gran Cañón entramos de nuevo en una llanura infinita, apenas cubierta de una vegetación rala. Una única montaña se alza en el centro, rojiza, la cumbre lisa. La dejamos a la derecha y a poco nos internamos en un bosque de abetos. Ya estamos cerca del río Colorado. Al salir de una curva, primer vistazo al Cañón: el tajo en el suelo. Almorzamos en un self-service. Entre el público hay una docena de personas obesas, algunas de los cuales parecen deleitarse con helados de colores extraordinarios. S. recuerda una frase de Baudrillard. “Quieren ser dos”, dice. Más hipótesis: memoria racial de las pasadas hambrunas, necesidad de llenar la inmensidad del espacio. También, la metáfora de la felicidad, cumplida, la de una sociedad -al fin- de consumo en estado puro, sin producción ni redistribución de lo sobrante. Las personas obesas llevan ropas muy amplias o muy ceñidas, de una tela finísima. Al andar, la masa de carne tiembla, los brazos rozan el torso, los muslos se frotan uno con otro.

Recorremos el Gran Cañón en medio de una multitud de peregrinos. El sol empieza a caer, a nuestra izquierda. Enfrente unas nubes azul pizarra chorrean sobre las mesas y los picos anaranjados. Al sesgo, la luz juega con la masa húmeda: sombras en las aristas y en los terraplenes, reverberaciones en las hondonadas. Antes de salir del parque, paramos una última vez. El sol está ya muy bajo y, ante él, las nubes que antes teníamos frente a nosotros. La luz, lavada, corona la masa negra. El resplandor dramático se estrella en la garganta, absorbido en contrastes que evocan una aridez infinita. Seguimos una carretera de curvas amplias. A la derecha, un macizo montañoso, no muy elevado. Enfrente, un llano. El cielo está de un azul traslúcido, casi blanco. El aire, que vibra con la luz, es rosa. Empezamos a ver, a ambos lados de la calzada, unas filas de casetas vacías, alguna manta de colores que cuelga de un palo. Son mercadillos en los que los indios ofrecen objetos de artesanía. Paramos en uno de ellos. El terreno continúa, raso, después de los tenderetes para interrumpirse luego ante un barranco. Es un cañón pequeño, estribación del que hemos dejado atrás. Se puede bajar un poco. Entonces el horizonte se cierra a la altura de los ojos, luego sólo queda la luz, en lo alto. Las paredes destilan humedad y el agua termina corriendo en torbellinos por el fondo, entre riscos sin pulimentar, recién desplomados. Continuamos el camino. Cedo a la tentación de imaginar la reacción del primer occidental que se asomó a este paisaje, al tiempo hecho mineral, devuelto a la mirada en una luminosidad oxidada, muda. Recuerdo una reflexión parecida, ante algunos paisajes en Sudamérica: intentar representarse el esfuerzo requerido para no dejarse arrastrar, y sobre todo para integrar en una actividad humana esta presencia inmediata de lo cósmico. Ante esto, se comprende bien que el pensamiento español continuara, en apariencia, un camino al margen del discurrir del europeo. Hay otras razones, sin duda, pero ¿por qué no tener en cuenta esto? Algo parecido, apunta S., ocurre con los norteamericanos: una cultura que se sitúa de buenas a primeras en el más allá de lo terreno y, así, realiza la utopía. El Cañón del Colorado, monumento nacional.Adelantamos a un niño indio montado en bicicleta. Un murciélago se estampa contra el parabrisas y queda allí, mirándonos de frente. Ya se ha puesto el sol pero todavía se aprecian los matices, cada vez más pálidos, del desierto que atravesamos. Franjas naranjas, rosas y blancas que recorren las mesas bajas, los peñascos pulidos, aislados. Paraje del fondo del océano.

Llegamos a The Gap. El pueblo tiene un almacén que hace las veces de café, supermercado y tienda de souvenirs. En la puerta están aparcadas varias camionetas. Atrás, tapados con mantas, van acostados unos chiquillos. La carretera bordea ahora la base de un acantilado, una masa negra que se recorta contra un cielo cuajado de estrellas, de un azul de terciopelo, como si estuviera iluminado desde dentro. De vez en cuando brilla, no muy lejos, alguna luz aislada. Deben de ser las casas diseminadas en la reserva. Al estar mal vistas las prácticas homosexuales, dice S., los indios van a ligar a las ciudades de la costa. Son muchos los que contraen el virus del sida que, de vuelta, transmiten a sus mujeres. Los niños nacen seropositivos. En un momento dado, doblamos a la derecha y nos internamos en un desfiladero. La luz de la luna perfila unas masas rocosas monumentales. Evocación de Chateaubriand: la lune des fleurs.

Nada más entrar en Page, tras un recodo, aparece una iglesia, luego otro templo, y otro, hasta siete u ocho en fila. Aparcamos delante de un motel. Nos recibe un hombre gordo, de apariencia afable. Mientras S. rellena un formulario, se cruzan algunos comentarios. Al referirse a San Francisco, el hombre habla de “la ciudad de la mierda”. La habitación es sórdida, cubierta hasta el techo de un plástico que imita la madera, pero está limpia y tiene televisión por cable. Salimos a cenar. Muy cerca hay abierto un restaurante. De las paredes del comedor cuelgan muñecas, cuernos de reses, sombreros tejanos. En una pista de baile, algunas parejas dan vueltas al son de unas melodías country que un grupo desgrana sin entusiasmo. De vuelta al motel, por la televisión, están pasando Giulietta degli spiriti. Hay algún problema con la cinta y repiten, entera, una secuencia en la que Giulietta Massina, metida en un cesto, asciende por los aires hasta una plataforma instalada en la copa de un pino.

