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Traducciones y traductores en el «Quijote» (3)

En Traducción e interpretación: Estudios, perspectivas y enseñanzas. Dedicado a los profesores Beverly Rising y Christopher Waddington. José Manuel Sáenz Rotko, coord. Madrid, UPCO, 2012.

 

Traducción en el Quijote (1)

Traducción en el Quijote (2)

 

 

El traductor del Quijote y otros traductores

 

No se acaba aquí el tema de la traducción, porque hay más personajes traductores en el Quijote. A diferencia de los anteriores, ninguno de ellos genera una reflexión sobre la propia traducción, pero sí que ayudan a comprender la idea que Cervantes tenía de ella y, además, del papel de la traducción en su proyecto moral y estético.

En primer lugar está el célebre “morisco aljamiado”, es decir conocedor y hablante de la lengua castellana, que traduce el Quijote a partir del capítulo 9 de la Primera Parte. Como es bien sabido, el capítulo 8 deja la historia en pleno combate entre el protagonista y el vizcaíno, y el capítulo siguiente se abre con la constatación de que el manuscrito original se ha perdido, por lo que es imposible seguir con el relato … hasta que Cervantes, convertido en personaje de su propia novela, tropieza con unos papeles en el Alcaná de Toledo, los compra a un muchacho por medio real (tal es el precio del Quijote, aunque Cervantes habría llegado a seis reales) y le encarga la traducción al morisco.

El escenario evoca un Toledo todavía poblado por españoles de tradición musulmana. También recuerda el antiguo prestigio que la traducción alcanzó en la ciudad. Probablemente es eso lo que contribuye a explicar el acuerdo al que llegan el traductor y Cervantes acerca del precio y las condiciones de trabajo en la que se realizará la traducción del manuscrito: dos arrobas de pasas (unos 24 kilos) y dos fanegas de trigo (unos cien litros). A esto hay que añadir el mantenimiento del traductor durante mes y medio, que correrá a cargo de Cervantes. En general, se ha juzgado un precio barato, pero Cervantes insiste en que él ofreció “la paga que (el morisco) quisiese” y este “se contentó” con lo dicho (I, 9, p. 143). En una ciudad como Toledo, con tantos traductores como el texto deja suponer que había, los precios se ajustarían a una oferta abundante. El mercado de la traducción trabaja aquí a favor de Cervantes y de nosotros, los futuros lectores, aunque su sofisticación no ha llegado ni de lejos a la de Barcelona.

Como el “autor” de la imprenta de Barcelona, el morisco traductor no lleva nombre. En cambio, ejerce un trabajo artesanal, dedicado a un solo cliente y por el que no cobrará dinero, sino una gratificación en especie. A diferencia del “autor” de Barcelona, tan consciente de sí mismo, el morisco, que no deja de reírse durante toda la escena, rebosa de simpatía cervantina. El morisco traductor y el “autor” de Barcelona proporcionan dos estampas precisas de los cambios que se estaban produciendo en el estatus del traductor (y del autor) en tiempos de Cervantes, o, al menos, de los que se habían producido a lo largo del siglo XVI.

El traductor morisco en una sociedad con rastros de multilingüismo remite a otros dos personajes que aparecerán más tarde, también en la Primera Parte del Quijote, y también en funciones de traductor. Esta vez son renegados cristianos y forman parte de la historia del cautivo, evidente trasunto del Cervantes esclavizado en Argel. El primero, sin nombre, como el traductor morisco del Quijote, es amigo del cautivo protagonista y se encarga de “declarar” en romance, por escrito, “palabra por palabra” y “sin faltar letra”, la carta que el mismo cautivo ha recibido de una misteriosa mujer (I, 40, p. 489). Esta mujer es Zoraida, la hija de otro renegado, llamado Agi Morato, que fue convertida al cristianismo de niña gracias a una esclava y empieza a comunicarse con el cautivo por escrito. La traducción marca por tanto el principio de la aventura. Como es sabido, Zoraida facilita con el dinero de su padre la fuga del cautivo y sus amigos. También ella los acompañará a España para poder practicar libremente su verdadera fe. Aquí aparece el segundo traductor del relato, que no es otro que el propio Agi Morato, el padre de Zoraida, “ladino” que, para su desgracia, servirá de intérprete fiel entre el joven cristiano y su propia hija. En este caso la figura del traductor, o del intérprete, cobra una dimensión trágica: el padre de Zoraida no sabe que está siendo instrumento de la intriga que le llevará a perder a su hija. Cuando lo comprenda ya será tarde y Zoraida, o María, lo abandona en una isla, solo, gritando de rabia y de tristeza. (Entendemos los improperios gracias al renegado primero, que se encarga de traducirlos, como poco antes ha traducido también el tenso diálogo de la hija y su padre.)

