Norman Podhoretz (1930-2025. El neocon trumpista

El 16 de diciembre del 2025 falleció en Nueva York Norman Podhoretz, uno de los más brillantes intelectuales neoconservadores. Desde la revista Commentary” de la que fue editor muchos años, y con sus propios libros y ensayos, resultó decisivo para orientar el debate público en su país durante cuarenta años, entre los 60 y el final del siglo.

Norman Podhoretz -pronúnciese con h aspirada y acentuación grave: Podhóretz– nació en el distrito de Brownsville, Brooklyn, el 15 de enero de 1930. En Brooklyn convivían por entonces italianos y judíos emigrantes de primera generación, así como negros llegados recientemente del Sur del país. La familia del propio Podhoretz era judía, procedente de la región de Galitzia, hoy ucraniana, y entones polaca. Toda la energía la consumieron en el gran viaje, y en vez de continuar moviéndose hacia el oeste, como hicieron tantos otros, prefirieron, como también hicieron otros muchos, permanecer allí donde habían desembarcado. Se mantuvieron por tanto en una situación modesta, con el padre ganándose la vida como repartidor de leche. El sueño americano quedó para los hijos. En casa se hablaba yiddish, como en tantas familias judías, y el joven Norman creció bajo la doble influencia de una intensa educación religiosa, impregnada de fe socialista, y el ambiente pandillero de la calle, con enfrentamientos frecuentes con los muchachos italianos, y sobre todo con los negros.

“Una de las travesías más largas del mundo es la que lleva de Brooklyn a Manhattan”. Es la famosa frase que abre Making It (que se podría traducir por “Hecho”), un libro autobiográfico, o más bien confesional, como buena parte de la literatura de Podhoretz. Relata cómo aquel muchacho que hablaba inglés con un fuerte acento entre yiddish y “brooklyngués”, y sentía además una animadversión instintiva hacia todo lo que significara alta cultura, dejó atrás su barrio natal y se convirtió en una de las lumbreras de lo que se llamó los “New York intellectuals”, un grupo influyente en la vida y en la política norteamericana entre los años 60 y los80. En términos de clase social, de Brooklyn al Upper West Side, primero, para recalar luego en el Upper East Side de Manhattan.

En cuanto a la ideología, el salto no significó, durante mucho tiempo, una ruptura. Podhoretz permaneció leal al mundo de izquierdas en el que se había criado, allí donde Franklin D. Roosevelt alcanzaba la categoría de los antiguos profetas de Israel y el New Deal de los años 30 era una realidad política intocable, también al modo de los textos y las tradiciones judías. Naturalmente, el joven Podhoretz se integró en ese grupo de intelectuales progresistas, o de izquierdas –“liberals”, en inglés- que habían apoyado los grandes cambios de los años 30. También eran radicalmente anticomunistas, como el Partido Demócrata y la gran federación sindical, la AFL-CIO, que veían en el comunismo la más seria amenaza a su poder y a la prosperidad de la sociedad norteamericana.

Es una combinación difícil de entender para muchos europeos, sobre todo para los españoles, que desconocen, o fingen desconocer, hasta qué punto llegó la hostilidad entre comunistas y socialdemócratas. Esta ignorancia les permite identificar automáticamente, como un gesto reflejo, la izquierda, o el progresismo, con el comunismo. No era así en Estados Unidos, y la izquierda, encuadrada o aliada con el Partido Demócrata y los sindicatos, además de promover y apuntalar una forma de Estado de bienestar que rompía con la tradición liberal americana, representada a partir de entonces por el Partido Republicano, se mostraba militantemente en contra de cualquier avance del totalitarismo comunista en Estados Unidos. A diferencia de lo que se quiere pensar, ese avance había llegado muy lejos en algunos círculos intelectuales, más en particular en Hollywood, literalmente infestado de comunistas.

