Portada » Ideas » Conservadores, liberales y neoconservadores. Fundamentos morales de una sociedad libre
En los últimos cincuenta años, el conjunto de la derecha norteamericana ha creado un gran movimiento político que ahora mismo sostiene al Partido Republicano en la Presidencia, las dos Cámaras y la mayoría de las instancias de poder estatales. También ha generado un extraordinario movimiento ideológico, de una gran complejidad y de una variedad y una consistencia muy superiores al producido en estos mismos años por
He traducido los términos norteamericanos de “conservative”, “neoconservative” y “libertarian” por “conservador”, “neoconservador” y “liberal”, respectivamente. El término “libertarian” es más restrictivo que el de “liberal”, que como es sabido ha evolucionado de forma distinta a uno y otro lado del Atlántico. Sería conveniente distinguir entre “libertarios” (en el sentido norteamericano) y “liberales” o “liberales clásicos”, que vendrían a ser la versión templada de una doctrina que hace de la libertad la clave de su pensamiento. (Un “liberal clásico”, por ejemplo, acepta alguna clase de impuesto sobre la renta, si los bienes que este impuesto proporciona son imposibles de suministrar por otros medios. Un “libertario” lo descarta por principio.)
Tal y como suelen ser utilizadas hoy en Estados Unidos, las palabras “conservative” y “liberal” corresponden a “derecha” e “izquierda”. Una posible adaptación consistiría en utilizar la expresión “conservadores liberales” en vez de “conservadores” y “liberales conservadores” en vez de “neoconservadores”, reservando el término “liberales”, a secas, para “libertarians”. Descarto esta solución por farragosa y cansina para el lector.
Conservadores
Por conservador entendemos una persona que se adhiere a los siguientes principios: 1) desconfianza frente al poder del Estado; 2) preferencia por la libertad sobre la igualdad; 3) patriotismo; 4) confianza en las instituciones, las costumbres y las jerarquías; 5) escepticismo ante la idea del progreso; 6) elitismo. [Micklethwait y Wooldridge: 2004]
Estos seis principios son los definidos por el conservadurismo clásico, el reflejado en las obras de Burke y en las ideas que sustentaron la acción de los tories en Gran Bretaña, al menos hasta que Disraeli reorganizó un conservadurismo moderno y democrático.
Si tuviéramos que elegir un rasgo moral para definir el conservadurismo, podríamos intentar combinar la prudencia, recomendada siempre ante la posibilidad de un cambio que puede acarrear pérdidas irreparables e imposibles de compensar, con
Aunque su deseo más íntimo sea detener el movimiento puesto en marcha por el progreso, el conservador no se considera a sí mismo enemigo de
En términos políticos, el conservadurismo aspira a corregir el desorden surgido de las revoluciones liberales. Preconiza la prudencia ante la idea de un progreso irremediable y automático. Si la nostalgia es muy fuerte, se convierte en un movimiento de reacción.
En Estados Unidos, la inexistencia de un “antiguo régimen” previo a la Revolución dificultó la aparición de un conservadurismo como el que surge en Gran Bretaña en el siglo XVIII y en el resto del continente europeo en el XIX, después de
El pensamiento conservador norteamericano empieza a desarrollarse en los años 30 y 40, en reacción a las políticas del New Deal. Russel Kirk y Richard Weaver combinan, en este aspecto, la nostalgia y el sentido de pérdida de una norteamericana agraria y ordenada con una crítica propiamente liberal a la intrusión del Estado en zonas reservadas hasta Roosevelt a la propia sociedad. La dificultad para articular una alternativa política al consenso bipartidista entre republicanos y demócratas sobre el New Deal da buena cuenta de la complejidad de este movimiento, que va elaborando su propia historia a base de derrotas (
En lo ideológico, la primera generación de conservadores da paso a la renovación del conservadurismo simbolizada con la aparición de
A diferencia del conservadurismo tal como lo fijó Burke, este conservadurismo no manifiesta un especial apego hacia las instituciones ni hacia las jerarquías tradicionales, tampoco siente desconfianza ante la idea del progreso y, aunque no sea populista, tampoco es elitista [Micklethwait y Wooldridge: 2004]. Su éxito en las elecciones de 1980 se basa al mismo tiempo en una considerable aportación teórica realizada en buena medida fuera de la Universidad, por parte de fundaciones y medios de comunicación, así como en un movimiento de movilización de la opinión pública de largo alcance, realizado desde la campaña presidencial de Goldwater en 1964. Su triunfo en Estados Unidos coincide con el de la renovación del conservadurismo en Gran Bretaña, realizada por Margaret Thatcher, y su vitalidad quedará demostrada a mediados de la década de los noventa, cuando el movimiento encabezado por Newt Gingrich consiguió una mayoría republicana en el Congreso, en plena era Clinton.
