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La Ilustración española (3). Reformismo, amor a la patria y nacionalismo

De Historia patriótica de España, Planeta, 2011.

Ver La Ilustración española 1 y La Ilustración española 2

Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena (1650-1725), natural de Marcilla, Navarra, se crió en un ambiente clerical y erudito. Habiendo cumplido con el servicio de las armas, se dedicó a lo que le gustaba, que eran los libros, y en 1713 propuso al rey Felipe V la creación de una reunión permanente, o Academia, destinada a “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”. Tras la aceptación del rey, la tertulia pasó a llamarse Real Academia Española, y emprendió la publicación del Diccionario de Autoridades, que autoriza la incorporación de palabras siguiendo a los autores clásicos, aquellos que “han tratado la Lengua Española con la mayor propiedad y elegancia”. También vendría una Ortografía y más tarde una Gramática.

Aunque con autoridad sobre la lengua, la Real Academia no la tenía con tanta amplitud como la francesa. Lo que en Francia era una fórmula aristocrática, en nuestro país fue más bien una nueva plasmación de un ideal propio de las letras españolas, bien formulado en su tiempo por Garcilaso. Consistía en el equilibrio entre el habla “cortesana”, culta, y la lengua popular, la utilizada por todos. También por entonces se fundó en Barcelona la Academia de Buenas Letras, y a lo largo de todo el siglo se publicaron numerosos clásicos de la literatura española en catalán. En 1727, la Iglesia del Principado declaró obligatorio el uso del catalán en los sermones.

Sin capacidad para imponer criterios únicos, la normalización de la lengua –como, en cierto sentido, la “normalización” de la sociedad y de la economía- era un instrumento para crear un mundo más racional, más abierto, mejor comunicado. A los ilustrados les mueve un espíritu optimista y emprendedor, lejos de la pesadumbre que agobió a algunos de los mejores hombres del siglo XVII. A esta primera Academia, considerada la Española por antonomasia, se sumaron después otras, como la Real Academia de la Historia (que empezó llamándose Academia Universal), la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la Academia Médica Matritense, que acabaría siendo la Real Academia Nacional de Medicina. Fueron creadas con el patrocinio real, a iniciativa de particulares.

Felipe V creó también, en 1712, la Real Librería con una colección de libros desgajada de las colecciones reales. Terminada la Guerra de Sucesión, la Corona decretó la obligatoriedad de entregar un ejemplar de cualquier obra impresa a la Librería. Se había puesto en práctica el mecanismo legal que la convertía en Biblioteca Nacional, nombre que recibiría más de un siglo después. Fernando VI fundó el Jardín Botánico, en Madrid: ya Felipe II había encargado otro jardín de esta índole, creado por Andrés Laguna en la Casa de Campo. España, con su territorio extendido a todo lo ancho del mundo, abría grandes posibilidades a las ciencias naturales y a la botánica, como luego volverían a confirmar las expediciones científicas.

Uno de estos ilustrados que gozó de la protección real fue Fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). En vista de algunos ataques especialmente virulentos y de las amenazas de la Inquisición, el rey decretó que no se le pudiera criticar. Feijoo había suscitado una polémica monumental desde que en 1726, cuando tenía cincuenta años, empezó a publicar sus ensayos. Hasta ahí había sido un humilde fraile, profesor de la orden de San Benito en Oviedo. A partir de entonces se convertiría en uno de los divulgadores y críticos más conocidos de su tiempo. En las guerras filosóficas de entonces, como él mismo las llama, se esforzó por delimitar un espacio propio, interesado por las novedades sin entrar en contradicción con el dogma católico, porque la razón y el conocimiento racional, para Feijoo, no son enemigos de la religión. Fue la posición de la Ilustración española.

Feijoo escribía para todos, con un estilo llano, alejado de la ciencia pura y de la prosa barroca y conceptista del siglo anterior. Intentaba aclarar cualquier asunto que pudiera suscitar el interés de un lector interesado por la realidad, tan universalmente curioso como él, y capaz de comprender el mundo en términos racionales. La curiosidad y la racionalidad, que Feijoo presupone en su público, son categorías morales. Dan pie a una actitud de búsqueda de la verdad, fuera de las supersticiones a las que a veces hay que oponerse, y de incitación a mejorar. Comprender la realidad es también empezar a entender cómo puede desarrollarse en beneficio de todos, sin por eso forzarla ni someterla a experimentos que la desnaturalicen. Su Teatro (es decir “panorama”) crítico universal, así como sus Cartas eruditas y curiosas tuvieron un éxito monumental. A final de siglo, se habían vendido hasta medio millón de ejemplares del primero. Feijoo, de origen gallego, nunca se movió de Asturias, pero su obra alcanzó todos los rincones del reino.