12 de agosto

Desayunamos en Dynasty, un restaurante chino que anuncia comidas norteamericanas. La terraza domina un pantano de un azul clorado, rodeado de tierra rojiza y blancuzca. Es la frontera con Utah. La carretera bordea de nuevo el acantilado que dejamos ayer noche a nuestras espaldas. Al rato, la tierra aparece cubierta de pastos altos, untuosos. Llegamos a Kanab, un pueblo de casas como recién pintadas, arboledas, pequeños jardines. Amabilidad del decorado y de la gente. El chico de la gasolinera sonríe cuando vamos añadiendo a la cuenta un café, una Coca-Cola, un periódico de Salt Lake City. Dejamos a la derecha el Mount Carmel y entramos en el parque nacional de Zion. La carretera, de color siena, corre por el fondo de un desfiladero de piedra oxidada. Árboles torturados, arcos de piedra, voladizos. Nos detenemos ante un supermercado en Hurricane. Compro una lata de cerveza, la abro y una empleada me indica que no puedo hacerlo, ni bebérmela, en el establecimiento. Me la tomo en la calle, a pesar de los aspavientos de S. Poco después el coche empieza a temblar. En un taller nos recibe una chica idéntica a la que nos atendió en L. A. Hay que cambiar dos neumáticos: otras tantas horas de espera, que aprovechamos para almorzar. La autopista atraviesa ahora una serranía de tonos pardos, recuerdo turbio del rojo de Arizona. Anfiteatros de tierra y pedregal, plegamientos brutales. Por momentos, todo el paraje está inclinado a la izquierda: el plano de la autopista parece un error.

A la salida volvemos al desierto. Durante largas horas, apenas rebasamos dos, tres curvas. En medio del resplandor, de la tierra y del aire abrasados, un campo de golf esmeralda, con sus palmeras, sus mínimos montículos, sus charquitos de juguete. Desde Las Vegas, cogemos una nueva autopista. La mole de un presidio se destaca a lo lejos. Un cartel prohíbe el autostop. Entramos, poco después, en el desierto de Amargosa. Arena, guijarros, matorrales secos. Se divisan unas nubes de polvo que parten de un punto en movimiento, a lo lejos. Son las carreras de vehículos pesados que se celebran en este terreno liso. Ya entramos en el Death Valley Park. Tenemos el sol de frente, a la altura de los ojos. Las colinas blanquecinas, grises, avanzan hacia la carretera. La erosión no ha dejado nada, ni siquiera el color, como si hubieran restregado la tierra hasta arrancar todo lo superfluo. En Zabriskie Point la sensación se torna casi dolorosa a causa de la irregularidad, lo imprevisible de las estribaciones. Los cerros calcinados, los barrancos se suceden ¿hasta dónde? sin orden alguno. El sol ya se ha escondido, pero cada vez hace más calor.Al llegar a una bifurcación, un letrero indica el camino hacia Badwaters. Vamos a ver el punto más hondo, por debajo del nivel del mar, de los Estados Unidos. Hemos entrado en un valle encerrado entre dos cadenas montañosas paralelas. Seguimos de frente, más próximos a la situada a nuestra izquierda. Sopla un aire caliente que reseca la piel, evapora el sudor, irrita los ojos. Al poco tiempo la nuca, la cabeza entera parecen abrasarse. Se percibe una franja blanca, al fondo. Transcurre un buen rato hasta que llegamos al pie de la montaña, que creíamos cerca. Dejamos el coche en un recodo y, andando, emprendemos el camino hacia el llano blanco que cubre el valle entero. Centellea, a poca altura, una estrella rojiza. Ya ha salido la luna pero se oculta tras el muro de piedra que dejamos atrás. Avanzamos sobre un barro húmedo, cubierto de cristales de sal. Lo que antes veíamos es una inmensa placa de sal pura que se extiende ahora a nuestros pies. Salimos de la zona de sombra. La luz se refleja en el suelo, que resplandece. El cielo se ha poblado de millones de estrellas. No se oye nada, tan sólo el rumor del aire pesado al rozar el propio cuerpo. Plenitud de lo que es previo y posterior a la vida. Intensidad increíble de aquello que no sabe de la muerte. Lo más extraño es la facilidad con que se penetra en este espacio, la naturalidad con la que uno se siente acogido.

Volvemos a la carretera principal. Nada más llegar al cruce, S. se precipita sobre una máquina de bebidas allí colocada. Empezamos a subir cuestas en línea recta. A poco, nos encontramos a cinco mil pies de altura. Ahora hace fresco, la noche está poblada. Bajamos un puerto y empieza a oler a quemado. Suponemos que el motor se ha recalentado y nos paramos un rato. Un coche se detiene para ver si necesitamos algo. Continuamos, por una de las zonas montañosas más accidentadas del país. La oscuridad nos impide apreciar las dimensiones de lo que estamos cruzando. “Mejor así”, dice S. Panmint Springs, el pueblo que deberíamos haber pasado ya, no ha aparecido nunca. Al entrar en un valle una estrella fugaz cruza el cielo. Hemos llegado a Lone Pine. Cenamos en un restaurante abierto las veinticuatro horas. El encargado, que se ríe con cualquier cosa, lleva un zapato negro y otro verde. A unos clientes sentados a nuestro lado les sirve café en el vaso de cerveza. Es sábado y ningún motel tiene habitaciones libres. Desistimos de buscar más. Aparcamos en una carretera secundaria y nos tomamos un valium cada uno. S., que ha conducido bastante más que yo, dormirá en el asiento trasero.

13 de agosto

Entramos en Yosemite por el este. Es una garganta por cuyo fondo corren unos riachuelos remansados a veces en lagunas transparentes. La gente pesca, toma el sol, prepara una barbacoa. En las orillas, cubriendo las laderas pero también trepando por las paredes blancas del desfiladero, los abetos forman, a trechos, un bosque frondoso. Empezamos a ver árboles secos. Alguno, aislado, aparece ya marchito en la copa, aunque la base sigue viva. Cuando lo que semeja una enfermedad ha atacado a un grupo entero, sólo quedan los troncos, grisáceos, y algunas ramas bajas. Allí donde han empezado a talar el bosque, el suelo está sembrado de tocones y leños cenicientos, como si se hubieran consumido desde dentro. Da la impresión de que se desharían en polvo con sólo tocarlos. Subimos al Glacier Point. Desde aquí se aprecia el corte limpio del antiguo glaciar: altos muros labrados de un solo movimiento, peñascos pulidos por la masa de hielo. Una cascada se despeña enfrente. Cae, a plomo, una luz blanca que arrasa las sombras y los contrastes. Ausencia de misterio. No es un buen día para visitar el parque. Cruzamos ahora una zona boscosa, de fuertes subidas y bajadas. Paramos en tres ocasiones, por miedo a algún fallo serio en el motor. Cerca de Mocassin se inicia un descenso brutal, el último. Al fondo brilla un pantano. Lo rodean colinas suaves, cubiertas de rastrojos secos y punteadas por alguna encina casi negra: Castilla. Cerca de Modesto la carretera traza de nuevo una línea recta. El horizonte ha desaparecido tras los huertos de árboles frutales. La bordean puestos que ofrecen melones, uva, ciruelas, bolsas de naranjas. Cerca de San Francisco, cruzamos unos montes áridos. En lo alto de unos postes, dispuestos en filas, batallones de aspas dan vueltas, cada una a su aire.

