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La Ilustración española. Reformismo y amor a la patria (1)

De Historia patriótica de España, Planeta, 2011.

En 1702 los ingleses destruyeron la flota española en la ría de Vigo, cuando volvía de América cargada de plata y de riqueza, y protegida –de poco sirvió- por barcos de guerra franceses. La Corona española se propuso rectificar esta situación, de la que dependían sus ingresos, el estatus de potencia internacional de España y su comercio atlántico. El esfuerzo que había que realizar era gigantesco porque lo que en su tiempo, en el siglo XVI, fue una flota de vanguardia ahora no podía resistir la comparación con la marina inglesa. Los galeones españoles se habían quedado anticuados.

 

En tiempos de Felipe V se inició la construcción de los artilleros de El Ferrol y Cartagena. Hubo agentes españoles encargados del espionaje industrial en Inglaterra, para conocer y aplicar las nuevas técnicas navales. El marqués de la Ensenada (1702-1781), un conservador dinámico y emprendedor, cortesano fastuoso que empezó su brillantísima carrera en una casa comercial de Cádiz y llegó a ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias con Fernando VI, sería de los principales impulsores de esta empresa destinada a restaurar la grandeza de España. Con el tiempo se consiguió el objetivo y a final del siglo España había recuperado una flota de primera categoría. Símbolo de este nuevo poder fue el grandioso Santísima Trinidad. Construido en el astillero de La Habana, durante mucho tiempo fue el mayor navío del mundo, de cuatro puentes y 140 cañones, auténtica fortificación flotante y buque insignia de la armada española.

Menos fortuna tuvo la reforma del ejército de tierra, que también había quedado anticuado. En vez de mercenarios extranjeros y reclutas de vagabundos, el gobierno intentó implantar un servicio militar obligatorio, por sorteo de quintas, que no tuvo éxito por la feroz resistencia de la población. En su mayor parte, el ejército siguió compuesto de extranjeros a sueldo. En 1780, la marina de guerra española consiguió un gran éxito actuando como sus adversarios británicos, al modo pirata. Al mando del almirante Luis de Córdoba, apresó cerca de las Azores un convoy inglés que se dirigía a Jamaica, con un botín de 55 buques de carga y tres mil prisioneros. Las reformas militares y las nuevas necesidades del Ejército también promovieron la introducción de novedades científicas y técnicas, en todo lo relacionado con las “ciencias útiles”, desde la física a la medicina, la cartografía, la astronomía y la cartografía.

Ensenada, por su carácter y por la brillantez de su gestión, ha quedado como el personaje más representativo de una generación de hombres inteligentes y eficaces, tanto que a veces tendemos a pensar en ellos más como administradores y técnicos que como políticos. Es algo característico del siglo de las Luces, que, en lo que a gobernación se refiere, parece dar más importancia a la eficacia que a las cuestiones de poder, e incluso a las ideológicas. No es del todo cierto. Aquellos hombres estaban movidos por una idea que desemboca casi naturalmente en la promoción del bienestar de la nación. Tendían a seguir una práctica moderada, que también podría llamarse nacional. Entre los grandes ministros de estos años se encuentra José Patiño (1666-1736), nacido en Milán de padre español, que dedicó su vida entera al servicio de la Corona y emprendió tareas tan diversas como la realización de un catastro en Cataluña tras la Guerra de Sucesión, el impulso a la flota, la redacción de las nuevas Ordenanzas de la Armada o la creación de la primera Compañía de Guardias Marinas, antecedente de la actual Escuela Naval Militar. Ordenó el asalto de Orán y consiguió así frenar la piratería en el Mediterráneo. Fue Patiño quien se fijó en el joven Zenón de Somodevilla cuando era un empleado comercial en Cádiz. El título de marqués de la Ensenada vendría después, cuando puso en marcha algunas granes reformas, entre ellas la de la Hacienda.

 

Marqués de la Ensenada

 

El sistema de gobierno de la nueva dinastía continúa el gobierno de los validos, vigente en tiempos de los Austrias. Ahora bien, ya no gobiernan los aristócratas, aunque haya algún noble, como el conde de Aranda bajo Carlos III, en la nómina de primeros ministros. Además, se gobierna según los planes del rey. Hasta tal punto es así, que la monarquía, en este siglo, alcanza un grado superior de poder y autoridad. El Decreto de Nueva Planta empieza a unificar los territorios y despeja los obstáculos a la autoridad de la Corona. La política española abandona la tradición pactista y “compuesta” propia de la dinastía anterior, para simplificar y unificar la toma de decisiones. Las leyes tenderán a ser las mismas para todos, y los españoles se encaminaban a un mismo régimen administrativo y legal. Se perpetuaron los Consejos –excepto el de Italia y el de Aragón, que desaparecieron porque no tenían ya razón de ser- pero limitados en sus atribuciones. No así el de Castilla, que vio ampliadas sus prerrogativas. Los Consejos seguirían a cargo de las tareas administrativas, mientras que las estrategias, las decisiones y el seguimiento de las grandes cuestiones, las llevarían ahora los secretarios de Estado, más parecidos a los actuales ministros.

La Corona también consiguió ampliar su poder ante la Iglesia Católica. El Papa había reconocido al archiduque Carlos como legítimo sucesor de Carlos II, lo que provocó la expulsión del nuncio y un avance en las posiciones que se suelen llamar regalistas, porque apoyan el derecho de los reyes sobre las “regalías”, las prerrogativas exclusivas de los monarcas, más en especial de aquellas que entraban en contradicción con los derechos del Papa. La contraofensiva de la Iglesia pareció luego cambiar las tornas, pero la firmeza de la Corona acabó imponiéndose. La Corona, titular del Patronato Real de la Iglesia en América, lo consiguió también para la Iglesia española. Los reyes tendrían por tanto las mismas prerrogativas que ya tenía en ultramar, en particular la propuesta de cargos eclesiásticos.

Esta reforma no suponía una ruptura con la política anterior. Los reyes españoles nunca habían aceptado la intromisión de la Iglesia en los asuntos de su competencia. Por otro lado, esta independencia no significaba enfrentamiento sobre cuestiones de fondo. La posición del Papa en la Guerra de Sucesión vino determinada por la situación política italiana, no por consideraciones de otra índole. Buena parte de la Iglesia española participó del impulso reformista y de las preocupaciones sociales de la Ilustración. El cardenal Francisco de Lorenzana (1722-1804), después de una ingente labor apostólica y cultural en México, siguió trabajando en Toledo. Fundó dos hospicios que acogían a los desvalidos y donde estos aprendían un oficio, creó una biblioteca extraordinaria, coleccionó arte americano, publicó la liturgia mozárabe –o española-, y acogió a los sacerdotes perseguidos por los revolucionarios franceses… Así como los ilustrados españoles son creyentes, buena parte de la Iglesia española también fue ilustrada.

(Continuará)

Ilustración: Frncisco de Goya, Pradera de San Isidro.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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