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Os lo dije, j…s merluzos

El Muro de Berlín no cayó en 1989. Cayó en 1973, cuando se publicó en París Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsin. La obra, que describía lo ocurrido en los campos de concentración soviéticos, acabó con el prestigio del comunismo (es decir, del socialismo) en las democracias occidentales. A partir de entonces se pudo tomar la iniciativa para acabar con un sistema que parecía destinado a durar por toda la eternidad. Por eso se puede argumentar que 1989 sólo es concebible tras de aquella revelación. También se puede argumentar que la revelación de Solzhenitsin no habría sido fructífera de no haber aparecido unos años antes, en 1968, El Gran Terror, del historiador británico Robert Conquest, que acaba de fallecer a los 98 años.

 

Solzhenitsin y Conquest se beneficiaron del clima de rebelión antiautoritaria de los años 60 y 70, pero no lo tuvieron fácil. Al contrario, como escribió luego Conquest, la mera existencia de la Unión Soviética distorsionaba la forma en la que mucha gente veía el mundo. En cierto sentido, Conquest descubrió pocas cosas. Lo datos que manejó estaban al alcance de los historiadores desde el deshielo de Jruschov. Él supo ver lo que significaba aquello a lo que muchos intelectuales de la época se negaban a dar sentido: por ejemplo, que los procesos que tuvieron lugar en poco más de un año, entre 1937 y 1938, fueron el resultado de una voluntad deliberada de acabar con cualquier disidencia (800.000 personas asesinadas). Por eso El Gran Terror resultó tan demoledor. Vino luego el volumen sobre las hambrunas entre 1929 y 1931, en el que Conquest detalló la matanza de entre quince y treinta millones de personas ordenada por Stalin y ejecutada por el método de cortar los suministros. En 1990, se reivindicó con una reedición de El Gran Terror, que su amigo Kingsley Amis propuso titular “Os lo dije, j…s merluzos”.

El debate intelectual sobre la Unión Soviética está cerrado. Aun así, ya desde los tiempos de publicación de “El Gran Terror” se empezó a preparar la restauración del socialismo, una nueva “deseabilidad de la revolución”, por decirlo en términos foucaultianos. Hoy la ola, minoritaria hasta aquí, ha prendido en la opinión pública. Mucha gente se siente otra tentada por la negación del pluralismo, del sentido reformista, del debate y la negociación de realidades prácticas. Volvemos a las grandes mentiras. Conquest, que describió las consecuencias de esta actitud, seguirá con nosotros.

La Razón, 07-08-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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