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Arquitectura (2) Alberti y Brunelleschi. Sant’Andrea, Mantua y San Lorenzo, Florencia. Por Sergio Perdiguer

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La labor de mecenazgo en el Renacimiento propició la construcción de estos dos grandes templos cristianos. La de San Lorenzo, en Florencia, (arriba) corrió a cargo de la familia Medici y concluyó en 1470, el mismo año en que comenzó la construcción de Sant’Andrea en Mantua (abajo), a cargo de Alberti.

 

Dos años después, Alberti fallecía y sería el arquitecto jefe de la corte de los duques de Mantua, el encargado de proseguirla. Sant’Andrea, a pesar de no quedar terminada hasta el siglo XVIII, se convertiría en un modelo para dos grandes templos romanos a caballo entre el Renacimiento y el Barroco: Il Gesú y San Pedro del Vaticano.

En este caso nos encontramos con dos imágenes que muestran espacios totalmente dispares.

Aparte del punto de vista elegido con un solo punto de fuga y el empleo del arco de medio punto, entre estas dos construcciones son mucho más llamativas las diferencias que las similitudes.

Ambas se encuadran en el primer Renacimiento, correspondiente al siglo XV. Las fechas de comienzo de ambos proyectos distan 50 años exactamente (1420/1470) y esta diferencia se corresponde con un cambio generacional desde el Renacimiento más incipiente, representado por Filippo Brunelleschi, a otro más puro, encarnado en Leon Battista Alberti.

A pesar de que ambos miran al pasado romano en busca de tipologías para el interior de sus iglesias, Brunelleschi se decanta por la delicadeza de la basílica paleocristiana, mientras que Alberti se remonta hasta la basílica romana, majestuosa y masiva.

En San Lorenzo, vemos que el espacio lo delimitan cortinas de columnas que sostienen arcadas de medio punto y que el protagonismo del muro es mucho menor (se recubre con sencillez y claridad), mientras que en Sant’Andrea la masa y los volúmenes rotundos son los que configuran el espacio. Los contrastes entre el primero y el segundo son evidentes: tres naves separadas contra un único gran espacio; un techo plano y ligero de madera contra una imponente bóveda de cañón casetonada; hileras de finas columnas contra colosales pilares cuadrados tan grandes como las capillas laterales; fenestración constante y discreta en los laterales contra unos pocos puntos de luz muy intensa…

En definitiva, tanto los objetivos perseguidos como los efectos que producen no tienen nada que ver:

La obsesión de Brunelleschi cuando diseñaba San Lorenzo era la misma que le había motivado a hacer de su Sacristía Vieja un alarde de racionalidad y armonía: la proporción. Los módulos matemáticos que encierran espacios muy inteligibles y que son fuente de una gran belleza. A este fin contribuyen los acabados austeros en pietra serena (dibujo lineal en piedra gris sobre fondo neutro) y las geometrías puras. De ahí el empleo de columnas con fustes cilíndricos y arcos de medio punto en oposición a los pilares compuestos y los arcos apuntados propios de la época inmediatamente anterior.

Nada que ver con el afán albertiano de volver a lo netamente romano (la cercanía arquitectónica, que no geográfica, de Sant’Andrea de Mantua con la Basílica de Majencio en Roma es indudable). Alberti poseía una erudita formación en la Antigüedad, gracias a que pudo visitar Roma por largos períodos y comprobar in situ las características que proporcionaban a sus edificios aquella grandeza y majestuosidad. Tal era su obsesión por traer fragmentos de ese pasado a sus obras que incluso en la articulación de los muros laterales interiores emplea una repetición de “arcos del triunfo” que integran los enormes vanos practicados. El empeño en la proporción, sin embargo, decae considerablemente.

Y ya que estamos tratando espacios interiores, no deben escapársenos las intenciones que encerraban la decoración y los revestimientos o la ausencia de ellos:

No es casual la severa austeridad impuesta por Brunelleschi y la economía de medios para revestimientos (la cuadrícula de baldosas en el suelo no es una decoración, contribuye a explicitar la modulación estricta de la planta)

Esto contrasta con la relajación en este sentido apreciable en Sant’Andrea. Ahí el color, el yeso, las pinturas murales (desde trivialidades de pequeñas dimensiones a grandes frescos religiosos) y el casetonado (pintado por falta de medios) ocupan la práctica totalidad de las superficies.

Mientras que Brunelleschi dejó poco más que su genial legado construido para la posteridad, la obra construida de Alberti es solo una porción de su trayectoria arquitectónica-filosófica. De hecho, muchos de los principios defendidos en sus escritos (por ejemplo la planta central) no llegaron materializarse en sus edificios pero fueron claves en la arquitectura de finales del XV y principios del XVI.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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