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La España americana

Del capítulo 7 (La España americana) de Historia patriótica de España.

 

La ambición mundial

El 10 de agosto de 1519 salió de Sevilla otra expedición, financiada esta vez por la Corona. La componían cinco naves y 265 hombres, entre ellos el capitán Juan Sebastián Elcano (1476-1526), Rui Faleiro, astrónomo portugués, y un italiano, Antonio de Pigafetta, que empezó a redactar (en italiano) el diario del viaje. Al mando iba Fernando de Magallanes (1480-1521), marino portugués. Magallanes estaba seguro que al extremo sur del continente americano existía un paso que permitiría el acceso por mar a las Indias verdaderas, aquellas con las que Colón nunca dejó de soñar. Era una idea antigua, apoyada por el mapa célebre de Martin Behaim, un geógrafo alemán asentado en Portugal que construyó el primer globo terráqueo. Según Behaim, el Río de la Plata sería un estrecho para llegar al mar, el Mar del Sur al que había llegado Núñez de Balboa. Magallanes intentó convencer al rey de Portugal para conseguir financiación, pero en vista del reparto del territorio entre Portugal y Castilla, el rey prefirió abstenerse. Magallanes se dirigió a Castilla, convenció al cardenal Cisneros y emprendió la aventura.

 

Al cabo de tres años, el 6 de septiembre de 1522, llegó a España una nave, la Victoria, con Elcano y otros 17 supervivientes, entre ellos Pigafetta. También traían un cargamento de clavo y especias con el que se cubrieron los gastos de la expedición. Aunque muy diezmada, y habiendo conocido episodios de una dureza inconcebible, la expedición fue un éxito. Había descubierto el paso del mar Océano al mar del Sur, que Magallanes bautizó como Pacífico. Había cruzado este nuevo océano hasta el Oriente buscado por Colón, había abierto una nueva ruta para el comercio y había rodeado la tierra. Bernardo Vargas Machuca (ca. 1555-1622), “caballero castellano”, autor de un auténtico manual del conquistador español, dejó plasmado un lema orgulloso en la portada de su Milicia y descripción de las Indias: “A la espada y al compás, más, y más, y más, y más”. Para el cronista Hernán Pérez de Oliva, la posición de España había cambiado en pocos años: “Antes ocupábamos el fin del mundo, y ahora estamos en el medio, con mudanza de fortuna cual nunca otra se vio”.

El reino de Castilla fue el gran promotor de esta empresa, y no por casualidad. Castilla era rica, mantenía un comercio exterior intenso y regular, conocía los últimos avances en tecnología de navegación y después de la conquista de Granada, estaba en una disposición eufórica que le llevaba a ampliar su poder y su prestigio, hasta aventurarse allí donde nadie se había atrevido a dar el primer paso, como era el Atlántico. La reina Isabel pensaba además en una estrategia global de prevención contra el Islam: un gran pacto con las potencias orientales que contuviera a los musulmanes en el medio.

Asia no era una desconocida en Occidente, y los españoles tenían experiencia de primera mano, desde el viaje del madrileño Ruy González de Clavijo (¿?-1412), enviado por Enrique III a Samarkanda, donde fue recibido por Tamerlán. También contaban con la experiencia de Aragón en el comercio y en las técnicas de navegación. Y servía de acicate, además, la competencia con Portugal. Los portugueses, con el impulso de don Enrique el Navegante (1394-1460), habían explorado las costas de África y en 1492 estaban a punto de dar la vuelta al Cabo de Buena Esperanza, al que ya habían llegado en 1487. Así iban a hacer realidad el sueño de Colón, aunque fuera siguiendo la dirección contraria.

Ya había antecedentes, además. La Corona de Castilla había sabido aprovechar la conquista de Canarias, realizada en una primera fase, entre 1402 y 1405, por particulares, en particular Juan de Bethencourt, un normando que se hizo vasallo castellano. Allí se ensayaron, siguiendo modelos castellanos, formas de organización social y política que luego serían útiles en el Nuevo Mundo. El territorio pertenecía a la Corona de Castilla, se aplicaba la legislación castellana y se creó el Obispado de Canarias en Las Palmas. Las islas resultarían de valor estratégico crucial para el viaje hacia el este, y Colón repostó allí antes de llegar a las Indias.

La competencia entre Portugal y Castilla se dirimió en varios tratados. Estos acuerdos vinieron a rectificar el de Alcaçovas (1479-1480), que había dejado a Castilla arrinconada en una esquina del Atlántico, con las Islas Canarias como única posesión. Las bulas de Rodrigo de Borja, más conocido como el papa Alejandro VI (1431-1503) garantizaron a Castilla los territorios descubiertos por Colón. Alejandro VI, de la familia valenciana de los Borja –Borgia, una vez italianizado el apellido-, valenciano él mismo, había llegado a Roma siguiendo a su tío, el papa Calixto III. Fue un gran príncipe renacentista, enemigo de los intereses de Francia en Italia. Él encargó a Miguel Ángel la reconstrucción de la basílica de San Pedro.

Poco después de la promulgación de los decretos papales, los Tratados de Tordesillas, firmados luego de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, fijaron las esferas de influencia de Castilla y Portugal en Marruecos y sobre todo en el Atlántico. Se fijó un meridiano de partición a 370 leguas de las Islas de Cabo Verde. Todo lo que caía más acá estaría bajo la influencia de los portugueses y todo lo que estuviera más allá sería territorio abierto a la exploración de la Corona de Castilla. El Tratado de Tordesillas no se cumplió del todo, porque los portugueses avanzaron mucho más de lo pactado después de que Pedro Álvares Cabral llegara a las costas brasileñas el 23 de abril de 1500. (Ese mismo año, en enero, Vicente Yáñez Pinzón, navegante español, participante en el primer viaje de Colón, había empezado a explorar el delta del Amazonas.) Aun así, el Tratado sirvió para aclarar las zonas de influencia, y no para repartirse el mundo, como dijo la propaganda. También evitó conflictos y derramamientos de sangre.

Probablemente, Colón pensaba en una expansión como la portuguesa o la italiana en el Mediterráneo, con centros comerciales protegidos que sirvieran para canalizar las mercancías hacia la metrópoli, sin ocupación territorial extensa. Es la idea que intenta llevar a la práctica en La Española, con poco éxito. En aquel fiasco no sólo fue responsable su escasa capacidad de gestión política. Colón, que había comprendido que la mentalidad de los españoles estaba dispuesta para la aventura que les propuso, no podía ni soñar con ahormar todo lo que él mismo puso en marcha.

