«Carezco de sentido del pudor desde hace más o menos diez años». Entrevista con Julia Escobar (2)

Julia Escobar es escritora, traductora y crítica literaria. Su vida profesional ha girado en torno al libro, de forma que los ha escrito, traducido, comentado, editado e incluso vendido, pues en el pasado fue también editora y librera. Como escritora, ha publicado los poemarios Fluyen permanentes (premio Francisco de Quevedo), Tiempo a través, ambas publicadas en la editorial Pre-Textos y Arritmias (de próxima aparición), dos novelas, Nadie dijo que fuera fácil (Edhasa) y La asamblea de los muertos (Pre-Textos) y una tercera, San Judas 27. Autora de numerosas traducciones por las que ha recibido los premios Stendhal y Juan Rulfo. Ha sido directora de Programación de la Casa de América desde 2006 hasta 2013 y es Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República francesa. @lahijadeaugusto. Web: la quimera (nadie dijo que fuera fácil)

Primera parte de la entrevista

 

José María Marco – Alguna vez has hablado de La asamblea de los muertos (2000) que es tu segunda novela, como de unos “devaneos de ultratumba”. Menos pretencioso que Chateaubriand y a veces más entretenido de leer, con esos muertos que toman la palabra en la asamblea para dejar constancia de sus reivindicaciones. Y muchos suicidas, que son muy simpáticos…

Julia Escobar – Sí, los pobres suicidas lo pasan realmente mal. Nadie les entiende y ellos mantienen una lucha por sus derechos muy en la línea de la que cualquier minoría discriminada y maltratada lleva a cabo en “vida”. Con muy poco éxito, por cierto. Me abruma eso que dices de Chateaubriand. Tal vez mi libro sea más entretenido de leer que sus devaneos, pero son incomparables, en detrimento del mío. Sabes cuánto admiro a ese gran mixtificador.  Mi asamblea tiene más que ver con los “recuentos” o colaciones, de corte renacentista, en que un grupo de personas se ven obligadas temporalmente a estar juntas por circunstancias contra las que nada se puede hacer sino es hablar, hablar, hablar.

Ahora mis empeños son otros. Tengo terminada una novela hace ya muchos años, aunque no hago mucho por publicarla. Enjugué un rechazo y la volví a meter en el cajón. No porque me ofendiera, sino porque me fatigó la idea de ir paseándola por las editoriales. Pero tendré que sacarla alguna vez. Los libros que se escriben hay que publicarlos, si no es como si metieras un pedazo de carne podrida en el congelador. Es una novela sobre mi experiencia hospitalaria, el dolor, la enfermedad, tan presentes en mi vida. Nada que ver con Nadie dijo que fuera fácil, ni con la Asamblea. Todos los años me digo: de esta no pasa, voy a llevarla a tal o cual editorial.

JMM – ¿Y la poesía? Publicaste dos libros, Fluyen permanentes (1984) y Tiempo a través (1993).

JE – Me pasa lo mismo con la poesía. Cuando salió Tiempo a través, hace miles de años, efectivamente, un crítico me reprochó haber dejado pasar diez años desde el primer libro, Fluyen permanentes, por el que me dieron el Premio Quevedo de Poesía en 1982. No publicar no quiere decir no escribir, como deberían saber todos los del gremio. Publicar supone un trabajo de recopilación, de coherencia, de corrección. Hay que estar motivado. Hace tres años que tengo terminado y organizado un nuevo poemario y apenas lo he movido. Tengo que sacudirme esa pereza o, mejor dicho, tengo que salir de ese desencanto que siento hacia las publicaciones y la movida cultural, de la que quedé estragada cuando dirigí la programación de la Casa de América de febrero de 2006 a diciembre de 2013.¡Casi ocho años! Aún no me he repuesto.

JMM – Nada de esto te ha impedido seguir con la traducción. En un escrito, me parece que en homenaje a Valentín García Yebra, defendías con vigor la traducción: prolongación de la actividad literaria; ejercicio de escritura y, además, retribuida, cosa que no siempre (o pocas veces) ocurre con la literatura…

JE – La traducción es muy importante en mi vida y la he trabajado mucho, en todos los frentes, incluso en el técnico, pues colaboré como free lance en algunos organismos internacionales. Me inicié en ella muy temprano, cometiendo todo tipo de tropelías, porque si hay algo que requiere experiencia es esto de traducir y de redactar, sea lo que escribas, tuyo o de otro. No hablo de la competencia lingüística porque se da por entendida, como el valor en los soldados, pero sí de su actualización, de su revalidación, que se hace no sólo por inmersión lingüística, viajando periódicamente al país de tu segunda lengua, sino también mediante la lectura, las películas, las canciones, la conversación. Simon Leys, por quien sé que compartes mi admiración, tiene unos textos espléndidos sobre traducción en los que sintetiza admirablemente todo esto que yo pienso y que también he formulado en ese texto de homenaje a Valentín García Yebra. Leys destaca en particular lo que tiene de ejercicio literario, con el atractivo de no tener que sucumbir al pánico a la página en blanco: ¡las ideas y el argumento son de otros! Y Michel Tournier, a quien nadie puede reprochar falta de creatividad, pues su obra literaria ha sido extensísima, consideraba a la traducción, que practicaba con rigor, un ejercicio de virtud literaria. Así es como lo considero yo, y la llevo a cabo muy gustosamente. El que esté retribuida (mal, eso sí) es un factor a favor, nada desdeñable. Ahora mismo estoy comprometida en una traducción, harto difícil, de J.K.Huysmanns, autor del que nunca había traducido nada.