Es en ese ambiente en el que se integró, cruzado el East River, Norman Podhoretz. Contó con la ayuda de Lionel Trillling, gran crítico y profesor de literatura en la Universidad de Columbia -autor del memorable The Liberal Imagination (“La imaginación progresista”)- y su mujer Diana Trilling, sacerdotisa de aquel círculo. En los 60 alguien bautizó el grupo como “The Family”, una “familia” en la que las relaciones personales resultaban cruciales. En cualquier caso, combinaba excelencia intelectual con una forma de glamour derivado del nuevo estatus que los intelectuales habían alcanzado con las nuevas políticas demócratas. Hasta entonces, el intelectual norteamericano había tenido muy escasa relevancia pública, e incluso había sido objeto de desprecio y de mofa sistemáticos en cuanto se aventuraba fuera de la Universidad o de la creación artística. Les otorgaron una relevancia inédita la Guerra Fría, con la necesidad de elaborar un ideario coherente para la contención de la Unión Soviética, y los nuevos retos que planteaba el necesario final de la segregación racial y los derechos civiles. Este protagonismo nuevo se plasmó en la incorporación de muchos de estos intelectuales al Departamento de Estado y a la CIA, así como en la nueva importancia de revistas como Commentary y Partisan Review, también de izquierda anticomunista. De forma aún más visible, estos mismos intelectuales se integraron en la corte formada alrededor de los Kennedy: en la Casa Blanca, con JFK; luego con Jackie Kennedy de vuelta a Nueva York, y también con Lyndon B. Johnson, que fascinó, como no podía ser menos, a Podhoretz.

A partir de 1965, Podhoretz ocuparía el puesto estratégico de editor de Commentary, revista fundada veinte años antes y financiada por el American Jewish Committee, la más veterana de las asociaciones judías de defensa de los derechos, y que daba completa libertad a sus editores. Desde que Podhoretz se hizo cargo de Commentary, la revista empezó a prestar más atención a asuntos ajenos al judaísmo y se situó en el centro del debate político e intelectual.

Radicalización

Es en aquellos años finales y apoteósicos, los de la hegemonía demócrata en la política norteamericana en los 60, cuando esa izquierda hasta entonces demócrata y anticomunista (“liberal”) empieza a evolucionar hacia otros planteamientos. De apoyar la guerra en Vietnam como una forma de contención de la expansión soviética, se mueve hacia el pacifismo y, en más de un caso, a la identificación con el Vietcong y los enemigos del Ejército norteamericano. De la lucha por los derechos civiles, pasa a poner en cuestión la capacidad de la sociedad norteamericana para abordar el problema del racismo. Del apoyo a una forma de Estado de bienestar, se encamina a la exigencia del cumplimiento de supuestos derechos cada vez más amplios, hasta el punto de volver a preconizar alguna forma de socialismo. Y por fin, la liberalización de las costumbres da paso a la reivindicación de nuevas actitudes que se desentendían, o dejaban a la deriva, sin cultivo ni protección, los fundamentos de la civilización occidental: desde la emancipación sexual que arrastró a ambos sexos, hetero y homosexuales por igual, hasta la “exploración” de nuevas y cada vez más primitivas experiencias con la droga, pasando por la legalización del aborto y el desprecio por la nación, que llega hasta la obsesión destructiva. Todo ello envuelto en la atmósfera de glamour y frivolidad que rodeaba a “La Familia” neoyorquina, lo que Tom Wolfe retrató como “radical chic”. Los hijos de los antiguos “liberals”, que alguien bautizó como los “chiquillos criados en pañales rojos”, volvían a enarbolar, a su modo, la reivindicación radical y comunista a la que habían plantado cara sus mayores.