El respaldo papal a la expansión no iba sin condiciones. Llevaba aparejada una, determinante, como era la evangelización de las poblaciones que se pudieran encontrar. Colón, como ya se ha dicho, no llevaba ningún sacerdote en su primer viaje. En los siguientes, la presencia de la Iglesia y de las órdenes religiosas sería fundamental. La empresa de evangelización determinaría, en buena medida, la situación jurídica de los americanos. Se les trataría mal, a veces como animales, pero no podían ser esclavos, ni tratados como una mercancía. La Corona, además, se comprometía a protegerlos como cristianos que eran, lo que determinaría la relación de la Corona con los americanos, y le proporcionaría una palanca de acción y de influencia. La Corona fue oficialmente la protectora de la Iglesia en sus nuevos territorios. Ese rango le daba privilegios, como la elección de cargos eclesiásticos y el control de los asuntos de la Iglesia, pero también le imponía obligaciones. Al aceptar la misión evangelizadora, la Corona abría además el camino a la hispanización de esas mismas poblaciones. La cristianización sería también –aunque no sin dificultades- hispanización. América no iba a convertirse en una simple red de emporios comerciales. Sería una segunda España, la nueva España que Cortés quiso que fuera México.

Las capitulaciones que los Reyes Católicos firmaron con Colón eran un poco engañosas. Habían cedido al descubridor una autoridad, unas competencias y unos títulos poco usuales en los acuerdos para la toma y la repoblación de los territorios durante la Reconquista. Colón, como es natural, se los tomó muy en serio, pero desde el mismo momento en que llegaron las noticias del Nuevo Mundo, los reyes y los funcionarios de la administración real se pusieron a trabajar para recuperar el terreno que habían cedido. Castilla y Aragón acababan de salir de dos guerras civiles en los que ambas Coronas tuvieron que imponerse a la fuerza sobre unos nobles levantiscos. Después de aquello, los reyes no iban a dejar que se implantara una aristocracia territorial del otro lado del Atlántico. Y consiguieron su objetivo. Los territorios se colonizarían mediante cesiones, pero siempre bajo la supervisión de la Corona y su administración.

Castilla podía haber organizado en América un imperio colonial como los portugueses, porque España tenía tanta o más experiencia en redes comerciales que Portugal o que cualquier otro territorio europeo de su tiempo. Pero los españoles que emprendieron el viaje a América buscaban, por lo menos al principio, un enriquecimiento lo más rápido posible, y una fama, o una gloria, que les diese un prestigio instantáneo, que sabían al alcance de la mano. Hernán Cortés demostró que era posible compatibilizar la gloria, el enriquecimiento rápido y la habilidad empresarial. No siempre fue así. De su paso por Estados Unidos, donde acabó muriendo agotado, Hernando de Soto sólo se llevó la gloria. Almagro sacrificó su fortuna para conquistar Chile, sin lograrlo. Núñez de Balboa quemó todas sus posibilidades en su brutal carrera para llegar al Mar del Sur, el Pacífico. Pizarro sucumbió a una combinación letal de delegados de la autoridad española, ambiciones insatisfechas y rencores sin fondo.

La conquista española y la construcción de la España americana tienen algunas cosas en común, y muchas diferencias con la instalación de los ingleses en Norteamérica. Los ingleses son colonos y los españoles, pobladores, como en la empresa de Reconquista en España. En los dos casos hay concesiones de la Corona. Ahora bien, los españoles son conquistadores, como si prosiguieran la empresa que había movilizado a sus antecesores durante tantos años, y además son leales a la Corona, que controla todo el proceso, desde la salida y el embarque hasta el control de las tierras y la entrada de mercancías en España. Resulta asombroso, en realidad, que tantas energías no desbordaran a la Corona española y que hubiera tan pocos movimientos de rebelión abierta contra ella, en territorios tan lejanos además. Hubo tensiones, claro está, y algún episodio de rebelión abierta, como el que protagonizó Lope de Aguirre, de una crueldad salvaje, en el Orinoco. Pero en general, los conquistadores acataban la autoridad de la Corona, incluso cuando se rebelaban contra sus superiores, como Cortés. Más aún, la consideraban cosa suya, algo sin lo cual la empresa en la que se habían embarcado no tenía sentido.

Por su parte, los territorios americanos impusieron su propia lógica. Se prestaban peor que los asiáticos a la instalación de un imperio comercial. La diferencia en el desarrollo cultural entre los americanos y los europeos era, en general, demasiado grande. Excepto el oro, las perlas y luego la plata, América no producía lo que los españoles iban buscando. Por otro lado, había suficiente población como para ser explotada fácilmente, y sin mucho coste. Tenía más sentido un imperio territorial y al final civilizador, que otro puramente comercial. Hernán Cortés propuso que Carlos V adoptara el título de Emperador de las Indias. No hubo respuesta, y la propuesta fue rechazada una segunda vez en 1564 por Felipe II. La aventura imperial no desembocaría, al menos formalmente, en un Imperio. Sería algo distinto, una nueva España ultramarina.

La destrucción de las Indias

La recepción que los americanos hicieron a Colón en la isla de San Salvador o Guanahani fue, según todos los testimonios, pacífico y confiado. Tal vez estarían acostumbrados a que desde el mar llegaran otros hombres, los llamados caribes, que tenían la costumbre de masacrarlos y a veces comer los restos humanos. Al asombro sucedería el alivio. Los españoles, por su parte, veían corroborada la tesis de Colón. Más tarde descubrirían que no era así, que habían llegado a un Nuevo Mundo, y a partir de ahí empezarían las preguntas que cambiarían para siempre la forma en que Occidente se veía a sí mismo. ¿Por qué aquella gente había sido ajena a la revelación cristiana? ¿Por qué andaban desnudos sin sentir vergüenza? ¿Qué lenguas eran las que hablaban? ¿Cómo y en qué medida les guiaba el principio de racionalidad? ¿De quién procedían, de Noé, de otros hombres desconocidos en la tradición cristiana? ¿Qué posición ocupaban en el conjunto de la humanidad? ¿En qué Historia había que encajarlos?

Al mismo tiempo que los españoles y los europeos empezaban a entender la diversidad que acaban de descubrir, vieron corroborada la unidad del género humano. Aquellos hombres utilizaban el lenguaje, estaban dispuestos al intercambio y a pesar de todas las diferencias, sus móviles se parecían a los que ellos mismos conocían: la ambición, el miedo, la necesidad de protección, el honor, el afán de independencia y de gloria.

