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Matthias Goerne y los tres ciclos de canciones de Schubert

LA ESENCIA DEL AMOR. MADRID. TEATRO DE LA ZARZUELA. Schubert. LA BELLA MOLINERA. Matthias Goerne. Markus Hinterhäuser, piano. 26 de febrero

La bella molinera es una de esas obras maestras que requieren una comprensión perfecta del núcleo expresivo, de aquello que Schubert quiere decir, pero que, una vez dominado este, permiten aproximaciones muy variadas, desde la ingenuidad lírica total hasta un distanciamiento irónico, expresionista en ocasiones y en otras postmoderno. Junto con Markus Hinterhäuser al piano, el barítono Matthias Goerne, que conoce la obra como pocos hoy en día por haberla cantado y grabado en múltiples ocasiones, demostró cómo un artista puede alcanzar el núcleo primero, la más despojada emoción lírica, incorporando al tiempo el recuerdo, más que la expresión, de algunos de los múltiples puntos de vista desde los que se puede abordar una obra de la que hay que respetar el carácter narrativo y, al mismo tiempo, la autonomía de cada una de las canciones o escenas.

El principio, a cargo del piano, abrió el ciclo de canciones con la evocación de la corriente del arroyo, y con un Goerne lleno de empuje y frescura juvenil: se acaba de abrir el ciclo de la vida, y aunque desde el primer acorde conozcamos la tragedia final, la luminosidad y la fluidez de la voz, el legato perfecto y la inmaculada línea de canto nos proyectan a un futuro que, por el momento, solo puede ser dichoso: al llegar a “Ei, Bächlein, liebes Bächlein”, que contiene al mismo tiempo la insinuación de la máxima alegría y la del sollozo, como si la felicidad quedara excluida de este mundo, todo había quedado dicho. A partir de la cuarta canción (“Danksagung”, “Agradecimiento”) hasta la 11 (“Mein!”, “¡Mía!”), Goerne fue desbrozando la sección más difícil del ciclo, aquella que habla directamente al corazón de la esperanza de la felicidad, de su cercanía y de la explosión de alegría que termina en ese bramido con que culmina la posesión.

Resultó extraordinario escuchar cómo la voz se iba ensanchando, se hacía más y más densa y oscura, e iba adquiriendo una proyección y una dimensión casi operística sin perder en ningún momento, con la íntima colaboración de un piano muy rico en expresividad, el fondo melancólico que hace tan desgarrador todo el conjunto. Vienen luego, como se sabe, los celos del cazador y la vuelta al diálogo con las flores, la rebelión contra el destino y su aceptación final en “Trockne Blumen” (“Flores secas”) y “Der Müller und der Bach” (“El molinero y el arroyo”), recapitulación de todo lo vivido hasta aquí por el muchacho. (…)

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VIAJE A LA (POST)MODERNIDAD. MADRID. TEATRO DE LA ZARZUELA. Schubert. WINTERREISE. Matthias Goerne. Markus Hinterhäuser, piano. 30 de abril 2018

Después de La bella molinera y una semana antes de El canto del cisne, Matthias Goerne y Markus Hinterhäuser volvieron al Ciclo de Lied del Teatro de La Zarzuela para ofrecer el Viaje de invierno, que es como la puesta en escena de los abismos del alma romántica después de cantar la esencia misma del amor y antes de la recopilación del arte del Lied. Se conoce cómo Goerne ha ido avanzando en la comprensión del Winterreise por sus diversas grabaciones y por haberlo cantado en este mismo Teatro, y este mismo ciclo. La voz se ha ido haciendo más densa y concentrada, también más oscura, y la expresión ha ganado gravedad y contraste. Se notó desde el primer momento, con un “Buenas noches” (“Gute Nacht”) en el que la atención muy precisa al poder de la palabra está engarzada en un continuo expresivo pendiente, eso sí, del menor cambio de matices, desde la evocación llena de colores del principio a la ruptura posterior que anuncia la desolación en la que encuentran todos, el joven enamorado y el público con él.