Entramos en la ciudad por el Bay Bridge. La circulación parece más desordenada que en L. A. W., el amigo de S. que nos va a hospedar, vive en lo alto de una colina, frente a un parque, en una casa de dos pisos, pintada de gris claro, la puerta de cristal esmerilado. Una nota nos da la bienvenida y nos hace saber que nuestro anfitrión ha salido y tardará un rato en volver. Bajamos hasta Castro St. Andar en San Francisco: los pies bien plantados en el suelo, el cuerpo derecho, forzando la espalda hacia atrás. Castro es una calle recta, de ondulaciones apacibles. Abundan las tiendas, las librerías, los cafés. Impresión de simpatía, de cordialidad. Al punto uno se siente acogido, como si la ciudad esperara que se le diera lo mejor. Ante esa solicitación, uno sonríe sin querer, agradecido. Las perspectivas, la limpieza de las calles, el orgullo de la gente que pasea, todo incita a mostrarse amable con los demás, cuidadoso con los objetos y exigente consigo mismo. Es cierto que el equilibrio puede romperse en cualquier momento. Predominio, en tal caso, de un rigorismo atento sólo a la apariencia: San Francisco, escenario de un abominable cuento de hadas; o bien, al contrario, el reino de la dejadez y la autoindulgencia. Pero el arte de la ciudad parece consistir en mantenerse en esa sazón, casi milagrosa. Ya lo había advertido S.: “En cuanto llego a San Francisco, me siento de buen humor.”

S. saca dinero de un cajero automático. Aquí, me dice, había un bar y más allá, señalando un escaparate cubierto de papeles, una tienda de ropa. Los propietarios han muerto o están enfermos de sida y no pueden continuar con el negocio. Habla de la vitalidad de San Francisco hace unos años. El zarpazo se advierte en los comercios cerrados, en algunas caras demacradas, pero, al menos para quien no haya conocido esa época, parece haber decadencia. Entramos en A Different Light, una librería dedicada a la venta de “literatura gay”. S. descubre una antología de Cernuda titulada The Young Sailor. La portada va ilustrada con el dibujo a lápiz de un muchacho desnudo. En el interior, más ilustraciones de talante similar. Sorprendente belleza de una edición barata, tal vez pensada para engañar al comprador (“Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos…”). En el local reina una gran animación. Hay gente joven, cuidadosamente vestida, que se saluda y se mueve como si estuviera en una reunión social. Cenamos en un restaurante italiano. Un hombre conversa con la encargada en un español parecido al que se habla en Chile.

14 de agosto

Desayunamos en un café, Le Greco, decorado en blanco y negro. Mesas minúsculas, bollería, litografías enmarcadas: parodia de lo francés. (En una avenida de L. A. un cartel hace propaganda de unas líneas aéreas: foto gigantesca de un croissant con una única inscripción: PARIS.) Paseo por Chinatown. En la portada de una revista se despliega, a toda página, un retrato en color de Mao. Subimos y luego volvemos a bajar hasta downtown, agrupada en torno a una plaza que conmemora la victoria de Estados Unidos sobre España en 1898. El centro comercial se degrada en las calles adyacentes, sucias, abandonadas. Unas prostitutas charlan delante de un club, una pareja joven, con dos niños rubios, pide dinero a los paseantes. Comemos con W. y otros amigos de S., entre ellos un holandés instalado aquí hace años, tantos que despotrica contra L. A. y el sur de California como si fuera un nativo.

W. nos acompaña a dar una vuelta por Sausalito. Las casas de madera contemplan la bahía, las colinas de San Francisco, los rascacielos blancos el Bay Bridge, metálico, y luego los tonos verdes, frescos, de Berkeley. Enfrente, Angel Island, limpia de edificaciones. Por detrás empieza a salir un pequeño mercante que navega a buena marcha rumbo al océano. A nuestro lado un hombre joven reza en voz alta, se arrodilla y arroja al agua una lata de Coca-Cola. Llega un coche de la policía que se lo lleva sin que él oponga resistencia. Volvemos hacia el Golden Gate Park. Remedo de lo natural: praderas, árboles aislados, estanques. En un terreno acotado por una valla descansan unos búfalos. Uno de ellos se ha acercado a la carretera y parece contemplar los coches que pasan. El parque desemboca en una playa abierta. Hace viento; las olas desabridas se estrellan en la arena. Subimos hasta el borde de un acantilado y nos detenemos junto a un bunker de hormigón medio cubierto de maleza. Ya lejos, el barco que antes cruzaba la bahía surca un mar de plomo. El sol se ha puesto detrás de una colina que se despeña en el océano. Entre ella y el acantilado en el que estamos, a nuestros pies, el arco rojo del Golden Gate, surcado sin cesar por las luces de los automóviles. La ciudad parece rehuir el océano para desparramarse en la bahía. Aun así, sin esa presencia salvaje San Francisco sería seguramente distinto, más flojo tal vez. Pasamos cerca de la base del puente, escenario del falso suicidio de Kim Novak en Vértigo. W., enamorado de su ciudad, nos señala los diversos tipos de casas victorianas, las más puras, que datan de antes del gran terremoto, y las fantasías: un Petit Trianon en un jardín cuajado de rosas.

El lunes por la noche, San Francisco no parece muy animado. Nos dirigimos a un bar gay frecuentado por yuppies. Es un local de paredes azuladas, con grandes cristaleras que dan a la calle. Una pizarra anuncia la oferta de la semana: TINTO MONTECILLO. El camarero, camisa blanca, corbata de fantasía, me sirve un whisky en un vaso sucio. Pasamos luego por una discoteca. Están celebrando una fiesta: el gentío se apiña en la pista de baile y corea la música con fervor. Parece un guateque de los que suelen organizar los estudiantes a final de curso. “En un sitio que se llama The Stud!”, exclama S., casi escandalizado.