El modo en que los españoles comprendieron aquel mundo nuevo vino marcado –como no podía ser de otra manera- por la cultura de la que procedían. Los nombres que dieron a los territorios eran cristianos en su mayoría (Santa Fe, Veracruz, San Francisco, Virgen de la Antigua, así a miles) y españoles, siempre. Otra referencia era el mundo clásico, como lo muestra la figura de las amazonas, que acabaron dando nombre al gran río, o las sirenas que Colón creyó ver en uno de sus viajes. Hubo quien buscó en territorio americano la fuente de la juventud y quien creyó haber encontrado Eldorado, una fantasía basada lejanamente en historias nativas americanas. También los libros de aventuras o de caballerías, que recogieron el legado de leyendas medievales y entusiasmaron a toda Europa entre el siglo XV y el XVI, alimentaron la imaginación de los conquistadores ante lo desconocido.

California debe su nombre a Garci Rodríguez de Montalvo y a su novela Las sergas (o proezas) de Esplandián, secuela de su Amadís de Gaula, donde da nombre a un territorio rico en oro y poblado en exclusiva de mujeres. La vista de Tenochtitlán llevó a Bernal Díaz del Castillo a escribir que aquello le pareció en su momento una de esas “cosas encantadas como en los libros de los Amadises”. Los templos aztecas, algunos de ellos con prácticas de sacrificios humanos, eran “mezquitas”. A aquellos hijos de la Reconquista, embarcados en una empresa que continuaba y superaba la anterior, no se les ocurría nada peor. En algún sistema de referencia había que integrar aquella ingente masa de nuevos conocimientos y nuevas experiencias.

El encuentro fue muy distinto para los americanos. Los españoles, que al principio pudieron parecer pacíficos, traían con ellos, además de una ambición insaciable, enfermedades que no se conocían en América. El contacto fue letal para los americanos. Un franciscano que desembarcó en América en 1500 escribió que “todos enfermamos, mucho o poco”, pero las calamidades que trajeron los españoles afectaron sobre todo a los americanos. Durante todo el siglo XVI se sucedieron oleadas de viruela, de sarampión, de tifus, de peste pulmonar, de paperas. A veces las enfermedades precedían a los conquistadores, como ocurrió en Perú. Otras veces hacían imposible cualquier empresa económica. En pocos años pereció, hasta no quedar ni rastro de ella, la población entera de las islas descubiertas por Colón, aquel paraíso antillano que tan hermoso pareció a los ojos de los españoles. En México y en Perú, aunque con importantes variantes regionales, se calcula que murió el 90 por ciento de la población. Según algunos cálculos, de unos cincuenta millones de personas que poblaban América a principios del siglo XVI, se pasó a veinte en los primeros años del XVIII.

Los americanos se vieron sometidos también a la codicia de los conquistadores. Los primeros años, nuestros antepasados actuaron como depredadores, sin restricción alguna. Las islas, México, Centroamérica y Perú fueron el escenario de una empresa de pillaje a escala inaudita. Los conquistadores iban en busca de materias fungibles, que no necesitaran mucho trabajo, y cuando agotaban un territorio, como ocurrió con Cuba, Santo Domingo y La Española, se trasladaban a otro. Los productos de la naturaleza valiosos de por sí, como las perlas, eran particularmente apreciados. Cuando se empezaba a acabar el oro, se descubrieron las minas de plata de Zacatecas – al norte de México- y de Potosí en Perú. Entonces la mano de obra indígena fue utilizada sin reparo alguno para la explotación de las nuevas riquezas minerales. Antes ya había sido puesta al servicio de los pobladores en las encomiendas, otra institución heredada de la Reconquista que otorgaba la explotación de un territorio y sus habitantes a un individuo, lo que llevó a situaciones de trabajo forzoso, casi en régimen de esclavitud.

A las enfermedades y a la explotación, tragedias inimaginables en sus proporciones de sufrimiento y desolación, se añadió el colapso de los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales americanos. Había conflictos internos, como no podía ser menos, y formas bárbaras de explotación. Había crueldades, como los sacrificios humanos y el canibalismo, de los que la población deseaba librarse. Había regímenes que estaban resquebrajándose, como el imperio inca. Había incluso vagas profecías milenaristas de destrucción y apocalipsis, como las había habido por centenares en el Occidente cristiano. Nada de esto preparaba a las poblaciones americanas para el hundimiento de su horizonte cultural, que fue lo que ocurrió en menos de cincuenta años.

Después de la invasión musulmana, los españoles hablaron de la destrucción de España. Otro español, Fray Bartolomé de las Casas, hablaría de la empresa americana como la destrucción de las Indias. Las Casas utilizaba la expresión a sabiendas de la resonancia que suscitaba en un oyente o un lector español. Aquello era todavía peor que una denuncia de las atrocidades cometidas por los españoles en tierras americanas. Era una puesta en duda de la legitimidad de su acción allí, del mismo modo que los españoles cristianos no reconocieron la España musulmana. Según Las Casas, la presencia de los españoles en América había tenido el mismo efecto que la invasión musulmana: la destrucción de España en un caso, la destrucción de las Indias, en otro.

La naturaleza de la España de ultramar

En diciembre de 1511 –tiempo de Adviento-, y en Santo Domingo, capital de La Española, el dominico fray Antonio de Montesinos subió al púlpito de una iglesia que todavía debía de ser muy humilde. Y delante de la plana mayor de las autoridades españolas, entre ellas Diego Colón, el hijo del almirante, pronunció uno de los sermones más célebres de la historia:

“Para dároslos a conocer [los pecados contra los americanos] me he subido aquí. Yo soy voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertos y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis por sacar y adquirir oro cada día. (…) ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?”

El sermón de Montesinos enfureció a las autoridades españolas pero tuvo una inmensa resonancia mucho más allá de Santo Domingo. Y fue amplificado aún más por Las Casas, que los consignó, como copió también –y conservó- el diario de Colón. Las Casas no se limitó a la denuncia de las atrocidades de los encomenderos españoles. Como hemos visto, puso en duda la legitimidad de la conquista. Con él salía a la luz uno de los elementos más originales de la conquista española del territorio americano, como es la interrogación acerca de la legitimidad de esa conquista. No hay precedentes –y muy pocas veces ha ocurrido después- de que una potencia se interrogue acerca de si tiene o no derecho a ocupar las tierras que está colonizando. Eso fue lo que hicieron los españoles. ¿Tenían derecho a implantar en América su propia cultura? ¿Tenían derecho a considerar a los americanos –los indios durante mucho tiempo, hasta hoy- como mano de obra a su disposición? ¿Tenían derecho los españoles a ocupar aquel territorio?