En un primer momento, Podhoretz participó en esta gran deriva político-existencial. En los primeros momentos, publicó a Paul Goodman, uno de los últimos teóricos anarquistas, en las páginas de Commentary, y siguió profundizando en el compromiso con lo que entonces era nuevo y que parecía -aunque no lo fuera- una evolución lógica de la izquierda norteamericana. Algo anterior en más de diez años al desembarco de la “French Theory” y el post estructuralismo, como los neoconservadores preceden a su vez a los “nuevos filósofos” franceses y la revista de Podhoretz precede a Commentaire, fundada por Raymon Aron en París en 1978. Podhoretz atribuirá su propia radicalización, y su adhesión a los postulados de la Nueva Izquierda, a alguna forma de hastío ante el papel casi ejemplar, en la vida diaria y en lo ideológico, que él mismo y sus amigos habían asumido hasta entonces. En el fondo, se dejó llevar por la curiosidad y el espíritu de los tiempos. Era difícil para alguien todavía joven permanecer al margen de lo que parecía una ola de renovación imparable. Y un intelectual, además, no podía eludir su misión, por no decir su apostolado: ponerse en contra del poder, el statu quo y la sociedad burguesa.

Fue por entonces, en 1967, cuando Podhoretz publicó Making It, el texto autobiográfico al que ya hemos hecho referencia. Hablaba de su éxito social, y del precio que había estado dispuesto a pagar por él: el alejamiento con respecto a su mundo familiar, la cultura de barrio y la clase en la que se había criado. Rompía así un primer tabú muy propio de la sociedad norteamericana, que siempre ha gustado de imaginarse que la cuestión de clase había dejado de existir a aquel lado del Atlántico. Y rompía también con otro tabú, que consistía, más sutilmente, en afirmar que el éxito social tiene siempre consecuencias morales negativas, por no decir catastróficas, para quien lo logra. Podhoretz había hecho con éxito la larga jornada de Brooklyn a Manhattan, pero el resultado no era una aberración ética, ni un fracaso existencial. Al revés: un matrimonio feliz, cuatro hijos -dos de ellos del anterior matrimonio de Midge Decter, su mujer-, y un puesto de primera fila en la vida intelectual neoyorquina y norteamericana.

Aunque hoy resulte difícil de entender, Making It provocó un escándalo en las filas de la Nueva Izquierda. Y Podhoretz no olvidaría lo que consideró una mezcla de hipocresía y de pánico -típica del mundo intelectual- por parte de aquellos que iban a ser a partir de entonces sus antiguos compañeros. Más tarde, en 1979, publicó el relato de su ruptura en lo que es uno de sus mejores libros, de los más finos y perspicaces -entretenidos, e incluso divertidos- titulado Breaking Ranks. A Political Memoir (“Rompiendo filas. Unas memorias políticas”). Como él mismo dijo de Orwell, uno de sus asuntos predilectos fue siempre hablar de sus amigos intelectuales. En 1999 volvió al asunto, al contar con gran detalle la ruptura con sus antiguos amigos en un libro que tituló ExFriends: Falling Out With Alen Ginbertg, Lionel & Diana Trilling, Lillian Hellman, Hanna Arendt and Norman Mailer. Lo más granado de “The Family”.

Neoconservador

Fue en 1970 cuando, según el propio Podhoretz, la redacción de Commentary decidió “declarar la guerra” a la Nueva Izquierda. Podhoretz y su revista se sumaban así al grupo de intelectuales procedentes de la izquierda que decidieron dar la batalla ideológica a un progresismo que había adulterado los principios de la izquierda progresista (o liberal) norteamericana. En buena medida, el paso estuvo guiado por la voluntad de rescatar al liberalismo progresista de manos de la izquierda. Podhoretz, por su parte, se había librado del sarampión marxista, que no llegó más allá de un cierto grado de fascinación teórica, muy propia de un intelectual en ciernes. La izquierda de la que el procedía era, como ya sabemos, la liberal progresista, y anticomunista, propia de Estados Unidos.

