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La ilustración española. Reformismo y amor a la patria (2)

De Historia patriótica de España, Planeta, 2011.

Reformismo y amor a la patria (1)

Los gobernantes españoles se habían propuesto un objetivo que iba más allá de la ampliación del poder de la Corona. Ponía éste al servicio de la felicidad de sus súbditos. La felicidad era por entonces un concepto nuevo, en cuanto a su significado político. Lo había empezado a poner en circulación un filósofo inglés, John Locke, que alcanzaría gran predicamento en todo el siglo de la Ilustración y supo plasmar el espíritu que animaba a aquellos hombres. Hacer la felicidad de los súbditos era, para los gobernantes del siglo XVIII, proporcionar las condiciones para un mínimo de prosperidad y de acceso al progreso, a las luces. No era un programa de emancipación, que vendría más tarde y muchas veces a sangre y fuego. Era un programa lento y cauto, muchas veces contradictorio y adaptado a las realidades de las que se partía, para sentar las bases de una mejora de la situación de los españoles en su conjunto, sin distinción de clases.

 

Uno de los varios efectos de la aplicación de esta política, que se puede llamar nacional sin forzar el significado del término, fue el aumento de la población. Resultaba evidente que uno de las causas de la menor prosperidad de España con respecto a  otros países europeos era la escasez de la población. La administración realizó entonces un importante esfuerzo de investigación demográfica que culminó con el llamado Catastro de Ensenada, la monumental encuesta realizada para conocer la población y la riqueza de las poblaciones de Castilla. Al principio del siglo, España tenía entre siete y ocho millones de habitantes. Francia, por ejemplo, tenía 25. Al final del siglo XVIII, la población española había aumentado hasta los once millones. Seguía quedando atrás, eso sí, el centro de España. La población creció sobre todo en la periferia, y más en la costa mediterránea que en la cantábrica, ya superpoblada: en el siglo borbónico, la población de Cataluña se duplicó y la de Valencia creció aún más. El aumento se había iniciado en la segunda mitad del siglo XVII. Ahora se consolidó y fue el principio de una revolución demográfica que tendría lugar en el siglo XIX.

Algunas enfermedades siguieron siendo mortales, como la viruela, que acabó con  el rey Luis I. Aun así la peste, causante de gran mortandad en el siglo anterior, fue erradicada. La mejoría benefició sobre todo a las regiones periféricas, muy en particular a Valencia, que vio triplicada su población, y a Cataluña, que la multiplicó por dos. Bilbao pasó de cinco mil a diez mil habitantes. Cádiz creció, aunque a expensas de Sevilla. Barcelona tenía 37.000 habitantes al terminar el asedio de 1713 y al final del siglo casi alcanza los cien mil. Madrid tenía por entonces 150.000 habitantes. La gran zona central, el antiguo reino de Castilla, había sido arruinada por los impuestos confiscatorios de los siglos anteriores. La población se hundido, y tenía además una red de carreteras y de caminos precaria. En consecuencia, no pudo aprovechar las iniciativas de la Corona. Es verdad que surgieron proyectos industriales, como las pañerías de Guadalajara y de Segovia, que dieron empleo a miles de personas, pero en lo económico y en lo demográfico, Castilla, el centro de España, no creció como crecieron las regiones periféricas. El nuevo modelo económico que se puso en marcha con la dinastía consagró lo que ya se había insinuado en el siglo XVII: el enriquecimiento de las zonas periféricas y el atraso de Castilla, antes tan dinámica y tan rica.

Iniciativas industriales como las de Guadalajara y Segovia, directamente patrocinadas por los gobiernos, fueron un fracaso en toda Europa. Inspiradas, como las anteriores, en la política mercantilista que había puesto en marcha en Francia Jean-Baptiste Colbert, el ministro de Luis XIV, no se mantenían sin el apoyo de la administración. Muchas acabaron cerradas y otras se perpetuaron gracias a una política de prestigio, o porque tenían en la Corona un cliente asegurado. Dada la alta calidad de sus productos, algunas han llegado han llegado hasta nuestros días, como la fábrica de cristal de La Granja de San Ildefonso y la de tapices de Santa Bárbara.

Las políticas mercantilistas a la francesa no eran la única inspiración de los economistas españoles de entonces. El navarro Jerónimo de Uztáriz, amigo del empresario Juan de Goyeneche, preconizó en su Theórica y práctica de comercio y marina (1724) soluciones colbertistas, a la francesa, como el aumento de los impuestos para impedir la entrada de mercancías extranjeras. Otros, en cambio, se interesaban más por el modelo holandés, que había hecho de una compañía comercial –la Compañía de las Indicas Orientales- el eje de su prosperidad.

Hubo iniciativas industriales como los arsenales de Cádiz y de La Habana, además de los del Ferrol y Cartagena. Las minas de Almadén vieron multiplicadas su producción de azogue, destinado a las minas de plata en México. Se levantaron los primeros altos hornos, en Liérganes y La Cavada, Santander, para la fabricación de cañones. La Corona dictó medidas proteccionistas que impulsaron las fábricas textiles catalanas, las llamadas “fábricas de indianas” (telas de algodón estampadas), y las necesidades del nuevo Ejército y la nueva Marina fueron cubiertas por los talleres catalanes. En San Sebastián se creó la Compañía de Caracas, que comerciaba con el cacao producido en Venezuela.

El impulso económico fue también, como es natural, de orden intelectual. Había una coincidencia general en que era necesaria la reforma de las Universidades. La Corona había aprovechado la situación de Cataluña para cerrar los establecimientos anteriores y abrir una nueva, la Universidad de Cervera. Cervera, que dependía directamente del gobierno, implantó estudios científicos y el profesorado fue seleccionado con métodos profesionales. Desde tiempos de Carlos II, la gente ilustrada se reunía para comentar asuntos científicos o literarios. En Madrid acudían a las tertulias del marqués de Mondéjar, interesada en la historia, y a la del duque de Montilla, más aficionado a los estudios filosóficos. En Sevilla solía reunirse un grupo de médicos, y en Valencia otro de matemáticos, entre los que estaba Juan Vicente Tosca, que en su Compendio matemático, una obra monumental de nueve volúmenes (1707-1715) divulgó los conocimientos de su tiempo, los matemáticos, los físicos –por ejemplo, las teorías de Newton- y las teorías acerca de la autonomía del saber científico.

A estos hombres los llamaron, con matiz de burla, novatores, innovadores: gente preocupada por el saber científico y el conocimiento racional. Formaron la primera generación de ilustrados españoles, más pendientes del saber puro que la que vendría después, interesada también en las cuestiones prácticas. En 1700, los médicos sevillanos habían creado la Real Sociedad de Medicina y demás Ciencias. Era el principio de un nuevo impulso intelectual.

Continuará

Ilustración: Plano de Cádiz, 1760.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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