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Traductores y traducción en el Quijote (1)

En Traducción e interpretación: Estudios, perspectivas y enseñanzas. Dedicado a los profesores Beverly Rising y Christopher Waddington. José Manuel Sáenz Rotko, coord. Madrid, UPCO, 2012.

 

En el siglo XVI español, en La Mancha, había barberos que tenían en casa libros en italiano. Así se deduce de la escena del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote, cuando el cura y el barbero repasan los libros del hidalgo y encuentran un ejemplar del Orlando furioso de Ariosto. “Pues yo le tengo en italiano –dice entonces el barbero-; mas no le entiendo” (I, 6, p. 114).[1] En el capítulo 1 el barbero maese Nicolás ya había demostrado que conocía bien la materia de los libros de caballerías y apreciaba en lo que vale la fibra moral de los héroes del género: entre don Galaor y su hermano Amadís de Gaula se queda con el primero, porque “no era caballero melindroso ni tan llorón como su hermano” (I, 1, p. 73). Ahora, durante el escrutinio, manifiesta su interés por leer un clásico de la lengua italiana que tal vez llegó a su casa como pago de algún servicio a un extranjero, o a un español que volvía de Italia.

 

Territorio estratégico siempre, por ser de paso obligado en las comunicaciones de Madrid con el Sur y el Levante español, La Mancha alberga a burgueses a los que la circulación del dinero, los adelantos técnicos (como la imprenta), la movilidad geográfica y la movilidad social han abierto un horizonte muy ancho, inconcebible años antes. El barbero, de profesión liberal, curioso, interesado por las novedades, evidentemente atraído por el prestigio cultural de Italia, resulta una figura moderna.

 

La crítica de la traducción

El cura, su compañero y mentor en la escena del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote, le replica de inmediato: “Ni aun fuera bien que vos le entendiérades” (I, 6, p. 114). En el capítulo 1 Cervantes ha tratado con ironía al cura, al llamarlo “hombre docto, graduado en Sigüenza” (I, 1, p. 73). Ahora el personaje reclama sus derechos. Aunque no sea ese el asunto tratado, la actitud no se puede dejar de relacionar la exclamación del sacerdote manchego con la prohibición de la traducción de la Biblia, la existencia en la España del siglo XVI de una opinión deseosa de acceder por su cuenta a las Sagradas Escrituras y la voluntad de la Iglesia de católica de controlar la difusión del texto sagrado.[2] Aunque sin que se llegue a producir un enfrentamiento, y sin una toma de partido por parte de Cervantes, en estas dos réplicas va aludido y sintetizado el núcleo de un conflicto social y cultural de largo alcance. La demanda expresada por maese Nicolás, y el mercado que se vislumbra tras la curiosidad que manifiesta, pueden quedar bloqueados, al menos en parte, por la actitud del cura, que se siente autorizado para decirle a su amigo, en este caso un inferior en la jerarquía social, lo que puede o no puede leer según un criterio moral sobre el que el barbero se abstiene de manifestar ninguna opinión.

La respuesta a la demanda puesta de manifiesto por el barbero aparecerá mucho más tarde, en la segunda parte de la novela, cuando Don Quijote visite una imprenta barcelonesa. Como es natural, Don Quijote se apresura a entrar en ella aunque, en vez de una descripción de la fábrica de los sueños del personaje, se nos presenta una discusión del hidalgo con un “autor” de libros, que está allí ocupado en la edición de uno que ha trasladado del italiano, de título Le bagatele.

Hasta hoy nadie ha podido relacionar Le bagatele con un libro concreto por lo que resulta una invención de Cervantes. Su “autor” va bien vestido, como corresponde a quien vive en un mundo urbano, impersonal. La obra que se dispone a publicar ha debido de tener éxito en Italia. Lo mismo espera, sin duda, que ocurra en España. Tanto como “autor” es empresario y está editando el libro a su costa, confiado en una demanda que le hará ganar dinero. Por ahora, la oportunidad de negocio que ha localizado proporciona trabajo al dueño y a los empleados de la imprenta. También es traductor, lo que hoy llamaríamos adaptador, como impusieron los usos de la traducción hasta el siglo XX.  Muchas páginas después del primer intercambio de opiniones sobre la traducción, entre el cura y el barbero, aquí está el personaje que, gracias a su sentido de la oportunidad, a la circulación del dinero, a la circulación de la información y a los nuevos medios técnicos, permitirá el barbero acceder a los textos italianos traducidos, tal vez incluso al Orlando furioso en castellano.

Como es bien sabido, y para desgracia de los traductores, el “autor” de la imprenta de Barcelona resulta ser de los pocos personajes íntegramente antipáticos de todo el Quijote. Desde el primer momento, y al parecer sólo por “su muy buen talle y parecer y (de) alguna gravedad”, el hidalgo le manifiesta una animadversión completa, inapelable (II, 62, p. 518). Don Quijote le somete a un interrogatorio humillante sobre sus capacidades profesionales, al que el “autor” responde sin inmutarse: al fin y al cabo, ¿quién sabe si no llegará el día en que Don Quijote compre la obra? La acritud del hidalgo le lleva a decir luego, en tono algo reivindicativo, que publica la obra por puro afán de lucro, sin cuidarse ni poco ni mucho de la reputación: “Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras; provecho quiero; que sin él no vale un cuatrín la buena fama” (II, 62, p. 52). Pocas cosas pueden molestar más al hidalgo que este desprecio de la “reputación”. En este punto, Don Quijote, tan arcaizante, evoca la posición del cura en la escena del expurgo… de su propia biblioteca.

 

Traductores y traducción en el Quijote (2)

Traductores y traducción en el Quijote (3)

Traductores y traducción en el Quijote (4)

 

[1] Todas las citas del Quijote, según la edición de Luis Andrés Murillo, Madrid, Castalia, 1982.

[2] Para una larga discusión sobre el asunto, Américo Castro (1973: pp. 244-328).

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JOSÉ MARÍA MARCO

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