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Lenin

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Vladimir Ulianov nació el 10 de abril de 1870 en una familia acomodada. Su padre era un funcionario prestigioso de la administración zarista. Entre sus abuelos había un siervo. Otro era judío y otra oriental, pero la familia había progresado hasta lograr una posición social confortable. Era un caso típico de la Rusia en trance de modernización en la que se disponía a participar el joven Vladimir al empezar sus estudios de Derecho en Kazán. La ejecución de su hermano Alexandre, que interviene en la preparación de un atentado contra el zar, le convierte en el blanco de las persecuciones. Expulsado de la Universidad, saca el título por libre. Pero muy pronto se relaciona con los círculos revolucionarios, muy activos en el San Petersburgo a finales del siglo XIX. Le interesan las ideas marxistas, que insisten en que Rusia es un país europeo, occidental. Un viaje a Suiza le permite conocer a algunos de los grandes del marxismo ruso. Su vocación está decidida: será un profesional de la revolución.
               Esto le cuesta un encarcelamiento de algo más de un año y otros tres de confinamiento en Siberia. Pero el aparato represivo zarista es benigno. A Vladimir le dejan ir a una ciudad de su elección y también permiten que su novia, Nadejda Krupskaia, elija cerca un lugar de confinamiento. Se casan por el rito ortodoxo y viven unos años de propaganda, lecturas y diversiones. Vladimir tiene casi treinta años cuando cierra esta etapa, en la que casi nunca ha tenido que trabajar para vivir. Su propia madre y su esposa le han garantizado, como harán siempre, una vida confortable. Tanto que incluso elige como apodo el nombre del río Lena. Ulianov será a partir de ahora Lenin.
               Tras otro incidente con las autoridades, le dejan que se marche fuera del Imperio. Acaba recalando en Ginebra y a finales de 1901 publica su primer gran texto, Qué hacer. En él establece definitivamente la doctrina leninista. En contra de lo que sostienen muchos socialdemócratas, los obreros, según Lenin, no tienen conciencia de clase. De por sí, sólo alcanzan un cierto grado de conciencia sindical, lo que les lleva a aceptar la ideología burguesa. La revolución requiere descartar cualquier “espontaneísmo” y organizar un Partido de revolucionarios profesionales. Este Partido es el auténtico creador de la conciencia de clase. Todo lo demás es verbalismo o desviación y debe ser depurado, depurado sin contemplaciones.
               Así diseñado el instrumento de cambio revolucionario, Lenin emprende la tarea de darle forma en la realidad. No es el único, y entra en competencia con todos los socialdemócratas rusos en el exilio. De hecho, el Partido que fundan entonces, el Partido Obrero Socialdemócrata, nace bajo el signo de la división. Una facción se llamará menchevique, y propone soluciones más moderadas y acordes con la tradición democrática de los socialistas europeos. La otra, la del propio Lenin, será la bolchevique. Son nombres significativos. Bolchevique quiere decir “mayoritario”: el término consagra como si fuera definitiva una victoria provisional de Lenin. Lo más curioso es que sus adversarios aceptan la denominación de mencheviques, que significa “minoritarios”.
               La primera prueba de fuego llegará con la revolución de 1905, que les sorprende a todos. La revolución contradice todas las doctrinas leninistas. El Partido no ha intervenido en el movimiento, la clase obrera se ha inventado sola una forma nueva de organización (el soviet, que los bolcheviques se apropiarán mucho más tarde) y además ha generado un programa político articulado, que obliga al Gobierno del zar a convocar elecciones por sufragio universal. Aunque sin prisas, Lenin vuelve a Rusia. Pero a pesar de los llamamientos a la insurrección y su salvaje violencia verbal no consigue enderezar la revolución, que se estanca en lo que llama el “cretinismo parlamentario”.