15 de agosto

La carretera hacia el norte transcurre paralela a la costa hasta que deja atrás una laguna y se interna en una campiña mimada, de propiedades pequeñas, pero con ese matiz áspero que parece otorgar, sin remedio, la proximidad del océano. Llegamos a Bodega, un puerto de pesca y de recreo. El viento lo ha alisado todo, incluso las colinas bajas que rodean la bahía. La luz, clara, quema los colores de los barcos, de las casetas, de los carromatos aparcados cerca del agua. Unas gaviotas descansan en unos postes. Un cormorán abre el pico, levanta la cabeza al cielo. Seguimos hacia el interior bordeando el Russian River. Praderas, bosquecillos, murmullo de la corriente tranquila. En un recodo del río aparece un conjunto de casas de madera, espaciosas, puertas y ventanas abiertas, columpios, bicicletas. Hace calor y la placidez del lugar invita a la pereza. Nos bañamos en un remanso. Cerca de donde dejamos el coche una familia campesina rescata del agua árboles enteros que arrastra orilla adentro con la ayuda de una camioneta. Más tarde interminable sucesión de viñedos. En lo alto de una loma se yergue un château Luis XIII de piedra blanca, reluciente. En una bodega, una muchacha uniformada muestra a un grupo sonriente cómo se descorcha una botella, cómo se aprecia el aroma y se degusta el champagne. Atasco al cruzar Santa Rosa. Cenamos en Yountville, un pueblo en el que abundan los restaurantes de nombre europeo. En la terraza de uno de ellos -aire tibio, sosegado-, nos rodean familias y parejas que paladean la comida y los vinos que les ponen delante.

De vuelta a San Francisco, caída la noche, continuamos una conversación iniciada en el restaurante. Yo he defendido algunos aspectos de la política exterior norteamericana de los últimos años. S. la ataca con ferocidad, me parece que sin argumentos serios. Se lo insinúo y le señalo también que muchos conocidos, a veces nada sospechosos de izquierdismo, se radicalizan después de vivir una temporada en Estados Unidos. S. habla entonces de cómo, al llegar aquí, se encontraba en un período de “normalización” en lo que a política se refiere. Es la vida en Estados Unidos lo que ha cambiado las cosas. Cuenta su incapacidad para cifrar la vida entera en el éxito profesional, lo difícil que le resulta entablar una amistad, la aparente estabilidad y, al mismo tiempo, la inconsistencia de las cosas. Relata el caso del gerente de la fábrica propiedad del padre de M. El hombre padece de diabetes; por un problema en el seguro médico concertado por la empresa, tiene que trabajar tres horas extras, a diario, para pagarse la insulina. Un pequeño tropiezo y está desahuciado. Al pasar por Berkeley imaginamos a Estados Unidos sometido a un proceso de argentinización. S. habla luego de los hispanos. Le cuento lo que me ocurrió en Sudamérica: mi asombro, estúpido, ante el hecho de que allí se hablara el mismo idioma que en España y, casi de inmediato, la sensación de que no es verdad, de que es la misma lengua. S. me interrumpe. Falta la tercera parte, cuando uno advierte que sí lo es. Dice la identificación involuntaria con los hispanos, ese momento en el que uno se da cuenta de que sabe las reacciones del otro, cuando reconoce los mecanismos de su inteligencia, de su sensibilidad.

16 de agosto

Nos levantamos temprano con la intención de emprender el camino hacia L. A. En una cuesta, el coche se niega a continuar. S. pone el motor en punto muerto y, deslizándonos, llegamos a una gasolinera cuatro manzanas más abajo. Pero una vez llenado el depósito, no hay forma de arrancar. No lo revisarán hasta las dos de la tarde. Tenemos toda la mañana por delante. Al lado de la Misión de Dolores hay un parque donde, dice S., algunos hispanos se ensañaban a golpes con los hombres que ligaban por aquí. Estos decidieron organizarse y a partir de entonces el jardín ha sido escenario de batallas desaforadas entre los dos grupos. Visitamos el Museo de Arte Contemporáneo. Un Motherwell ocre, de tonos terrosos; tres instalaciones de Nam June Paik. Una de ellas presenta un huevo. Colocado de lado, filmado en vídeo y reproducido en unos monitores de televisión dispuestos a su lado, de tal forma que el primero, más pequeño, emite la imagen del huevo tal y como la vemos y el último, que reposa sobre su lado más estrecho, lo hace en vertical. En un café de un barrio de moda -galerías de arte, tiendas de lujo que alternan con talleres y naves industriales- sirven la leche en un biberón con la goma recortada. Para recoger el automóvil, subimos por Mission St. Barrio hispano: gente en la calle, música, movimiento. Poco más arriba el distrito vuelve a ser anglo. En una avenida desértica, el escaparate de una librería exhibe unas sábanas manchadas de rojo, unas perchas metálicas que cuelgan unas de otras y, a un lado, la copia de una edición de época de la Constitución de los Estados Unidos: “We, the People…”

Al coche le han puesto una batería nueva. Salimos hacia el sur por una autopista que corre al pie de una cadena montañosa. Detrás, el océano. La cima está cubierta de una niebla espesa que se desliza hasta media ladera y se detiene allí. S. comenta que en San Francisco ocurre algo similar. La niebla trepa por las colinas que dan al mar, empieza a bajar por la vertiente interior pero, en vez de continuar, se enrosca sobre sí misma. El cielo se cubre de nubes foscas que dejan ver, de cuando en cuando, manchas de un azul muy pálido. Luz lívida, hasta que cae la noche de pronto. No veremos el eclipse de luna.Cenamos en el puerto de Monterrey. Al bajar del coche se oyen unos ladridos secos. Son otarios, o morsas, que piden comida a los paseantes. Desde el restaurante se contempla la bahía, punteada de luces amarillas. Es tarde y nos despiden sin contemplaciones. Vamos en busca de un local gay que S. recuerda por los alrededores. Entramos en un bar pequeño, muy iluminado. Unos marines de la base próxima, la cabeza rapada, juegan al billar. Poco después lo encontramos. Es una discoteca con un patio trasero, al aire libre, iluminado por una fogata encendida en el centro. En una esquina crece una higuera. En tomo al fuego van colocados unos bancos de madera, largos, sin respaldo. Algunos hombres están sentados, charlando. Las miradas se cruzan por encima de las llamas. Le digo a S. que preferiría volver al motel. Regresamos y él sale de nuevo. Por la televisión están pasando imágenes del eclipse de luna. Una sombra se cierne sobre el círculo blanco. Cuando se oscurece del todo, el Círculo cobra relieve, convertido en una bola. El locutor está entusiasmado.