El movimiento neoconservador, es decir la nueva derecha, también se proponía renovar el terreno en el que aterrizaba. Consciente de lo que aportaba, no estaba dispuesta a recibir lecciones de los paleo conservadores como Pat Buchanan ni de los libertarios, que preconizaban la jibarización del Estado. Podhoretz y sus amigos defenderían el capitalismo, justamente por ser el régimen económico que mayor riqueza y bienestar había creado, en particular para la clase trabajadora, como demostraba el ejemplo de Estados Unidos. Lo hicieron, pero incorporando sin alguna forma de Estado de bienestar como el introducido en su momento por F. D. Roosevelt y ampliado por Johnson. Además, aspiraban a dar una legitimidad moral al capitalismo, como haría Michael Novak, católico, como muchos neoconservadores, entre los que, a pesar del tópico, no había sólo judíos. De hecho, es posible que hubiera más católicos (Novak, luego Neuhaus) que judíos (Kristol, Himmelfarb o el matrimonio Podhoretz), con más de un protestante, como Jeane Kirkpatrikm presbiteriana, y Ronald Reagan, presbiteriano también, y procedente del sindicalismo demócrata de los años 60.

La búsqueda de este fundamento moral era la clave del neoconservadurismo. Más que una doctrina o una teoría, fue una actitud, y un estilo. Y su campo, allí donde sobresalieron y renovaron a fondo la vida intelectual y política norteamericana, fue el cultural. Aquí se opusieron frontalmente a lo que Podhoretz llamó el “filisteísmo” del republicanismo, que llevaba a la derecha norteamericana a desconocer y despreciar la importancia política de la cultura, un concepto que incorporaba los asuntos sociales, tal y como la estaba redefiniendo la Nueva Izquierda radical, pero no dejaba atrás su raíz primera, la que se refiere a aquello que afecta al alma y al espíritu. Además, al proceder de la izquierda, los neoconservadores también traían un auténtico arsenal, ya bien ensayado en su paso por la izquierda, para la batalla que habían decidido dar. No es casualidad que Podhoretz se hubiera formado como crítico literario en Columbia y en Cambridge, (Reino Unido). Con excelente preparación académica, y aun sabiendo muy bien que la política tiene sus propias reglas y necesita sus propios profesionales, los neoconservadores se negaron siempre a escindir el campo político del cultural. Fue su gran aportación a la derecha norteamericana, y una lección nunca aprendida en las derechas europeas, que siempre han dejado la cultura en manos de la izquierda, por filisteísmo, como dice Podhoretz, o por pura y simple estupidez.

El terreno en el que destacarían iba a ser la defensa de los principios de una sociedad libre, que los neoconservadores -muy en particular Irving Kristol y su mujer Gertrude Himmelfarb- identificaron con los que se les había enseñado en casa: familia, matrimonio, compromiso, hijos, trabajo, ahorro… virtudes todas de la clase media virulentamente atacada por la Nueva Izquierda, que descubría y celebraba la adolescencia eterna como terreno de experimentación política. El propio Podhoretz recuerda cómo al entrar en una sala donde se iba a celebrar un debate, en los años 70, una compañera suya de Commentary, Marion Magid, le preguntó en voz baja si se daba cuenta de que todos y cada uno de los jóvenes allí presentes eran una “tragedia para sus familias”. Es esa urgencia, esa conciencia casi dramática de una gigantesca crisis vivida en directo, la que da al neoconservadurismo su tonalidad tan peculiar.

