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Cortona, Bernini. Por Sergio Perdiguer

Sin duda la escenografía teatral era un componente inequívocamente barroco, tanto en el interior como en el exterior de los edificios construidos en ete estilo. Pero con el tiempo, el efectismo dramático se extendió desde el interior como una mancha de aceite, rebasó los vanos de las iglesias y de desparramó por las vías y espacios colindantes al edificio, que pasaron a convertirse en elementos clave para enmarcar el edificio y para enfatizar los efectos perseguidos en él.

 

Aquí se presentan dos imágenes que representan planos de las plazas de Santa Maria della Pace y de San Pedro del Vaticano, ambas sitas en Roma.

Salta a la vista la idéntica intención que motivaba a sus dos creadores en el diseño de los espacios. Por ello tal vez no sea casual el hecho de que las dos daten del mismo año exactamente (1656), un año después de la entronización del papa Alejandro VII Chigi.

Es conocido su inmenso afán por llevar a cabo una segunda reforma urbana de la Ciudad Eterna, como colofón a la iniciada un siglo antes por su antecesor Sixto V. Encontraba necesario descongestionar el centro de la ciudad (la reforma anterior solo había afectado a zonas del extrarradio, no al Vaticano) y dotarla de una apertura y belleza que aumentara su propia reputación personal. En este marco se encuadran ambas intervenciones de carácter urbanístico destinadas a dotar de dignidad dos monumentos cristianos.

En el caso de Santa Maria della Pace, la situación de partida no era nada prometedora: una vulgar intersección de calles estrechas formaban un embudo tal que la iglesia quedaba entre dos callejuelas producto de la bifurcación (casi se la veía de pasada). El encargado de solucionar esta cuestión fue el arquitecto barroco Pietro da Cortona, quien constituye una tercera vía en materia de urbanismo entre Bernini y Borromini. Su propuesta pasa por la demolición o reducción de los edificios colindantes a fin de lograr un espacio poligonal regular que dignificara el templo y creara un espacio dramático para su observación. Los recursos empleados fueron el uso de planos sobresalidos y retranqueados que conforman un telón de fondo y que convierten el pórtico hexástilo y cóncavo de la iglesia en un escenario. Los balcones que dan a la plaza funcionan como palcos, la plaza misma como platea, y los pórticos y callejuelas cercanas como bambalinas para los actores.

Aunque incomparable en escala, la grandiosa Plaza de San Pedro viene a cumplir la misma tarea de dignificar y unificar los edificios papales, amontonados en torno a la basílica. Bernini ya es por entonces el arquitecto de referencia de la Curia romana y recibe el encargo de configurar este gran espacio que sustituiría a lo que aún era un terraplén amorfo frente al mayor templo cristiano del mundo. Aquí el programa es más ambicioso que en Santa Maria della Pace: han de existir amplios espacios cubiertos para resguardar peregrinos, ordenar el tráfico pedestre y rodado, conducir a los visitantes a la puerta de la Basílica, adaptarse a un solar perpendicular a la iglesia y al mismo tiempo recoger todas las construcciones auxiliares (los palacios papales) y hacer las veces de grandioso escenario para las procesiones y liturgias propias del catolicismo.

La solución adoptada sigue siendo hoy asombrosa: una gran elipse con un eje mayor 200 metros de longitud, rodeada en sus laterales de 300 columnas que soportan una cubierta (bajo la que se ordena la circulación y se acoge a las masas) y que se abren conforme se acercan al templo para simbolizar una Iglesia que abraza a sus fieles. No deja de ser curiosa la elección de la elipse en un tiempo en que la Iglesia negaba las tesis heliocéntricas y las leyes de Kepler.

En cualquier caso, las reminiscencias morfológicas y funcionales de la gran plaza con los anfiteatros romanos (el Coliseo) muestra la deuda de Bernini con el arte dramático en su arquitectura. Y eso que el Bernini que trabaja en esta plaza no es el Bernini dramaturgo. A pesar de la inmensa escala de la columnata, su severidad y austeridad extremas la distancian totalmente de los efectos decorativos barrocos omnipresentes en su obra. Esta plaza es una intervención urbanística contenida y reservada teniendo en cuenta otras de sus interpretaciones visuales y teatrales de la doctrina religiosa y en concreto de la papal (Cátedra de San Pedro, interior). Podemos afirmar que en el exterior de San Pedro trabajó el Bernini clasicista.

En cualquier caso, tanto Cortona como Bernini hicieron de la necesidad virtud y dotaron a espacios inertes de una vida y de un movimiento netamente barrocos. Los dos se encuadran bien en la idea preconcebida de arte barroco como arte teatral e hicieron de dos plazas pseudo-litúrgicas dos teatros al estilo de la Antigüedad.

Debía de ser una experiencia apasionante el emerger del laberinto oscuro del callejero romano a unos espacios tan sublimes, ideados para impresionar al visitante y que aún hoy siguen haciéndolo.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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