17 de agosto

Volvemos al muelle para desayunar. Ahora vemos las morsas que parecen jugar en el agua transparente. Una se queda un rato con la cabeza fuera, la inclina de vez en cuando hacia la izquierda, cierra los ojos y se remoja; de inmediato vuelve a sacarla y nos mira. Las gaviotas chillan, baten las alas, revolotean para hacerse con alguno de los pedazos de comida que les tiran. Un pelícano se posa de pronto encima de un poste, a dos palmos de la barandilla en la que estamos acodados. El tiempo sigue gris. Cabrilleos de plata sobre el océano plomizo.

Camino de Carmel las casas se ocultan bajo los árboles, en pleno bosque. Cada vez se retraen más, cada vez interponen más barreras -arbustos, setos y tapias- ante la carretera. El centro del pueblo lo forma una aglomeración de boutiques de lujo. Muy cerca está la misión de San Carlos Borromeo del Carmelo. Aparcamos ante el portón. Nada más traspasarlo se nos solicita una contribución, voluntaria, que depositamos en una urna de cristal. Salimos a un jardín cuidado con esmero: senderos de tierra, pequeños macizos de flores. Enfrente la fachada de la iglesia, blanca, rematada en arco, va flanqueada por dos torres. La de la derecha, más ancha, con dos ventanas en el campanario, aguanta una pequeña cúpula. La portada clásica está labrada en piedra. Encima, un ventanal como una estrella de cuatro puntas. Me quedo solo un rato. Entro en el templo: planta rectangular, bancos de madera, el dorado opaco del retablo al fondo, algunos cuadros sobre los muros claros, recorridos por un adorno de motivos geométricos, recuerdo del que pintaron (lo sabré después) los indios. La bóveda semeja el casco de un barco. Los ojos se me llenan de lágrimas. La emoción procede seguramente de la fe que el templo transmite sin una sola nota falsa. Vuelve S. y nos dirigimos a una capilla. Un arco de piedra con traza moruna da paso a un simple cubo, techo de madera pintada, un retablo con una Virgen española en el centro. Lo que me ha impresionado, ahora lo comprendo, es también lo profundamente español que es el templo. De antemano, se ha renunciado aquí a todo lo que no sea evocación de lo divino. Universalidad del catolicismo en lo que tiene de español: consonancia perfecta con lo que nos rodea. No hay aquí voluntad de trascendencia, ni misterio. Trascendente es lo español cuando trata de expresarse como tal. Misterioso, aquello que intenta ocultar un fallo en la fe. Cuestiones todas, en el fondo, de poder. Ante lo ininteligible -la naturaleza americana, la dimensión continental, las culturas indias-, la misión de Carmel adopta una actitud de reconocimiento, tan pura que apenas se atreve a ser dicha.Visitamos el cementerio contiguo, donde descansan los restos de frailes y restauradores en tumbas señaladas por unos cantos rodados, unos tiestos, cruces plantadas en el suelo. En el centro una más alta, con una lanza apoyada en cada brazo, recuerda a los misioneros y a los cientos de indios aquí sepultados. El resto del recinto es una reconstrucción. La habitación de fray Junípero Serra está amueblada con un catre de tablas, una silla, una mesa. De la pared cuelgan un cilicio y una manta india. Fantasía ejemplar.

La carretera continúa por entre una serranía áspera que se precipita en el océano. Abajo las olas baten unas rocas negras, de bordes afilados. Estamos siguiendo, dice S., el trazado del Camino Real español, en uso cuando se fundaron las misiones a finales del siglo XVIII. Anacronía del gesto. Es cierto, pero tal vez ese desapego de lo mundano explique la dignidad de una vía de conocimiento común a la cultura española y a la americana. Esto no es un accidente, ni un encuentro, como se dice ahora. Es algo esencial a las dos, de lo que ambas parten y que en algunos lugares, en algunas obras, se manifiesta con una capacidad de integración asombrosa.El camino se torna cada vez más arisco. S. había hecho el trayecto una vez, hacia San Francisco. La costa estaba entonces cubierta de una niebla espesa y, como veía árboles al lado de la carretera, suponía que atravesaríamos un bosque. No hay tal, salvo en Big Sur, cuando nos internamos en un valle. Al pasar por San Simeón dejamos a la izquierda la carretera que trepa hasta el castillo de Hearst, cubierto de nubes. Llegamos a Santa Bárbara. Sus habitantes se niegan a que la autopista atraviese la ciudad e interrumpen el tráfico con semáforos que dan paso a calles de nombres impertinentes: Santa Claus Drive, Salsipuedes St. La misión está rodeada, como en Carmel, de casas de lujo. Aristocracia de lo español, más impúdica aquí. Desde el pie de la fachada monumental una pendiente mansa, cubierta de césped, desciende hacia la costa salpicada de islotes plantados de palmeras y bambalinas, que corona el resplandor rojizo de unas hogueras gigantescas. Son plataformas petrolíferas, embellecidas. La autopista transcurre curre ahora al borde del agua. Suavidad del movimiento, que abraza en una curva amplísima una bahía abierta. El océano es una lámina de turquesa viva. Al fondo, la silueta traslúcida de la Isla de Santa Cruz.Notamos el cansancio al pasar por Ventura y entrar, definitivamente, en la aglomeración de L. A. En la radio cogemos una emisora hispana. Canciones religiosas: una versión aparatosa del Padre Nuestro: secuela un poco turbia de la religión que los españoles no supieron inventar. La emisión queda interrumpida por problemas técnicos. En otra, María Dolores Pradera está cantando La flor de la canela. Recuerdo una conversación con G. M. en Madrid: lo único que mantiene la presencia española en América son los cantantes.