JMM – Tampoco ese mundo tan literario te ha impedido un grado notable de compromiso. Fuiste una joven rebelde. (En un escrito dices de ti misma que “careces de sentido del pudor desde hace más o menos diez años”.)

JE – Bueno, eso lo escribí hace diez años, luego quiere decir que llevo veinte sin ponerme colorada por nada. Lo que no quiere decir que no me ponga algo nerviosa o en tensión cada vez que emprendo algo nuevo: escritura, traducción, intervención pública. Creo que ese “miedo escénico” no se pierde, ni se debe de perder jamás. En cuanto a lo de mi compromiso hay mucho de leyenda ahí dentro. Para mí, ser de izquierdas era algo totalmente natural y me sorprendió mucho, una vez fuera del colegio, encontrarme con que, de verdad, había mucha gente de derechas por ahí fuera. No me costó, pues, ningún esfuerzo, ser rebelde respecto a la sociedad franquista. Los amigos de mis padres lo eran todos. Venían de fuera algunos exiliados con los que celebraban tenidas supuestamente clandestinas, que he contado en Nadie dijo que fuera fácil, pero también tengo que reconocer que, dejando de lado algunos amigos comunistas personales que la complicidad de la derrota acercó a mis padres, éstos, que habían sido de la CNT y de la FAI, eran muy anticomunistas como es natural. Fue en su biblioteca (la de mis padres) donde se me empezaron a caer los palos del sombrajo, pues ahí leí Yo escogí la libertad, de Victor Kravchenko, a Koestler y a Orwell. En lo que a mí respecta, la obra de desconstrucción de la ilusión izquierdista ya había empezado.

JMM – Luego has colaborado en secciones de opinión en medios conservadores y liberales, por así decirlo, como la antigua Gaceta de los Negocios y Libertad Digital. ¿Qué continuidad hay entre un momento y otro? ¿O qué rupturas?

JE – Parecía lógico que así fuera. Aún tenía algunas reminiscencias progres que funcionaban de manera bastante mecánica, pero hacia el ochenta y tres, hay escritos míos que lo atestiguan, yo ya era de derechas, sin saberlo; pensaba que por ahí fuera había una izquierda distinta, pero no eran sino ilusiones, estertores de un mundo agonizante que nunca tuvo para mí una realidad auténtica. Poco después, ya publicada Nadie dijo… yo era irremisiblemente conservadora, gracias a Dios. De ahí a decir que sí a Federico Jiménez Losantos cuando me propuso incorporarme a La Linterna, no hubo más que un paso, y luego vinieron Libertad Digital y la Gaceta de los Negocios –ahí tuviste tú algo que ver-. Luego, en 2005 se me ocurrió abrir el blog para tener más libertad de opinión y poder volcar el sobrante de información y datos que iba adquiriendo para mis artículos en esos medios. A veces lo he dejado un poco desatendido pero siempre vuelvo. Es un blog cuyo formato debería reformar porque ha quedado totalmente anacrónico. Otra cosa que tengo que hacer cuando pueda. Por lo demás, mi labor periodística no empezó entonces; ya tenía cierta experiencia, desde 1980, en Diario16, como crítica literaria, con el suplemento que dirigió primero, José Miguel Ullán y, después, César Antonio Molina, y lo fui hasta la disolución del periódico. Colaboraba, también como crítica, en varias revistas, desde Revista de Occidente, hasta Cambio16, El Siglo, Turia, Revista de Libros, y al final de mi colaboración en La Linterna dejé la tertulia política para centrarme en las recomendaciones de Libros.

JMM – ¿Qué te traes entre manos ahora?

JE – No tengo otro propósito que seguir en la brecha. No es un secreto que lo mío es la literatura y la ficción –la loca de la casa que decía Galdós – en donde incluyo la filosofía, por supuesto, pero cuando doña Realidad –otro acierto galdosiano- asoma su fea jeta, y ahora la tiene feísima, me politizo muy a pesar mío, pero con entera naturalidad: ahí está mi cuenta de twitter @lahijadeaugusto para demostrarlo. Seguir en la brecha quiere decir seguir leyendo lo que me da la gana, escribiendo y traduciendo (ahora lo de Huysmanns que mencioné antes), participar en aquello en lo que sea bienvenida -y algunas cosas hay por ahí que me tientan- y denunciar y perseguir cualquier tipo de fanatismo, de estupidismo y de totalitarismo. Pero sobre todo, mi principal misión es seguir sin aburrirme ni un solo minuto en los días que me queden de vida.