En este caso, no es el traductor el “traidor”. En cualquier caso lo sería Zoraida, cuya conducta Cervantes, como tantas otras veces, se abstiene de juzgar. La traducción aparece aquí en un ambiente recurrente en la obra de Cervantes, ya evocado en la caracterización de la ciudad de Toledo. Se caracteriza por la coexistencia de multitud de lenguas distintas. En la novela del Cautivo se hace referencia explícita a la “lengua” que se habla en ese mundo, “en toda la Berbería, y aun en Constantinopla, (lengua que) se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de toda las lenguas, con la cual todos nos entendemos” (I, 61, p. 497). La atmósfera recuerda la del Persiles, la novela de aventuras en la que conviven personajes de muy diversas naciones y lenguas, y donde Cervantes, como en la novela del Cautivo, se esfuerza por especificar en qué lengua habla cada uno y cómo consiguen entenderse, hasta que llega a la escena en la que un poeta de imaginación desbordada intenta convencer (en castellano) a Auristela (o Sigismunda) de que se haga comedianta o farsanta, a lo que la hermosa Auristela responde “que no había entendido palabra de cuantas le había dicho, porque bien se veía que ignoraba la lengua castellana y que, puesto que la supiera, sus pensamientos eran otros, que tenían puesta la mira en otros ejercicios, si no tan agradables, a lo menos más convenientes”.[1]

El portento había llegado todavía más lejos en el Coloquio de los perros, cuando Cipión y Berganza comprueban que hablan, que se entienden, que saben latín e incluso griego, sin contar con que también comprende lo que dicen un tercer personaje, el alférez Campuzano, protagonista del Casamiento engañoso que escuchó la conversación de los perros en el hospital de Valladolid y la trasladó al papel…

En el Quijote, que se desarrolla dentro de unos límites más estrechos de verosimilitud, Cervantes no llegará tan lejos en un asunto que, dentro de su modestia, resulta un elemento importante en su creación narrativa. Aun así, y como era de esperar, el personaje del traductor morisco del Quijote se incorpora a la ficción y se convierte, aunque cada vez más tenuemente, en uno más de los personajes de la obra.

Como es bien sabido, el recurso a un autor de ficción para autorizar la propia invención novelesca es un recurso clásico, intensivamente utilizado por los autores de novelas de caballerías. El propio Don Quijote lo anticipa pronto, en su primera salida, cuando da por seguro que un sabio escribirá la “historia de mis famosos hechos” (I, 2, p. 80). El sabio historiador va introducido poco después, bruscamente y con gran aparato, gracias a la interrupción de la narración ocurrida en pleno combate del protagonista con el vizcaíno. También es sabido que el recurso al historiador servía a los autores de libros de caballerías para dar verosimilitud a sus ficciones. Además de su intención paródica, se ha recordado que la creación de Cervantes es contemporánea de una falsificación histórica, la Historia verdadera del Rey don Rodrigo, compuesta por Albucácim Tárif, una mixtificación de Miguel de Luna, intérprete oficial de árabe de Felipe II.[2] Tal vez la alusión a estos hechos históricos contribuye a explicar por qué Cervantes eligió un “historiador arábigo” y no, como parece más natural, uno cristiano.

Hay otras posibles razones, que veremos pronto. Por ahora, hay que constatar que la introducción de un “primer autor” contribuye, no a autorizar el texto, sino a distanciarlo aún más del espectador: Don Quijote, que hasta ahí soñaba con ver sus hazañas historiadas por un colega de Turpín, resulta ser un héroe libresco, o, al menos, un personaje que ha pasado por el tamiz imaginativo del historiador y cronista Cide Hamete Benengeli. Ruth Snodgrass El Saffar mantiene que en un momento en el que Cervantes empezaba a sentir su criatura más y más próxima, la aparición del primer autor contribuye a la distancia.[3]

La distancia es aún mayor por la índole del personaje. El nombre es, evidentemente, burlesco, como Sancho subraya cuando descubra que su vida ha pasado a ser materia de crónica histórica: un historiador que lleva por nombre Benengeli no resulta muy de fiar. Además, como Cide Hamete escribe en árabe, la distancia sigue creciendo. La tarea de historiador exige documentación y, como escribió Valentín García Yebra, Cide Hamete Benengeli, “autor arábigo y manchego” (I, 23, p. 265), debió consultar y estudiar archivos y otras fuentes históricas.[4] Escribir su obra entraña por tanto la traducción al árabe de este material en bruto. Así que ahora, además de un autor, tenemos una primera fase de traducción. La segunda ya la conocemos, y es la que realiza el “morisco aljamiado” para el “segundo autor”, o Cervantes, que no sabe leer la lengua en que el primer “Quijote” está escrito.