Fray Bartolomé de las Casas (ca. 1474-1566), sevillano, viajó a América de joven y recibió una encomienda en Cuba. Como encomendero, tenía a su cargo a un número de indios americanos. Los americanos a cargo de un encomendero trabajaban para él en una granja o en un establecimiento de otro tipo, o bien le pagaban tributo. A cambio, eran instruidos y evangelizados. En ningún caso podían ser considerados esclavos y estaban puestos bajo la protección de la Corona. La institución, heredada de las encomiendas que la Corona otorgaba durante la Reconquista a las órdenes militares encargadas de poblar las nuevas tierras, tenía el propósito de defender a los indios, pero degeneró en situaciones de trabajos forzados, casi de esclavitud. Las Casas se propuso cambiar la situación. Realizó un intento práctico con una colonia en La Española, pero fracasó. Más tarde ingresó en la orden de los dominicos, favorable a los americanos desde el principio. Se fue absorbiendo en su empresa reformadora, convertida en una obsesión. Y no sólo llegó a proponer reformas y a criticar con una dureza extrema –y con cifras exageradas- el comportamiento de los conquistadores y los encomenderos. También, como ya hemos visto, puso en cuestión la legitimidad misma de la conquista, lo que venía a poner en cuestión la presencia de los españoles en territorio americano.

Las pretensiones españolas sobre el Nuevo Mundo se basaban por lo fundamental en los tratados con Portugal y en las Bulas otorgadas en 1493 por el papa Alejandro VI a la corona de Castilla. A España se le concedía el dominio de las tierras descubiertas en la ruta hacia Asia con la condición de que protegieran y evangelizaran a las poblaciones que pudieran encontrar. A fin de forzar el consentimiento de estas poblaciones, se procedía, en cada encuentro, a la lectura de un requerimiento, un documento redactado en 1512 por el jurista Juan López de Palacios Rubios. Así se informaba a la población americana –que no siempre lo entendía, ni mucho menos- que los sucesores de San Pedro otorgaban a los reyes de España jurisdicción sobre aquellas tierras, y se les conminaba a acatarla o a aceptar una “guerra justa” en términos medievales. Los españoles también podían colonizar las tierras en función del precepto latino del “res nullius”, según el cual un bien que no pertenece a nadie pasa a ser propiedad de quien primero toma posesión de él, como si las tierras americanas no hubieran pertenecido a nadie antes de la llegada de los españoles,

El “requerimiento” obligaba a las poblaciones americanas a someterse, lo que traería consecuencias como la encomienda. Ahora bien, también confería obligaciones a los españoles, a la Iglesia y a la Corona. A partir de ahí se van formulando las propuestas para la reforma o las denuncias como las que escribió Las Casas. Como la Corona no quería que en sus territorios de ultramar surgiera una aristocracia de nuevo cuño, tenía interés en evitar que las encomiendas, la principal forma de explotación económica en territorio americano, se transformaran en feudos intocables. Además, la Corona había aceptado la responsabilidad de la evangelización. Más aún, había conseguido que el Papa la nombrara protectora de la Iglesia católica en el Nuevo Mundo, con lo que también tenía interés en reforzar el poder de la Iglesia, que estaba bajo su control.

En 1512, tras la vuelta a España de fray Antonio de Montesinos, la Corona promulgó las llamadas Leyes de Burgos, las primeras medidas legislativas especiales para las Indias. Los americanos indígenas son libres, y la Corona asume su protección al comprometerse a evangelizarlos. Aunque se empieza a elaborar una legislación especial para una realidad nueva, no se crea una entidad política autónoma. De las Leyes de Burgos procede el célebre documento del “requerimiento”, fruto de la polémica abierta, tras la llegada al Nuevo Mundo, sobre la propia conquista. Las Leyes de Burgos no cerraron esta discusión. El dominico Francisco de Vitoria (1483/1486-1546) volvió a plantear las bases de la legitimidad de la conquista. Los justos títulos de los españoles no se basan ya en las concesiones realizadas por el Papa a los Reyes Católicos. Se basan en la ley natural, según la cual los españoles tienen derecho a evangelizar la población americana y la Corona la obligación de protegerla.

La polémica alcanzaría un momento espectacular en Valladolid, en 1550, cuando se convocó una Junta, es decir un debate público, sobre los derechos de los españoles a la conquista. Por un lado estaban Las Casas y otros dominicos, algunos de ellos discípulos de Vitoria. Por otro estaba Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), alto funcionario, preceptor del futuro Felipe II, amigo de Garcilaso de la Vega, que le dedicó una oda en latín. Ginés de Sepúlveda fue un humanista, historiador y traductor de Aristóteles. Afirmaba que era lícita la guerra contra los infieles y que los españoles, por su superioridad cultural y su religión, tenían derecho a someter a los pueblos que viven en la barbarie. Sepúlveda, que escribía en latín, representaba la posición imperialista, la que respaldaba la conquista española de América con mayor claridad.

Ninguna de las dos posiciones enfrentadas en el Colegio de San Gregorio de Valladolid fue declarada vencedora. Pero las obras de Las Casas conocieron una difusión inmensa, mientras que la de Ginés de Sepúlveda, titulada Demócrates Segundo o De las justas causas de la guerra contra los indios, ni siquiera pudo ser publicada. Para evitar que cayera en el olvido –algo que apenas consiguió-, Sepúlveda sacó en Roma un opúsculo a modo de resumen.

Estaba claro cuál era la opinión dominante. El marco conceptual y político de la conquista y colonización de la España ultramarina contradecía la realidad de esta, aunque también la iba a encauzar en una dirección propia. Lo hizo con la promulgación en 1542 de las Leyes Nuevas de Indias, destinadas a ampliar y garantizar la protección de los americanos indígenas. Las Leyes Nuevas llegaban incluso a suprimir el carácter hereditario de la encomienda. Los encomenderos peruanos se sublevaron, el conflicto fue a mayores con la destitución, expulsión y muerte del primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, por los encomenderos que querían ya algo más de autonomía con respecto a la Corona. Se llegó así a la Junta de Valladolid, y luego se siguió legislando, con un grado extremo de minuciosidad. Desde muy temprano, los Reyes de España reglamentaron aspectos tan precisos como los horarios de los intérpretes en los juzgados para garantizar un juicio justo a que quienes no supieran español.

La prolijidad legislativa tuvo otra consecuencia, impensada al principio. En los primeros años, la justicia se impartía teniendo en cuenta los usos indios –los españoles eran más conservadores de lo que parecía- y, claro está, la legislación de Castilla. La necesidad de una legislación específica llegó a las sucesivas leyes de Indias, con sus diversas recopilaciones. Esta legislación ya no era castellana, sino española y americana a la vez. Y una vez que se empezó a poner en marcha, surgieron recopilaciones desde los territorios americanos. Así ocurrió con la Recopilación provincial peruana, de 1685. La España americana se iba dotando de sus propias leyes.

