«La novia vendida». El patriotismo musical de Smetana

En 1866 se estrenó en Praga «La novia vendida», una comedia inspirada en Mozart que se convertiría en la primera ópera nacional checa.

En 1786 se representó en Praga Las bodas de Fígaro, y un año después, Mozart estrenó Don Giovanni en el Teatro Estatal de Praga. Mozart apreciaba la sensibilidad musical de los habitantes de la capital checa, y estos adoraban al genio mozartiano. La vida musical de Praga dejó luego de ser tan brillante, pero el recuerdo de Mozart no se apagó nunca, y Don Giovanni volvió a estrenarse allí, esta vez traducido al checo, en 1825. Pronto la música había empezado a dar forma a la incipiente reivindicación, tan propiamente romántica, de la identidad checa. Se recordaba la era de la independencia política, hasta principios del siglo XVI, y la pervivencia de unas tradiciones propias después de la incorporación al Sacro Imperio Germánico y más tarde al Imperio de los Habsburgo. El recuerdo y la nostalgia dejaron paso a la política con la Revolución de 1848, que fracasó y dispersó al movimiento patriótico, y luego en 1866, con la guerra entre Prusia y Austria.

El arte era parte esencial de este movimiento de autodescubrimiento y reinvención. La música, con su inigualable poder de evocación y de emoción, estaba destinado a ser uno de los principales cauces por donde discurriera esta tendencia política. Bedřich (Federico) Smetana (1824-1894) se había criado en una familia de empresarios con aficiones musicales y desde pequeño vivió de cerca, en los diversos pueblos y ciudades donde vivió, las costumbres y los gustos musicales de sus compatriotas bohemios. También sintió el tirón de exaltación nacional, que le llevó a admirar a Berlioz (quien visitó Praga en 1846) por su exuberancia musical y su compromiso con la gloria de la nación francesa. Muy lógicamente, se acercaría a los grupos políticos patrióticos, en los que militaba Karel Sabina, el futuro libretista de La novia vendida. Y, como es natural, quiso reflejar en su obra musical el genio del pueblo checo. Ahí están sus polkas, que aspiran -y consiguen- hacer lo que Chopin hizo de la mazurka y la polonesa: una expresión del alma checa, sus paisajes, sus costumbres y sus emociones, como dice su biógrafo Brian Large.

La ópera nacional checa

Como estaba sucediendo en muchos otros países, en particular en España, la relación de la música con las virtudes patrióticas se centró pronto en la ópera. Siguiendo el modelo alemán establecido tras el Freischütz de Weber, estrenado en 1821, la ópera checa debía escribirla un compositor de nacionalidad checa, con un tema sacado de la historia del país, basado en material musical propio, y en checo. Es lo que se propuso hacer Smetana cuando empezó a trabajar en La novia vendida en 1862. Los problemas de la empresa eran grandes. Nadie había escrito nunca una ópera checa, ni existía el menor modelo para algo parecido. También había algunas ambigüedades características. Smetana, germanoparlante, no dominaba del todo el checo, que estaba excluido de la administración estatal y de la enseñanza, y los primeros borradores de la obra fueron escritos en alemán, la lengua del Imperio. El propio libretista tenía fama de haber estado al servicio de la policía imperial, lo que le condenó al aislamiento en su propia ciudad. El modelo wagneriano, por otra parte, no servía de mucho, por la complejidad de su lenguaje musical, poco susceptible de movilizar al gran público. La salida, falsa, consistía en volver a la imitación de las formas operísticas italianas.

Smetana y Sabina encontraron otra solución. El libretista inventó una historia que podría pasar por un cuento fácil de insertar en la tradición popular checa -como en cualquier otra, dicho sea de paso-, y Smetana se inspiraría en el gusto musical de su pueblo. Nunca le había gustado tomar prestadas melodías populares y La novia vendida no iba a ser la excepción. Apenas hay una cita, de paso, y el peso de lo popular recae en la reinvención rítmica y melódica, y en los coros y en las danzas -una polka, una skočná y una furiant-, dos elementos continuamente presentes y que le dan a la obra toda su vivacidad y su carácter, que arrancan desde la irresistible obertura. Un himno a la cerveza termina de aclarar el asunto.

En su primera versión, estrenada en 1866, La novia vendida se desarrollaba en dos actos, y lejos -gracias a Dios- de cualquier tentación wagneriana, en números cerrados con partes habladas, como la zarzuela. Fue el estreno en San Petersburgo (más ambigüedades a propósito de la nacionalidad de la obra) lo que llevó a Smetana a tratar los diálogos como recitativos con orquesta, habiendo alcanzado para entonces los tres actos de que constó a partir de ahí. El éxito se debe, sin duda alguna, a la invención melódica, los bailes, la ligereza y el buen humor de toda la obra. Se ha hablado, con justicia tratándose de un gran mozartiano como Smetana, de unas Bodas de Fígaro pastoriles. Más que una exaltación nacionalista, siempre sobreactuada, constituye una evocación patriótica comprensible dentro y fuera de la nación checa, una invitación amable y sonriente a revivir por un rato una forma de ingenuidad de la que ninguna comunidad humana puede prescindir del todo. Una obra maestra de la música y de la historia intelectual y sentimental de Europa.

Ópera Actual, 04-26

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