En uno de los ensayos del Teatro Crítico Universal contrapuso la pasión nacional al amor de la Patria. “Busco en los hombres –escribió- aquel amor de la Patria que hallo tan celebrado en los libros: quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo afecto alguno a la Patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional.” Lo que Feijoo llama “pasión nacional” parece una religión pagana, que exige sacrificios sin cuento a una deidad imaginaria. Por centenares de miles, se han sacrificado las vidas a este ídolo. En buena medida, es el amor a lo local, a las particularidades que nos distinguen de los demás y en cuyo nombre nos permitimos aborrecer a aquellos de quienes queremos distinguirnos. Feijoo lo llama “paisanismo”, “incentivo de guerras civiles y de revueltas contra el soberano”: se parece mucho a lo que hoy llamamos nacionalismo. El amor de la patria, en cambio, incita a la virtud y a la justicia. Feijoo, por desgracia, no lo halla en ninguna parte. En realidad, Feijoo consideraba que ese era, o debía ser, el eje del proyecto político y cultural de su tiempo. La actitud reformista llevaba naturalmente al patriotismo.

En otra ciudad igualmente alejada de Madrid, en Oliva, Valencia, vivió Gregorio Mayans y Síscar (1699-1781), un hombre que se estrelló en la burocracia universitaria, tan proclive a dejarse absorber por las intrigas de campanario, personales y políticas. Fue a Madrid a ocuparse de la Biblioteca Real y se retiró al fin a Oliva, su ciudad natal en la huerta valenciana. Consciente de su valía, Mayans polemizó con casi todos sus contemporáneos, incluido Feijoo. Diseñó una reforma universitaria que no se aplicó, escribió grandes obras de derecho, jurisprudencia y oratoria, y dedicó buena parte de su vida a recuperar y reivindicar su país, su historia y su lengua. En una obra que tituló Orígenes de la lengua española, publicó por primera vez el Diálogo de la lengua de Juan de Valdés y discutió las teorías de Manuel Larramendi, según el cual el castellano derivaba del vasco, que era la única lengua que se hablaba en España después de que la trajera a nuestro país Túbal, un personaje que se vio envuelto en la destrucción de la Torre de Babel y al que una leyenda antigua, recogida por San Isidoro de Sevilla, atribuía la población de España.

Mayans volvió a editar a Nebrija y en su Rethorica seleccionó una de las primeras antologías de la prosa española. A él le debemos la primera biografía de Cervantes. La obra de Mayans, como la de Feijoo, demuestra que el impulso reformador de las Luces no se distingue, en España, del proyecto de revitalización de la tradición nacional.

El proyecto no era contradictorio con el interés por las tradiciones locales. El propio Manuel Larramendi (1690-1766), jesuita guipuzcoano, protegido por Mariana de Neoburgo, la reina viuda de Carlos II, y por Felipe V, publicó la primera gramática del vasco, titulada El imposible vencido, así como el monumental Diccionario vascuence, castellano y latín. En Barcelona, como ya sabemos, se fundó la Academia de Bellas Letras, encargada de elaborar un diccionario de catalán. Aquellos ilustrados se interesaban por el pasado de una forma nueva. Mayans editó la Censura de historias fabulosas de Nicolás Antonio (1617-1684) el erudito que había recopilado en sus dos Bibliothecas todo el conocimiento de su tiempo sobre los autores y escritores españoles. En su Censura de historias fabulosas, Nicolás Antonio había criticado las leyendas y los documentos falsos que oscurecían el pasado de España y contribuían al descrédito de nuestro país. En El padre agustino Enrique Flórez (1702-1773) publicó, con el apoyo de la Real Academia de la Historia, la monumental España sagrada, de 29 volúmenes. Sigue siendo una obra de referencia para la historia de la Iglesia en nuestro país.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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