18 de agosto

Vamos a ver Do the Right Thing. Cine yuppie, situado en un barrio judío con una vida de calle en trance de perderse. Cerca estaba un local de espectáculos, ejemplo del diseño limpio, oceánico, de los años treinta. Ardió hace poco tiempo y han derribado los restos a toda prisa. A la salida, S. habla de la desintegración de la comunidad negra, modelo de otra de dimensiones mayores. La sociedad entera, tal como la describe la película, se construye según un modelo de dispersión tan intensa que cualquier contacto entre los fragmentos suscita la devastación. Pero más sintomático aún, le digo, me parece la autocomplacencia que destila toda la película. Vamos a cenar a Santa Mónica Blvd., en West Hollywood. Nos instalamos en una pizzería abierta a la calle. Una pareja de sordomudos se comunica por señas. Un chico, con un cachorro recostado a los pies, le lee las cartas a otro que se ha sentado hace un momento frente a él. A nuestro lado se colocan cuatro muchachos vestidos de negro, cruces, cadenas, pendientes. Uno de ellos lleva minifalda y medias de malla. También estos sacan una baraja. (Cerca de Santa Bárbara, un cartel al borde de la autopista: una inscripción -PALMISTA-; encima, en negro, la palma de la mano izquierda.) Por el bulevar pasan muchos hombres, de todas las edades, a veces solos, otras de dos en dos, en ocasiones cogidos de la mano. Entramos en un local. Es amplio, está bien iluminado pero, no sé por qué, resulta incómodo. El deseo está arrasado, aunque tal vez tenga esto algo que ver con mi historia, aún reciente, con C. Al salir atravesamos un corrillo de gente que charla, de pie, ante un portal. Una placa discreta informa que se trata de un local de Alcohólicos Anónimos.

19 de agosto

Una galería de arte de La Brea Ave. expone testimonios fotográficos de unos happenings celebrados a finales de los años sesenta: un cuerpo masculino envuelto en trapos, entubado, manchado de un líquido negro. S. comenta que el artista, en una de estas acciones, se seccionó la polla y se de sangró hasta morir. En otra galería cuelgan grandes clichés que recrean, en claroscuros contrastados y colores saturados, algunos motivos barrocos: naturalezas muertas, pájaros exóticos, la lucha de Jacob con el ángel. Nos encaminamos al Museo del Condado. A la entrada una lápida negra da cuenta de los nombres de quienes han contribuido al esplendor de la institución. Las salas almacenan los lotes que esta gente ha ido donando. Los muebles, las cerámicas, los objetos de adorno merecen el mismo tratamiento que la pintura o la escultura. También hay plantas. Han colocado una palmera enana delante de un cuadro: la luna reflejada en un río: pinceladas blancas, densas, aplicadas al desgaire sobre una franja negra que cruza en diagonal toda la tela. Vamos a ver las obras de los paisajistas norteamericanos del siglo pasado, enfrentados con una naturaleza que desborda todas las convenciones del género: campos de color, distancias abolidas por la luz, figuras perdidas en un espacio abierto, imposible de jerarquizar.

Dejamos el coche cerca de Broadway, una avenida construida en los años de gloria de la industria cinematográfica. Torres platerescas, galerías góticas, fachadas babilónicas. El L. A. Theatre acumula volutas sobre una idea ya de por sí recargada de lo que pudo ser el barroco francés. Antes de llegar hemos pasado por delante de un cine cubierto de bajorrelieves multicolores, aztecas o mayas. El edificio paredaño, de estilo español, es ahora un centro de acogida para gays indigentes. Muchos de estos edificios están vacíos, algunos como destripados: cañerías reventadas, cristales rotos, marquesinas desprendidas. Los hay con señales de incendio en los muros. Bajo el antiguo esplendor una muchedumbre hispana, de compras en la tarde del sábado, ocupa las aceras, desborda sobre la calzada. Hay algún que otro negro, pero nosotros somos los únicos blancos. Entramos en una tienda de discos. Dos muchachos se pelean a grito limpio, con improperios rituales: macho, pelotas, joto. En una galería comercial S. quiere enseñarme las imágenes religiosas: Cristos que sangran luces púrpura, Dolorosas ensartadas por puñales de neón, mártires que chorrean azules, morados y verdes. Pero también este esplendor va desapareciendo, sustituido por un único modelo de figura sacra encerrada en una urna de cristal, con un espejo oscuro, de fondo, que refleja hasta el infinito un círculo de bombillitas multicolores. Alguna lleva incorporada un reloj o un termómetro. S. relaciona la decadencia con la aparición de los comerciantes coreanos. Muchas de las tiendas, efectivamente, parecen estar a su cargo. A la vuelta tomamos una cerveza en un local grande y destartalado, abierto a la calle, los techos altos engalanados con farolillos y guirnaldas de papel. Hay muchos hombres solos, pero también familias que comen y beben. Sobre una tarima, tres músicos acompañan a una mujer vestida de negro que vocea una canción desgarradora, invocación de la muerte y del olvido. Me he quedado sin tabaco y le compro un paquete a un niño que circula por entre el público. “No sabía que hablaran español.” El chico sonríe sin parar, la mirada un poco extraviada.Cerca del coche, una mujer andrajosa que empuja un carrito de supermercado cargado de bolsas se desploma y arrastra en su caída toda la impedimenta. La gente parada en la cola del autobús le ayuda a incorporarse. Son las siete de la tarde. A medida que los comercios van cerrando, la calle, cada vez más vacía, cubierta de papeles y plásticos, se puebla de jóvenes apoyados en las paredes, quietos.

Cenamos en Olvera St. Al lado del parking se eleva una humareda, relumbran unas llamas. Empiezan a llegar los bomberos. Pasamos por el recinto vallado que alberga la capilla dedicada a Nuestra Señora la Reina de los Ángeles, iluminada por decenas de velas, al fondo de una nave oscura y en silencio. Por aquí estaba el emplazamiento primero de la ciudad, aunque nadie sabe a ciencia cierta dónde. Mexicanada, en Olvera. Pero la noche es espléndida, incluso los mariachis nos respetan cuando nos oyen hablar en español.

A la entrada de una discoteca de gays hispanos nos hacen esperar unos minutos. El local es una caja alargada, de techos bajos, con las paredes forradas de papel de plata, que desemboca en una pista de baile abarrotada. Abundan los hombres de mediana edad, gruesos, con bigote. Hay parejas que bailan agarrados: grupos ya borrachos, unos muchachos que hablan y se acarician entre ellos. Un hombre rubio, joven, con los ojos desorbitados, las pupilas dilatadas. Suenan, atronadoras, “meras cumbias”, como dice un amigo de S.; pero resulta imposible bailar en un sitio como éste. Cuando llegamos a ¡Le Bar! un individuo enfundado en un pijama de satén colorado se contorsiona en el escenario. A poco empieza a desprenderse de su atuendo. Con un tanga minúsculo por toda vestimenta, pasea entre las mesas con la intención de que el público le meta dinero en la ingle. Vuelve a subir y anuncia, en inglés, la próxima actuación. Desde el fondo avanza un travestí enlutado pálido, el pelo recogido en un moño. Suena una canción de Rocío Dúrcal. El travestí se estremece, mueve los labios ante el micrófono, mima y recita algo que no tiene nada que ver con lo que se escucha en los altavoces. A veces, un gesto brusco interrumpe el fluir secreto.

