Unamuno y la España celestial

Como es notorio, Miguel de Unamuno, nacido en 1864, hace ahora 150 años, pertenece a la llamada Generación del 98. Azorín le pidió prestada la expresión a Ortega unos años después del «desastre». No es muy buena, pero tiene ventajas retóricas. Relaciona a aquel grupo de escritores –en particular Azorín, Baroja, Maeztu, Valle-Inclán y Antonio Machado- con la crisis derivada de la pérdida de los territorios ultramarinos frente a Estados Unidos.

 

En realidad, el “desastre del 98” es el nombre español de una crisis que sacudió todo el mundo, en particular a Europa. Entonces se hablo del “fin de siglo”, lo que refleja bien la conciencia de que un tiempo había llegado a su término y se estaba entrando en un mundo nuevo, desconocido. En términos estéticos, las formas hasta ahí vigentes –realismo, clasicismo académico- parecieron de pronto caducadas, como de un tiempo muy remoto. En términos políticos, el liberalismo, vigente en casi todos los países europeos, también pareció algo del pasado. Había que acabar, destruir, abrasar esa capa de podredumbre y falsificación que eran los sistemas políticos liberales. Más allá, explotada y humillada, estaba la auténtica voz de los pueblos: la España real, viva, que debía acabar por fin con la España oficial. (Seguimos a la espera de que nuestros regeneracionistas de un siglo después inventen algo nuevo: no vendría mal que echaran una ojeada a Unamuno, a Maeztu y a Costa.)

En la vida de Unamuno, la derrota del 98 coincidió con la pérdida de la fe. Educado en una familia católica, un buen día dejó de creer. También dejó de creer en el socialismo, después de unos años de cultivar la fe en lo que iba a ser una de las grandes religiones políticas del siglo XX. Y, claro está, Unamuno fue de los que más radicalmente levantaron acta de la “falsificación” de España que había llevado a cabo la Monarquía constitucional basada en la Constitución de 1876. Lo hizo en los artículos que acabó publicando con el título de “En torno al casticismo” (1895). Pocas cosas quedaron por destruir después de aquel manual de demoliciones, aunque a la misión se incorporaron con entusiasmo sus propios contemporáneos y, poco más tarde, muchos de los intelectuales, escritores y políticos de la siguiente generación, como Ortega y Azaña.

La obra de demolición no era bastante para Unamuno. Unamuno vive dolorosamente la pérdida de la fe –en el liberalismo, en el socialismo, en el cristianismo-, sin poder disimularse a sí mismo lo dramático de la nueva situación. Así que se lanza de inmediato a describir la otra España que el derrumbamiento de la primera ha abierto. Cuando todavía no ha dejado de ser socialista, Unamuno empezará a cantar esa España eternamente viva, fecunda y silenciosa que vive en un orden distinto. Lo llamó la “intrahistoria” por oposición a la siempre ficticia e inauténtica historia oficial. Este tema, acoplado con el de la España real, está en el núcleo de algo que se está elaborando por esos mismos años en buena parte de los países europeos, y que iba a dar lugar a la segunda gran religión política del pasado siglo: el nacionalismo.

Unamuno, como tantos otros de sus contemporáneos, se extasiará ante el descubrimiento de esa España celestial que le permite salvarse de aquello que el “desastre” del 98, la crisis del liberalismo y la pérdida de la fe religiosa reflejan. En el fondo, está sobre todo la gran crisis del Yo, enfrentado a una pérdida radical de los valores. Unamuno, como toda su generación, ha perdido las referencias de su propia identidad. Todavía están muy lejos las formas de identidad a las que nosotros nos hemos acostumbrado: formas móviles, autorreflexivas, en cambio perpetuo. Pero también han quedado muy atrás, ya irrecuperables, las formas fijas de la identidad previa al “fin de siglo”. En esa crisis total, la tabla de salvación será el nacionalismo, que proporciona seguridad. El nacionalismo responde a todas las ansiedades y los miedos, que se han desencadenado como si se hubiera abierto el infierno. (Se acababa de abrir, efectivamente.)

Unamuno puede ser interpretado desde el punto de vista de la invención del nacionalismo español. De haber encontrado una fórmula política satisfactoria, tal vez habría estado en el origen ideológico de un partido nacionalista. Sin embargo, el nacionalismo español no cuajó, a diferencia del catalán, que responde a la misma ansiedad a la que intenta dar respuesta el nacionalismo en toda Europa. A este nacionalismo español un poco deslavazado, se le llamó regeneracionismo. No dio pie a un auténtico movimiento político, pero quedó como uno de los grandes fantasmas no resueltos de nuestra historia contemporánea. Aún colea en la eterna búsqueda de la España ideal por parte de la izquierda, incluido el PSOE.

Hubo quien lo intentó, claro está. Ahí están Azaña y el grupo de la Institución Libre de Enseñanza, esforzados forjadores del nacionalismo español de izquierdas, fuertemente literario y con altas pretensiones históricas y espirituales. Por eso fue el más próximo a Unamuno, aunque tampoco podía satisfacerle. Unamuno era demasiado de su tiempo, y llevaba la crisis demasiado en el tuétano, como para dejarse comprometer por un movimiento político, ya fuera el de la España excluyente del nacionalismo republicano de Azaña, o el de la regeneración estética que proponían, con su recién descubierta España virgen, los herederos del krausismo.

Lo propiamente unamuniano era otra cosa. España no era para él un pretexto político, ni una ensoñación entre mística y snob. España se había convertido en el auténtico rostro de Dios, pero no de un Dios compasivo, sino de un Dios trágico, desaparecido: asesinado por la indeferencia y el miedo. Aun así, Dios no morirá del todo mientras haya alguien dispuesto a dar testimonio de su presencia, vivida siempre bajo el modo de la ausencia. Unamuno estará condenado a cumplir esa misión inconcebible. Esto lo sitúa en el linaje de los profetas del Antiguo Testamento, aquellos que daban testimonio de la presencia de Dios con su propio cuerpo. En Unamuno, la herramienta es la Palabra. Palabra sagrada, sometida a una tensión increíble, como sagrada y de una capacidad expresiva inimaginable es la lengua española. Y es que la lengua española es la única que todavía puede hablar de ese momento en el que Dios se hace visible para desaparecer, y en el que quien da testimonio de su divina presencia contribuye al mismo tiempo a su muerte. Eso es España para Unamuno y ese es su deber de español.

A partir de este abismo alucinante –en el que se sumergió en algún momento a principio de los años veinte- Unamuno se convierte en una contradicción viviente. Su posición le obliga a contradecir siempre a su público, en particular cuando se le da la razón. El momento más trágico llegará en 1936, cuando Unamuno, que ha preconizado la guerra civil como el punto más alto del civismo, se adhiera a los sublevados para renegar de ellos pronto, poco antes de su muerte. La contrapartida de este delirio ególatra está en el español de Unamuno, el más (in)humano, el más intenso que se haya escrito nunca. Sólo Quevedo creó una lengua castellana de la misma hondura, la misma radicalidad.

La Razón, 29-09-14