               Tras el fracaso, Lenin vuelve al destierro. Lleva una existencia errante, aunque siempre bien protegido por su mujer y la madre de ésta, que se ocupa de los asuntos domésticos: la dedicación profesional a la revolución requiere tiempo. En estos años Lenin se enamora de Inessa Armand, un poco más joven que él. Su esposa acepta esa relación que fraguará en un sosegado ménage à trois, sin contar la suegra. Tampoco les falta el dinero, que llega gracias a las falsificaciones, los atracos y las extorsiones en las que se especializan los bolcheviques, en particular un joven de futuro prometedor llamado Stalin.
               En 1914 estalla la Gran Guerra y Lenin, que hasta ahí ha sido un revolucionario de segunda clase, conocido en la II Internacional por sus posiciones extremistas, se da cuenta que le ha llegado su ocasión. Escribe a Inessa Armand: “Querida, queridísima amiga, ¡Mis mejores deseos para la revolución que empieza en Rusia!” Lenin quiere acabar con la guerra contra Alemania y empezar en Rusia una guerra civil contra el capitalismo. Tras unos años de angustia, logra el apoyo del Gobierno alemán, interesado por ese agitador que le asegura la tranquilidad en el frente Este. Le facilitan el paso hasta Rusia en tren, en abril de 1917. También subvenciona a los bolcheviques, con enormes sumas de dinero que permitirán a estos tirar hasta 41 periódicos, incluido Pravda.
               No acaban aquí las traiciones de Lenin. En junio, cuando vea su posición amenazada, abandona a sus amigos y colaboradores a su suerte en San Petersburgo, mientras él mismo se refugia en Finlandia. Pero la Revolución y el triunfo del Partido lo justifican todo. Efectivamente, sus tesis insurreccionales consiguen imponerse al fin sobre todos los obstáculos, incluidos los surgidos en su propio partido. Y es que no todos los bolcheviques muestran el mismo entusiasmo ante el cinismo de Lenin. Stalin llega a hablar del “tono brutal del camarada Lenin”.
               La primera medida de su gobierno, una vez anulado cualquier resto de poder legal tras la toma del Palacio de Invierno, sede del Gobierno, es la supresión de toda la prensa burguesa, es decir de oposición. Es la pauta de la conducta de Lenin a partir de aquí. Los bolcheviques han hecho suyas las medidas exigidas por el pueblo ruso: fin de la guerra, convocatoria de una asamblea constituyente, propiedad privada de la tierra, nuevas relaciones entre trabajadores y empresarios, autodeterminación para las naciones que forman el antiguo imperio zarista. Ahora, una vez arrasado el Estado tradicional, ha llegado el momento de construir el nuevo Estado.
Lenin tiene que aceptar la reunión de la Asamblea Constituyente, pero sabiendo su desprecio hacia el parlamentarismo y la situación minoritaria de los bolcheviques, no cabe esperar más que lo que hizo: ordenar su cierre tras una primera sesión en la que los diputados fueron insultados y coaccionados. En diciembre de 1917, crea la policía secreta, la famosa Cheka, mediante un decreto que no será publicado. En un año la Cheka, al mando de Dzerjinki, pasa de tener 120 colaboradores a treinta mil. Las prioridades de Lenin están claras. Para demostrarlo, ordena el asesinato de todos los miembros de la familia imperial.
Pone fin a la guerra con la paz de Brest-Litovsk, que desbaratará en pocos días casi todos los territorios que los zares habían ido incorporando a la Gran Rusia durante tres siglos. Más tarde, Lenin utilizará el señuelo de la autodeterminación para reintegrar en la URSS, fundada en 1922, algunos de estos pueblos. Mientras tanto, los campesinos se han tomado en serio los decretos de expropiación de tierras dictados durante la revolución. Pero a Lenin le enfurecía el apego a la propiedad de los campesinos. Además, él quiere propiciar la industrialización de Rusia, no mejorar la vida de los campesinos. Así que decreta una represión feroz. El 11 de agosto de 1918 envía instrucciones a los comunistas de una región: “El interés de la revolución exige: 1) colgar -colgar sin dudar, que todo el mundo lo vea- no menos de un centenar de kulaks (campesinos ricos); 2) publicar sus nombres; 3) quitarles todo su trigo; 4) designar rehenes”. La orgía de violencia, junto con la sequía, producirán en 1921 una hambruna de dimensiones desconocidas. Murieron 5 millones de personas, varios millones de niños vagabundeaban sin hogar, aterrorizando a la población, y se produjeron episodios repetidos de canibalismo.