Con “La veleta” (“Die Wetterfahne”) se entra en un mundo de contradicciones dramáticas –lo que queda del teatro–, y Goerne, con un Hinterhäuser inspiradísimo, llevó de la reflexión introspectiva a la explosión final de celos y despecho. Pero no es solo eso lo que evoca Winterreise, y Goerne dirigió pronto al espectador, con “Lágrimas heladas” (“Gefror’ne Tränen”), a otro contraste, esta vez entre el paisaje helado y blanco en el que el público se va adentrando y lo que sobrevive, que todavía es mucho, de las emociones amorosas. Es extraordinario cómo la voz de Goerne se adelgaza y luego recobra una plenitud especial, como si estuviera rota por dentro, a punto de convertirse en un sollozo sin perder ni quebrar nunca la línea de canto.

El desgarrador “Der Lindenbaum” devolvió a los asistentes por un momento a universos anteriores, hasta que el lirismo descubrió –sin decaer: el piano tiene mucho que decir aquí y lo dijo– el fondo desolador de un viaje que lo es ya, sin la menor duda, hacia la muerte. Así es como el canto de Goerne, de forma paradójica y asombrosa, fue abriendo aún más el rango expresivo a medida que se acerca al momento ineluctable. (…)

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MÁS ALLÁ DE LA BELLEZA. MADRID. TEATRO DE LA ZARZUELA. Schubert. SCHWANENGESANG. Matthias Goerne. Alexander Schmalcz, piano. 8 de mayo 2018

El Canto del cisne (Schwanengesang) culminó los tres ciclos de canciones de Schubert que cantó Matthias Goerne en el Teatro de la Zarzuela en el plazo de unas cuantas semanas. Ha sido un privilegio asistir a las tres sesiones. Hemos podido ver a un gran artista enfrentarse a las páginas más importantes del género. Hemos visto cómo Goerne ha cambiado la forma en la que comprendemos y escuchamos el lied, y hemos podido asistir a la evolución psicológica, moral y existencial del joven amante desde su entusiasmo inicial en La bella molinera hasta su adentrarse en el terreno de la muerte en Viaje de invierno. Ahora, con el Canto del cisne, llegaba el momento de la recopilación y recordar su peripecia anterior, convertido en una sombra inmaterial de lo que fue. Es verdad que este último ciclo tiene mucho de producto espurio, montado para aprovechar el fallecimiento del compositor. Y sin embargo, desde el primer momento ha mantenido su atractivo como ciclo individual, con sentido propio.

Con el joven poeta más allá del umbral del otro mundo, ya no hay vuelta atrás: el fantasma que canta en el escenario no existe, de hecho, y lo que expresa ahora es la manera en la que nosotros, que hemos asistido a su trágico periplo, podemos llegar a recordar lo que hemos vivido con él. Así es como “Mensaje de amor” (Liebesbotschaft), con la evocación del arroyuelo, remite al principio de La bella molinera y la “Despedida” (Abschied) evoca el arranque del Viaje de invierno. Goerne acentúa así, en estas canciones finales, algo que ya venía ocurriendo desde el principio: y es que, respetando lo que el lied tiene muchas veces de lirismo e incluso de sentimentalismo ingenuo, con esa inmediatez que hace que buena parte del teatro esté al borde del sollozo, también nos ofrece una visión intrínsecamente distanciada del género.

En el Canto del cisne, esa distancia se ha hecho abismal, y le toca a la materia vocal, así como a la técnica y al estilo de canto, revelar lo que, por otro lado, es imposible de recomponer. Goerne, sin la menor pretensión y plantado en el escenario como siempre lo hace, se ve enfrentado por tanto a una misión trágica en sí misma. Tan difícil que no siempre, sobre todo en la primera parte (la de los poemas de Rellstab), logró salir completamente airoso: hubo alguna nota calada, subidas afalsetadas poco consistentes, y a veces la sensación de que la voz no corría con la suficiente fluidez. No importó, porque todo eso se incorporó al sentido del drama al que estábamos asistiendo. (…)

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Foto: Matthias Goerne

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JOSÉ MARÍA MARCO

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