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Palabras previas. «Diez razones para amar a España»

De Diez razones para amar a España

Quiero a España porque es mi país. Es lo primero que se me ocurrió cuando mi amigo Ricardo Artola me propuso escribir un libro que expusiera diez motivos para amar a España. Diez motivos, más uno para no quererla tanto.

Con eso, en realidad, basta. Hay otros muchos, sin duda. España es una gran democracia, una democracia liberal que garantiza los derechos de los españoles y de los que viven aquí casi como si lo fueran. Además, España es un país de una extraordinaria belleza, con una historia infinitamente atractiva y una cultura fuera de serie. Sin ella no se entiende la historia de la humanidad. De hecho, fue el primer país en hacer posible una economía y una cultura global, extendida por tres continentes –cuatro, si tenemos en cuenta la España africana.

Querría igual a España si fuera un país pequeño, discreto al margen de las grandes corrientes del mundo. Así me lo enseñaron mis padres, y así es como debe ser. El amor no necesita el ruido ni el prestigio. Y tampoco se rige por argumentos razonables.

Entre seres humanos, el amor lo enciende el deseo de posesión de una belleza que a veces sólo el amante comprende. Eso sí, para él esa belleza ilumina y da sentido al mundo entero. Eso es lo que el amante tiene que comunicar a la persona de la que se ha enamorado. Lo hará a su manera, que siempre es poética aunque no alcance las alturas estéticas a las que han llegado los poetas del amor. Lope de Vega, el mayor de todos ellos, escribió en lengua castellana.

En la relación con el país propio, el asunto es un poco distinto. No estamos hablando de una realidad ajena a nosotros mismos. Nuestro país nos ha modelado, y de una forma muy profunda. Le debemos mucho, como comprobamos cuando pensamos en todo lo que nuestro país, es decir los demás, nos han dado. Le debemos también la manera misma en la que somos: una forma de estar en el mundo, de relacionarnos con los demás y de vernos a nosotros mismos, un horizonte de inclinaciones, también de gustos, que nos definen sin remedio. Cada uno las cumple a su manera, aunque nadie las cumple todas. Incluso puede no cumplirlas a conciencia, o rebelarse contra ellas: España no es un concepto metafísico, ni es ajena a la historia y a lo que los españoles quieran hacer con ella. Tal es la presencia de España, sin embargo, que el cambio, en vez de acabar con ella, contribuirá a crear nuevas formas de ser español.

En contra de lo que solemos pensar hoy en día, el amor necesita de argumentos. Y no porque lo requiera el objeto del amor, sino porque esa es la materia misma del amor, aquello sobre lo que trabaja la imaginación enamorada. España, en este punto, no lo pone difícil: es un país inteligible, comprensible, con una historia y una propuesta de vida al alcance de quien quera entenderlas. Exponer diez motivos para amar España es bucear en lo que me hace español y en lo que ser español significa, a la espera de que otros se sientan movidos a emprender ese mismo camino por su cuenta.

El amor, además, no puede quedarse callado. Si la poesía es el lenguaje del amor es porque lo canta. El amor necesita ser publicado. No se enciende una llama como esa para que la metamos debajo de la mesa. El amor se comparte. Y se celebra. Como una fiesta a la que estamos perpetuamente invitados. ¿A alguien se le ocurre algún motivo para hurtarse a lo más hermoso de la vida?

Sea cual sea la valoración en abstracto que puedan merecer, España y los españoles estarán siempre por encima de los demás. Porque es mi país y porque son mis compatriotas. Sócrates lo dejó claro cuando aceptó su propia condena a muerte, que consideraba injusta, después de que las leyes de la ciudad le pidieran que cumpliera la sentencia porque la había dictado su amada Atenas. El más crítico de los ciudadanos se inclinaba ante su patria. El amor valora, en justicia, lo que es suyo y aquello que posee. Y sin eso, no existe lo demás.

Durante años, bastantes españoles se han sentido incómoda con su propia nacionalidad. Como si España fuera un problema, ser español fuera difícil y el amor a su propio país fuera algo de lo que avergonzarse. En cambio, la mayoría de los españoles han llevado a su país en el corazón, por mucho que se les ha negado los medios de expresar ese hecho, el más básico de la vida en común. El país comprendió en 2017, cuando el levantamiento de los secesionistas catalanes, que había llegado el momento de cambiar la situación. Insistir en la variedad de España y la cultura española está bien. No les menos subrayar su profunda unidad, plasmada en su voluntad de durar.

Como era de esperar, España, tan hermosa de por sí, crece en belleza, en atracción, en intensidad de vida cuando se rompen los tabúes que han pesado sobre la expresión de la nacionalidad.  Así llegamos a este nuevo elogio de España, que aspira a continuar los de los romanos, los visigodos, los musulmanes, los judíos, españoles que estaban orgullosos de serlo y formar parte de un pueblo capaz de imaginar, crear y fundar empresas que recreaban una y otra vez la naturaleza de su país.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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