De Perrault a Bartók. Barba Azul reivindicado

En 1918 se estrenó en Budapest El castillo de Barba Azul, ópera en un acto con música de Béla Bartók y libreto de Béla Balász, escrita siete años antes. Está basada libremente en el cuento del escritor francés Charles Perrault que en el siglo XVII dotó de todo su empaque literario a una antigua leyenda popular.  Perrault lo incluyó en sus Contes de ma mère l’Oye, título de traducción imposible al no haber “madre Ganso” ni “mamá Oca” que valgan. Perrault suele terminar cada uno de su relatos con una encantadora moraleja en verso. Para el cuento de Barba Azul, escribió dos.

Una primera advirtiendo de los peligros de la curiosidad. Es el vicio que aqueja a la joven protagonista, una jovencita de pequeña hidalguía, evidentemente sin un duro, y que después de una semana pasada en partidas de caza, bailes y banquetes, empieza a no encontrar tan feo al riquísimo y burgués, que no hidalgo ni aristócrata, Barba Azul. Así es como se casa con él. Hombre  atareado, Barba Azul confía en ella cuando se ausenta. Pero la señorita, que se resiste a dejar de serlo, traiciona su confianza.

Como era natural en tiempos menos delicados que los nuestros, el marido se dispone a degollarla y colocar lo que quede en el sótano donde conserva, escabechados y colgados de la pared, los cuerpos de sus anteriores mujeres. Queda claro que habían incurrido en la misma tentación, tan antigua, según algún famoso texto sagrado. La salvan, como es bien sabido, los dos hermanos jóvenes, un dragón y un mosquetero, que se repartirán la fortuna del pobre Barba Azul y se compran con ella sendos grados de capitán. Viene luego la segunda moraleja, en la que Perrault observa que en tiempos modernos -más los nuestros que los suyos- ya no hay maridos tan fieros como Barba Azul. Sea cual sea el color de la barba del varón, sigue diciendo Perrault, en los matrimonios de hoy en día no se sabe quién manda más, de tanto como ha adelantado la autoridad de las esposas.

Béla Balász debió de tener bien en cuenta la larga tradición popular, de origen francés, que hace de nuestro Barba Azul un temible asesino de mujeres. Llegó a quedar identificado con el ilustre Gilles de Rais, ejecutado a mediados del siglo XV acusado de torturas y asesinatos poco presentables. También conocía, en años de tan intenso tirón simbolista como los primeros del siglo XX, la simbología que desde siempre rodea el cuento y que apunta a la resistencia de la muchacha a cumplir su deber matrimonial. Hay otros muchos símbolos más turbios y desagradables, de los que se prescinde aquí por haber prescindido de ellos Charles Perrault. Balász también dejó de lado la versión teatral de Maeterlinck, que hizo de la joven una heroína emancipadora. Con ese espíritu, lograba librarse de su marido, aunque no convencía a sus compañeras esposas, que el hombre tenía encerradas en una cueva, para que lo abandonasen.

Balász, que elimina a los hermanos y cualquier preliminar, como no sea un monólogo de presentación característico de la dramaturgia de la época, parece haber tenido muy en cuenta la ironía de Perrault. A la muchacha curiosa la llama Judith, con lo que pasa a encarnar a la mujer castradora por excelencia, algo que la protagonista de las antiguas consejas y tradiciones siempre aspiró a ser. También acentúa su tendencia a la histeria. Si no fuera porque acaba en la galería de mujeres de Barba Azul -mujeres mantenidas en vida, como en Maeterlinck-, esta Judith estaba destinada a agotar la paciencia del Dr. Freud en su diván.

Barba Azul, en cambio, y como apuntó en su día István Kertész, es hombre adulto y cabal, con un completo control de sí mismo. Sabe lo que ha costado la posición que ocupa y todo aquello que pone a los pies de Judith. Tan enamorado está, tanto quiere confiar en ella, que incluso le muestra su debilidad: el mar de lágrimas -las suyas-, sobre las que se sostiene el castillo y todos los portentos que alberga. En el fondo, un comentario torturado, porque moderno, sobre la presunta igualdad entre sexos a la que aludía con sonrisa descreída el clásico Charles Perrault.

Ópera Actual, 09-25

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