Liberales
Margaret Thatcher se definió en alguna ocasión como una combinación de tory y whig. El conservadurismo simbolizado por su figura y la de Reagan no se distingue demasiado del liberalismo, salvo en un punto: el patriotismo. Ahora bien, arrancando de solo este punto se puede deducir los elementos que distinguen a liberales de conservadores.
Ni que decir tiene que el patriotismo no es una virtud desconocida para los liberales, en particular para los liberales del siglo XIX, que en España se llamaron a sí mismos patriotas, y por supuesto para los liberales norteamericanos, que plasman las ideas de los padres del liberalismo, como Locke, en los textos fundacionales de la nueva nación y en su entramado constitucional.
Aun así, el patriotismo cae dentro de las virtudes que el conservadurismo reclama naturalmente, mientras que el liberalismo encuentra difícil su justificación. Es uno de los puntos que justifica la percepción –y el reproche- de legalismo hecho con frecuencia al pensamiento liberal. Los liberales reivindican la libertad como la base de la prosperidad de las naciones y de los individuos. Ahora bien, si en el pensamiento liberal prima el contrato voluntario, traducido o no en términos legales, el patriotismo, como otros tantos valores basados en la tradición –la familia como la hemos conocido hasta ahora; la caridad; la solidaridad-, cae fuera de la estricta argumentación liberal. Para los liberales, los vicios privados son compatibles con la virtud pública y la mano invisible del mercado asigna con la máxima eficacia los recursos que el egoísmo –o el interés propio- genera, descubre o acumula.
Obviamente, los liberales saben que el mercado tiene límites y deficiencias. No todo está a la venta ni todo se puede comprar. También conocen que sin instituciones los mercados no funcionan, como se ha demostrado tantas veces en las economías de los países de habla hispana. Más aún, los liberales saben que el cumplimiento voluntario de la ley, que es la clave última del liberalismo, depende de sanciones sociales que refuercen las obligaciones morales por las cuales el individuo se siente impelido a acatar las normas. Por eso mismo, y sabiendo que a diferencia del conservadurismo, el liberalismo tiene problemas a la hora de “elaborar un modelo ético consistente de la vida moral” [Henrie, en Berkowitz: 2004], los liberales se esfuerzan por demostrar que en la práctica, la libertad –y la responsabilidad- son los instrumentos más valiosos en la formación del carácter y fomenta valores morales que sin ella se devalúan o se corrompen [Epstein, en Berkowitz: 2004]. La crítica liberal a la degradación moral producida por el Estado del bienestar es valiosa de por sí, tanto como la crítica liberal a las ineficiencias económicas del Estado interventor. Moralmente, no se puede minusvalorar el gesto por el cual el liberalismo devuelve al individuo a la responsabilidad sobre sus propios actos. La crítica a la ineficiencia y la crítica a la capacidad corruptora del Estado son argumentos válidos de por sí, independientemente de la valoración que a cada uno (en particular a los conservadores) les pueda merecer la aspiración utópica del liberalismo.
