El Código Penal cubano, vigente desde 1987, especifica en su artículo 72 que “Se considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista”. En Cuba, a la arbitrariedad en términos legislativos, se añade la arbitrariedad en el ejercicio del poder. Raúl Castro lo dejó bien claro el pasado 1 de agosto, cuando proclamó ante la Asamblea Nacional que “no habrá impunidad para los enemigos de la patria”. La frase ha desencadenado, como bien ha resaltado LA RAZÓN, una oleada de detenciones, palizas y malos tratos contra algo más de 40 opositores y disidentes.
Estos días se han celebrado los diez años del acceso de Rodríguez Zapatero a la secretaría del PSOE. Como era de esperar, no ha habido consenso en cuanto a los contenidos, aunque todo el mundo parece reconocer la importancia que ha ido cobrando aquel hecho, que entonces fue interpretado por muchos como el acceso del socialismo español a algo parecido a lo que Tony Blair representó para el laborismo inglés. Resultó otra cosa, muy distinta: el primer presidente postmoderno de un país desarrollado, y no seguidor de nadie, si no predecesor de otro gran personaje, como es Obama, en lo que Obama tiene de figura sin historia, capaz de reinventarse una identidad camaleónica a la medida de los deseos de su interlocutor.
Hay quien se ha preguntado cómo es que un magistrado como Manuel Aragón no ha encontrado capacidad para resistir el envite nacionalista que culmina en el texto del Estatuto de Cataluña. Hay varias razones que permitan comprender esto. Debe de ser difícil soportar las presiones que se han ejercido –por hablar sólo de las que conoce todo el mundo- sobre los jueces del Tribunal, y más en particular sobre Aragón. A diferencia de lo que ocurre con el Tribunal Supremo norteamericano, por ejemplo, las instituciones jurídicas españolas no ponen a sus miembros a salvo de la presión política. Los miembros están nombrados por los partidos, los mandatos también dependen de estos… No hay un muro de separación entre la política y la judicatura. Así las cosas, la capacidad de resistencia moral forzosamente habrá de ser limitada, más aún en respetables empleados públicos como son los miembros del Tribunal Constitucional.
El nuestro es un país particularmente propenso a construir fantasías de las que luego no sabe cómo deshacerse. Empresa “fantasmagórica”, llamó Ortega al régimen de la Restauración, y todavía va por ahí don Quijote, cargando contra los molinos de viento e inventándose muchachas para volcar su cariño… Durante la Transición se empezaron a elaborar otras fantasmagorías, quizás porque no había más remedio, de las que ahora comprendemos las consecuencias. Su núcleo fue el monopolio de la legitimidad con el que se hizo la “oposición” al franquismo.
Hay quien piensa que el leninismo es una doctrina al uso, con principios ideológicos, propuestas sociales y objetivos políticos, que se resumirían, más o menos, en la letra de la Internacional y la prosa corrosiva del “Manifiesto Comunista”. No es así del todo. El leninismo es más que nada una práctica estratégica con dos pilares fundamentales: la propaganda y la destrucción. Una vez alumbrado, el leninismo ha sobrevivido por su cuenta, con independencia del objetivo. Así que es perfectamente compatible con el socialismo postmoderno que encarna el gobierno de Rodríguez Zapatero. ¿Cuál de sus ministros será más leninista?
El pasado 7 de mayo España estuvo a punto de quebrar. La bolsa se hundió, hubo reuniones urgentes en los despachos de la Unión Europea y se desbloqueó un macrocrédito destinado a evitar el hundimiento. A cambio, Rodríguez Zapatero se comprometió a llevar a cabo algunas de las reformas a las que hasta ahí se había negado, atareado como andaba en la restauración del socialismo republicano. A partir de entonces se han sucedido movimientos que han cambiado de arriba abajo la política española. La extrema izquierda ha dejado de apoyar a Rodríguez Zapatero.