 

La ambición mundial

El 10 de agosto de 1519 salió de Sevilla otra expedición, financiada esta vez por la Corona. La componían cinco naves y 265 hombres, entre ellos el capitán Juan Sebastián Elcano (1476-1526), Rui Faleiro, astrónomo portugués, y un italiano, Antonio de Pigafetta, que empezó a redactar (en italiano) el diario del viaje. Al mando iba Fernando de Magallanes (1480-1521), marino portugués. Magallanes estaba seguro que al extremo sur del continente americano existía un paso que permitiría el acceso por mar a las Indias verdaderas, aquellas con las que Colón nunca dejó de soñar. Era una idea antigua, apoyada por el mapa célebre de Martin Behaim, un geógrafo alemán asentado en Portugal que construyó el primer globo terráqueo. Según Behaim, el Río de la Plata sería un estrecho para llegar al mar, el Mar del Sur al que había llegado Núñez de Balboa. Magallanes intentó convencer al rey de Portugal para conseguir financiación, pero en vista del reparto del territorio entre Portugal y Castilla, el rey prefirió abstenerse. Magallanes se dirigió a Castilla, convenció al cardenal Cisneros y emprendió la aventura.

Al cabo de tres años, el 6 de septiembre de 1522, llegó a España una nave, la Victoria, con Elcano y otros 17 supervivientes, entre ellos Pigafetta. También traían un cargamento de clavo y especias con el que se cubrieron los gastos de la expedición. Aunque muy diezmada, y habiendo conocido episodios de una dureza inconcebible, la expedición fue un éxito. Había descubierto el paso del mar Océano al mar del Sur, que Magallanes bautizó como Pacífico. Había cruzado este nuevo océano hasta el Oriente buscado por Colón, había abierto una nueva ruta para el comercio y había rodeado la tierra. Bernardo Vargas Machuca (ca. 1555-1622), “caballero castellano”, autor de un auténtico manual del conquistador español, dejó plasmado un lema orgulloso en la portada de su Milicia y descripción de las Indias: “A la espada y al compás, más, y más, y más, y más”. Para el cronista Hernán Pérez de Oliva, la posición de España había cambiado en pocos años: “Antes ocupábamos el fin del mundo, y ahora estamos en el medio, con mudanza de fortuna cual nunca otra se vio”.

El reino de Castilla fue el gran promotor de esta empresa, y no por casualidad. Castilla era rica, mantenía un comercio exterior intenso y regular, conocía los últimos avances en tecnología de navegación y después de la conquista de Granada, estaba en una disposición eufórica que le llevaba a ampliar su poder y su prestigio, hasta aventurarse allí donde nadie se había atrevido a dar el primer paso, como era el Atlántico. La reina Isabel pensaba además en una estrategia global de prevención contra el Islam: un gran pacto con las potencias orientales que contuviera a los musulmanes en el medio.

Asia no era una desconocida en Occidente, y los españoles tenían experiencia de primera mano, desde el viaje del madrileño Ruy González de Clavijo (¿?-1412), enviado por Enrique III a Samarkanda, donde fue recibido por Tamerlán. También contaban con la experiencia de Aragón en el comercio y en las técnicas de navegación. Y servía de acicate, además, la competencia con Portugal. Los portugueses, con el impulso de don Enrique el Navegante (1394-1460), habían explorado las costas de África y en 1492 estaban a punto de dar la vuelta al Cabo de Buena Esperanza, al que ya habían llegado en 1487. Así iban a hacer realidad el sueño de Colón, aunque fuera siguiendo la dirección contraria.

Ya había antecedentes, además. La Corona de Castilla había sabido aprovechar la conquista de Canarias, realizada en una primera fase, entre 1402 y 1405, por particulares, en particular Juan de Bethencourt, un normando que se hizo vasallo castellano. Allí se ensayaron, siguiendo modelos castellanos, formas de organización social y política que luego serían útiles en el Nuevo Mundo. El territorio pertenecía a la Corona de Castilla, se aplicaba la legislación castellana y se creó el Obispado de Canarias en Las Palmas. Las islas resultarían de valor estratégico crucial para el viaje hacia el este, y Colón repostó allí antes de llegar a las Indias.

La competencia entre Portugal y Castilla se dirimió en varios tratados. Estos acuerdos vinieron a rectificar el de Alcaçovas (1479-1480), que había dejado a Castilla arrinconada en una esquina del Atlántico, con las Islas Canarias como única posesión. Las bulas de Rodrigo de Borja, más conocido como el papa Alejandro VI (1431-1503) garantizaron a Castilla los territorios descubiertos por Colón. Alejandro VI, de la familia valenciana de los Borja –Borgia, una vez italianizado el apellido-, valenciano él mismo, había llegado a Roma siguiendo a su tío, el papa Calixto III. Fue un gran príncipe renacentista, enemigo de los intereses de Francia en Italia. Él encargó a Miguel Ángel la reconstrucción de la basílica de San Pedro.

Poco después de la promulgación de los decretos papales, los Tratados de Tordesillas, firmados luego de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, fijaron las esferas de influencia de Castilla y Portugal en Marruecos y sobre todo en el Atlántico. Se fijó un meridiano de partición a 370 leguas de las Islas de Cabo Verde. Todo lo que caía más acá estaría bajo la influencia de los portugueses y todo lo que estuviera más allá sería territorio abierto a la exploración de la Corona de Castilla. El Tratado de Tordesillas no se cumplió del todo, porque los portugueses avanzaron mucho más de lo pactado después de que Pedro Álvares Cabral llegara a las costas brasileñas el 23 de abril de 1500. (Ese mismo año, en enero, Vicente Yáñez Pinzón, navegante español, participante en el primer viaje de Colón, había empezado a explorar el delta del Amazonas.) Aun así, el Tratado sirvió para aclarar las zonas de influencia, y no para repartirse el mundo, como dijo la propaganda. También evitó conflictos y derramamientos de sangre.

Probablemente, Colón pensaba en una expansión como la portuguesa o la italiana en el Mediterráneo, con centros comerciales protegidos que sirvieran para canalizar las mercancías hacia la metrópoli, sin ocupación territorial extensa. Es la idea que intenta llevar a la práctica en La Española, con poco éxito. En aquel fiasco no sólo fue responsable su escasa capacidad de gestión política. Colón, que había comprendido que la mentalidad de los españoles estaba dispuesta para la aventura que les propuso, no podía ni soñar con ahormar todo lo que él mismo puso en marcha.