Ya en su juventud Podhoretz había analizado en tono crítico la generación Beat (en su ensayo “The Know-Nothing Bohemians”, de 1958). Ahora la crítica se afina y cobra, en textos como el prólogo de Breaking Ranks, toda su dimensión política. Desde el punto de vista neoconservador, la irresponsabilidad y la frivolidad de los intelectuales llegaba aquí al paroxismo. Así es como Midge Decter lanzó una refutación en toda regla del feminismo y la ideología feminista en ensayos como The New Chastity and Other Arguments Against Women’s Liberation (“La nueva castidad y otros argumentos contra la liberación de las mujeres”) (1974). El propio Podhoretz hizo una crítica de fondo al movimiento gay, analizando más tarde, en un ensayo de 1996, el enfrentamiento entre la “cultura” y la “polity” (la comunidad política, o el fundamento político de la convivencia) y diagnosticando cómo la primera había vencido a la segunda (“How the Gay-Rights Movement Won”): un ejemplo del interés creciente de Podhoretz por el concepto de ley natural y sus consecuencias.

Complejidad

Afrontar el reto de debatir asuntos tan espinosos y sensibles como las repercusiones políticas del feminismo y del movimiento gay resulta característico del neoconservadurismo. Con independencia del resultado, había en los neoconservadores una negativa de principio a simplificar la realidad y el análisis. La derivada política de los problemas humanos siempre es compleja y cualquier simplificación la falsifica o, peor aún, la manipula. El propio Podhoretz se enfrentó a las consecuencias de esta actitud con un ensayo célebre en su momento, el que dedicó a “My Negro Problem, and Ours” (“Mi problema -y el nuestro- con los negros”) (1963). Aquí abordó de frente, y basándose como tantas otras veces en su experiencia -esta vez la de la vida y la convivencia conflictiva en el Brooklyn de su infancia-, el problema clave de la política norteamericana como era, y en parte sigue siendo, la segregación racial y el racismo. En vez de atenerse a los principios enunciados en el movimiento por los Derechos Civiles -que hacía suyos, claro está-, planteó aquí otra de las dimensiones del problema, que es el odio de los negros hacia los blancos. Acababa con una nota pesimista acerca de la posibilidad de resolverlo por medios políticos, como no fuera a largo plazo y mediante el mestizaje, un argumento nada irrelevante por mucho que llamara a este, con escasa elegancia, “miscegenation”. El análisis le valió críticas feroces.

Otro terreno en el que se manifiesta el gusto por la complejidad de los neoconservadores, y más en particular de Podhoretz, es el análisis del judaísmo norteamericano, y más precisamente por qué los judíos norteamericanos, incluidos aquellos que habían sabido aprovechar las oportunidades que una sociedad liberal y capitalista les ofrecía, seguían siendo de izquierdas. Como siempre, fue una nueva ocasión para hablar de su familia judía, pero también para analizar las derivadas políticas de la singularidad judía. Dio pie a un ensayo tardío, de 2009, titulado Why Are Jews Liberals? (¿Por qué los judíos siguen siendo progresistas?). No deja de ser un libro de divulgación, porque no llega, ni lo pretende, al núcleo más vivo y profundo del propio judaísmo. Aun así, ofrece un análisis valioso, y valiente, de esa forma de conservadurismo judío que es la predilección por el progresismo de izquierdas, un hecho que siempre llamó la atención de los neoconservadores, que procedían de esa misma mentalidad. (Un exasperado Irving Kristol llegó a hablar en 1999 de “la estupidez política de los judíos”). Podhoretz también constataba que el antisemitismo se había mudado de la derecha a la izquierda del espectro político.

Como es bien sabido, el judaísmo está en el centro de la reflexión neoconservadora, que en buena media es una investigación acerca de las raíces de una identidad cultural y de la relación de esta con una sociedad libre y liberal. El propio Podhoretz, al que su padre obligó a compaginar los estudios universitarios en Columbia con la asistencia todos los fines de semana al Jewish Theological Seminary (JTS) de Nueva York, una de las grandes instituciones del judaísmo conservador norteamericano, revisó su alejamiento de la vivencia religiosa con otro libro, dedicado a los profetas de las Sagradas Escrituras (The Prophets, 2002). A diferencia de casi todos los suyos, aquí lo autobiográfico y lo confesional asoman sólo indirectamente, por debajo del esfuerzo divulgativo y de comprensión. Aun así, resulta evidente que Podhoretz, en un registro más llano, no puede dejar de identificarse con el designio profético por su empeño en comprender la realidad en toda su complejidad.