20 de agosto

Por la televisión entrevistan ante un público atento a hombre de unos cuarenta años, bien vestido. Cuenta, con soltura, que iba conduciendo cuando escuchó a Dios, que le hablaba. Dios le ordenó que se detuviera. Le dijo que debía mantenerse en el camino recto, que fuera de él sólo hallará el dolor y la muerte.

Vamos a Venice, a la playa. Pereza: arena blanca, olas regulares, el sol, que inunda la bahía desde Malibú a Palos Verdes. Almorzamos en un café del paseo, por el que transita una muchedumbre ataviada sucintamente, con un toque de extravagancia. Se detiene, indolente, ante alguno de los espectáculos callejeros, fotografía a los forzudos de Muscle Beach, compra camisetas o gafas de sol en los tenderetes. Parece olvidada de los lazos que a cada uno le unen a su comunidad. Al menos, negros, hispanos, blancos y orientales comparten el espacio. Recuerdo la playa de Copacabana. ¿Imposible, aquí, aquella mezcla? En un radio cassette colocado sobre el asfalto suena Fight the Power, la música de Do the Right Thing. Recorremos Venice hasta el final, allí donde subsisten los restos de lo que iba a ser la Venecia del Pacífico. Unas cuantas arcadas clásicas, una columnata, unas ventanas con adornos góticos: la plaza de San Marcos, el palacio de los Dogos. Los puentes cruzan unos canales estrechos, flanqueados por casas de lujo: césped hasta la ribera, tumbonas, palmeras, macizos de adelfas. Hasta hace poco, dice S. esto era un suburbio degradado, lo que quedaba de cuando aquí se descubrió petróleo y quedó abandonado el proyecto veneciano. Volvemos a L. A. por la autopista de Santa Mónica. El tráfico es denso, pero se circula con velocidad, con disciplina. Cerca de casa entramos en un local para ADULTS, echamos una ojeada y compro literatura pornográfica.

21 de agosto

Poco antes del mediodía salimos para Pasadena. En el Elysian Park atravesamos una nube espesa de humo. Probablemente están fumigando: para acabar con las plagas de insectos utilizan un producto que corroe la pintura de los automóviles. Ya en Pasadena aparcamos al lado de un edificio cuadrado, de inspiración hindú: torres en las esquinas, pasarelas, cúpulas. Dejo a S. ante un banco y me encamino a un campanario catalán, o toscano, que veo enfrente. Me sale al paso, un monumento barroco, coronado por una gran cúpula. Detrás se encuentra una iglesia gótica; a su lado están construyendo un inmueble postmoderno. Al doblar una esquina me encuentro con la oficina de correos, un palacio italiano del siglo XV. Regreso al coche y espero un rato a S., que tarda más de lo previsto. Tengo ganas de mear. En un parque próximo hay unos servicios públicos pero las puertas están cerradas con llave. Muy cerca hay dos hombres negros, uno de los cuales está meando contra una tapia. Doy media vuelta. Pocos metros más allá oigo unas voces. Sigo mi camino y casi de inmediato escucho un grito y una china me golpea la espalda. Cuando me vuelvo, los dos negros se ponen a gesticular.

S. ya ha vuelto. Cogemos una autopista que bordea por el norte el valle de San Fernando. Detrás de las colinas de Hollywood aparecen, fantasmales, envueltos en un halo anaranjado, los rascacielos de downtown L. A. Cruzamos San Fernando, nos internamos en Topanga, pasamos unas colinas despobladas, cubiertas de monte bajo y seguimos hacia el sur por la autopista de la costa. Las casas de Malibú, pegadas unas a otras, ocultan el océano. En los huecos, la mirada resbala hasta Palos Verdes por la superficie azul, ahora más luminosa que el cielo. Paramos a cenar en el muelle de Santa Mónica. Estamos acodados a la barandilla de madera cuando se nos echa encima un helicóptero con un foco que rastrea en círculos breves el límite entre el agua y la tierra firme. Se pierde de vista al aproximarse a la zona del aeropuerto. Las luces de los aviones se elevan sin descanso hacia poniente, se dispersan, se desvanecen en la oscuridad. En una verja del muelle hay colocado un letrero: NO TRESPASSING. Al lado, la traducción: NO HAY TRESPASO. Una chapa metálica lleva inscrito un AVISO RELATIVO AL PESCADO DEPORTIVO. Nos advierte que los peces de la zona contienen TRAZAS DE QUÍMICAS y que su CONSUNCIÓN puede ser perjudicial para la salud. En los servicios del restaurante han colocado una pizarra. Diccionario.Por la televisión están pasando Blade Runner. Reconocemos algo de lo que hemos visto en Broadway, el One Million Theatre y el edificio Bradbury, plasmación arquitectónica del sueño de un socialismo americano. La realidad es más dura que la fábula bienintencionada de la película. Parece una metáfora de la situación creada por el sida, dice S. Habla del miedo al sexo que se ha apoderado de los norteamericanos y vuelve a lo que el sida ha quebrantado. En unos cuantos años, añade, hemos sido testigos de la invención de una identidad homosexual: de la euforia militante de los primeros momentos, de los esfuerzos de normalización, de su acabamiento, al fin, y su ruina.

22 de agosto

Por la tarde damos un paseo hasta Griffith Park. Desde el Observatorio se domina la ciudad hacia el sur. A la derecha, al fondo, Westwoods, delante los rascacielos de Century City desde donde parte la línea recta de Wilshire Blvd. hasta alcanzar el conjunto de downtown. Detrás, la bruma cubre la antigua zona industrial ahora devastada. Al este, las dos colinas que arropan Silver Lake se confunden en una. El atardecer, de una placidez honda, como inextinguible, se ha incendiado en malvas, fucsias y rojos. Maravilla de la luz, que se atribuye al smog. ¿Sería menos hermoso sin eso? Recogemos a P. en su casa, una fantasía francesa gris oscuro, chimeneas de mármol, rosas en el centro del jardín. Nos encaminamos al Cajun, a tomar martinis con jalapeños. Lo han cerrado y S. atribuye el descenso de clientes al infarto sufrido por el chef. Entramos en un restaurante de cocina tex-mex, en Melrose Blvd. Cerveza mexicana y vino californiano, “burgundy”, es decir tinto. Aquí todo el vino tinto es “Burgundy”. Diversión y borrachera.