El respaldo papal a la expansión no iba sin condiciones. Llevaba aparejada una, determinante, como era la evangelización de las poblaciones que se pudieran encontrar. Colón, como ya se ha dicho, no llevaba ningún sacerdote en su primer viaje. En los siguientes, la presencia de la Iglesia y de las órdenes religiosas sería fundamental. La empresa de evangelización determinaría, en buena medida, la situación jurídica de los americanos. Se les trataría mal, a veces como animales, pero no podían ser esclavos, ni tratados como una mercancía. La Corona, además, se comprometía a protegerlos como cristianos que eran, lo que determinaría la relación de la Corona con los americanos, y le proporcionaría una palanca de acción y de influencia. La Corona fue oficialmente la protectora de la Iglesia en sus nuevos territorios. Ese rango le daba privilegios, como la elección de cargos eclesiásticos y el control de los asuntos de la Iglesia, pero también le imponía obligaciones. Al aceptar la misión evangelizadora, la Corona abría además el camino a la hispanización de esas mismas poblaciones. La cristianización sería también –aunque no sin dificultades- hispanización. América no iba a convertirse en una simple red de emporios comerciales. Sería una segunda España, la nueva España que Cortés quiso que fuera México.

Las capitulaciones que los Reyes Católicos firmaron con Colón eran un poco engañosas. Habían cedido al descubridor una autoridad, unas competencias y unos títulos poco usuales en los acuerdos para la toma y la repoblación de los territorios durante la Reconquista. Colón, como es natural, se los tomó muy en serio, pero desde el mismo momento en que llegaron las noticias del Nuevo Mundo, los reyes y los funcionarios de la administración real se pusieron a trabajar para recuperar el terreno que habían cedido. Castilla y Aragón acababan de salir de dos guerras civiles en los que ambas Coronas tuvieron que imponerse a la fuerza sobre unos nobles levantiscos. Después de aquello, los reyes no iban a dejar que se implantara una aristocracia territorial del otro lado del Atlántico. Y consiguieron su objetivo. Los territorios se colonizarían mediante cesiones, pero siempre bajo la supervisión de la Corona y su administración.

Castilla podía haber organizado en América un imperio colonial como los portugueses, porque España tenía tanta o más experiencia en redes comerciales que Portugal o que cualquier otro territorio europeo de su tiempo. Pero los españoles que emprendieron el viaje a América buscaban, por lo menos al principio, un enriquecimiento lo más rápido posible, y una fama, o una gloria, que les diese un prestigio instantáneo, que sabían al alcance de la mano. Hernán Cortés demostró que era posible compatibilizar la gloria, el enriquecimiento rápido y la habilidad empresarial. No siempre fue así. De su paso por Estados Unidos, donde acabó muriendo agotado, Hernando de Soto sólo se llevó la gloria. Almagro sacrificó su fortuna para conquistar Chile, sin lograrlo. Núñez de Balboa quemó todas sus posibilidades en su brutal carrera para llegar al Mar del Sur, el Pacífico. Pizarro sucumbió a una combinación letal de delegados de la autoridad española, ambiciones insatisfechas y rencores sin fondo.

La conquista española y la construcción de la España americana tienen algunas cosas en común, y muchas diferencias con la instalación de los ingleses en Norteamérica. Los ingleses son colonos y los españoles, pobladores, como en la empresa de Reconquista en España. En los dos casos hay concesiones de la Corona. Ahora bien, los españoles son conquistadores, como si prosiguieran la empresa que había movilizado a sus antecesores durante tantos años, y además son leales a la Corona, que controla todo el proceso, desde la salida y el embarque hasta el control de las tierras y la entrada de mercancías en España. Resulta asombroso, en realidad, que tantas energías no desbordaran a la Corona española y que hubiera tan pocos movimientos de rebelión abierta contra ella, en territorios tan lejanos además. Hubo tensiones, claro está, y algún episodio de rebelión abierta, como el que protagonizó Lope de Aguirre, de una crueldad salvaje, en el Orinoco. Pero en general, los conquistadores acataban la autoridad de la Corona, incluso cuando se rebelaban contra sus superiores, como Cortés. Más aún, la consideraban cosa suya, algo sin lo cual la empresa en la que se habían embarcado no tenía sentido.

Por su parte, los territorios americanos impusieron su propia lógica. Se prestaban peor que los asiáticos a la instalación de un imperio comercial. La diferencia en el desarrollo cultural entre los americanos y los europeos era, en general, demasiado grande. Excepto el oro, las perlas y luego la plata, América no producía lo que los españoles iban buscando. Por otro lado, había suficiente población como para ser explotada fácilmente, y sin mucho coste. Tenía más sentido un imperio territorial y al final civilizador, que otro puramente comercial. Hernán Cortés propuso que Carlos V adoptara el título de Emperador de las Indias. No hubo respuesta, y la propuesta fue rechazada una segunda vez en 1564 por Felipe II. La aventura imperial no desembocaría, al menos formalmente, en un Imperio. Sería algo distinto, una nueva España ultramarina.

 

La destrucción de las Indias

 

La recepción que los americanos hicieron a Colón en la isla de San Salvador o Guanahani fue, según todos los testimonios, pacífico y confiado. Tal vez estarían acostumbrados a que desde el mar llegaran otros hombres, los llamados caribes, que tenían la costumbre de masacrarlos y a veces comer los restos humanos. Al asombro sucedería el alivio. Los españoles, por su parte, veían corroborada la tesis de Colón. Más tarde descubrirían que no era así, que habían llegado a un Nuevo Mundo, y a partir de ahí empezarían las preguntas que cambiarían para siempre la forma en que Occidente se veía a sí mismo. ¿Por qué aquella gente había sido ajena a la revelación cristiana? ¿Por qué andaban desnudos sin sentir vergüenza? ¿Qué lenguas eran las que hablaban? ¿Cómo y en qué medida les guiaba el principio de racionalidad? ¿De quién procedían, de Noé, de otros hombres desconocidos en la tradición cristiana? ¿Qué posición ocupaban en el conjunto de la humanidad? ¿En qué Historia había que encajarlos?

Al mismo tiempo que los españoles y los europeos empezaban a entender la diversidad que acaban de descubrir, vieron corroborada la unidad del género humano. Aquellos hombres utilizaban el lenguaje, estaban dispuestos al intercambio y a pesar de todas las diferencias, sus móviles se parecían a los que ellos mismos conocían: la ambición, el miedo, la necesidad de protección, el honor, el afán de independencia y de gloria.

