«I masnadieri». El Verdi ultrarromántico

El drama romántico de Schiller y Verdi, «Los bandidos», sube al escenario del Teatro Real en versión de concierto. No forma parte del canon verdiano, pero sigue ejerciendo un atractivo secreto, e irreprimible, para los verdianos auténticos.
Schiller (1759-1805) escribió Los bandidos (Die Räuber) con 22 años. Fue su primera obra de teatro y un aldabonazo en la conciencia y la estética alemana. Por mucho que la obra forme parte del movimiento Sturm und Drang (“Brío y Tormenta”), nunca se había visto en escena una tal explosión de inmoralidad, brutalidad y blasfemia, expuesta sin la menor intención moralista. La acción corre a cargo del joven Karl Moor, que se pasa a la vida salvaje tras recibir una carta, falsificada, en la que su padre le deshereda por llevar una vida disipada en Leipzig, donde anda estudiando, por así decirlo. El estreno provocó una fiebre de rebelión entre los jovencitos de buena familia y el propio Schiller, tras revisarla en dos ocasiones, se distanciaría de ella. Años después, en 1846, Verdi, interesado siempre en la intensidad dramática y en las más zonas más turbias y oscuras del alma humana, decidió ponerla en música.
Encargó el libreto al conde Andrea Maffei, amigo suyo y traductor de Schiller al italiano. En principio, la elección era perfecta. Nadie conocía a Schiller mejor que Maffei y nadie mostraría tanta sensibilidad como él ante el proceso de la creación artística. El resultado no fue bueno. Maffei no era uno de esos libretistas profesionales, como Temistocle Solera, capaces de despedazar la obra original sin el menor reparo, pero también de ofrecer libretos de primera calidad dramática. Le sobraba respeto, apunta Julian Budder. O tal vez carecía de experiencia teatral.
El caso es que convirtió una obra maestra en una sucesión de escenas estáticas, con escasa continuidad y bastantes de ellas sin justificación. Hizo bien, por ejemplo, en trasladar al principio el monólogo de Karl o Carlo Moor leyendo a Plutarco (“Quando io leggo in Plutarco”). Pero este arranque espléndido no conduce a nada, a diferencia de lo que ocurre en Schiller. Como era obligado, Maffei simplifica. Reduce la fabulosa colección de bandidos a un coro, rescatando sólo a uno de ellos. Suprime las intrigas por el poder en el grupo de bandoleros. Pero convierte el primer acto en un sucesión de monólogos. Y deja sin causa dramática el apuñalamiento de Amalia por Carlo, su amante.
Y sin embargo Verdi, en contra de sus costumbres, dejó hacer a Maffei y aceptó el libreto sin rechistar. Sentía devoción por Schiller, del que ya había adaptado Juana de Arco (Giovanna d’Arco) en el registro sublime, y del que más tarde pondría en música la tragedia burguesa de Luisa Miller y el grandioso drama histórico sobre Don Carlos. Quizás por eso, vio en la adaptación de su amigo -con el que no volvería a trabajar- una oportunidad inédita. Resulta significativo que el malvadísimo Francesco (Franz) Moor, hermano del protagonista, cante una de las más nobles, apasionadas y pegadizas declaraciones de amor (“Io t’amo, Amalia”) de toda la historia de la ópera. También es significativo que el gran coro de los bandidos del acto III (“Le rube, gli stuppri, gl’incendi, le morti” – “Saqueos, violaciones, incendios, asesinatos”) no los haga antipáticos. (No se sabe lo que la muy hipócrita reina Victoria, que asistió al estreno en Londres, pensaría del asunto).
Si Schiller criticó su obra de juventud, no fue solo por su inmoralidad, sino también porque Los bandidos rompe con la estética clásica y abre el camino a otra, nihilista, de confrontación total del individuo con la sociedad. De hecho, cuando un sacerdote le niega la absolución, el malvadísimo Franz se comporta como un libertino ilustrado. En términos literarios, un clasicista que habría renegado de la anarquía emocional y estética de la obra en la que participa. De ahí la rebelión de Karl, podría decirse.
Paradójicamente, el libreto de Maffei deja a los personajes desvalidos, sin apoyo dramatúrgico, ante sus pasiones desbordadas. Y Verdi encontró ahí la posibilidad de recuperar Los bandidos para una forma de clasicismo, componiendo una tragedia que no necesita elementos exteriores, como la unidad de acción o de tiempo, y se funda en cambio en algo interior que cuaja, como apuntó Charles Osborne, en la tensión entre la generosa belleza de las cavatinas, la excitación de las cabalettas, de las más electrizantes de Verdi, y el canto muy adornado de Amalia. Para terminar con el trío final con coro (“M’ama quest’angelo”) en el que el desarrollo aparentemente estático de un motivo melódico continuo y en tempo lento va cargándose de intensidad… hasta el asesinato de la muchacha. Quizás Carlo, que no aguanta al ilustrado arrogante que es su hermano, ha perdido la paciencia ante los malabarismos canoros de su novia.
Ópera Actual, 12-25