Las organizaciones europeas y norteamericanas acudieron en socorro de los rusos, pero Lenin, del que no se conoce ni una sola palabra de compasión hacia su pueblo, tenía otras preocupaciones. “Es precisamente ahora, y sólo ahora”, escribe entonces, “cuando en las regiones hambrientas la gente se alimenta de carne humana y cuando centenares, si no millares de cadáveres se pudren en los caminos, cuando podemos y debemos hacer la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la energía más salvaje y más despiadada. Cuanto mayor sea el número de ejecuciones, mejor.” Se calculan en ocho mil los sacerdotes asesinados en estos meses.
Tampoco la clase obrera tenía motivos para estar satisfecha con el nuevo Estado. La represión política, la supresión de los sindicatos y la reorganización de las empresas públicas, además del paro y el desabastecimiento de las ciudades llevan a la sublevación abierta en varios centros urbanos. La más relevante fue la sublevación de los marinos de la base naval de Kronstadt, orgullo del Ejército ruso. Fue sofocada por el nuevo Ejército organizado por Trotski, y los supervivientes fueron de las primeras víctimas de los campos de concentración que se empezaban a organizar al norte del país. Es el nacimiento del “archipiélago Gulag”, un gigantesco universo carcelario sin más ley que el capricho de quien manda. Tal vez Lenin lo imaginó ya en su benigno destierro siberiano, cuando discutía de la revolución con su mujer y sus camaradas, después de un paseo por el bosque o una excursión por el río Lena.
En vista del callejón sin salida en que ha desembocado la revolución –se puede añadir al cuadro una inflación galopante y la vuelta a la economía de trueque, celebrada como un triunfo por los ideólogos- decide una cierta liberalización. Es la llamada NEP, “nueva política económica” que, en rigor, era lo más viejo del mundo. Los bolcheviques redescubren la eficacia de las leyes del mercado, lo que permite a la población un cierto respiro. Siempre, eso sí, bajo el reinado del terror. Lenin también cede en su antiguo sueño de hacer la revolución mundial. Ha llegado la hora de aceptar lo que Marx y Engels consideraron siempre inimaginable: la convivencia de un país socialista con el capitalismo. Pero es que Lenin, síntesis única de voluntarismo, capacidad visionaria e instinto de supervivencia, no tiene ningún programa político o social que no sea la conquista y el control del poder. Para eso funda la III Internacional, que sustituirá a la II, que siempre ha despreciado.
En apenas cuatro años ha construido un régimen que durará otros setenta. La tarea le pasa factura. Siempre había sufrido crisis nerviosas muy graves, que le obligaban al reposo absoluto durante largas temporadas. Su hermana, otra de las integrantes del gineceo leninista, llamaba a aquellas crisis el “fuego sagrado”. El 25 de mayo de 1922 sufre un ataque cerebral del que no se repondrá nunca del todo. Entonces Stalin, que él mismo ha nombrado secretario general del Partido Comunista, le somete a un régimen muy leninista de aislamiento y manipulación. Así logrará hacerse con la herencia del jefe cuando éste muera, agotado, el 21 de abril de 1924.
2000
Bibliografía
Carrère d’Encausse, Hélène, Lenin, Espasa, 1999
Pipes, Richard, The Unknown Lenin, Yale University Press, 1996
Solzhenitsin, Alexandr, Lenin en Zurich, Seix-Barral, 1975