El modo en que los españoles comprendieron aquel mundo nuevo vino marcado –como no podía ser de otra manera- por la cultura de la que procedían. Los nombres que dieron a los territorios eran cristianos en su mayoría (Santa Fe, Veracruz, San Francisco, Virgen de la Antigua, así a miles) y españoles, siempre. Otra referencia era el mundo clásico, como lo muestra la figura de las amazonas, que acabaron dando nombre al gran río, o las sirenas que Colón creyó ver en uno de sus viajes. Hubo quien buscó en territorio americano la fuente de la juventud y quien creyó haber encontrado Eldorado, una fantasía basada lejanamente en historias nativas americanas. También los libros de aventuras o de caballerías, que recogieron el legado de leyendas medievales y entusiasmaron a toda Europa entre el siglo XV y el XVI, alimentaron la imaginación de los conquistadores ante lo desconocido.

California debe su nombre a Garci Rodríguez de Montalvo y a su novela Las sergas (o proezas) de Esplandián, secuela de su Amadís de Gaula, donde da nombre a un territorio rico en oro y poblado en exclusiva de mujeres. La vista de Tenochtitlán llevó a Bernal Díaz del Castillo a escribir que aquello le pareció en su momento una de esas “cosas encantadas como en los libros de los Amadises”. Los templos aztecas, algunos de ellos con prácticas de sacrificios humanos, eran “mezquitas”. A aquellos hijos de la Reconquista, embarcados en una empresa que continuaba y superaba la anterior, no se les ocurría nada peor. En algún sistema de referencia había que integrar aquella ingente masa de nuevos conocimientos y nuevas experiencias.

El encuentro fue muy distinto para los americanos. Los españoles, que al principio pudieron parecer pacíficos, traían con ellos, además de una ambición insaciable, enfermedades que no se conocían en América. El contacto fue letal para los americanos. Un franciscano que desembarcó en América en 1500 escribió que “todos enfermamos, mucho o poco”, pero las calamidades que trajeron los españoles afectaron sobre todo a los americanos. Durante todo el siglo XVI se sucedieron oleadas de viruela, de sarampión, de tifus, de peste pulmonar, de paperas. A veces las enfermedades precedían a los conquistadores, como ocurrió en Perú. Otras veces hacían imposible cualquier empresa económica. En pocos años pereció, hasta no quedar ni rastro de ella, la población entera de las islas descubiertas por Colón, aquel paraíso antillano que tan hermoso pareció a los ojos de los españoles. En México y en Perú, aunque con importantes variantes regionales, se calcula que murió el 90 por ciento de la población. Según algunos cálculos, de unos cincuenta millones de personas que poblaban América a principios del siglo XVI, se pasó a veinte en los primeros años del XVIII.

Los americanos se vieron sometidos también a la codicia de los conquistadores. Los primeros años, nuestros antepasados actuaron como depredadores, sin restricción alguna. Las islas, México, Centroamérica y Perú fueron el escenario de una empresa de pillaje a escala inaudita. Los conquistadores iban en busca de materias fungibles, que no necesitaran mucho trabajo, y cuando agotaban un territorio, como ocurrió con Cuba, Santo Domingo y La Española, se trasladaban a otro. Los productos de la naturaleza valiosos de por sí, como las perlas, eran particularmente apreciados. Cuando se empezaba a acabar el oro, se descubrieron las minas de plata de Zacatecas – al norte de México- y de Potosí en Perú. Entonces la mano de obra indígena fue utilizada sin reparo alguno para la explotación de las nuevas riquezas minerales. Antes ya había sido puesta al servicio de los pobladores en las encomiendas, otra institución heredada de la Reconquista que otorgaba la explotación de un territorio y sus habitantes a un individuo, lo que llevó a situaciones de trabajo forzoso, casi en régimen de esclavitud.

A las enfermedades y a la explotación, tragedias inimaginables en sus proporciones de sufrimiento y desolación, se añadió el colapso de los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales americanos. Había conflictos internos, como no podía ser menos, y formas bárbaras de explotación. Había crueldades, como los sacrificios humanos y el canibalismo, de los que la población deseaba librarse. Había regímenes que estaban resquebrajándose, como el imperio inca. Había incluso vagas profecías milenaristas de destrucción y apocalipsis, como las había habido por centenares en el Occidente cristiano. Nada de esto preparaba a las poblaciones americanas para el hundimiento de su horizonte cultural, que fue lo que ocurrió en menos de cincuenta años.

Después de la invasión musulmana, los españoles hablaron de la destrucción de España. Otro español, Fray Bartolomé de las Casas, hablaría de la empresa americana como la destrucción de las Indias. Las Casas utilizaba la expresión a sabiendas de la resonancia que suscitaba en un oyente o un lector español. Aquello era todavía peor que una denuncia de las atrocidades cometidas por los españoles en tierras americanas. Era una puesta en duda de la legitimidad de su acción allí, del mismo modo que los españoles cristianos no reconocieron la España musulmana. Según Las Casas, la presencia de los españoles en América había tenido el mismo efecto que la invasión musulmana: la destrucción de España en un caso, la destrucción de las Indias, en otro.

 

 

La naturaleza de la España de ultramar

 

En diciembre de 1511 –tiempo de Adviento-, y en Santo Domingo, capital de La Española, el dominico fray Antonio de Montesinos subió al púlpito de una iglesia que todavía debía de ser muy humilde. Y delante de la plana mayor de las autoridades españolas, entre ellas Diego Colón, el hijo del almirante, pronunció uno de los sermones más célebres de la historia:

“Para dároslos a conocer [los pecados contra los americanos] me he subido aquí. Yo soy voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensasteis oír… Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertos y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis por sacar y adquirir oro cada día. (…) ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?”

El sermón de Montesinos enfureció a las autoridades españolas pero tuvo una inmensa resonancia mucho más allá de Santo Domingo. Y fue amplificado aún más por Las Casas, que los consignó, como copió también –y conservó- el diario de Colón. Las Casas no se limitó a la denuncia de las atrocidades de los encomenderos españoles. Como hemos visto, puso en duda la legitimidad de la conquista. Con él salía a la luz uno de los elementos más originales de la conquista española del territorio americano, como es la interrogación acerca de la legitimidad de esa conquista. No hay precedentes –y muy pocas veces ha ocurrido después- de que una potencia se interrogue acerca de si tiene o no derecho a ocupar las tierras que está colonizando. Eso fue lo que hicieron los españoles. ¿Tenían derecho a implantar en América su propia cultura? ¿Tenían derecho a considerar a los americanos –los indios durante mucho tiempo, hasta hoy- como mano de obra a su disposición? ¿Tenían derecho los españoles a ocupar aquel territorio?