Patriotismo: una historia de amor

Podhoretz recordaba sus años en Cambridge como una casi perpetua defensa de Estados Unidos frente a la exhibición de superioridad de los británicos. Incluso después de lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, británicos y europeos seguían despreciando a su país como una nación de segunda fila en el orden cultural, e incluso en el político. Ahí quedó sembrada una semilla de orgullo nacional que acabaría vertebrando el pensamiento de Podhoretz y la actitud entera del grupo neoconservador.

En Making It, el elogio de Estados Unidos se plasma en el relato de la americanización del niño de familia inmigrante, capaz de sacarlo del barrio natal y lanzarlo a un mundo de desafíos y oportunidades, en su caso la brillante y exigente escena intelectual neoyorquina. Podhoretz, como excelente escritor que fue, consideró siempre que el aprendizaje del idioma -y más exactamente, del inglés formal y literario- fue lo que le abrió las puertas al éxito social. No niega el fondo polémico de este trabajo de asimilación, como ya hemos visto, pero una y otra vez lo presentó -y se presentó a sí mismo- como un ejemplo de la eficacia cultural y política del “melting pot” norteamericano y su capacidad de integración. Para Podhoretz nunca dejó de estar vigente la promesa inscrita en la Declaración de Independencia.

Este optimismo atañe también a las instituciones y al régimen político de Estados Unidos: los principios de libertad y autogobierno, la separación de poderes, la invención de la democracia moderna, y su capacidad para hacer frente a lo nuevo -lo propiamente impensable- y corregir lo que desde este punto de vista aparece como imperfecciones sociales: la esclavitud, en su momento, la discriminación hacia judíos y católicos y, también, la imperdonable discriminación racial hacia los negros. La democracia era para él indistinguible del pluralismo. En este caso, como ya hemos visto, el asunto plantea dificultades propias, pero Podhoretz se negó, al contrario de lo que lo hizo la Nueva Izquierda desde los años 60, a considerar la persistencia de la discriminación racial como una enmienda a la totalidad de la democracia liberal norteamericana. Fue este, de hecho, uno de los ejes de su discrepancia con ella. Siempre se opuso a las políticas de discriminación positiva.

Como los demás neoconservadores, Podhoretz apostó por la ampliación del Estado de bienestar para solventar esta desigualdad básica. Más tarde diría que se había equivocado: el nuevo Estado de bienestar había contribuido, mucho más que a superar un problema histórico, a consolidar uno nuevo, el de la creación de individuos y comunidades dependientes y frágiles, como las generaciones de jóvenes a partir de los años 60, incapaces de asumir las responsabilidades de la vida adulta y siempre pendientes de sus propios problemas, descubiertos como si fueran la revelación de un nuevo Mundo.

La crítica del Estado de bienestar llevó también a una revalorización del capitalismo. Son célebres los dos “hurras” con los que Irving Krisol había saludado la libertad económica. Pasados los años, Podhoretz se encargaría de dar el tercero, el que faltaba según la costumbre. Comprobados los efectos del bienestar, había que volver a los elementos básicos que en su momento dieron pie al anticomunismo de la izquierda norteamericana: el capitalismo creaba más riqueza, mayor prosperidad y más oportunidades que ningún otro régimen económico. También en esto contaba la experiencia del pequeño judío de Brownsville.

