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La belleza de Eros. Picasso, «Minotauromaquia»

De Diez razones para amar a España

Habiendo vuelto de la Florida al altar mayor de la basílica de El Escorial, al eje mismo de un edificio que simboliza el espíritu español, daremos una vuelta por uno de los recintos que para mucha gente sigue representando la cultura española. No es un museo, ni una iglesia, ni un gran edificio estatal. Es una plaza de toros, allí donde tarde tras tarde se juega el juego de la vida y de la muerte. Y lo vamos a hacer de la mano de uno de los pintores que mejor comprendió y reflejó, hasta casi encarnarlo, algo que podríamos llamar el genio español.

En 1930 Picasso andaba enzarzado en un problema sentimental y doméstico. Estaba casado con Olga Khokhlova desde 1918. Tenía un hijo con ella, pero llevaba algunos años enamorado de una joven, Marie-Thérèse Walter, que había quedado embarazada. Fue entonces cuando el marchante Ambroise Vollard le encargó la composición de una serie de grabados, la futura Suite Vollard. Son cien planchas, cada una de las cuales lleva inscrito el día en el que fue realizado, como si fuera un diario en imágenes.

El número 89 corresponde al 29 de mayo de 1933 y pone en escena la muerte de un ser mitológico, un hombre con rabo y cabeza de toro, a manos de un joven de anatomía clásica que le está clavando un puñal en la nuca. Los dos van desnudos, lo que intensifica el contraste entre uno y otro. El Minotauro, porque ese es el personaje que representa la figura mitológica, tiene un cuerpo de hombre maduro, un cuerpo fornido, opaco, aunque el dibujo de su anatomía permite comprender su fuerza, su agilidad, su intenso atractivo erótico. El muchacho, en cambio, es un héroe al que el tiempo no ha tocado todavía: todo en él es limpio, lineal, luminoso. Representa a Teseo, el joven ateniense que salió con los rehenes que su ciudad entregaba al rey Minos de Creta para ser sacrificados y una vez allí consiguió acabar con el monstruo.

La oposición entre la luz y las tinieblas, la inteligencia y los sentidos, lo racional y lo irracional tiene una larga historia. En su grado más elevado fue simbolizada por la discordia entre Apolo y Dionisios. Se repite en otros mitos, como el duelo entre Apolo y Marsias, el sátiro que desafió al dios de la música y acabó despellejado vivo. Lo recuerda el cuadro de Ribera, de una crueldad salvaje, con un dios torturador radiante de belleza y de serenidad, tan indiferente al sufrimiento del sátiro como lo está el joven Teseo a la suerte del Minotauro en el grabado de Picasso. Bien es verdad que aquí el Minotauro parece exhausto, en contraste con la potencia que se desprende de su cuerpo. La cabeza, por su parte, no expresa dolor ni resentimiento. Se diría que por fin el Minotauro ha dejado de sufrir. Tampoco el cuerpo presenta rastro de herida alguna. Se ha rendido a la belleza de Teseo —el torero.

La victoria del joven culminaba la serie de grabados que en la misma Suite Vollard iban dedicados al Minotauro. El monstruo había aparecido antes en la obra de Picasso: como un animal corriendo, sin cuerpo, pura energía disparada por dos piernas directamente enlazadas a la cabeza, o en un aguafuerte en el que se presenta desnudo, erguido, con la misma anatomía de hombre hecho y derecho, exhibiendo sus órganos masculinos y sosteniendo como una antorcha —símbolo inequívoco— un puñal cuya empuñadura se parece a aquella con la que le dará la puntilla Teseo. El mismo Minotauro aparece luego recostado en un lecho, desnudo junto a una mujer, también desnuda y brindando con una copa. En otro se muestra dormido, a medias cubierto por una cortina transparente, mientras vela su sueño una mujer, Marie-Thérèse Walter. En otro, en cambio, es él quien abraza a una mujer desnuda aparentemente dormida, con otras dos que contemplan la escena, y en otro, por fin, está violando a la misma mujer, caída boca arriba mientras intenta protegerse con el brazo derecho. Se ha desatado la violencia latente en el personaje, en su anatomía, en su naturaleza medio animal y medio humana.

El Minotauro cayó muerto en el interior del laberinto construido por el rey Minos, escenificación del infierno, allí donde reinan las fuerzas más oscuras y bestiales de un ser humano que no acaba nunca de dejarlas atrás. La animalidad forma parte de su misma naturaleza, en particular cuando se despierta en su interior el instinto erótico, de una intensidad superior a cualquier límite que se le quiera imponer. En el grabado de la Suite Vollard, el escenario no va especificado, salvo por la fila de cabezas dibujadas en la parte superior. Están detrás de una barrera como las de las plazas de toros, y el espectáculo que acaban de contemplar parece ser la sublimación mitológica de una corrida. (…)

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JOSÉ MARÍA MARCO

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