En 1986 Felipe González cambió de opinión sobre la pertenencia de España en la OTAN. Así que para rectificar la posición de su partido, salimos de la OTAN y celebramos un referéndum sobre si debíamos entrar o no –cuando ya estábamos dentro-, y al final acabamos ingresando donde ya habíamos estado. Aquel episodio lamentable dio la medida de la consideración que los dirigentes socialistas tenían de la democracia. Hubo incluso quien lo elogió, como si aquello hubiera sido un ejercicio supremo de responsabilidad y, sobre todo, de habilidad.
Hace menos de dos años, cuando la crisis amagaba con llevarse por delante el sistema financiero mundial, se vertieron sobre nosotros, pobres mortales, toda clase de invectivas acerca de la naturaleza moral del desastre. Aquello era consecuencia de nuestra avaricia, de nuestra inconsciencia y de nuestra codicia. Debíamos volver a la austeridad y a la frugalidad. Los sermones no iban solos. Los acompañaba una propuesta de orden político que pretendía sacar las consecuencias de lo ocurrido. Así que también había llegado la hora de refundar el capitalismo, ese sistema económico basado en nuestros peores instintos. La crisis era una excelente oportunidad para salvar nuestras almas, pero también para rescatar del baúl de los recuerdos las políticas intervencionistas y expansivas. Volvían las teorías de Keynes, el economista que preconizó la salida de la crisis mediante el gasto público.
El mismo día en el que Rodríguez Zapatero anunció su plan de austeridad hubo manifestación delante de Ferraz. Ocurrió por la tarde, era muy poca gente, y alternaban los insultos a Zapatero con los gritos y los cánticos a la mayor gloria del Atlético de Madrid. La escena anticipó la respuesta de los sindicatos de clase, tan templada y circunspecta que han convocado al funcionariado al paro… en semana de puente. Está claro que no quieren molestar mucho.
El Teatro Real ha repuesto estos días Los puritanos, la maravillosa ópera de Bellini. En su época, la más desaforadamente romántica de la historia de la humanidad, se estrenó en Madrid, en el Teatro de la Cruz, el año de 1836. Tuvo un enorme éxito, como no podía ser menos. Los madrileños, siempre burlones y entonces algo escépticos, se apoderaron del nombre y bautizaron con él una nueva corriente política. Puritanos fueron durante mucho tiempo quienes, en la derecha, entre los llamados “Moderados”, insistían en la primacía de las leyes sobre los voluntarismos, en las reformas sobre las revoluciones y la nostalgia, y en el diálogo sobre la descalificación y el desprecio. Puritanos fueron Larra, Pacheco y Salamanca, y entre los discípulos de los puritanos estuvo Cánovas del Castillo, entre otros. Lo mejor, en buena medida, del siglo XIX español.
Al principio no había crisis. La economía española estaba saneada, las cuentas del Estado libres de polvo y paja, y el sistema financiero boyante y estabilizado. Luego llegó el aciago verano de 2008, y entonces sí que hubo crisis, aunque entonces eran responsables los bancos norteamericanos y los especuladores que se habían enriquecido con unas hipotecas exóticas. No sé sabe bien por qué, aquella crisis contagió a la economía española. Pero no hay mal que por bien no venga y la crisis, al fin reconocida, vino a demostrar la maldad intrínseca del capitalismo. Así que nuestros socialistas aprovecharon la ocasión para celebrar el fin del liberalismo económico.
Somos muchos los españoles que hemos vivido varias crisis económicas. Algunos incluso nos pasamos la vida entera en crisis hasta finales del siglo XX, cuando se inició una etapa de recuperación que quedó truncada en 2008. Tenemos por tanto datos y sobre todo experiencias, que nos permiten analizar esta que estamos viviendo. En los años ochenta, por ejemplo, el gobierno socialista de Felipe González se enfrentó a la crisis con medidas de liberalización interna en el mercado de trabajo, los alquileres y los horarios comerciales. También procedió a una reconversión industrial de envergadura, con enfrentamientos brutales. La oposición sindical, escenificada en la huelga general de 1988, acabó con aquella ola reformista.