Por otra parte, si el conservadurismo puede legítimamente valorar la prudencia como su virtud principal, el liberalismo puede presentar la humildad como la virtud que le es propia. Primero, porque el liberalismo declara desde un principio la imposibilidad de centralizar, procesar y canalizar toda la información disponible en el mercado. Segundo, porque en función de ese presupuesto, el liberalismo preconiza la abstención a la hora de utilizar el Estado para imponer cualquier proyecto moral que no sea el pactado voluntariamente. Ante el pluralismo religioso y moral de las sociedades modernas, un liberal se esforzará por convencer a los demás de la superioridad de su punto de vista. Para un liberal, el Estado debería mantener su neutralidad en aspectos en los que está en juego cuestiones morales, siempre que estas no interfieran con
Neoconservadores
Los liberales y los conservadores tienen, al menos teóricamente, un problema con
Para los neoconservadores, la democracia es un hecho irreversible y un bien en sí misma. Toman buena nota de la crítica de la democracia realizada por Tocqueville, pero también como Tocqueville, buscan en la sociedad democrática –digo bien sociedad democrática, no sólo Estado democrático- los elementos que permitan contrarrestar estos peligros. El diagnóstico de los neoconservadores sobre el peligro planteado por la democracia tiene dos partes: la primera, la democracia lleva sin remedio a un Gobierno de tamaño considerablemente mayor que el preconizado por los liberales; la segunda, que el peligro planteado por el crecimiento en el tamaño del Gobierno no es ni la posibilidad de deslizamiento de la democracia hacia el totalitarismo (a diferencia de la previsión de Hayek en Camino de servidumbre, previsión que de hecho no se ha cumplido) ni, aunque estas deban ser tenidas en cuenta, las ineficiencias económicas que plantean Estados tan gigantescos como los actuales [Lindberg, en Berkowitz: 2004]. Con ser estas graves (y en esto los neoconservadores hacen suya la crítica liberal al Estado del bienestar), la principal objeción al macro Estado democrático es la corrupción moral que propicia.
Los fundadores del neoconservadurismo proceden de la izquierda, y el propio Irving Kristol, en una frase célebre, se definió a sí mismo como un “progresista (“liberal” en inglés) asaltado por la realidad”. A partir de este desencanto, los neoconservadores no se reconvierten ni al cinismo ni a un nuevo doctrinarismo. Una de sus principales aportaciones en los años 70 y 80 es la revalorización de una actitud empírica ante la acción política, valorada más por los resultados prácticos que por su fidelidad estricta a un ideario. Por ejemplo, los neoconservadores apoyan el establecimiento y la continuidad de una Seguridad Social universal [Gerson: 1997], pero son críticos con los programas que fomentan lo que consideran una de las plagas de las sociedades democráticas, como es la dependencia del Estado.
La importancia que la reflexión moral tiene en la actitud y el pensamiento neoconservador explica su cercanía al conservadurismo, el nombre que recibieron e incluso que Kristol diera por terminado el movimiento y lo considerara incorporado a la corriente general del conservadurismo en Estados Unidos [Kristol: 1995]. Es verdad que las diferencias con el conservadurismo clásico norteamericano son sustanciales, tanto en cuanto a la característica del grupo (los neoconservadores constituyen una elite intelectual urbana consciente de serlo, que difícilmente podrá disolverse en el movimiento popular de base a que ha dado lugar el movimiento conservador), como en la conciencia de su singularidad: los neoconservadores no son un grupo partidista, ni como tal está inscrito irremediablemente a una determinada línea política. Roosevelt, el creador del New Deal, forma parte las referencias históricas del grupo tanto como Churchill, “neoliberal” en su juventud, “neoconservador” en su madurez y siempre un estatista convencido.