23 de agosto

Seguimos Wittier Blvd. Hasta East L. A. Pronto entramos en la ciudad hispana. Son casi tres millones de hispanos los que aquí viven, y siguen aumentando. El inglés, a estas alturas, se ha desvanecido. Los carteles anuncian TROCAS, MEMBRESÍA, BOTICA, LECCIONES DE AMNISTÍA, LONCHES. El gueto crea su idioma: parodia del original, traslación del dominante. El desparpajo se funda en la ignorancia pero también en la necesidad de nombrar nuevas cosas. Reinvención del español. Le digo a S., que se ríe, mi tristeza por la previsible pérdida de esa riqueza. Mejor así, más vale que toda esta gente se adapte cuanto antes. Entretanto, los hispanoparlantes habrán dejado perder todo un universo de signos. Los murales de East L. A.: nostalgia de la raza, anuncio de un apocalipsis ocurrido hace centenares de años, tal vez metáfora de otro que está aconteciendo aquí, ante nuestros ojos. Intentan apuntalar una identidad colectiva con naves extraterrestres que vomitan reyes aztecas, figuras cotidianas de perfiles realistas, cruces que parecen ideogramas, slogans en colores fosforescentes. En medio de la selva, un cementerio anglosajón. El césped aparece sembrado de lápidas verticales, árboles aislados, algunas flores. Ante la reja de una de las puertas está parada una limusina gris.

Volvemos a Malibú para visitar el J. Paul Getty Museum. Después del jardín, lo primero que se ofrece al visitante es un aparcamiento subterráneo. Subimos unas escaleras y nos hallamos en una villa romana reconstruida con precisión alucinante: columnatas, estanques, mosaicos, frescos ornamentales. Hiperrealismo aplicado a un sueño, con la complicidad de la luz mediterránea. El recinto incita a la hilaridad: una risa bienhumorada, sin ironía. Echamos un vistazo a la colección de arte antiguo. Todo me parece falso. En la galería de pintura me ocurre lo mismo. Soy capaz de remedar la emoción estética porque conozco sus mecanismos pero la indiferencia es completa. El museo ha transformado la obra de arte en una reproducción de sí misma. Regresamos por Pacific Palisades y Beverly Hills. Opulencia, tranquilidad, silencio. Un magnate de la televisión se construye un palacio francés. En el centro de un jardín se alza la casa de los enanos de Blancanieves. En Rodeo Drive, los precios son tales que uno debe rendirse a la evidencia: los objetos a la venta no son más que el signo del valor monetario que se les ha asignado. Una galería de arte expone unas alegorías barrocas de tamaño descomunal, emborronadas de colores agrios.Dejamos atrás un edificio azul celeste, la sede de la secta de la Cienciología. S. ha trabajado con ellos en alguna ocasión. Tienen asignados nombres en código que utilizan para hablar entre ellos. Algo como S-19, C-23, B-4. Nunca dejan de sonreír.

24 de agosto

Ceno en casa de P. Nos acompaña una amiga suya que trabaja en una revista escrita en inglés para el público hispano. Tirada: 1.200.000 ejemplares. Es angelina y finge sorprenderse cuando le digo lo mucho que me gusta su ciudad. Luego, larga conversación con P. Criada y educada en Madrid, aunque nacida en L. A., vive aquí hace más de seis años. Durante mucho tiempo estuvo dudando entre quedarse o regresar a España. Cuando ya lo tema todo empaquetado, decidió seguir en L. A. Está contenta con su trabajo. Dice que ya ha aprendido bastante y que ahora quiere ganar dinero. Seguramente volverá, pero no desea hacerlo con las manos vacías. Hablamos de los españoles en L. A. No son muy numerosos y P. no los frecuenta Muchos, afirma, vienen buscando lo que tienen en casa: las terrazas, los bares, las cañas. Para eso no hace falta desplazarse.

25 de agosto

Paseo un buen rato por Santa Monica Blvd., Hollywood, Sunset. Un anuncio gigantesco aplasta la capilla que lo soporta: THE FAMILY THAT PRAYS TOGETHER STAYS TOGETHER. En un jardín público, un comité de solidaridad contra el sida ha instalado un campamento de tiendas multicolores Compro los diarios de Andy Warhol.

Almuerzo con S. en un café judío. Recordamos los problemas del coche. Si se le estropea ahora, dice, vuelve a Madrid de inmediato. El problema de S. no es su aparente soledad, ni la falta de tiempo para hacer lo que quiere hacer. Consiste en los muchos años que lleva aquí. Después de eso, resulta difícil identificarse con colectividad alguna. Hay que aprender a vivir con ese vacío, sin que quepa la posibilidad de adscribirse a ninguna comunidad de las que se han ido formando, ni, menos aún, la de incorporarse de nuevo a la que ha quedado atrás. S. y P., cada uno a su modo, han recorrido por propia voluntad un camino que conduce a algo que a otros nos ha venido dado desde la infancia: la impresión, cuando uno habla con muchos de sus compatriotas, de que, siendo el código común, son distintas las cosas, las ideas y los afectos a los que remite. La impresión no se pierde, al contrario, se intensifica con el tiempo. Pero tampoco acaba uno de habituarse a ella. En estas condiciones, quizá valga más perderse en una lengua de verdad extranjera, mejor cuanto más contaminada, más desértica. Despedida. “¡Cuídate, por favor!” S. se aleja a grandes pasos, la espalda recta, los brazos un poco separados del tronco.

Al poco rato llega el coche que me conducirá hasta el aeropuerto. El chófer, argentino, lleva veinticinco años viviendo en L. A. Dice su hastío, pero no sabría adónde ir. Mi compañera de trayecto es una mujer mayor, enjoyada, reflejos caoba en el pelo. Vuela para Seattle y está dispuesta a conducir hasta allá si continuamos los tres juntos. Despegamos con destino a Madrid a las seis y media, un poco más tarde de lo previsto. La ciudad está cubierta de bruma. De la extensión gris sólo despuntan las cumbres de las colinas de San Gabriel. Cerca flotan algunas nubes blancas, rizadas. Leo un rato. Ya es de noche en el morro del avión. Atrás se advierte todavía, a lo lejos, una franja luminosa con los colores del arco iris.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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