Es de conocimiento general que en el Partido Popular conviven dos formas de ver la realidad española. No se trata de liberales y conservadores, que la doctrina Rajoy apartó de la derecha española. Se trata de dos ideas acerca de la naturaleza del Estado de las autonomías y lo que se llama política territorial. Están los favorables a una cierta coordinación de algunas políticas, para asegurar por lo menos un mínimo de competencias al gobierno central (federal, dirían en otros países). Y están por otro los que manifiestan su disposición a gestionar un sistema de descentralización máxima. En una entrevista reciente en La Vanguardia, José María Lassalle, diputado del PP, ha avanzado lo que tal vez sea el principio de una nueva teorización de esta última opción, al calificarse a sí mismo de austracista o austriacista.
De prosperar el auto de Garzón, la primera víctima no sería Franco ni su régimen, que difícilmente pueden ser ya víctimas de nada. Sería la Ley de Amnistía de 1977. Efectivamente, Garzón argumenta que es posible que hoy, en 2010, siga viva (y secuestrada) alguna de las personas secuestradas durante la Guerra Civil o el régimen de Franco. En tal caso, como el delito continúa, la Ley de Amnistía no se aplicaría. Otro de los argumentos de Garzón vuelve a uno de las líneas de acción favoritas del juez de la Audiencia, la de la jurisdicción universal: según esto, las leyes internacionales especifican que algunos de los delitos cometidos durante la Guerra y el régimen de Franco son imprescriptibles, por lo que la Ley de Amnistía del 77 no se les puede aplicar.
El argumento fundamental del auto de Garzón contra el franquismo es la posibilidad de que algunas personas que fueron secuestradas durante la guerra civil y la postguerra sigan vivas y secuestradas desde entonces. En tal caso el delito continuaría, y así quedarían anuladas todas las leyes de amnistía promulgadas después. Por si acaso, Garzón, en un gesto de (¿consciente?) humor negro, pidió las partidas de defunción de Franco y compañía: si no aparecían, estos podrían ser juzgados como responsables de los posibles secuestros…
Sarkozy llegó a la presidencia de la República francesa galvanizando al electorado con un slogan memorable: “Trabajar más para ganar más”. Desde entonces, las promesas se fueron desvaneciendo y el dinamismo se estancó. Aunque se han puesto en marcha algunas reformas (de orden constitucional, sobre los impuestos, ahora sobre las pensiones), han sido sólo los inicios de algo que sigue sin llegar. Ha habido algún ruido sobre la identidad nacional y mucho más sobre Carla Bruni: el Elíseo, convertido en pasarela, es ahora más transparente que nunca. No era eso lo que el electorado quería...
Andalucía iba a ser la California de Europa, en palabras de Felipe González. Lo es, en algunos aspectos. Basta coger el coche y seguir la autopista hasta la Línea –la carretera más hermosa del mundo, decía Corpus Barga-, para darse cuenta de la inmensidad del cambio. Hablamos con desprecio del modelo económico español del turismo y del ladrillo. No tenemos en cuenta que son dos de nuestras principales bazas, y que entre las dos actividades han creado una sociedad sofisticada, con un nivel extraordinariamente complejo en cuanto a los servicios, y que de ninguna manera se reduce al tópico más que superado de sol y playa. En muy pocos sitios del mundo se ofrece la calidad y la variedad del turismo que se ofrece aquí, como en otras zonas de Andalucía, y más que despreciarlo, con lo que más que nada dejamos de manifiesto nuestra ignorancia, deberíamos conocer lo que vale y potenciarlo.
La iniciativa de Esperanza Aguirre de “rebelión fiscal” contra la subida del IVA ha tropezado con la oposición directa de Rodríguez Zapatero, que se ha permitido ejercer de europeísta, siendo así que su balance como presidente de la UE resulta cada día más inane. En cambio, ha sido respaldada por el Partido Popular y bien comprendida por mucha gente –empresarios y autónomos, en particular- que saben lo que esos dos puntos van a suponer para sus empresas: o bien un aumento de los precios que posiblemente el cliente no esté dispuesto a pagar, o bien dos puntos positivos menos en una cuenta de resultados muy magra, o bien pasar una parte de la facturación a negro para intentar sobrevivir hasta que escampe. El problema es que medidas como esta harán más difícil aún la salida de la crisis.