Fray Bartolomé de las Casas (ca. 1474-1566), sevillano, viajó a América de joven y recibió una encomienda en Cuba. Como encomendero, tenía a su cargo a un número de indios americanos. Los americanos a cargo de un encomendero trabajaban para él en una granja o en un establecimiento de otro tipo, o bien le pagaban tributo. A cambio, eran instruidos y evangelizados. En ningún caso podían ser considerados esclavos y estaban puestos bajo la protección de la Corona. La institución, heredada de las encomiendas que la Corona otorgaba durante la Reconquista a las órdenes militares encargadas de poblar las nuevas tierras, tenía el propósito de defender a los indios, pero degeneró en situaciones de trabajos forzados, casi de esclavitud. Las Casas se propuso cambiar la situación. Realizó un intento práctico con una colonia en La Española, pero fracasó. Más tarde ingresó en la orden de los dominicos, favorable a los americanos desde el principio. Se fue absorbiendo en su empresa reformadora, convertida en una obsesión. Y no sólo llegó a proponer reformas y a criticar con una dureza extrema –y con cifras exageradas- el comportamiento de los conquistadores y los encomenderos. También, como ya hemos visto, puso en cuestión la legitimidad misma de la conquista, lo que venía a poner en cuestión la presencia de los españoles en territorio americano.

Las pretensiones españolas sobre el Nuevo Mundo se basaban por lo fundamental en los tratados con Portugal y en las Bulas otorgadas en 1493 por el papa Alejandro VI a la corona de Castilla. A España se le concedía el dominio de las tierras descubiertas en la ruta hacia Asia con la condición de que protegieran y evangelizaran a las poblaciones que pudieran encontrar. A fin de forzar el consentimiento de estas poblaciones, se procedía, en cada encuentro, a la lectura de un requerimiento, un documento redactado en 1512 por el jurista Juan López de Palacios Rubios. Así se informaba a la población americana –que no siempre lo entendía, ni mucho menos- que los sucesores de San Pedro otorgaban a los reyes de España jurisdicción sobre aquellas tierras, y se les conminaba a acatarla o a aceptar una “guerra justa” en términos medievales. Los españoles también podían colonizar las tierras en función del precepto latino del “res nullius”, según el cual un bien que no pertenece a nadie pasa a ser propiedad de quien primero toma posesión de él, como si las tierras americanas no hubieran pertenecido a nadie antes de la llegada de los españoles,

El “requerimiento” obligaba a las poblaciones americanas a someterse, lo que traería consecuencias como la encomienda. Ahora bien, también confería obligaciones a los españoles, a la Iglesia y a la Corona. A partir de ahí se van formulando las propuestas para la reforma o las denuncias como las que escribió Las Casas. Como la Corona no quería que en sus territorios de ultramar surgiera una aristocracia de nuevo cuño, tenía interés en evitar que las encomiendas, la principal forma de explotación económica en territorio americano, se transformaran en feudos intocables. Además, la Corona había aceptado la responsabilidad de la evangelización. Más aún, había conseguido que el Papa la nombrara protectora de la Iglesia católica en el Nuevo Mundo, con lo que también tenía interés en reforzar el poder de la Iglesia, que estaba bajo su control.

En 1512, tras la vuelta a España de fray Antonio de Montesinos, la Corona promulgó las llamadas Leyes de Burgos, las primeras medidas legislativas especiales para las Indias. Los americanos indígenas son libres, y la Corona asume su protección al comprometerse a evangelizarlos. Aunque se empieza a elaborar una legislación especial para una realidad nueva, no se crea una entidad política autónoma. De las Leyes de Burgos procede el célebre documento del “requerimiento”, fruto de la polémica abierta, tras la llegada al Nuevo Mundo, sobre la propia conquista. Las Leyes de Burgos no cerraron esta discusión. El dominico Francisco de Vitoria (1483/1486-1546) volvió a plantear las bases de la legitimidad de la conquista. Los justos títulos de los españoles no se basan ya en las concesiones realizadas por el Papa a los Reyes Católicos. Se basan en la ley natural, según la cual los españoles tienen derecho a evangelizar la población americana y la Corona la obligación de protegerla.

La polémica alcanzaría un momento espectacular en Valladolid, en 1550, cuando se convocó una Junta, es decir un debate público, sobre los derechos de los españoles a la conquista. Por un lado estaban Las Casas y otros dominicos, algunos de ellos discípulos de Vitoria. Por otro estaba Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), alto funcionario, preceptor del futuro Felipe II, amigo de Garcilaso de la Vega, que le dedicó una oda en latín. Ginés de Sepúlveda fue un humanista, historiador y traductor de Aristóteles. Afirmaba que era lícita la guerra contra los infieles y que los españoles, por su superioridad cultural y su religión, tenían derecho a someter a los pueblos que viven en la barbarie. Sepúlveda, que escribía en latín, representaba la posición imperialista, la que respaldaba la conquista española de América con mayor claridad.

Ninguna de las dos posiciones enfrentadas en el Colegio de San Gregorio de Valladolid fue declarada vencedora. Pero las obras de Las Casas conocieron una difusión inmensa, mientras que la de Ginés de Sepúlveda, titulada Demócrates Segundo o De las justas causas de la guerra contra los indios, ni siquiera pudo ser publicada. Para evitar que cayera en el olvido –algo que apenas consiguió-, Sepúlveda sacó en Roma un opúsculo a modo de resumen.

Estaba claro cuál era la opinión dominante. El marco conceptual y político de la conquista y colonización de la España ultramarina contradecía la realidad de esta, aunque también la iba a encauzar en una dirección propia. Lo hizo con la promulgación en 1542 de las Leyes Nuevas de Indias, destinadas a ampliar y garantizar la protección de los americanos indígenas. Las Leyes Nuevas llegaban incluso a suprimir el carácter hereditario de la encomienda. Los encomenderos peruanos se sublevaron, el conflicto fue a mayores con la destitución, expulsión y muerte del primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, por los encomenderos que querían ya algo más de autonomía con respecto a la Corona. Se llegó así a la Junta de Valladolid, y luego se siguió legislando, con un grado extremo de minuciosidad. Desde muy temprano, los Reyes de España reglamentaron aspectos tan precisos como los horarios de los intérpretes en los juzgados para garantizar un juicio justo a que quienes no supieran español.

La prolijidad legislativa tuvo otra consecuencia, impensada al principio. En los primeros años, la justicia se impartía teniendo en cuenta los usos indios –los españoles eran más conservadores de lo que parecía- y, claro está, la legislación de Castilla. La necesidad de una legislación específica llegó a las sucesivas leyes de Indias, con sus diversas recopilaciones. Esta legislación ya no era castellana, sino española y americana a la vez. Y una vez que se empezó a poner en marcha, surgieron recopilaciones desde los territorios americanos. Así ocurrió con la Recopilación provincial peruana, de 1685. La España americana se iba dotando de sus propias leyes.

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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