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Un panfleto casi reaccionario

La traición de los intelectuales, Julien Benda. Madrid, Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores, 2008, 292 págs.

 

Julien Benda (1867-1956) se pasó la vida escribiendo. A diferencia de lo ocurrido con casi todos los grafómanos, le ha sobrevivido una obra, un panfleto que acaba de ser reeditado en español con el título La traición de los intelectuales.

 

Ni que decir tiene que Julien Benda era un intelectual, un intelectual francés. De familia judía, empezó a destacar cuando el caso Dreyfus. Se empeñó entonces en defender al capitán calumniado sin entrar en consideraciones acerca de la situación social del acusado. La actitud preludiaba la que iba a ser la tesis de su gran obra.

Polemizó luego con casi todos los intelectuales y muchos de los artistas franceses de su tiempo, desde los nacionalistas de Action Française hasta los herederos del irracionalismo de Bergson. Asumió, casi profesionalmente, la defensa de la razón, del ejercicio desinteresado de la inteligencia, del idealismo frente al realismo pragmático, o utilitario, que había anegado la intelligentsia de su país, en otro tiempo tan grande.

Habiendo sacado las consecuencias de la quiebra de 1914, cuando el triunfo de los nacionalismos colocó a la cultura europea en el fondo de un abismo del que no se ha recuperado, disfrutó el desquite de ver cómo sus adversarios, los mismos que habían exaltado la Francia eterna y el inmortal espíritu nacional francés, aplaudían al invasor alemán en los años cuarenta. Un cierto espíritu de revancha que nunca le fue del todo ajeno le llevó, probablemente, a aceptar el triste papel de compañero de viaje de los comunistas. Decía que al menos la causa del comunismo es una causa justa.

Esta deriva, que hace de Benda un personaje un poco antipático, va algo más allá del revanchismo. Está relacionado, me parece a mí, con cierta rigidez propia de su espíritu, con una sequedad propia de una parte del pensamiento francés, que confundió racionalismo con herencia jacobina y acepta la herencia revolucionaria como el triunfo de la Razón, de la Diosa Razón.

El tono radical se trasluce también en esta Traición de los intelectuales. A cambio, la obra diagnosticó un mal moral e intelectual muy de su época, que por desgracia sigue siendo, en buena medida, la nuestra. Más aún, algunos de los males que describió Benda en 1929 no han hecho más que agravarse.

El título francés de la obra de Benda es La trahison des clercs. La palabra francesa Clercs quiere decir clérigos (en inglés, como antes también en francés, clerk quiere decir dependiente, dependiente de una tienda o de cualquier otra empresa). Los clérigos, para Benda, son aquellos que se deben a la verdad, a la belleza, pasiones intelectuales intemporales e independientes de la circunstancia. En español se ha optado por traducir clercs por intelectuales para evitar la confusión que sin duda provocaría el término “clérigos”.

Lo que se gana de un lado se pierde de otro: lo propio del “intelectual” es precisamente su voluntad de intervenir en el debate público de su tiempo. Es difícil por tanto que un intelectual traicione su misión cuando se dedica a cumplirla. Otra cosa es que traicione al sentido común, que es lo que suele pasar. Se recordará al norteamericano William F. Buckley, que dijo que preferiría ser gobernado por los primeros nombres de la guía telefónica de Boston que por el equipo rector de la Universidad de Harvard. Benda, con su estilo sentencioso, que intenta poner al día de la gran prosa de los moralistas franceses del Gran Siglo, lo dice de otra manera: “Si a Racine o a La Bruyère se les hubiera pasado por la cabeza publicar consideraciones sobre lo oportuno de la guerra de Holanda o la legitimidad de las Cámaras, les habría parecido que sus compatriotas iban a reírse abiertamente de ellos.” (p. 221)

El mayor pecado que han cometido los ex clérigos de Julien Benda, ahora intelectuales, es haberse dejado llevar por la pasión predominante de su tiempo, que es la pasión política, y haber abandonado su misión de defensa del idealismo para instalarse en un realismo que permite justificar cualquier medio en función del fin. Lo primero que sucumbe en el trance es la razón pura, la verdad, la actitud desinteresada.

Ganan, en cambio la relativización, lo que hoy se llama el relativismo, y el particularismo, que hoy se traduciría por multiculturalismo. En los años en los que escribió Benda, los dos motores de la pasión política que conduce a tal degradación fueron la Patria y la Clase. Como Benda nunca logró quitarse de encima sus prejuicios de radical a la francesa, la insistencia en la Patria le lleva al cultivo de una pose peligrosa de universalista, siendo así que combate los efectos del pacifismo. En cuanto a la Clase, le parece más amenazante la defensa de la burguesía que la ofensiva del proletariado.

Todo esto, que ancla a Benda en la primera mitad del siglo XX, no le quita actualidad a su panfleto, al revés. Algunos de los males que aquí se describen se han ido intensificando con el tiempo. Así que se sigue leyendo con interés y aprovechamiento. Algunas veces recuerda al Ortega de La rebelión de las masas y El tema de nuestro tiempo, otras a los maestros de los neoconservadores americanos. En una edición reciente en inglés, se ha encargado del prólogo Roger Kimball, un brillante intelectual conservador. Se podía haber intentado algo parecido en español y se nos hubieran evitado las trivialidades de Fernando Savater, que firma unas líneas previas. El fondo del panfleto sigue vigente. Cambian, con el tiempo, las posiciones a las que conduce la reflexión apasionada de Julien Benda. ¿O no tanto? Un esfuerzo más, y Benda habría descubierto el gran reaccionario que llevaba dentro.

Libertad Digital, 27-11-08

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JOSÉ MARÍA MARCO

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