Las elecciones celebradas en Irak no van a solucionar algunos de los grandes problemas a los que se enfrenta el país. Ni van a detener a los terroristas islámicos, ni van a arreglar el hecho de que las tres grandes fuerzas en juego sean alianzas étnicas o religiosas, más que políticas, y con una dimensión nacional todavía escasa. Pues bien, a pesar de todo más de un 62 por ciento de los iraquíes han acudido a votar y han podido elegir entre una pluralidad de opciones.
En democracia el partido que no está en el poder tiene el deber de hacer oposición. Y hacer oposición consiste en proponer medidas para una alternativa política, pero también en articular una opinión pública que le permita alcanzar el poder. El centro derecha español suele ser bastante bueno en lo primero. Por algo es heredero de una larga tradición de funcionarios, servidores del Estado y personas con experiencia en el manejo y la gestión de la cosa pública. Lo segundo se le da bastante peor, tal vez porque requiere apelar no sólo a la racionalidad del votante, sino a los sentimientos y a los principios.
Hugo Chávez lleva exportando la revolución bolivariana desde hace once años, cuando llegó al poder. Se trata de suprimir la democracia liberal e instaurar un régimen de poder personal de índole socialista. En cuanto los medios, uno de ellos es el terrorismo. Ahora un juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, ha hecho público un auto en el que se relaciona a Chávez con la ETA. Hay seis miembros de la ETA acusados de cooperar con otros siete miembros de las FARC en una operación para asesinar a altos cargos colombianos, entre ellos Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, en suelo español. De por medio anda un etarra, Arturo Cubillas Fontán, que ha trabajado en la administración chavista.
Joan Roig, presidente de Mercadona, ha dicho que la solución de la crisis requiere aumentar la productividad, es decir “hacer las cosas mejor, hacerlas con menos recursos, trabajar mejor y más”. Los sueldos, por otra parte, ya se han rebajado en la práctica. Eso es lo significan los cuatro millones y medio de parados. Los españoles hemos vivido, y en parte seguimos viviendo, por encima de nuestras posibilidades.
Los asesores de Cameron, el jefe de los conservadores británicos y aspirante a inquilino del diez de Downing Street, le han recomendado que sea claro –es decir, más claro de lo que ha sido hasta ahora-, y que sea más directo. Se trata de atacar a Gordon Brown y de dejar bien claro ante el electorado que tiene por delante una alternativa: el cambio, o bien otros cinco años de laborismo.
En la cuestión de la crisis económica, el gobierno ha tratado desde el principio de disimular su auténtico impacto, primero negándola, y luego proponiendo fórmulas de solución propagandísticas e ideológicas. La última ocurrencia es la del pacto, puesto en escena con la aparatosidad propia de los gestos históricos: los pactos de Zurbano (por la calle de Madrid donde se va a negociar, y tal vez por el general liberal cruelmente fusilado en 1845) enmendarán la plana a los pactos de la Moncloa. Rodríguez Zapatero quiere dejar pequeño a Adolfo Suárez en esta su segunda Transición.
En la foto (LA RAZÓN del jueves 25 de febrero, Primera Plana), aparece un grupo de unas veinte mujeres de pie, en el Senado. Casi todas son de edad avanzada y ninguna tiene aspecto de haber pasado hambre en su vida. Eso sí, van vestidas, o disfrazadas, de jóvenes, y adornadas de estampados y abalorios vistosos. Son gente ociosa, sin duda, y en cierto sentido libre: a nadie rinden cuentas de lo que hacen.
Hay algo particularmente repulsivo en el asesinato de Orlando Zapata por los comunistas cubanos: las torturas a las que ha sido sometido, sin duda, el desprecio por la vida humana, y la sospecha que eso, el asesinato de los disidentes, es la garantía de que el comunismo, ahora castrismo o chavismo, sigue por el buen camino. Así se entiende mejor la favorable disposición del gobierno socialista español y el silencio de Rodríguez Zapatero –rectificado tarde, y a la fuerza, cuando las palabras ya no tienen valor-, que expresa comprensión hacia el comunismo, en Cuba y en otras partes del continente americano.