Este conjunto de reflexiones quedó plasmado en un nuevo libro, My Love Affair with America (“Mi historia de amor con Estados Unidos”) (2000). En buena medida, es un trabajo de recopilación de ideas y desarrollos ya expuestos previamente. Ahora se aclara la perspectiva, que es la de un Podhoretz enamorado de su país, y que hace del patriotismo el fundamento indispensable de una sociedad libre y responsable, decidida a seguir siendo libre. El propio autor lo subtituló The Cautionary Tale of a Cheerful Conservative (“Advertencia a modo de relato de parte de un conservador optimista”), una expresión en la que destaca el término “tale”, relato: fiel a la tradición judía, Podhoretz prefiere las historias a los sistemas ideológicos y a las abstracciones. Y fiel también a una tradición tan europea como americana, practicó una prosa clara, articulada, flexible y directa -muy masculina, se dijo en su momento- asequible a cualquier lector medianamente culto. Ni trivialidades académicas -según sus propias palabras-, ni hermetismos sectarios. Naturalmente, el género al que esta actitud abocaba es el ensayo, que pone en escena la persona del autor en disposición de conversar y en su caso debatir con el lector, siempre presente en el texto, sin dejar de lado el humor, la ironía ni la provocación. Es un estilo que él mismo atribuyó, con razón, a sus amigos neoconservadores. Después de tantos años muchos de sus ensayos, como otros tantos del grupo, no han perdido elegancia ni incisividad y se siguen leyendo con provecho, y con gusto. De obras menores, por su alejamiento de la erudición, la Universidad y cualquier pretensión totalizadora, han pasado a convertirse en auténticos clásicos.

Trumpismo

Una de las discrepancias más importantes entre los neoconservadores y los conservadores tradicionales, o paleoconservadores, estuvo, como es bien sabido, en la política exterior norteamericana. Frente al aislacionismo y al no intervencionismo de los paleoconservadores, los nuevos derechistas proclamaban su adhesión a una política exterior activa. Estados Unidos tenía un papel que cumplir en el orden mundial, como garante de la libertad y de los regímenes democráticos liberales. Era, en buena medida, la posición tradicional de los demócratas progresistas: la misma que llevó a Estados Unidos a rescatar a Europa del nazismo, a enfrentarse a los soviéticos en Corea y luego en Vietnam, intervención esta última siempre defendida por Norman Podhoretz en contra, primero, de la Nueva Izquierda, y luego de toda la izquierda.

La idea de que Estados Unidos, por su propia naturaleza y la prosperidad que de ella se derivaba, estaba en la obligación de asumir la defensa de la libertad fue la base de la nueva beligerancia protagonizada por Ronald Reagan, lejos de cualquier propuesta de convivencia con la Unión Soviética, que llevaba a considerar al comunismo como un hecho inevitable y duradero. La caída del Muro de Berlín en 1989 y el desplome de la Unión Soviética en 1991 corroboraron la posición de los neoconservadores con lo que consideraron, no sin motivos, como una victoria histórica. Y cuando el islamismo talibán atacó Manhattan, en 2001, los neoconservadores articularon y propusieron una política similar a la de la Guerra Fría: contención y ataque, si es necesario preventivo (ante los riesgos de terrorismo con armas de destrucción masiva) y, sobre eso, democratización. Podhoretz, que recuerda sus posiciones como las de un “intervencionista apasionado”, reivindicó el idealismo wilsoniano como fundamento de la doctrina y apoyó la invasión y el intento de cambio de régimen en Iraq. Fue entonces, en 2007, cuando la Guerra de Iraq pasaba por momentos angustiosos, cuando publicó uno de sus últimos libros, el titulado World War IV. The Long Struggle Against Islamofascism, siendo la Guerra Fría la Tercera Guerra Mundial y el islamofascismo, que resumía un concepto polémico, el enemigo actual. A los intelectuales les resulta difícil evitar la hybris que nace del trato con las ideas.

