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Borromini: San Carlino, Sant’Ivo alla Sapienza, por Sergio Perdiguer

Cuando observamos estas dos fotografías, se podría pensar que lo que se quiere exponer con ellas es un cambio trascendental entre una y otra, un cambio que pasa por el abandono de la forma pura en las cúpulas de las iglesias. En cierta medida, es cierto que hay un contraste entre la serenidad que transmite la primera y la aparente complejidad de la segunda.

 

Sin embargo, entre estas dos imágenes sólo hay un pequeño paso en la trayectoria del gran arquitecto barroco Francesco Borromini en su búsqueda de los modelos de la Antigüedad tardía.

Al contrario que su colega Bernini, Borromini no pone su referencia en los modelos más clásicos de la Antigua Roma ejemplificados por el Panteón; aquellos que también habían mirado antes Alberti, Bramante, Rafael y Palladio. Su afinidad se corresponde más con la época tardo-imperial (Villa de Adriano, Templo de Venus en Baalbek…), es decir, con la época más “barroca” de la arquitectura romana.

Además de la escasa diferencia temporal entre ambas imágenes (arriba, San Carlino; debajo, Sant’Ivo alla Sapienza), que es de tan solo dos años (1641-1643), existen condicionantes externos tales como la forma de la parcela que no nos permiten afirmar que exista ni siquiera un mínimo cambio en la concepción de la arquitectura entre una construcción y otra.

San-Carlino---Buena

Es decir, la forma alargada de la parcela de San Carlino tal vez forzó el uso del óvalo y Borromini ya tuviese en mente un trabajo geométrico complejo en planta central como el que realizó en la actual Universidad de Roma. Ahí, en Sant’Ivo, resolvió con genialidad un proyecto anterior (también centralizado, pero con una falta total de carácter) de Giacomo della Porta.

Sea como fuere, el resultado que hoy vemos es una pareja excepcional de creaciones novedosas que introducen solidariamente cambios en el rumbo de la arquitectura de los siglos  XVII y XVIII.

En la fotografía de San Carlino es muy evidente: los muros que encierran el espacio parecen no poder contener la energía del edificio y su voluntad de expandirse; parecen hinchados, móviles. Hay quien diría que el propio espacio ha adquirido vida, y son los muros los que han sido creados por él, en lugar de la creencia ancestral de que los muros son los que generan el espacio.

Los avances y retrocesos de una iglesia a otra anulan el balance: si bien se destierra el arco de medio punto aún utilizado en San Carlino, se reintroduce en Sant’Ivo un orden de pilastras corintias más bien ortodoxo. Esto último es un retroceso, en oposición a la libertad escultórica con la que las había tratado en San Carlino dos años antes (tanto en el exterior como en el interior). Esta iglesia, encargada por los Trinitarios españoles, se convirtió en el conjunto más heterodoxo que Roma había visto nunca.

La mezcla que hace en Sant’Ivo con bordes y curvas y su composición de dos triángulos con uniones convexas y cóncavas tres a tres (la estrella de David, famoso por su sabiduría, era un patrón apropiado para La Sapienza) es sin duda la firma más inconfundible de Borromini.

También lo era la consecución de sus objetivos artísticos nada más que con arquitectura, prescindiendo de la amalgama de estucos, pinturas y dorados que empleaba profusamente en las bóvedas su contemporáneo Bernini. El exterior de Sant’Ivo, sin embargo, no refleja apenas el juego geométrico interior: en tres de sus cuatro fachadas se cierra con muros rectilíneos. Sólo la cúpula deja entrever la originalidad de la obra.

San Carlino es solo el diminutivo de San Carlo alle Cuatro Fontane. Hay quien opinaría que este es sólo una aproximación en la consecución del ideal barroco: el Movimiento. Los más críticos incluso le afearían la incoherencia que supone dar por terminada la sensualidad de las curvas a la altura del entablamento y que tanto éste como la bóveda se formalicen como un óvalo regular.

Por oposición, sería digna de elogio la transparencia con la que conecta planta y entablamento en la Sant’Ivo alla Sapienza, en la Universidad de Roma.

De igual modo, parece que el grado de brillantez del ritmo generado en Sant’Ivo (concavidad–segmento recto–convexidad) supera a la forma oblonga que caracteriza San Carlino, más aún si tenemos en cuenta la sutileza de las correcciones ópticas que emplea. Por ejemplo: la existencia de segmentos rectos en planta obliga a hacerlos ligeramente curvos en entablamento para garantizar una integración natural con los demás planos que componen la cúpula.

En cualquier caso, la arquitectura hecha teatro de San Carlino y el movimiento visual que se produce al recorrer una y otra vez el perímetro quebrado de la cúpula de Sant’Ivo convierten la obra de Francesco Borromini en uno de los mayores hitos de la arquitectura barroca.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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