Quien más quien menos, muchos hemos compartido, más aún que apoyado la higa que Aznar dirigió a las crías fresquitas de fanáticos, que acabarían de terroristas si no fueran a colocarse de funcionarios: es lo que los pedagogos llaman socialización en valores de izquierdas. Aznar pasará a la historia, entre otras varias cosas, por algunos de sus gestos.
Desde hace unos días, no hay nada más urgente para el gobierno que llegar a un pacto para salir de la crisis económica. Hasta hace dos semanas, en cambio, para Rodríguez Zapatero no había más que un asunto: la defensa de los “derechos” de los empleados o “trabajadores”, que queda más socialista. Varios avisos de parte de los mercados financieros y las instituciones de la Unión le han dado a entender que se ha llegado al límite.
Sea cual sea el diagnóstico sobre la naturaleza de la crisis, el remedio adoptada para salir de ella ha consistido en gastar, gastar dinero público para restablecer la confianza de los mercados o para restablecer el crédito agotado o gastar (además), como en España y en Estados Unidos, para reactivar la demanda y la actividad económica.
Alfonso Ussía defendía ayer en estas páginas la intervención del Rey para pedir un pacto contra la crisis. Hace unas semanas Caín, también en estas mismas páginas, publicaba una viñeta en la que aparecía un edificio burocrático con un cartel: Ministerio de la Incredulidad. Ussía y Caín, juntos, proporcionan una imagen bastante exacta de lo nos está pasando. Ya es grave de por sí que casi todo el mundo, en la clase política y en los círculos periodísticos, dé por supuesto que nadie se cree lo que dice.
Adolfo Suárez ha vuelto a ser protagonista de la vida española, esta vez en una serie de Antena 3. Con pulso y tensión dramática, los autores han conseguido devolver a la vida al protagonista de la Transición. La serie, como otras de Antena 3, demuestra hasta qué punto la sociedad española es capaz hoy en día de reflexionar con amenidad y con seriedad sobre su realidad, pasada o presente. Sólo falta la voluntad, aunque eso es mucho, porque la voluntad se enfrenta aquí a una exigencia ideológica que ha acabado confundiéndose con nuestra democracia.
Rodríguez Zapatero es un activista, un iluminado. Esta convencido que tiene una misión que cumplir en el mundo y cree que la democracia es el sistema perfecto para llevarla a cabo. Ni que decir tiene que sabe, como se saben las cosas básicas, intuitivamente, más allá de cualquier posible razonamiento, que tenemos que estarle agradecido: por su presencia, por su compromiso, más aún, por llevar la democracia al grado sumo de perfección, que es servir de palanca para un cambio de sociedad e instaurar al fin el Socialismo, socialismo inédito del que Rodríguez Zapatero es el profeta.
En las páginas de LA RAZÓN de ayer domingo había un excelente diagnóstico de la crisis en lo que concierne a los jóvenes. Por un lado, un gran reportaje de Gonzalo Suárez analizaba lo que se nos viene encima, que es la rebatiña entre generaciones por los beneficios repartidos por el gobierno: si las cosas siguen como están, es probable que los jóvenes de hoy, llegados a la madurez y teniendo que pagar las pensiones de una generación mucho más numerosa, se nieguen a costear el bienestar de sus mayores.
Parece que ni siquiera los inversores tienen estómago para aguantar el espectáculo de Rodríguez Zapatero recurriendo el Antiguo Testamento para abrillantar los zapatos de su señorito Obama –que lo despreció- en un acto de relaciones político-religiosas. Fue la guinda de la semana negra de los socialistas, desde la comedia bufa de Davos, la catástrofe del paro y el increíble vodevil de la propuesta sobre la reforma de las pensiones.
Al final, el encuentro planetario de los dos liderazgos progresistas trasatlánticos ha acabado en un acto –repugnante- de oficiosidades y adulaciones de Rodríguez Zapatero a Obama, con el Antiguo Testamento y una secta evangélica de por medio. Aun así, la vileza de la estampa permite comprobar en qué ha parado las relaciones políticas entre Estados Unidos y España y tomarle la temperatura a la nueva era progresista que adelantaron los socialistas en España y culminaría Obama en Norteamérica.