Marina

Madrid. Teatro de la Zarzuela

Arrieta, Marina

M. Cantarero, C. Albelo, J. J. Rodríguez, S. Orfila, G. Bullón, A. Urruzola

Dir.: C. Soler. Dir. esc.: I. García

15 de marzo

Los españoles somos el pueblo menos romántico del mundo, por lo que no debe extrañar que aquí no se hayan compuesto grandes obras operísticas. Una de las excepciones es Marina. Un hombre genial, como fue Emilio Arrieta, un ambiente vibrante, como era el Madrid de mediados del XIX, y el apoyo del poder público, en particular de la Reina, ayudan a comprender el milagro. Desde entonces Marina está grabada en el disco duro de la cultura española, hasta el punto que ni siquiera veinte años de desprecio a cargo de unos responsables sumidos en un papanatismo insondable la han hecho desaparecer de nuestra memoria.

 

Así que Marina volvió a la Zarzuela –debía haber vuelto al Real desde el principio- con todos los honores, eso es verdad. Los responsables pusieron en escena la ópera tal como se estrenó en 1871, con la edición crítica de Mª Elena Cortizo. Pudimos escuchar por tanto dos piezas olvidadas: una encantadora sardana y un dúo de acentos verdianos entre Roque y Marina. En el papel arriesgado y un poco ingrato de Marina, que a pesar de su importancia sigue dejando el protagonismo a sus compañeros masculinos, Mariola Cantarero lució su voz amplia y flexible, excelente en las medias voces y en los filados, además de expresiva. Algunos problemas en los agudos, que a veces se abren, y algunas notas caladas no empañaron lo esencial. Celso Albelo se lució en un cometido dificilísimo, entre otras cosas porque en este papel todo el mundo recuerda una de las grandes estrellas tenoriles del siglo XX. Albelo ejerció de krausista (en el buen sentido), con elegancia, una línea de canto cristalina, un uso perfecto de los reguladores. Habrá de evitar alguna nasalidad, pero eso es lo de menos. En el papel de Roque el barítono Juan Jesús Rodríguez exhibió una voz potente, limpia, extremadamente musical. Toda una lección de canto y dignidad escénica. Simón Orfila cantó un Pascual modélico por la densidad de la voz, la amplitud, la variedad de registros y la inteligencia. Muy bien los demás, entre ellos varios miembros del Coro, el titular del Teatro. Todos, se habrá observado, cantantes españoles… El coro, tan importante en esta ópera, estuvo magnífico, rotundo y lírico cuando hace falta. La Orquesta de la Comunidad de Madrid, muy bien, y la dirección de Cristóbal Soler, aunque le faltó un poco de chispa, acompañó con cuidado a los cantantes.

La dirección escénica de Ignacio García resultó poco mediterránea. A veces parecía desarrollarse en un fiordo noruego. Aun así, eso fue un detalle dentro de un concepto respetuoso, inteligente, que supo mover a los cantantes, con una escenografía práctica y bien resuelta. Gran noche, de las que se recuerdan y se agradecen.

Ópera Actual, 04-13