De la primera fase de traducción no se nos dice nada. Va incorporada al proceso de redacción del “original” del Quijote. De la segunda, en cambio, conocemos los detalles que nos proporciona Cervantes, y de los que ya se ha hablado. El principio de inestabilidad introducido por la primera redacción –con traducción incluida- aumenta ahora. Además, es cierto que Cide Hamete es elogiado como cronista serio y minucioso y también lo es que el morisco aljamiado se ha comprometido a traducir el texto árabe “bien, fielmente y con mucha brevedad” (I, 9, p. 143). Ahora bien, aparte de que no tenemos más remedio que fiarnos de su palabra –como hace el propio Cervantes en el capítulo 9 de la primera parte-, resulta que los dos son árabes, “moros” en el vocabulario de la época y, como tal, poco de fiar. Al enterarse de quién es su cronista, Don Quijote queda sumido en la perplejidad, porque “de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas”. Incluso teme “alguna indecencia” en el relato de sus amores con “su señora Dulcinea del Toboso” (II, 3, p. 59),

Cide Hamete va a resultar aún menos fiable que el traductor morisco. Y es que Cervantes, no contento con hacer de Cide Hamete Benengeli el “primer autor” del Quijote, hará de él, como es bien sabido, un personaje de la ficción y lo mismo hará con el traductor. Este no tiene nombre, pero disfruta de una ventaja sobre el “primer autor”: aparece en la historia como un personaje de carne y hueso. A veces se ha hablado de él y de Cide Hamete como de una función narrativa. Puede ser, porque los caminos de la teoría literaria son variados y sorprendentes, tanto como las correrías de Don Quijote y Sancho. Ahora bien, cada vez que aparezca el traductor en la novela, y lo hace en varias ocasiones, el lector puede recordar el simpático morisco aljamiado que al principio de la novela se ríe con la alusión a Dulcinea. Sin la risa del morisco, convertido sobre la marcha en traductor, tal vez Cervantes no se habría interesado por aquellos papeles y no habría habido novela.

El traductor desaparece ahí hasta la Segunda Parte, en el capítulo 5. Por tres veces, ni más ni menos, insiste en que “él tiene por apócrifo (este capítulo) porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía (…)” (II, 5, p. 73)

El prurito de veracidad y la ética profesional demostrada por el traductor en este capítulo no se repiten en su siguiente intervención. Ahora hemos llegado a la casa de don Diego Miranda, al que Don Quijote ha bautizado como el Caballero del Verde Gabán. Vuelve entonces a tomar la palabra el traductor: “Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia; la cual más bien tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.” (II, 18, p. 169)

Con esta intervención tan drástica, el pacto de fidelidad entre el traductor, el “segundo autor” –que es como Cervantes se llama a sí mismo, o al narrador[5]– y el lector queda pulverizado. Esta intervención tal vez sea el germen de otra más tardía, que reflejará el cansancio de Cide Hamete por tener que atenerse a “una historia tan seca y limitada como la de don Quijote” (II, 44, p. 366). En cualquier caso, pone de manifiesto la impaciencia del traductor por la excesiva minuciosidad del “primer autor”, y tal vez quepa ver en ella el eco de la ironía con que Cervantes, a través de Don Quijote y Sancho, trata a esa suerte de santo laico y perfecto erasmista que es don Diego Miranda, siempre ponderado, mesurado y en su sitio, como todo el decorado de una casa tan bien puesta que aburre hasta al traductor. (No así a Sancho, que echará de menos la cocina de don Diego.)

La siguiente intervención del traductor morisco vuelve a reivindicar, en cambio, su profesionalidad. Estamos en el relato de la aventura de Montesinos, y ante la naturaleza de los hechos referidos por Don Quijote, el propio Cide Hamete Benengeli se ve movido a dejar de manifiesto su perplejidad: “Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete estas mismas razones…” Sigue una reflexión en la que el historiador expone que no puede dejar de dar crédito a Don Quijote, “siendo (como es) el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos”. Sin embargo, debe reconocer que lo que cuenta de su estancia en la cueva resulta sumamente inverosímil. Así que “si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más.” (II, 24, p. 223) El traductor, como se ve, no puede mostrar mayor fidelidad al texto original, del que traslada hasta las notas marginales.