También les distingue de los conservadores la reticencia a la hora de emprender la restauración de determinados valores morales en
Paradójicamente, el apego a la democracia así como la ausencia de nostalgia y de idealización del pasado por parte de los neoconservadores –que les aleja de los conservadores clásicos y su consigna voluntarista de parar la modernidad- les lleva alejarse también de la posición liberal. Allí donde los liberales preconizan una frontera en nombre de la libertad individual -lo que les lleva a argumentar la necesaria abstención del Estado en cuestiones como el uso de drogas, la naturaleza del matrimonio, el acceso a la pornografía o incluso el aborto-, los neoconservadores confían en que la decisión democrática sea capaz por sí misma de perpetuar o restaurar los valores en los que se fundan las sociedades libres. Los neoconservadores no aceptan el deslizamiento que puede llevar al liberalismo a aliarse con el relativismo postmoderno en el que todo está permitido, excepto el intento de dar forma a la moral pública [Wolfson: 2004].
Así como el movimiento conservador norteamericano ha evolucionado considerablemente con el tiempo, también lo han hecho los neoconservadores. Habiéndose mostrado fundamentalmente pesimistas en cuanto a la posibilidad de que el capitalismo fuera capaz de regenerar por sí mismo el capital social –es decir, las virtudes o los valores morales- de los que se nutre [Bell: 1977], los neoconservadores han tomado nota de la capacidad del capitalismo para sobrevivir a sus propias contradicciones. La confianza de los neoconservadores en los valores propios de un capitalismo empresarial, tanto como burgués, corre paralela a su aceptación de la globalización como un hecho positivo, además de irremediable.
La gran coalición
Estos tres grupos (y todos los subgrupos y matices de los que se componen) presentan, como hemos visto, diferencias muy importantes entre ellos. Parecen irreconciliables en el caso de los conservadores y los liberales, en particular en el tema –clave para los primeros- de las costumbres y la moral pública. Por su parte, algunos conservadores, así como los liberales más radicales se han opuesto a la ampliación de las competencias del Estado central en educación –a partir de
La política exterior de
A pesar de los desacuerdos, a veces muy profundos y expresados con virulencia, la diversidad ideológica de la coalición que sostiene a la actual administración norteamericana no siempre ha perjudicado a su unidad. Se mantuvo durante la presidencia de Ronald Reagan, y había sido teorizada previamente. En los años sesenta Frank Meyer propuso el concepto de “fusionismo” para insistir en que la libertad individual –innata en el hombre- es compatible con una moral fundamentada en la trascendencia, subrayando que la libertad no tiene sentido fuera de la virtud, pero que la virtud no puede ser conseguida por
Frank Meyer no elaboró una gran teoría de la libertad moral, pero contribuyó a proporcionar al pensamiento conservador norteamericano la base doctrinal suficiente para convertirlo en un movimiento intelectual con repercusiones políticas prácticas que acabarían plasmándose en la gran coalición de liberales, conservadores y neoconservadores sobre la que se sustentó la presidencia de Ronald Reagan [Nash: 1998]. La alianza de las tendencias dispares que la conformaban requiere un liderazgo fuerte, así como una línea programática enérgica y clara, que incentive el acuerdo por encima de las discrepancias. Reagan consiguió articular esta pluralidad en un programa claro: recuperación del orgullo nacional; ampliación de la libertad individual; activismo en política exterior.
La coalición política no sobrevivió al fin de
El tiempo dirá si
Bibliografía
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-Bell, Daniel. Las contradicciones culturales del capitalismo. Madrid, Alianza, 1977.
-Berkowitz, Peter, ed. Varieties of Conservatism in America. Stanford,
-Edwards, Lee. The Conservative Revolution. The Movement That Remade
-Epstein, Richard A. “Libertarianism and Character”, en Berkowitz, Peter: 2004.
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-Himmelfarb, Gertrude. “Democratic Remedies for Democratic Disorders”, en The Public Interest, Invierno 2004.
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-Kristol, Irving, Neoconservatism. The Autobiography of an Idea. Nueva York, The Free Press, 1995.
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-Micklethwait, John y Wooldridge,
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-Stelzer, Irwin, ed. The Neocon Reader, Nueva York, Grove Press, 2004.
-Wolfson, Adam. “Conservatives and Neoconservatives”, en Stelzer, Irwin: 2004.
FAES, Cuadernos de pensamiento político, nº 8, octubre-diciembre 2005