Los acontecimientos ocurridos en Iraq y Afganistán desde entonces desacreditaron la doctrina internacional de los neoconservadores. Podhoretz, por su parte, formuló algunas dudas sobre la cuestión de la democratización, pero no acerca de la legitimidad de la invasión, justificada por la seguridad de que el régimen de Sadam Hussein escondía armas de destrucción masiva y estaba dispuesto a utilizarlas, como ya había hecho. Tampoco dudó nunca de la necesidad de luchar con todos los medios necesarios contra el nuevo enemigo. No estaba claro, como sí lo estuvo en años previos, que Estados Unidos tuviera que ser el guardián del orden liberal, pero seguía teniendo la obligación de defenderse y no había dejado de ser una idea, o la consecuencia de una idea acerca de la naturaleza del ser humano. Y si Estados Unidos es una idea, los intelectuales norteamericanos, que como todos los intelectuales viven por, para y de las ideas -según la definición clásica de Nathan Glazer, otro neoconservador, aunque del Partido Demócrata-, están intrínsecamente vinculados a la vida política de su país.  Los errores no invalidan por tanto la actitud de fondo.

Cuando Trump ganó las primarias para las elecciones presidenciales de 2016, Podhoretz lo acogió con poca simpatía. Lo veía entonces como un revival del paleoconservadurismo: aislacionista e incluso antisemita, una percepción que entroncaba a Podhoretz con las manías progresistas prevalentes entre los judíos. La política de la primera administración Trump le indujo a cambiar de opinión. Con el nuevo presidente, Estados Unidos apoyó como nunca lo había hecho a Israel… Y Trump propuso además una política de defensa y promoción de Estados Unidos que parecía salida de algunas de las páginas escritas por Podhoretz. “America First” venía a ser el resumen y la puesta en práctica de una de las grandes líneas de su reflexión política, como fue, desde las batallas de los años 70, la defensa y la celebración de su país y de la virtud del patriotismo.

En una entrevista de 2019 en la Claremont Review of Books, afirmó que un muchacho de familia trabajadora y salido de Brooklyn no podía dejar de identificarse con otro que salió de Queens y, como él, conquistó Manhattan. Y la historia de éxito se doblaba además de otra: Podhoretz no olvidó nunca, como había dejado escrito en Making It, sus orígenes populares y de clase. A partir del patriotismo, aquello conformaba un terreno y un lenguaje próximos al movimiento que Trump encabezaba. El nuevo populismo trumpista era una forma de hacer política al mismo tiempo tradicional, por sus raíces en la democracia norteamericana, y nuevo, porque había decidido plantar cara a la deriva neoizquierdista del Partido Demócrata y, en general, de todo el progresismo. Y Podhoretz no dejaba de observar hasta qué punto la aversión a Trump constituía un nuevo esnobismo estético, como el “radical chic” de los 70, y, al igual que este, iba acompañado de una actitud clasista: naturalmente, Podhoretz se identificaría con los “deplorables” menospreciados por Hillary Clinton. Como si Trump fundiera en una sola actitud sus orígenes sociales y la voluntad de pelear en el terreno cultural y social, Podhoretz se identificó con un hombre “con virtudes idénticas a las de los chicos de las calles de Brooklyn. Nunca das la espalda a una pelea, y peleas para ganar. Por eso los norteamericanos lo adoran, porque está dispuesto a pelear. Bueno, dispuesto no, ansioso por ponerse a pelear”.

En la misma entrevista, el intelectual que había conquistado la elite de Nueva York citaba una vez más la observación del conservador católico William Buckley Jr., según el cual era preferible ser gobernado por las primeras dos mil personas de la guía telefónica de Boston que por el claustro de la Universidad de Harvard. “Populismo inteligente”, lo llamó el que ahora, en 2019, se denominaba a sí mismo un “paleo neoconservador”, por haber llegado a ser el veterano de entre los supervivientes del grupo y de las grandes batallas que había librado. Un “paleo neoconservador” que siempre había sido hipersensible a los cambios sociales no podía dejar de serlo ahora al giro histórico que significa el populismo en la política internacional, en la política a secas, y en la cultura.

Disenso, 07-26

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