La penúltima aparición del traductor llega durante el crucial episodio del retablo de maese Pedro, y más exactamente en el capítulo en que se revela que maese Pedro no es otro que Ginés de Pasamonte, liberado de galeras por Don Quijote en la Primera Parte. El traductor vuelve para puntualizar un aspecto del texto original: “Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este capítulo: ‘Juro como católico cristiano…’: a lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que así como el católico cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente decir quién era maese Pedro, quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.” (II, 27, p. 249)

La verosimilitud, que es una de las cuestiones que se están ventilando en estas intervenciones, queda otra vez en entredicho. Afecta al propio autor y en el momento preciso en el que afirma su veracidad mediante un signo inapelable. Además, es el traductor el que, movido por su escrupulosidad, se permite salir del limbo al que su función le circunscribe para alertar al lector, es decir al “segundo autor” (que a su vez nos alerta a nosotros, lectores de la historia) de que Cide Hamete Benengeli, el “primer autor”, está incurriendo en una paradoja, una paradoja lógica que el propio traductor resuelve comprensivamente y con amplitud de espíritu. (La misma paradoja afecta al famoso “¡Yo sé quién soy!” de Don Quijote.[6])

Finalmente, la última aparición del traductor se produce con ocasión de la queja ya aludida de Cide Hamete Benengeli acerca de la naturaleza de la historia a la que debe atenerse, que le resulta “seca” y “limitada”, “por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos” (II, 44, p. 366). El traductor interviene aquí para indicar que no ha traducido este capítulo tal como lo escribió Cide Hamete, seguramente por parecerle que la “queja” del autor no era pertinente al curso de la historia. Dicho esto, el “segundo autor”, o el propio traductor se explayan largamente acerca de este asunto, que sirve a Cervantes para puntualizar y responder a las críticas que las novelas intercaladas en la primera parte habían suscitado. La conclusión es la lógica en estas circunstancias, y es que el autor (Cide Hamete Benengeli) “pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir” (II, 44, pp. 366-367) Nunca más que en este caso el traductor ha servido como pretexto para que Cervantes o el “segundo autor” analicen una cuestión, como es la de la digresión narrativa, que siempre le interesó y que afecta a la naturaleza misma de las dos grandes novelas, el Quijote y el Persiles.[7]

Esta última aparición del traductor viene además complicada porque la frase que abre el capítulo se inicia con una alusión imprecisa a unos lectores innominados de la historia: “Dicen que en el propio original desta historia se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito…” (II, 42, p. 366). Esos lectores pueden ser los mismos que critican la falta de consistencia de la primera parte del Quijote. También pueden no serlo. En cualquier caso, con su aparición Cervantes introduce una nueva instancia, y con ella más distancia aún, entre los hechos y la narración que estamos leyendo. Esta vez la naturaleza de ese personaje es imprecisa (¿quiénes son esos que “dicen…”?) y por eso mismo la argumentación resulta difícil de rebatir (es de suponer que esos que “dicen” tienen un conocimiento directo del texto, ajeno por tanto al escrito por el traductor). (Estos lectores impersonales e irrebatibles han aparecido antes, en un momento de extrema idealización, cuando Cervantes describe la amistad de Rocinante con el asno de Sancho Panza: “Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad destos dos pacíficos animales.” (II, 12, p. 123) (El subrayado es mío.)

Esta última aparición del traductor lleva más lejos que nunca ese principio estético y moral cervantino que es dilatar en todo lo posible, mediante la interposición de elementos y personajes, la distancia entre lo relatado y el relato. En este punto, entre la vida de don Quijote y la historia, median Cide Hamete Benengeli (“primer autor” que a su vez ha tenido que tener acceso a la vida de don Quijote mediante otros textos y otros testimonios), el traductor, otros lectores innominados conocedores del original y de la traducción, y el “segundo autor” o Cervantes (si es que Cervantes puede ser considerado el “segundo autor”).

(Continuará)

 

[1] Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1997: p. 445)

[2] Bruce W. Wardropper, “Don Quijote: ¿Ficción o historia?”, en George Haley, ed., (1980), p. 249. Según Godoy Alcántara, el escaso salario del traductor del Quijote es un comentario crítico a las sumas gastadas en la falsificación de los famosos libros de plomo del Sacromonte. Ver M. Moner (1990), p. 514.

[3] Ruth Snodgrass El Saffar, en G. Haley (1980: p. 299).

[4] Valentín García Yebra (2005).

[5] El “segundo autor” se introduce en el momento en que se constata la pérdida del manuscrito, al final del capítulo 8 de la Primera Parte (I, 8, p. 137).

[6] Charles D. Presberg, “‘Yo sé quién soy’: Don Quixote, Don Diego de Miranda and the

Paradox of Self-Knowledge”, en http://www.h-net.org/~cervantes/csa/articf94/presberg.pdf.

[7] También Cipión y Berganza están preocupados por este asunto en su coloquio, como queda claro cuando Cipión le reprocha a Berganza que su relato parece “pulpo, según le vas añadiendo colas”. Cervantes, Novelas ejemplares (1987: 268).

 

Ilustración: La pastora Marcela, por Gustave Doré.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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